La duquesa bastarda 22. La Casa del Rey #2
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22. La Casa del Rey #2

La de Cigales hizo un gesto y el copero nos escanció un vino rojo, intenso y viejo, con un regusto a madera que te arañaba la garganta y te obligaba a paladear.

Los ojos se me fueron a los apetitosos pastelitos de hojaldre y miel que pululaban en las manos de las damas, que se decantaban más por los dulces —turrón y fruta escarchada— que por la fruta de temporada y el delicioso queso que acompañaba al pan blanco.

—¿Cómo es que lleváis este atuendo? —Señaló mi exquisita indumentaria.

—Es de doña Beatriz de Aguilar. —Ya no vacilaba al pronunciar su nombre.

Mi cuñada hizo un ruido de asentimiento y dio un sorbo.

—Ya lo sé. Primero me ha parecido demasiado castellano para nuestra querida Mathilde y luego lo he reconocido. Le valió una buena disputa con madre.

Enarqué una ceja y me asaltaron unas increíbles ganas de reír a carcajadas. Estaba tan lejos de la influencia de doña Inés Pérez de Lara que la mano de hierro con la que gobernaba Valdívar de repente me parecía más absurda que terrorífica.

—¿El reino se hallaba en guerra y no había dinero suficiente para cuando lo encargó? —La mordacidad me serpenteaba en la lengua—. ¿O es que la marta cibelina es signo de vanidad?

Doña Mencía no se indignó por mi comentario.

Conocía a su madre, había vivido bajo su techo y la había sufrido también.

Desde que se casara y trasladara a Cigales, solo trataba con ella de visita en visita, por lo que había aprendido a tolerar lo que esta tenía que decirle, sin dejar que sus opiniones la dañaran.

Una lección que debía aplicarme si deseaba mejorar nuestra convivencia.

—Oh, no. Fue uno de los muchos regalos de su hermano, Juan de Aguilar. Creo recordar que le costó unos ciento cincuenta maravedíes, todo un lujo.

—Debía apreciarla muchísimo para hacerle tantísimos presentes. Los tapices de su alcoba, estos ropajes…

—Nunca un hermano amó así a su hermana. —Una suerte de anhelo le empañó la voz.

Miré al espíritu de Beatriz, que, entre ese montón de mujeres estridentes, lucía aún más mustia y lánguida.

No hacía tanto ella había pertenecido a ese mundo, se había codeado con esas mujeres estridentes, había reído y cuchicheado con ellas, había compartido sus sueños y frustraciones.

Y, sin embargo, en esos instantes, apenas un alma la nombraba.

Era como si la hubieran borrado de sus memorias, como si la pena y la piedad solo tuvieran un cauce y este debiera discurrir hacia la reina Violante, que había perdido a su primogénito.

Solo ella recibía sus atenciones, lamentos y lágrimas. Nada quedaba para Beatriz.

Doña Mencía examinó su derredor, fijándose en los atavíos resplandecientes y las alhajas que emitían destellos.

—Habéis hecho bien en ponéroslo hoy. —Asintió convencida.

Mi hermana Aurore habría opinado que la corte castellana palidecía frente a la francesa, que el lujo de los reyes Luis IX y Felipe III era superior, y habría estado en lo cierto. Nosotros ganábamos en cuanto a pompa y boato.

—¿Cuánto es demasiado? —quise saber.

—Bueno, el escribano de nuestro señor don Alfonso cobra unos noventa maravedíes al mes, así que vuestros ropajes son dos jornales suyos. ¿Qué os parece?

—Que menos mal que no es solo una camisola.

Ella se echó a reír.

—Eso mismo habría dicho doña Beatriz —comentó resuelta.

Sus palabras me aguijonearon. ¿Había alguna semejanza entre nosotras? Desvié la mirada hacia el espectro y creí apreciar en él una esquiva sonrisa.

Enganchada a mi brazo, la de Cigales me paseó por la amplísima estancia, susurrándome al oído el nombre de las damas presentes.

