La duquesa bastarda 23. Levantando a los muertos
54%

23. Levantando a los muertos

Levantando a los muertos

Mi cuñada tenía razón. En la corte, los maridos nos abandonaban para dedicarse por entero a su señor don Alfonso.

Confiaban en que nosotras nos entretuviéramos con cotilleos, juegos, lecturas, paseos, misas diarias y la compañía de la reina doña Violante, a la que se nos exigía perseguir de aquí para allá y admirar cual animal exótico.

Era como la azorafa, la cebra y el cocodrilo que el sultán de Egipto, Baybar I, había regalado al rey Alfonso.

Solo que ella estaba en Camarena, enclaustrada en un castillo con el hondo pesar de la pérdida, y las bestias permanecían en el alcázar de Sevilla, enjauladas entre barrotes, arrancadas de su lugar de origen y alimentadas por manos temerosas.

Y, sin embargo, todas ellas, fieras y mujer, estaban sometidas a miradas curiosas.

Violante de Aragón rozaba los cuarenta y, al igual que las reinas que la precedieron, poseía unos ademanes delicados y una voz autoritaria, que únicamente se doblegaba frente a su marido.

Había sido muy fecunda en cuanto a hijos.

Por desgracia, el fallecimiento de su primogénito varón le había horadado el ánimo, y quien antes había sido una mujer de gran energía se había convertido en un alma lánguida y enlutada que prefería no hablar en público.

—Aunque la veáis callada y distante, es solo en apariencia. Por dentro, su mente se mueve con toda celeridad. Es muy aguda y de convicciones fuertes, una auténtica luchadora. Os sorprendería —me advirtió Blanca de Francia.

A mí me parecía parca en palabras; no obstante, creía vislumbrar lo que mi nueva amiga apuntaba. Violante de Aragón tenía los ojos caídos y unas ojeras imborrables, e incluso así sus pupilas resplandecían con el brillo de la astucia.

Al rey don Alfonso lo conocí en la velada del primer día, que él mismo catalogó de humilde bienvenida para sus leales, pese a que de humilde no tenía nada.

Mi esposo me había agarrado del codo y me había arrastrado hasta él.

«Mi mujer, doña Mathilde Leblond, hija del conde de Nailloux, don Antoine Leblond», me había presentado.

Sin atreverme a mirarle, me postré ante él.

Don Pedro había escogido mis vestiduras, las mejores de todo el guardarropa para así causarle buena impresión.

Pero don Alfonso ni siquiera se fijó en mis ropajes o en mis joyas rutilantes.

Me echó un vistazo desde la toca hasta los chapines y sonrió, complacido.

—Enhorabuena por el feliz enlace, mi querido don Pedro. —Le palmeó el brazo con júbilo—. Joven y bella, una buena decisión.

—Gracias, mi señor.

—Veréis que pronto os sonríe la buena ventura y llenáis Valdívar de vástagos. Esta os dará lo que no pudo daros doña Beatriz de Aguilar, que en paz descanse.

Sentí pena por el fantasma que estaba a mi lado, inmóvil, indolente ante aquel oprobio. Beatriz, quien, yo estaba segura, había tenido infinidad de virtudes —y quizá algunas faltas, como le gustaba insinuar a mi suegra—, siempre sería recordada por ser mujer yerma. Nada más.

En esos instantes me di cuenta de que mi marido no le había hablado al rey de que estábamos a expensas de su beneplácito para pasar por el altar.

Lo que nos unía no era más que el matrimonio de palabra, que, aunque válido y consumado carnalmente, pecaba de pobre.

Cuando le pregunté por ello, me dijo que todavía no había visto la oportunidad, que don Alfonso estaba demasiado ocupado entre los benimerines, las bajas de las huestes, el destrozo de la frontera, la sublevación del sultán de Granada y el infortunio de su hijo, al que habían enterrado en el monasterio de las Huelgas, en Burgos.

—Descuidad, aún quedan muchas semanas por delante en la corte. Encontraré el momento para tratar con mi señor el tema de las nupcias, mas no ahora, Mathilde. Antes hemos de solucionar los problemas que nos acucian. Para eso hemos sido llamados. Cada cosa a su tiempo.

Y yo no replicaba, a sabiendas de que era mejor así. Me dediqué a hacer lo que hace toda buena esposa: aguardar con paciencia.

Desde entonces, únicamente coincidía con don Alfonso en los banquetes nocturnos, pues el rey pasaba el resto de la jornada encerrado en su despacho o en su alcoba, rodeado por sus hombres de confianza.

Durante las veladas, fingía una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

Era obvio por sus gestos, que solo los más cercanos y observadores adivinaban que eran falsos.

Sonreía con tirantez, reía con una satisfacción hueca y se aferraba a su esposa con una necesidad que daba miedo.

Doña Violante aguantaba los apretones con entereza, como si la carne se le hubiera adaptado a la presión de su mano.

Puede que fueran todas esas cuitas que don Pedro había enumerado, puede que fueran los estragos de un reinado cuyo esplendor se iba apagando o puede que fuera la edad.

Don Alfonso tenía cincuenta y cuatro años, catorce más que su mujer.

