La duquesa bastarda 26. El Bravo
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26. El Bravo

El Bravo

Sancho llegó a la semana siguiente y el pueblo lo aclamó con ansias, lo roció de flores y halagos, de gritos histéricos y aplausos de bienvenida.

La algarabía era tal que incluso dentro de los gruesos muros del castillo se oía la lluvia de vítores que tomaba las calles a su paso.

Había encandilado a mujeres y niños, se había ganado el respeto y la aprobación de los varones.

De la noche a la mañana, el infante era uno de los miembros más queridos de la Corona.

Había sustituido a su hermano en el corazón de las gentes y esperaba poder hacerlo en el trono.

Don Alfonso —obcecado en celebrar el regreso de su vástago y la victoria contra los benimerines— había organizado varios banquetes, una batida de cacería, unos juegos de tiro con arco y veladas de música y danza.

Aunque, en realidad, su intención era eliminar las habladurías acerca de la fractura de la familia real.

A la llamada de los festejos acudieron las familias nobiliarias que faltaban. Pese a su luto impenitente, doña Inés Pérez de Lara se negaba a perderse cualquier acontecimiento social, así que se personó en Camarena acompañada por la taimada Lucía en cuanto se anunciaron los fastos.

La pequeña cuota de libertad de la que había gozado durante su ausencia pronto se me escapó de entre los dedos.

Doña Inés requería de mí constantemente, gustaba de tenerme a su lado mientras paseaba, conversaba o comía con sus amistades, esas que décadas atrás esparcieron rumores sobre el adulterio de su marido y la barragana embarazada.

Me entristecía ver la relación que simulaban tener.

Se reían juntas, criticaban y cuchicheaban.

Se preguntaban por sus esposos e hijos con aparente preocupación, por las sirvientas y doncellas, por las últimas noticias insidiosas que habían oído en boca de criadas u otras grandes señoras.

Se quejaban de que sus ropajes no eran lo bastante lujosos y de que los maridos hacía tiempo que no las sorprendían con joyas nuevas o algún otro presente de valor.

El vínculo que las ataba se basaba en el estatus, no en la sinceridad.

No había afecto ni confianza, solo el interés y la cotidianidad, la afabilidad de quien sonríe a alguien a quien lleva viendo desde siempre. Eso era todo lo que conocían.

Me imaginaba a esas damas de alcurnia burlándose de mi suegra y sus desgracias maritales, y algo se me contraía en el pecho.

La lástima me arrasaba y un instinto feroz de protección se despertaba en mí.

Doña Inés era débil frente a ellas, una presa a la que hincarle el diente con facilidad.

Carecía de vista y, en buena parte, de malicia.

Así que, desde que llegara a Camarena, no me separaba de su lado, pese a que me recriminara que mi acento francés se hubiera fortalecido y eso supusiera frecuentar menos a Blanca de Francia y tragar con los desprecios de Lucía.

Al ya no haber guerra a la que atenernos, doña Inés no volvió a mencionar que debíamos vestir con austeridad y prescindir de afeites y cosméticos.

La corte, plagada de oro, gemas preciosas, pompa y boato, invitaba al exceso y al esplendor, más en momentos de alborozo.

Casi parecía que había una competición silenciosa para ver quién era la fémina más distinguida.

—Poneos los rubíes —me aconsejó mi suegra para el primer banquete—, os sentarán bien con vuestra piel lechosa. Y no os pongáis la impla, mejor una toca orellada.

Pía me colocó las joyas y me cambió la seda traslúcida, que dejaba entrever mis guedejas del color del trigo, por una de esas tocas tan populares en Castilla y que eran de origen muslime.

Lucía, que no se separaba de doña Inés, asentía con cada decisión que su señora tomaba.

Me examinaba con altivez, de arriba abajo, y torcía el gesto cuando algo no le agradaba.

—Una pena que tenga el cabello tan rubio y la tez tan pálida —rumió—. El oropel de las tocas sobresale más en mujeres morenas, ¿no creéis, mi señora? En doña Beatriz de Aguilar resaltaban mucho.

Me habría encantado recordarles que a Beatriz, con esa belleza suya, le habría resaltado incluso un saco de arpillera en el que almacenar las fanegas de harina. En su lugar, eché un vistazo al espíritu que había a mi derecha, inamovible, y sonreí.

En algún momento, no sabía muy bien cuándo, Beatriz se había convertido en una suerte de sostén.

Mirarla alimentaba mi coraje, me insuflaba ánimo, me ayudaba a no desfallecer.

Probablemente, se debiera a su presencia constante, a esa forma tan peculiar de perseguirme que la asemejaba a una sombra.

No es que fuéramos amigas, pero, desde luego, tampoco éramos ya Lea y Raquel rivalizando por darle vástagos a Jacob.

—Pía, traedle un limosnero —exigió doña Inés.

Lucía sugirió que fuera uno de seda e hilos de oro que tenía puntadas divididas y de espina de pescado.

