25. El fin de una era #2
Mi intento de persuasión se frustró en cuanto se colocó las vestiduras.
Habiendo fracasado en tentarle con la debilidad de la carne, no valía la pena demorar más el asunto que nos atañía.
Salí de la calidez del lecho con la piel erizada y me enfundé la camisa, que me llegaba hasta los tobillos.
A continuación, me envolví en un chal de lana y miré hacia el lar, donde las últimas ascuas comenzaban a extinguirse.
Debía pedirle a Pía que avivara el fuego antes de bañarme y acicalarme.
—Sancho exigirá vuestra lealtad, ¿verdad? Por eso estáis tan arisco estos últimos días. Apenas habéis venido a dormir conmigo. He notado mucho vuestra ausencia. —Me senté en una silla y me refugié en la tibieza de mi abrigo.
—Tenía muchas preocupaciones en la mente y no he parado de dar vueltas en la cama —respondió él peinándose la barba—. Quería ahorraros tanto movimiento e insomnio.
—Tampoco habéis celebrado el final de la contienda contra los moros, y eso que detestáis la guerra.
—El rey no va a ser el único que tenga que tomar una decisión.
Examiné la bandeja de frutas y queso que reposaba sobre la mesa; la manzana a medio morder seguía ahí junto con los restos del vino de la noche anterior.
Escancié un poco en mi copa y bebí. A veces, buscaba el valor en el alcohol, como cuando me enteré de la maldición de los Lara o de la desdicha de Beatriz; otras, en el fantasma de esta, que actuaba de escudera, siempre a mi lado, incluso en los peores momentos.
—Vuestro primo Juan Núñez de Lara protege a los pequeños infantes y vos guardáis buen recuerdo de don Fernando de la Cerda. No sé qué decisión tenéis que tomar. Está clara vuestra lealtad.
—Mi lealtad es para con el rey don Alfonso.
—Sí, pero nuestro señor don Alfonso no está en sus mejores momentos, ¿no? Desde que le dio aquel caballo una coz en la cabeza, no ha vuelto a ser el mismo. No termina de reponerse, pierde los nervios a menudo y se le olvidan cosas…
Don Pedro se retiró del espejo y me miró.
—Yo sí que voy a perder los nervios —me amenazó—. ¿Eso también os lo ha contado Blanca de Francia?
Asentí, alzando levemente el mentón y removiendo la copa.
—Yo de vosotras tendría mucho cuidado con lo que habláis. Los cotilleos son un arma de doble filo y un pasatiempo deleznable para mujeres tan nobles. Dejad los rumores a la servidumbre y al común, a ellos no les pesan tanto esas horribles faltas.
Me mordí la lengua para no decirle que los cotilleos eran la única vía de comunicación que poseíamos las mujeres. Callarnos era abocarnos a la ignorancia, impedir que nos alertáramos unas a otras cuando el peligro acechaba.
—Debo ser leal a don Alfonso. Si escoge a Sancho como heredero, tendré que aceptarlo, aunque no sea de mi agrado. No puedo permitirme rechazar al infante.
—Era un riesgo para vos durante la guerra contra los moros, os recuerdo que temíais que atentara contra vuestra vida.
—Lo será aún más si reniego de él ahora y accede al trono en unos años. Eso nos traería consecuencias nefastas, Sancho no olvida fácilmente las afrentas. Quizá, lo más recomendable sea que continúe escuchando sus propuestas y dilate mi toma de decisiones.
—¿Optáis por la neutralidad? —pregunté asqueada.
—Por la seguridad de nuestra familia —me corrigió con dureza—. Seremos prudentes hasta que don Alfonso concluya quién lo sucederá o esto acabe en una estúpida guerra en la que no nos quede otra que tomar las armas.
—¿Y por quién las tomaréis?
Don Pedro de Lara no vaciló ni un instante.
—Por el que vaya a proclamarse vencedor.
No podía creer lo que escuchaban mis oídos.
Hacía unos días le había jurado a Blanca de Francia que mi marido y yo formábamos parte de sus fieles defensores.
Él, por sus buenas relaciones con el infante don Fernando; yo, por mis raíces francesas.
Ambos, por el sentimiento de justicia. Y, sin embargo, en ese instante, él confesaba que pretendía vender su apoyo al mejor postor.
Me puse en pie de un salto. La indignación me arañaba por dentro, luchaba por emerger, ladrar y asestar bocados.
—Sancho no puede gobernar.
—Mathilde…
Fue un primer aviso. Mi nombre sonó lento, empalagoso, teñido de una oscuridad aterradora.
En otras circunstancias habría agachado la cabeza y guardado silencio, me habría arrepentido por cuestionarle, habría suplicado su perdón, pero el aroma a agua de mayo que desprendía el espectro de Beatriz me confería una ferocidad que no reconocía en mí.
