La duquesa bastarda 24. La maldición de un linaje
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24. La maldición de un linaje

La maldición de un linaje

—¿Por qué cualquier hombre es mejor que un Lara? —pregunté a media voz.

Blanca de Francia parpadeó un par de veces, como queriendo averiguar cuánto ignoraba sobre el linaje de mi esposo.

Por unos momentos, se acobardó y rehusó responder.

No deseaba dañarme. Tuve que insistir y prometerle que no lo haría, porque lo cierto es que, incluso con las malvadas tretas de Sancho revoloteando en mi cabeza, no podía dejar de pensar en lo que la princesa viuda había insinuado sobre mi casamiento.

—Los Lara están malditos, o eso dicen. Ninguno de ellos será dichoso en su matrimonio, ninguno hallará el amor.

Una agria balsa de saliva se me aposentó en la boca y amenazó con hacerme vomitar. Desvié la mirada hacia Beatriz, ubicada a mi derecha. La depauperación de su angelical rostro me insufló una buena dosis de valor y terminó por alejar las náuseas y retener la comida en mi estómago.

—Eso es imposible —murmuré—. Don Pedro y yo…

Callé. De repente, el recuerdo de nuestras discrepancias, la furia contenida en sus puños, los gritos que me habían asustado hasta encogerme, las faltas de las que me había acusado y sus descaradas advertencias me silenciaron.

—Mi suegra doña Inés… —Volví a intentarlo.

Blanca de Francia soltó una carcajada.

—¿Doña Inés Pérez de Lara? No iríais a ponerla de ejemplo, ¿no?

—Habla con absoluta devoción de su marido.

—Lo cual es sorprendente —bufó.

—Todavía lleva el luto.

—Lo cual es aún más sorprendente. ¿Habéis oído lo del papa Gregorio IX y la bula que iba a expedir para derogar su matrimonio?

Asentí y ella examinó en derredor para asegurarse de que las doncellas estaban distraídas con el bordado y no atentas a nuestra conversación. Se acercó, cubriendo con su cuerpo el damero vacío; las piezas de cristal yacían a nuestra diestra y siniestra, eliminadas hacía rato.

—Su Santidad estaba por firmarla, pero llegó tarde —susurró.

—¿Por la consanguineidad?

—Eran primos, mas no como Fernando y yo. De hecho, eran más que primos, habían crecido juntos; eso te hace casi hermano. Pero no, no solo por eso. A doña Inés Pérez de Lara la casaron con diez años y eso está prohibido. No puede casarse a una niña menor de doce, el enlace era ilegal.

—¿Entonces?

Ella regresó a su asiento y se encogió de hombros.

—Ya os lo he dicho, querida Mathilde. Su Santidad llegó tarde, demasiado tarde. Es lógico, estas cosas llevan tiempo. Doña Inés ya había cumplido los doce, había sangrado, o eso dijeron, y consumaron la unión. Poco había que hacer al respecto.

—Eso no es lo que ella cuenta.

Blanca de Francia elevó una ceja y esbozó una media sonrisa cargada de sorna.

—Doña Inés nunca cuenta lo que realmente es.

Acababa de llamar mentirosa a mi suegra, a aquella dama de nobilísima cuna que se vanagloriaba de ser una mujer virtuosa a la que nadie podía sacarle ningún defecto, pues había sido educada para encajar en el perfecto molde de lo que habíamos de ser.

Una buena mujer. Una buena mujer cristiana.

Una gran señora. La mentira era un pecado que no casaba con ella.

—Habla de su marido con una ternura y una añoranza que es imposible que no se hubieran amado —la defendí.

—Yo no he dicho que no lo quisiera —apuntó—.

He dicho que ningún Lara sería dichoso en su matrimonio, y doña Inés no fue una excepción.

Es fama que don Alonso González de Lara no le era fiel; se encamaba con muchísimas féminas, algunas humildes y otras de bajos fondos. A una incluso la dejó encinta.

Abrí los ojos, impactada por las nuevas.

Ni mi marido ni mi cuñada habían mencionado a un hermano o hermana nacida fuera del matrimonio, aunque igual no sabían de su existencia.

Puede que esto fuera un secreto que doña Inés hubiera guardado durante años y que una criada, al descubrirlo, hubiese confiado a otra, y esta a otra, y esta a otra, y así hasta llegar a Blanca de Francia.

