La duquesa bastarda 25. El fin de una era
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25. El fin de una era

El fin de una era

El infante don Sancho había mandado una misiva firmada y sellada en la que anunciaba que los benimerines se habían replegado hacia las costas y que allí, encajonados, habían iniciado los preparativos para su marcha.

Él, negándose a abandonar la frontera, había aguardado junto a sus mesnadas para asegurarse de que, en efecto, las naves se fletaban y el horizonte se cuajaba de barcos enemigos que cruzaban el estrecho.

Beatriz me lo había advertido con esa pieza de cristal resplandeciente que representaba un monarca y se deslizaba por el tablero.

Abu Yusuf, líder de los benimerines, había firmado una tregua.

Habíamos vencido.

Desde ese momento, y ante la atenta mirada de Pía, traté de volver a comunicarme con ella.

Cada día disponía el ajedrez y le preguntaba por todo un poco.

Por su muerte. Por la ubicación exacta de su cuerpo.

Por nuestro marido, don Pedro de Lara. Por la maldición de su familia.

Por la muchacha asesinada y su hijo nonato.

Por el futuro. Por el pasado. Por el linaje.

Siempre en vano. Beatriz no respondía, no se movía un ápice, tan solo me miraba a los ojos y rebuscaba en mi interior.

Me desnudaba el alma. Entonces la lengua me pesaba y la boca se me llenaba de ese regusto dulzón que no se iba ni bebiendo vino ni masticando un mondadientes perfumado.

Me pasaba las horas muertas en mis aposentos ante el tablero, en silencio, a la espera de que, por iniciativa propia o necesidad, Beatriz señalara una pieza y me desvelara algo nuevo. Pero eso tampoco sucedía.

—Puede que ya no tenga nada más que contaros, mi señora —me dijo Pía tras innumerables fracasos.

—Eso es imposible. Si fuera así, Dios, nuestro Señor, ya la habría acogido en su seno, y, sin embargo, aquí está. Aquí sigue —respondí.

Qué equivocada había estado los primeros meses en los que pensé que doña Beatriz de Aguilar era una prueba del diablo, un arrebato de locura o unos celos enfermizos que me habían hecho perder el juicio.

La realidad era bien distinta. El espíritu no tenía intención de infundirme miedo, provocar mi huida o deteriorar mi matrimonio, aunque en cierto modo lo hiciera al ser un espejo en el que compararme y una compañía constante, incluso en el lecho.

Más que nunca, estaba convencida de que Beatriz no descansaba en paz debido a su fallecimiento, al cuerpo corrupto que se hallaba en las entrañas musgosas del bosque de Valdívar y era devorado por bestias y alimañas.

Por eso actuaba como heraldo. Pero ¿como heraldo de qué? Era eso lo que se me escapaba.

Se me ocurrían infinidad de posibilidades, a cada cual peor, porque además, según Pía, el rey no tenía por qué aludir a la victoria que don Sancho se había cobrado contra los moros.

Aquella pieza podía representar otras muchas cosas, y ninguna de ellas era buena.

Que una contienda bélica estaba a punto de comenzar, una que tomara lugar en la corte y que respondía a las pretensiones al trono.

Que la ambición de don Sancho hubiera derramado la sangre de su hermano Fernando, o que fuera a verter la del rey don Alfonso, la de los hijos de Blanca de Francia o la de mi esposo…

Dios o Beatriz de Aguilar nos lo dirían.

Mientras yo trataba de arrancarle palabras a esa alma errante, las batallas políticas se recrudecían en el despacho de nuestro señor don Alfonso.

La victoria frente a los benimerines le había granjeado a Sancho el apoyo de un buen sector de la población y la nobleza.

Quienes habían padecido el hostigamiento de los moros le estaban profundamente agradecidos; tras meses de ataques, saqueos, secuestros y calamidades, por fin volvían a respirar con tranquilidad.

Poco a poco, el sur se recuperaba, las familias regresaban a sus tierras y a sus hogares, reconstruían lo derruido, buscaban a sus deudos, compraban nuevo ganado que criar y cuidaban de los cultivos arrasados.

Para ellos, el infante era luz, esperanza. La promesa de un futuro mejor.

Quienes habían combatido a su lado no hacían más que alabarle.

Decían que era un hombre de gran bravura, mente despierta e inestimable valía que luchaba con la fuerza de un toro y el corazón puesto en Dios y en Castilla, y que por eso era invencible.

Había causado muchísimas bajas entre las filas enemigas, había sido un buen estratega al dividir los frentes por mar y tierra y armar a Sevilla con una flota, para así controlar el estrecho y que no llegaran refuerzos ni víveres.

También había demostrado su potencial como guardián de los reinos al defender la frontera tras el repentino y triste fallecimiento de su hermano don Fernando de la Cerda.