Todas sabíamos a cuál se refería. Yo me dejé hacer sin oponer resistencia y me vistieron al igual que a una niña pequeña que carece de opinión.

Cuando mi suegra se hubo marchado en busca de sus excelsas amistades y me observé en el espejo, decidí que no me dejaría domeñar otra vez.

No hasta el punto de perder mi voz y mi identidad.

Doña Inés me había instado a desposeerme de muchas de mis prendas; sin embargo, yo había salvado alguna que otra cosa de la purga, entre ellas, una guirnalda de oro con rubíes, topacios y perlas.

Las guirlands , como nosotros las llamábamos, eran un tocado característico de Francia que había traspasado la frontera y se había instaurado en el reino de Inglaterra y hasta en Cataluña, donde se la conocía como garlanda .

Castilla, en cambio, se negaba a acogerla en su guardarropa.

No había mejor momento que ese —el banquete de celebración de don Sancho— para llevarla con la toca orellada.

La guirnalda sería mi símbolo en la corte, y con ella reivindicaría que mi acento y mi cuna eran transpirenaicos, por mucho que hubiera matrimoniado con un Lara, y que mi lealtad estaba con Blanca de Francia y sus hijos.

Las puertas del salón estaban abiertas y custodiadas por un portero.

No obstante, desde el pasillo se alcanzaba a ver el interior, que había sido adornado para la ocasión con doseles de terciopelo gules, candiles dorados que resplandecían y unas larguísimas mesas dispuestas en forma de u.

Las paredes estaban cubiertas por tapices, y en los manteles de seda, en la vajilla de oro y otros enseres se habían grabado escudos de armas de los reinos de Castilla y León.

Los oficiales ya habían colocado el pan y el vino, los coperos se habían apostado en los extremos de la estancia para escanciar alcohol y agua, y los manjares no tardarían en llegar.

Decían que la reina Violante había sido muy estricta con respecto a los servicios de comida, cada uno más majestuoso y selecto que el anterior.

Para aligerar la espera, algunos se asomaban a la puerta y escrudiñaban la escena montada con sumo cuidado; otros, menos curiosos, nos entreteníamos departiendo en pequeños grupos.

Las mujeres solíamos dividirnos en corrillos y yo, por supuesto, había sido capturada por mi suegra, mi cuñada Mencía y sus aliadas.

Estas últimas ni siquiera habían hecho el amago de disimular su juicio al verme aparecer con la guirnalda sobre la cabeza.

Y a pesar de que no creo que entendieran mi mensaje político ni mi intento de rebeldía, doña Inés sí que debió de imaginárselo.

Mi marido, que hasta ese instante había estado enfrascado en una discusión con Lope Díaz de Haro, vino hacia nosotras en cuanto me avistó entre el enjambre de féminas que aguardaba a los pies de la escalera.

Lo hizo con calma, con la espalda recta y las manos a los lados del cuerpo, pero, al llegar y saludar a las damas cortésmente, me clavó las uñas en el brazo, reclamándome como suya.

La presión de su agarre fue tal que me costó no soltar un quejido de dolor.

Sorprendida por aquel acto de violencia, me giré hacia él.

Fue entonces cuando reparé en la furia que subyacía en su gélida mirada.

Siempre se le había dado muy bien mantener la compostura en público, esos iris de lapislázuli y esa ancha sonrisa podían ocultar cualquier cosa.

Por eso, su rostro se mostraba ufano por encima de la rabia y ninguna de las grandes señoras se percató de su actitud, ni siquiera mi suegra o mi cuñada.

Don Pedro se disculpó ante ellas y me arrastró hasta un rincón apartado, casi trastabillando.

Sospeché que había reparado en las connotaciones políticas de mi tocado y que eso lo había irritado.

Pero me equivocaba. Para él había algo peor que esa guirland de oro que proclamaba a los cuatro vientos mi adhesión a la causa francesa.

—¿A quién vais a darle dinero para que llevéis eso? —Sus ojos se desviaron hacia mi mano, de la que colgaba un pequeño limosnero.

La delicada pieza de seda había sido confeccionada con hilos de oro y las puntadas, que alternaban largas y cortas, reproducían dos escenas bien conocidas.

En el anverso, Píramo y Tisbe se enamoraban a través de una minúscula grieta que separaba sus hogares.

En el reverso, Píramo hallaba las huellas de una leona y el velo de su amada ensangrentado. La había perdido para siempre.

—A nadie —balbuceé, previendo la tormenta que se desataba en su interior.

—¿A nadie?

Negué, con los labios arrugados y un ligero temblor.

—Entonces será mejor que prescindáis de él esta noche y lo dejéis en vuestros aposentos —me bisbiseó al oído.

No articulé una palabra, tampoco traté de escapar. Estaba encarcelada entre su fornido cuerpo y la pared, entre la calidez furibunda que exudaba y el espíritu demacrado de Beatriz, que parecía rilar. En esa ocasión, ni el aroma a agua de mayo me infundía valor.