23. Levantando a los muertos #2
—Si es por vuestro hijo, debéis saber que mi esposo no olvida a don Fernando de la Cerda. Es más, no comulga con las aspiraciones del infante Sancho ni con su manera de proceder.
Pero no era por eso.
—Soy consciente de que don Pedro de Lara, pese a su linaje, es un hombre en el que puedo confiar para defender los derechos de mi hijo al trono. No os hablaba como reina o madre, solo como amiga.
Aquello me inquietó todavía más. Ansiosa, toqueteé la alianza de oro de mi dedo; la inscripción me acariciaba con sutileza la piel nívea y, a veces, deseaba que las palabras se me quedaran grabadas en ella.
—Amo a don Pedro con todo mi corazón y él ha demostrado en innumerables ocasiones lo mucho que me ama a mí —dije sin apartar la mirada del anillo.
Decidí omitir que ese amor también estaba teñido del miedo a la muerte y se reforzaba con prohibiciones absurdas que me enclaustraban en el castillo de Valdívar.
Mas Blanca, hecha al matrimonio y a sus múltiples desavenencias, debió percibir un ápice de mi inseguridad, pues cruzó el tablero de escaques y me agarró de la mano.
Al elevar el rostro, vi que sonreía con sinceridad y dulzura.
—Eso no es algo con lo que cuenten todos los matrimonios. Aprovechadlo. Disfrutadlo. Si yo pudiera regresar atrás en el tiempo, de buena gana lo haría.
En su semblante se pintaron mil y una emociones, todas empañadas por la penuria del duelo.
A mí no me apetecía escarbar demasiado en mis propios sentimientos.
Había pasado meses sin mi esposo a causa de la lucha contra los salvajes moros y, al regresar, habíamos ido a Camarena, donde lo acaparaban el rey, los nobles y los asuntos de Estado.
A ratos me daba la impresión de que estábamos tan separados como cuando se hallaba en la frontera o preparaba las huestes para partir hacia allí.
Extrañaba la hermosa época del cortejo. Ya no me leía ningún libro de esos grandes autores grecolatinos a los que admiraba y tampoco se deshacía en caricias, lisonjas y arrumacos.
Mi amiga, en cambio, ardía en deseos por recuperar la figura de su valiente marido, aunque fuera en palabras, así que, con la partida de ajedrez abandonada en la mesa, con los dedos entrelazados a los suyos, me limité a escucharla rememorar su delicioso pasado.
Corría el año 1266 cuando el rey don Alfonso mandó recado a Luis IX de Francia.
Ambos monarcas buscaban entablar buenas relaciones y para ello concertaron el matrimonio entre sus hijos, el infante Fernando de la Cerda y la princesa Blanca.
En mayo, una delegación castellana se presentó en el reino transpirenaico.
Estaba liderada por el obispo de Cádiz —fray Juan Martínez— y el portero mayor imperial —don Enrique el Toscano—, a quienes se les había encargado las negociaciones de los esponsales, cuyas capitulaciones no se firmaron hasta el 28 de septiembre.
Debido al grado de consanguineidad entre los cónyugues, el papa Clemente IV hubo de emitir una dispensa.
Sin embargo, las nupcias aún habrían de aplazarse un poco más, pues el infante era demasiado joven.
Tres años después, el 13 de julio de 1269, se ofició la unión en Toledo.
Blanca no estuvo presente, por lo que el consentimiento expreso hubo de darlo el maestre Guillermo de Châtelleraut, que actuaba en su representación.
Unos días más tarde, Fernando de la Cerda mandó a dos de sus hombres —Fernán García, arcediano de Niebla, y el caballero García Jofré— a por su nueva esposa, a quien debían escoltar hasta Castilla.
Doña Blanca arribó a finales de noviembre y los desposorios se celebraron oficialmente el día 30 de ese mismo mes, en Burgos, una de las residencias favoritas del monarca.
Para entonces, Fernando tenía catorce años y Blanca, diecisiete.
Era la primera vez que se veían en persona y a duras penas pudieron intercambiar un par de palabras.
El novio era la viva imagen de su excelso progenitor; la novia, la pureza y donosura encarnadas.
Nadie quiso perderse aquello. Acudió la flor y nata de Castilla, Toledo, León, Galicia, Sevilla, Córdoba, Jaén, Murcia y el Algarve, buena parte de Francia y, por supuesto, de Aragón, pues el infante provenía por línea materna de allí.
Los festejos duraron varias jornadas, hubo poesía, cantos, teatrillos, música, danza y espléndidos banquetes en los que el vino fue el protagonista.
Para hacerlo aún más memorable, don Alfonso armó caballero a su hijo Fernando y al príncipe Eduardo de Inglaterra.