Otros se habrían echado a llorar, encaramados al luto.

Él, sin embargo, no lo había dudado. Se había armado hasta los dientes y había convocado a las mesnadas, y no reculó ni cuando contempló el número de infieles que se abatían sobre él.

Algunos afirmaban que era imposible que no se hubiera proclamado con la victoria.

Sancho lo llevaba en la sangre. Era nieto de don Fernando III, al que llamaban el Santo, que había arrancado Córdoba, Jaén y Sevilla de manos de los muslimes.

Y era nieto de don Jaime I de Aragón, al que apodaban el Conquistador por haber hecho lo propio con Valencia, Mallorca y las islas de Menorca, Ibiza y Formentera.

Lo único que lo alejaba del trono era la ley que su bienamado padre había mandado redactar y poner en vigor.

A don Alfonso se le conocía por ser un rey amante de la cultura y las ciencias.

Desde bien temprano se había interesado por materias muy diversas: historia, política, poesía, astronomía…

Había apostado por la enseñanza y había favorecido traducciones al castellano de libros árabes, hebreos y latinos, para lo cual se había rodeado de sabios de renombre, ocupados de esta tarea y la redacción de otras obras que él consideraba esenciales.

En su afán de conocimiento, se había dedicado también a la revisión del pasado a través de las crónicas y la legislación vigente.

Así había nacido el Libro de las leyes , un nuevo corpus jurídico que establecía que si el heredero al trono moría con descendencia, eran los hijos de este los que accederían al gobierno, y no el segundogénito, como se había tenido por tradición en Castilla.

—Don Sancho viene de camino —me informó mi esposo una mañana de febrero.

El sol entraba a raudales por el ventanuco e incidía en mis párpados entornados, dibujando una franja dorada en la cama, en la que todavía yacía.

Me llevé la mano a la frente para hacer sombra y así contemplarlo.

Don Pedro tenía el pelo revuelto, el cansancio impreso en el rostro y una barba que pedía a gritos un buen afeitado.

Se había deshecho de la camisa que usaba de ropa interior y, mientras se vestía, mordisqueaba una manzana de la bandeja que habían dejado en mis aposentos para la remenja.

—Qué poco ha durado la dicha en estos lares…

Él resopló.

—No podéis ni imaginároslo. Con los benimerines de vuelta en el mar y don Sancho pululando por la corte, nuestro señor don Alfonso va a tener que tomar una decisión con respecto a la sucesión al trono.

—Bueno, la ley es la ley, ¿no? Ya lo dice el libro, han de gobernar los hijos de don Fernando de la Cerda y Blanca de Francia.

Con la camisa margomada ya puesta, se quitó la fruta de la boca. Un hilillo de jugo pegajoso le salpicaba la barba.

—¿Cómo sabéis vos acerca del Libro de las leyes de don Alfonso?

Los ojos cerúleos le destellaron y los labios se le torcieron en una sonrisa pícara. Estaba desafiándome. Quería saber quién era la persona que me introducía en la política del reino en contra de su voluntad. O más bien quería ratificar que era la princesa viuda.

Aún desnuda, me estiré cual gato, liberando mis blancos senos.

Su mirada se recondujo hacia ellos y el hambre le inundó las pupilas.

Doña Anne de Albret me había advertido de que, si una sabía usar sus encantos femeninos, podía conseguir muchas cosas de su esposo.

Lo más importante era mantenerlo satisfecho en el lecho, con el estómago lleno y convencido de que era él quien realmente gobernaba el hogar.

Con docilidad, palabras suaves, arrumacos y susurros, cualquier hombre mudaba de opinión.

Solo había que ser inteligente y resuelta.

—Me lo ha contado doña Blanca, por supuesto. —Sonreí con inocencia—. Está preocupada por sus hijos.

—Más lo va a estar en cuanto lleguen Sancho y el buitre de don Lope Díaz de Haro —dijo, aún con la vista clavada en la curva de mis senos, en los cabellos rubios y ensortijados que se me desparramaban cual cascada.

Enarqué una ceja.

—Ah… Que su perrito faldero también viene.

El sarcasmo rompió el encanto de la seducción y don Pedro se echó a reír.

Dejó la manzana encima de la mesa y se acercó para besarme.

El colchón se hundió bajo su peso y su cuerpo me cubrió por completo, prendiendo en mí un deseo incandescente.

Quería agarrarle de los hilos de oro de la camisa y retenerlo a mi lado, morderle la boca, aspirar su fragancia, enredarme con él entre las sábanas.

—Os habéis vuelto tremendamente divertida.

—Yo creo que siempre lo he sido —me jacté.

Una risa silenciosa se le escapó por la nariz y entonces se apartó.

—Pues será entonces que Blanca de Francia está sacando ese lado que me había pasado inadvertido —terció mientras se dirigía hacia el espejo.