Es más, puede que ni la propia doña Inés supiera de ese vástago y, en realidad, el secreto perteneciera a su difunto esposo don Alonso.

—¿Entonces no soy la única bastarda en la familia?

—Lo sois.

—¿Murió la criatura?

—El niño nunca llegó a nacer.

Un sudor frío me recorrió la espalda. La princesa viuda se humedeció los labios y bebió un sorbo de vino que ansiaba solo para contar con un par de segundos y hallar las palabras exactas para no herirme.

—A la madre la asaltaron unos malhechores y la dejaron desangrarse cerca del río. La encontraron en unas condiciones que harían vomitar incluso al estómago más fuerte.

Hice un soberano esfuerzo para no soltar un aspaviento y cubrirme la boca, pese a que el miedo se me había alojado entre las costillas y mis sentidos me pedían salir huyendo. De nuevo, captaba el sabor agrio de la bilis en mi lengua.

—Dios bendito… —gimoteé.

—Algunos afirmaban que habían sido un par de ladrones, y, a decir verdad, es lo más lógico.

La maldad campa a sus anchas cuando el sol se oculta, el diablo hace de las suyas y las mujeres somos un objetivo tan suculento como fácil.

Pero esta joven era lavandera, ¿qué iban a robarle, el jabón con el que restregaba los ropajes?

No parecía poseer nada más de valor que el hijo que llevaba en el vientre.

La noticia me empapó al igual que el agua de lluvia.

Primero, había sido aquella desconocida cuyo cuerpo había sido ultrajado por unos ladrones o matarifes.

Luego, doña Beatriz de Aguilar, que todavía seguía escondida en algún lugar remoto del bosque.

¿Quién sería la próxima? Nerviosa, miré hacia mi izquierda.

Pía y el resto de las doncellas chismorreaban entre carcajadas, con las laboriosas agujas hundiéndose en la tela de paño.

A mi derecha, el fuego crepitante que atemperaba la alcoba y el espíritu de Beatriz, silente.

Deseé poder tocarla, agarrarla, zarandearla, acercarme hasta inhalar su pútrido aliento y preguntarle si los rumores eran ciertos.

¿Existía una maldición, era hereditaria?

¿Había sido su desdicha fruto de esta? ¿Por eso había acabado en el bosque, a merced de las alimañas, semienterrada en el lodo, el musgo y la hierba salvaje?

¿Por eso seguía aquí, anclada al mundo de los vivos, persiguiéndome y acosándome, haciéndome la vida imposible?

¿Debíamos don Pedro y yo sufrirla también, transmitirla a nuestros descendientes?

¿Sería yo una víctima más? ¿Terminaría yo tan muerta como ella y la barragana de don Alonso González de Lara?

¿O lo haría mi hija? Una mujer muerta por cada generación.

Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta.

Beatriz estaba muda, la muerte le había cosido los labios, y Blanca de Francia no sabía a causa de qué los Lara padecían ese mal augurio.

Quizá su origen se remontara a siglos atrás, a una desavenencia entre nobles de distintos linajes o a una mala mujer que, despechada, quisiera su caída en desgracia.

De esas siempre hay muchas, porque somos necias, tontas y estúpidas, y nos creemos lo que dicen los hombres hasta que se nos meten entre las piernas y luego nos abandonan.

Y entonces una enfurece y se vuelve loca, loca de dolor, de amor y de rabia, y para no arrancarse la cabellera y arañarse el rostro, casi que prefiere maldecir al que la ha engañado.

Y a decir verdad, también hay muchos hombres que merecen ser malditos.

No sabía qué me había alterado más, si la muerte de aquella joven y su hijo nonato, el adulterio de mi suegro o la maldición de los Lara, que me estrangulaba como una soga al cuello.

Los dedos me rilaban a causa del miedo, el corazón me retumbaba en los oídos, sentía que me faltaba el aire en los pulmones y tenía el estómago revuelto.

El cuerpo me pedía a gritos vomitar, purgarme entera.

Quería acurrucarme en mi jergón, cubrirme bajo capas y capas de colchas y resguardarme ahí, cerca del fuego.

Un helor indescriptible me había calado hasta los huesos.

—¿Cómo sabéis vos todo esto?

Blanca de Francia escanció un poco de vino y me lo ofreció. Aquello me recordó al gesto que había tenido conmigo mi cuñada cuando me reveló lo acontecido con Beatriz de Aguilar. Bebí.