A su vez, don Fernando de la Cerda armó a otros hombres de gran valía, entre ellos a sus hermanos menores —Juan y Pedro— y a Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya.
—¿No invistió a su hermano don Sancho? —No pude evitar interrumpir el relato de mi amiga.
Ella chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Sancho nunca se presentó.
—¿No fue a la boda de su propio hermano?
—Fernando debía armarle caballero ese día, junto a los infantes Juan y Pedro, pero Sancho no quiso venir, se fue con su tío don Pedro de Aragón. No mandó ni regalo ni felicitaciones por nuestra unión y nunca me pareció que aquel desaire le pesara sobre la conciencia.
—¿Estaban enfrentados desde niños?
—Ni mucho menos, pero Sancho siempre ha sido un poco irascible.
La reina Violante y yo hemos hablado en infinidad de ocasiones sobre su ausencia en nuestras nupcias, y ella sostiene que lo más probable es que su padre, el rey Jaime de Aragón, le recomendara no acudir.
La relación entre abuelo y nieto siempre ha sido muy estrecha.
De hecho, hay quienes dicen que Sancho bascula más hacia Aragón que hacia Castilla.
Mi inexperiencia en el campo de la política me impedía comprender, en su totalidad, las implicaciones de aquello que Blanca me contaba. Sin embargo, sí que atinaba a sospechar su largo alcance.
—Sancho sabía el honor que se le otorgaría ese día —prosiguió—.
Puede que buscara ayuda en el rey don Jaime y que este le aconsejara que solo se dejara armar caballero por su padre, el rey don Alfonso, lo que habría sido una muestra de reconocimiento imposible de ignorar.
O bien que esperara a hacerlo él mismo, al igual que su padre cuando se coronó monarca.
Los ojos se me nublaron.
—¿Estáis sugiriendo que don Sancho se reservó para sí el derecho a investirse porque albergaba la esperanza de gobernar algún día?
Durante unos instantes, Blanca de Francia guardó un silencio sepulcral que lo dijo todo.
Ahí supe que había acertado. Blanca y sus aliados creían que el infante Sancho habría podido jugar un papel fundamental en la muerte de don Fernando, que siempre había sido fuerte, robusto, saludable.
¿Qué clase de enfermedad se lleva a alguien así, tocado por Dios y con toda la vida por delante?
Un hombre de esas características solo perece si le muerde el acero de una espada o ingiere un tóxico desconocido, uno que produzca calentura y alucinaciones similares a las de una terrible afección.
Pero eso habría significado que Sancho era algo más que un infante irascible, más que un postulante al trono dispuesto a barrer a sus pequeños sobrinos.
Significaba que era un joven calculador que, alentado por su anciano abuelo, había urdido un plan para asestarle una puñalada traicionera a su propio hermano y así proclamarse heredero de Castilla. Y eso… Eso era otro cantar.
Yo, que amaba a Aurore y Léonie con cada pizca de mi ser, no llegaba a imaginar que alguien pudiera cometer un acto tan atroz.
Ni siquiera contemplaba que alguien rechazara a su hermano, no fuera partícipe en sus esponsales o lo agraviara y no se arrepintiera de ello.
Más aún cuando los huesos de este reposan en un sepulcro.
No hay nada que nos someta más a la culpabilidad que el repentino fallecimiento de un ser querido.
Aunque ¿de qué me sorprendía? Lo nuestro no era lo habitual.
El cariño fraternal que nos profesábamos era factible porque ninguna éramos varones y yo, como bastarda, no entrañaba peligro.
¿Acaso la felonía, la rebelión y la sangre no era la historia de todo rey, las bases sobre las que se sustentaba todo gobierno?
Blanca de Francia ya me había contado lo ocurrido con Fernando I de León, quien había dividido el territorio entre sus hijos.
La gran Castilla para el primogénito, Sancho; el reino de León para el segundo varón, Alfonso, y el reino de Galicia para el pequeño García.
Aquella medida cautelosa, que trataba de evitar un conflicto armado y fratricida, caldeó aún más los ánimos.
Deseosos de hacerse con las tierras de los otros, la guerra estalló y no cesó hasta que solo quedó uno.
García falleció siendo prisionero de su hermano Alfonso y Sancho cayó de la forma más indecente y deshonrosa posible, acuchillado mientras aliviaba el vientre.
¿Por qué no iba el infante don Sancho a haber acelerado el encuentro de su hermano Fernando con Dios con todo lo que podía ganar con ello?
¿Por qué no hacerlo cuando su padre no estaba presente, los moros invadían la frontera, el sultán de Granada se sublevaba y el reino pasaba miedo?
En unas circunstancias tan desesperadas, ¿quién habría sospechado de él, quién lo habría culpado?