Con sutileza y un ligero movimiento de cabeza, me las señalaba y me desgranaba sus vidas, me informaba de los rumores que circulaban en torno a ellas y a sus deudos, y me aconsejaba sobre unas y otras según sus carencias y virtudes.

—Y esa que viene hacia aquí es doña Blanca de Francia —me murmuró, dándome un codazo que me estiró hasta el cuello.

Había estado tan concentrada reteniendo datos sobre potenciales futuras amistades que no me había percatado de que una figura femenina se nos acercaba.

En realidad, la habría reconocido incluso sin que mencionaran su nombre.

Esa tez nívea como la nata batida, esa nariz pequeña de origen Capeto, esos ojos sesgados y esa toca que ocultaba un cabello rubio la hacían resaltar.

Doña Blanca de Francia caminaba con lentitud y seguridad, la de quien se sabe respaldada por un linaje de poder y gloria.

—Doña Mathilde Leblond, supongo —me saludó.

Muda y azorada, me postré ante ella.

—Lamento profundamente vuestra pérdida, mi señora —dije en francés.

Su dulce sonrisa se rompió al instante y los ojos se le empañaron. Tragó saliva y, con la voz entrecortada, dijo:

—Y yo vuestro destierro.

Doña Blanca de Francia, hija de rey, hermana de rey y posiblemente madre de rey, se echó a mis brazos, y yo no pude más que acogerla como a una hermana.

Y es que cuando dos personas se encuentran en un reino desconocido, lejos de su verdadero hogar, se fragua un vínculo inquebrantable.

Más cuando son mujeres, abandonadas a su suerte por causa del matrimonio.

La princesa viuda se disculpó ante mi cuñada por el exceso de afecto, argumentó que no recibía visitas francesas a menudo y que mi llegada la había ilusionado en gran medida. Le pidió que me dispensara, pues quería arrebatarme de su lado durante un rato para así hablar, y Mencía no pudo negarse.

De cerca, doña Blanca de Francia impresionaba.

Tenía un cuello fino y largo, y desprendía una fragancia que me retrotraía a la niñez.

No se trataba de un aroma floral, producto de algún perfume caro, sino de un olor dulzón, como la miel que bañaba los pasteles que horneaban en las cocinas del castillo de Nailloux y que lo más probable era que hubieran copiado de la residencia del monarca.

—Os recuerdo. Os vi una vez en la corte, hace muchos años, cuando mi padre, el rey Luis, aún vivía y mi hermano no se había sentado en el trono. Qué tiempos aquellos… —Suspiró melancólica—. Habéis cambiado desde entonces.

—Vos también.

Jamás olvidaría la primera vez que pisé la corte.

Padre aguardó a que aprendiese protocolo para llevarme y, una vez allí, la mayor parte del tiempo lo pasé cabizbaja, avergonzada de mi bastardía y envidiosa de la naturalidad con la que se desenvolvía mi hermana Aurore.

Lo que me sorprendía es que alguien como Blanca de Francia, una princesa, hubiera reparado en mí.

—No iréis a decirme que el luto me sienta bien, ¿verdad? —Esbozó una media sonrisa.

—No, mi señora. No me atrevería —repuse espantada—. Os dije que lamento hondamente vuestra pena; la lamento como si fuera mía.

Ella asintió conmovida.

—Así somos los franceses, todo corazón.

—Y los castellanos todo bravura.

—Se nota que ya lleváis algún tiempo aquí. —Se dio un par de golpecitos en la barbilla.

Se refería al habla. Pasar tanto tiempo en Castilla había hecho que mudara la piel.

Ya no necesitaba de intérprete, aunque algunas palabras todavía se me resistieran.

Mi lengua, la de mi padre y mi madre, la del linaje Leblond, había quedado relegada a mi mente.

Era el idioma del silencio, de los miedos, de las pesadillas y las elucubraciones.

El idioma de mi conciencia. Ya solo lo hablaba con ella.

—No dejéis que os quiten eso, Mathilde. —Fue más una petición que una sugerencia.

—¿Vos practicáis el francés?

Cabeceó.

—A diario.