Si a ella la había golpeado la tragedia, a él se le habían echado encima las obligaciones del gobierno y la crisis sucesoria que se batía sobre su cabeza.

Las canas le veteaban el cabello y las arrugas se le hundían en la faz, dándole un aspecto torturado que no encajaba con la robustez de su cuerpo.

Cada noche, al reposar en el lecho, mi marido se negaba a compartir información conmigo.

Nunca me aclaraba cómo discurrían las reuniones, qué medidas se ponían sobre la mesa, qué discusiones prosperaban y quiénes defendían una u otra medida o a uno u otro heredero.

Llegaba agotado, con dolores en las sienes, y, después de poseerme varias veces y esparcir su semilla, se echaba a dormir.

—Sois el remedio más eficaz contra esta terrible enfermedad —me decía entre besos y caricias, acercándome a su tibio cuerpo.

—No es una enfermedad lo que os aqueja, esposo mío, es la carga de la política. Quizá deberíais compartirla con alguien.

Aun así, por mucho que lo intentara, don Pedro no se rendía ante mis torpes trucos.

Las ganas que había experimentado durante su larga estancia en la frontera de recostarse en mi regazo y deshilvanar sus angustias se habían sofocado.

Los asuntos de Estado volvían a quedarme vetados.

Lo que sí le gustaba recordarme era que nuestro señor don Alfonso era un hombre sabio que pronto solventaría los problemas que nos mortificaban.

Pondría paz en el seno de su familia, se decantaría por un heredero que jurarían en las Cortes, expulsaría a los benimerines y sometería al granadino, que nuevamente prometería vasallaje, y entonces se dedicaría a lo que más amaba, su labor cultural.

A menudo me preguntaba si ese intelectualismo que tanto placía al rey no le valdría para librarme de la presencia de Beatriz, cuyo tufo a podredumbre empezaba a superponerse al agua de mayo.

A veces me parecía que el zumbido de las abejas aumentaba al ritmo de su putrefacción.

Había aprendido a soportar ambos martirios del mismo modo que había aprendido a tolerar su cercanía y el juicio en su mirada, ora triste, ora vacua.

Abocadas a la compañía femenina, doña Blanca de Francia fue sustituyendo a mi cuñada como confidente y la de Cigales no reclamó su puesto por motivos evidentes.

Nadie puede pretender enfrentarse a una futura reina.

Así pues, paseábamos día sí, día también, agarradas del brazo y escoltadas por la fallecida Beatriz.

Si alguien hubiera podido verla, le habríamos parecido una hidra de tres cabezas de tan juntas que solíamos ir.

La princesa viuda necesitaba hablar con alguien sobre Francia, su infancia, sus deudos —a los que añoraba hasta lo indecible—, sus hijos y su marido, sobre la soledad desde que ellos ya no estaban y la asfixia que le provocaban los muros del castillo, en los que se sentía aprisionada.

No me extrañaba su agobio en absoluto, yo también lo había padecido en Valdívar.

Además, éramos demasiadas personas congregadas ahí dentro, no había lugar que diera cabida a tanto ego e intrigas palaciegas.

Todo el mundo conspiraba en su propio beneficio.

Por eso, doña Blanca recurría a mí, creía que ninguna otra la comprendería como yo.

—¿No os amaba vuestro padre? —preguntó la princesa viuda.

La miré extrañada. Ese día me había invitado a jugar al ajedrez en el salón de sus aposentos personales, donde junto al fuego echábamos las tardes entre confidencias, dulces y vino.

Sus doncellas y mi leal Pía se afanaban en el bordado, y el espectro de Beatriz tomaba asiento a nuestro lado en una silla de cadera, desde la que contemplaba el avance de la partida.

—Me adoraba —afirmé. Siempre que pensaba en él, me embargaba la nostalgia.

—¿Os adoraba y os casó con don Pedro de Lara?

—Soy bastarda. Había otras opciones como el duque de Chisseaux…

Blanca de Francia hizo un gesto vulgar, evidenciando lo repugnante que se le antojaba aquel hombre escuálido y con signos de malformación, y yo solté una carcajada.

—Pero, según ellos, esta fue la mejor.

—Cualquier hombre es mejor que un Lara.

—A vuestros hijos los salvaguarda el señor de Albarracín, Juan Núñez de Lara —le recordé—. ¿Acaso no os fiais de él por pertenecer a los Lara?

De repente, la conversación cobró un cariz solemne. Blanca de Francia dejó reposar la figurita de cristal, finamente tallada, sobre la mesa y me miró. Mi estómago se tornó un amasijo de nervios.

—Fío de él y de su palabra. De no ser así, jamás habría dejado a mis hijos bajo su cuidado, por mucho que hubiera insistido mi marido. No obstante, no es lo mismo tener el apoyo táctico de un Lara que casarse con un Lara.

No supe qué decir, tampoco sabía hacia dónde se dirigía con ese comentario sibilino tan impropio de ella. En un lugar como la corte, en el que las damas se acercaban las unas a las otras con una actitud calculada e intenciones deshonestas, la princesa viuda sobresalía por su franqueza.