—Llevo seis años en esta corte, Mathilde.

A la gente le gusta cotillear sobre las intimidades de quienes no pueden oírles, y lo que no te lo cuenta una, te lo cuenta otra.

Hay escándalos que no se olvidan ni habiendo pasado tres décadas.

Por eso hay que ser cuidadosa con lo que se hace y no compartir los secretos con cualquiera.

—Alargó la mano y nuestros dedos se entrelazaron—.

Vuestros secretos están a salvo conmigo. Conmigo y con la reina Violante.

—¿Fue ella la que os contó lo de doña Inés?

—La reina no se rebaja a algo así. Cuando hay una recién llegada, las nobles prácticamente se baten en duelo para ver quién la atrapa antes, la integra en su círculo íntimo de amistades y la informa de los rumores más inquietantes.

—Deben tenerle mucha inquina a doña Inés Pérez de Lara para sacar a relucir tamañas desgracias —escupí con un rencor que me sorprendió.

Sí. Mi suegra era estricta en el hogar y el gobierno de sus propiedades, y sí, me había arrebatado parte de mi identidad y mi dignidad, pero seguía siendo mi suegra, una mujer vapuleada por la vida, ciega y viuda, vulnerable a las lenguas viperinas de la corte y controlada por una vil sirvienta.

Aquello ya era castigo suficiente. Me parecía cruel y mezquino airear así los infortunios de alguien, en especial los maritales, que eran harto delicados por incluir no solo a marido y mujer, sino también a sendas familias.

¿Nadie pensaba en el honor de la fémina, en la humillación que esto le suponía, en el sufrimiento de los hijos o en el posible conflicto que podía generarse por los bienes?

No, por supuesto que no. A la gente le encantaba despellejar a los demás, cebarse con ellos y dejar los restos.

—Todo lo que se intenta ocultar acaba descubriéndose. No os preocupéis demasiado por los rumores de antaño, mi querida Mathilde —me aconsejó—. Don Alonso González de Lara falleció hace mucho, el adulterio es común en los hombres y doña Inés es ahora una viuda de lo más respetable.

—Las maledicencias que se viertan sobre ella y su linaje también me salpican a mí. Soy como su hija.

—Pero no sois su hija. —Y repitió con voz contundente y en un francés delicioso—: Vos no sois su hija.

Los labios se me curvaron hacia arriba.

No. No era su hija, por mucho que ella se empeñara en nombrarme así.

Con todo, la compasión me inundaba cada vez que pensaba en la avejentada y frágil doña Inés Pérez de Lara, ciega y manipulada, entregada de niña a un pariente cercano y hecha a su medida solo para que él, amante de los placeres, frecuentara a otras.

¿Era una mentirosa por no haberme narrado su historia real o simplemente procuraba ocultar un sufrimiento que la había abierto en canal?

—Quizá la maldición sea solo eso, un rumor sin fundamento como otros tantos. —Blanca de Francia me dio un pequeño apretón.

No me atreví a confesarle que el espíritu de doña Beatriz de Aguilar estaba allí entre nosotras, y que este era la prueba viviente de la maldición de los Lara. En su lugar, compuse una sonrisa que no engañó a mi amiga y dije:

—Seguro que sí.

Desde el otro lado, Pía me observaba con una expresión inquietante en el rostro.

Tenía los labios en un mohín y los dedos apretados sobre el paño, creando infinidad de arrugas en el bordado que, hasta entonces, había quedado precioso.

Supe enseguida que nos había oído, que conocía la maldición y que, al igual que yo, creía firmemente que la presencia de Beatriz estaba relacionada con esta.

A mi derecha, Beatriz me contemplaba con esos bellos ojos oscuros que se asemejaban a un pozo sin fondo.

De repente, sin apartar la vista de mí, alargó la mano y señaló una de las figuras del ajedrez de cristal de roca.

Una repentina ráfaga de aire se coló por la ventana y, enroscada en el dedo mortífero del espectro, golpeó el rey, que cayó de costado y rodó por la mesa hasta acabar en mi regazo.

Era la primera vez que hacía algo así, que se comunicaba conmigo. Aquel inesperado movimiento me arrancó de cuajo la respiración.

Unos días después descubriríamos que la guerra contra los benimerines había tocado su fin.

Habíamos ganado.