Tenía sentido. Estaba rodeada por doncellas de compañía francesas que habían viajado con ella a Castilla hacía seis años, cuando matrimonió con el infante Fernando de la Cerda.

Desde entonces no se habían separado de su lado, eran su muro de contención, el lazo que la ataba a las tierras de su dinastía.

—¿También con vuestros hijos? —pregunté, sin poder ocultar el asombro.

—No querría que olvidaran el linaje Capeto. Es peligroso distanciarse de las raíces, ¿sabéis? —Me señaló hacia el tumulto congregado en torno a la reina—. ¿Habéis conocido a doña Violante de Aragón?

La observé desde allí, pálida, ojeriza, con la boca contraída en una fina línea que clamaba disgusto. Era evidente que no quería estar en aquel lugar, casi sirviendo de distracción a doncellas y grandes señoras, como un juglar o un bufón.

—No he tenido el agradable placer. Ha sido acaparada por el resto de las damas.

—Os la presentaré más tarde, cuando no esté siendo devorada por aves de carroña. —Y añadió en un susurro—: Es el precio de ser reina.

—Puede que las aves migren pronto hacia estos lares, mi señora. Al fin y al cabo, estáis destinada a ser reina.

Sus ojos se entornaron.

—Eso aún está por verse. Todavía hay mucho por decidir.

Los vástagos de Blanca de Francia no residían en la corte.

Don Fernando de la Cerda había sido hábil incluso en su lecho de muerte y, viéndose próximo a él, había encomendado la crianza de sus dos hijos a don Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín y primo de mi esposo, pero sobre todo hombre de su confianza.

Ella, como madre, admitía que había sido una gran idea, pues así quedaban bien salvaguardados, lejos de las garras del infante don Sancho y sus aliados.

Pero eso no había evitado que llorase al entregarlos.

—Cuanto más lejos de mi cuñado Sancho, mejor —me dijo—. Siempre ha sido algo irascible y volátil, y de esos hombres hay que cuidarse. Son capaces de cualquier cosa y una nunca sabe por dónde van a salir.

Hablaba de asesinato, puede que de regicidio, y lo hacía sin descender la voz ni volverla un murmullo. No había vergüenza en ella.

—Quiero creer que las ambiciones tienen un límite y que ese límite es herir a un niño, a tu propio sobrino, hijo de tu difunto hermano, sangre de tu sangre.

—Ah, pero también hay sangre de los Capeto en sus venas.

—Sonrió orgullosa—. El poder no conoce de límites.

Por conocer, no conoce ni de misericordia.

Continuamente, enfrenta a hermanos contra hermanos, como a los hijos de Fernando I de León, que se mataron entre ellos por hacerse con el control de los reinos.

Y siendo eso así, ¿qué les espera a mis hijos?

Blanca de Francia estaba sola, tan sola como yo, y quizá por eso nos arrimábamos la una a la otra. Éramos compañía, recuerdos y una chispa de esperanza que nos convenía mantener alimentada.

—Tener un hijo es una preocupación para toda la vida.

No lo pensamos al quedar encinta, solo nos aferramos a la idea de que el futuro de nuestros reinos, ducados, condados y señoríos se gesta en nuestras entrañas.

Cumplimos con nuestro deber. —Se acarició el vientre, que ya no albergaría el fruto de su esposo—.

Pero traer un niño a este mundo es una preocupación hasta el día de tu muerte.

Todos tus pensamientos son para él, todos tus desvelos son por su causa. Y la causa de mi querido hijo Alfonso…

Esa era la razón de que ella estuviera en Camarena; buscaba influenciar a don Alfonso y doña Violante en favor de sus pequeños, que se hallaban lejos, resguardados de las intrigas cortesanas y los afilados cuchillos.

Doña Blanca de Francia iba a combatir por el derecho al trono de su primogénito hasta el último aliento, y lo haría con todas las armas que tenía a su disposición. Incluida yo.

—Dios ha escuchado mis plegarias, necesitaba una aliada en Castilla. —Me sonrió—. Me alegro de que estéis aquí, Mathilde Leblond. Ahora somos hermanas.