—¡Está escrito! ¡Es la ley! —Golpeé la mesa con la copa y los gritos me nacieron del pecho, del estómago, de la garganta, de la furia glacial que siempre había pertenecido a doña Anne—. ¡Un rey no puede faltar a la ley! ¡No puede faltar a su palabra!
—¡El rey es la ley! —aulló y las manos le temblaron—. Don Alfonso hará lo que considere y nosotros lo acataremos sin rechistar.
Me crucé de brazos y bufé. Era ridículo. Lo que estaba escrito, lo que ya estaba legislado, debía acatarse, debía perdurar así como los mandamientos en las lajas de piedra que Dios entregó a Moisés. Si el rey no cumplía con su propia palabra, ¿por qué iban a hacerlo los demás?
—Así que, si don Alfonso lo dispone, olvidaréis a don Fernando y a los infantes de la Cerda.
Traicionaréis a vuestra propia familia, a vuestro primo, que es sangre de vuestra sangre, y respaldaréis a un hombre que ni ha llorado a su hermano ni ha dudado en hostigar a quien se le cruzase en su camino al trono.
Me cuidé de no mencionar las sospechas de doña Blanca sobre Sancho y la muerte de su esposo.
Los ojos de mi marido se convirtieron en dos ranuras centelleantes y de inmediato supe que había pisado terreno pantanoso.
Don Pedro apretó los puños, embridando la ira que lo carcomía, y se aproximó hacia mí con una lentitud aterradora que lo hacía más siniestro de lo que era, con esa espalda ancha y esos hombros fuertes, y esa altura que me obligaba a estirar el cuello y mirar hacia arriba.
Le rechinaban los dientes y tenía los músculos contraídos, tan tensos que se le notaban las venas de la frente.
Ahí estaba de nuevo, la otra cara de la moneda, el Uther Pendragón que sustituía a mi amado y afectuoso Gorlois.
El miedo se me enredó en el bajo vientre y empezó a descomponérseme la vejiga.
—No voy a tratar más temas políticos con vos porque vos no sabéis nada, pero nada, de política —gruñó, con el dedo acusador danzando frente a mi rostro.
Podría haberme atizado en la nariz y habérmela roto, haberme dejado sangrando en la alcoba, aferrada a un paño, al chal que me cubría, a las faldas de Pía mientras lloraba.
Pero no lo hizo. Sus palabras laceraban más que una bofetada en la mejilla o un golpe bien dado, que me habría marcado durante días y habría levantado cuchicheos a nuestro derredor.
—No dejéis que vuestra ascendencia francesa os nuble el entendimiento, esposa mía —me apercibió—. Estáis en Castilla y vuestro señor es don Alfonso, no Felipe. Si el rey escoge a Sancho, nosotros escogeremos a Sancho. No nos conviene caer en desgracia.
Iba a callarme, pero la injusticia me ardía y las palabras me subieron por el esófago como si fueran vómito.
—Al menos a esos pobres niños aún les queda el respaldo de su abuela. La reina Violante velará por ellos.
Su semblante se ablandó y adoptó la expresión del que se compadece de alguien que no entiende nada.
Ese alguien era yo. Mathilde Leblond, demasiado extranjera para captar todos los matices de las palabras, demasiado ignorante para comprender la política de los reinos de Castilla y León, demasiado bastarda para implicarse, demasiado francesa para entrometerse.
—Yo no he dicho que no tengan el mío. No os equivoquéis.
Mi marido se alisó los ropajes y enfiló hacia la puerta. Antes de irse, con un pie ya bajo el umbral, se giró.
—No creáis que soy un necio y no me doy cuenta de que lleváis días tratando de sonsacarme nuevas acerca de este asunto tan delicado.
Juré a vuestro padre que nunca os dañaría y me ceñiré a ello.
Pero si insistís en sacarme las garras, os juro que yo mismo os llevaré hasta el castillo que os entregué como arras y os encerraré bajo llave hasta que el destino de estos reinos se decida. Y eso puede llevar mucho mucho tiempo.
El portazo con el que cerró me retumbó en los oídos.
Durante unos segundos, contemplé la puerta por la que había desaparecido.
Me pregunté si la maldición de los Lara no estaría causando ya estragos en nuestro matrimonio.
Pero entonces la familia real también debía estar sujeta a una, porque la reina Violante no se sobreponía a la muerte de su hijo, el infante Sancho se negaba a ceder el trono a sus sobrinos y el rey Alfonso…
Bueno, de todos era sabido que, si el rey Alfonso tomaba partido por su segundogénito, la relación con doña Violante de Aragón se resentiría.
Allí, en la corte, todos los matrimonios parecían estar muy cerca de desquebrajarse.
El frío de la alcoba me trajo de vuelta a la realidad. El espíritu de Beatriz me observaba, lánguido, con una penuria casi tangible. Me limité a dedicarle una sonrisa de consuelo.