La duquesa bastarda 22. La Casa del Rey
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22. La Casa del Rey

La Casa del Rey

Camarena estaba a casi siete leguas de Toledo y a unas seis de Valdívar, por lo que el viaje no fue arduo más que para los animales, que tiraban del equipaje.

Mi leal Pía y un par de hombres, encargados de la alcoba de mi esposo, componían todo nuestro pequeño y humilde séquito.

Hacía años, el rey Alfonso había pedido a los nobles que comieran y bebieran con mesura en la corte para evitar grandes gastos.

Finalmente —harto del sobrecoste de mantener a tantos en su residencia palatina—, ordenó que solo se acudiera cuando él mandase y que se llevara un servicio de diez personas a lo sumo, que cada uno sufragaría con su dinero.

Debido a eso, al corto trayecto y a los achaques de la edad, don Pedro había dejado a su madre en el ducado a cargo del castillo y las tierras. «Alguien deberá gobernar esto en nuestra ausencia», había dicho, y doña Inés aceptó, a pesar de que exudaba ganas de reunirse con las otras grandes damas.

Prescindir de doña Inés Pérez de Lara significaba prescindir de Lucía, lo cual agradecía.

Lo que menos necesitaba en esos momentos era una sirvienta engreída y respondona que soliviantara al personal en mi contra, especialmente en el delicado entorno de la realeza.

Eso sí, de la que no pude desprenderme fue de la difunta Beatriz de Aguilar, un recordatorio perenne de los miedos de mi marido y de mi puesto de segunda esposa.

Llegamos a Camarena cerca del mediodía, a mediados de enero.

No fuimos los últimos pero tampoco los primeros.

El castillo ya había sido tomado por muchos de sus honorables invitados, y eso que no poseía las grandes dimensiones de otras fortalezas y alcázares en los que don Alfonso solía asentarse junto con su corte.

Descargadas nuestras pertenencias, nos instalaron en diferentes alcobas, y antes siquiera de poder preguntarle a mi marido qué sucedería a continuación, cómo debía proceder o qué se esperaba de mí, unos hombres anunciaron que el rey requería su presencia.

Diligente como era, don Pedro se aprestó a acompañarlos.

Me dio un casto beso en la frente y me animó a que conociera el castillo y me arrimara a las grandes señoras; dicho lo cual, desapareció.

Ya a solas, Pía me vistió con un rico atuendo de piel de marta cibelina e hilos entorchados de oro y plata.

Me maquilló mejillas y labios hasta tornarlos rosados, me alcoholó los ojos y me perfumó, lejos de la modestia que exigía mi suegra.

Al cuello, me colocó un colgante con un granate del tamaño de un huevo de codorniz, a juego con unos pesados pendientes y la alianza matrimonial.

Los ropajes ajenos y el espíritu de Beatriz, asomado por encima de mi hombro al igual que la madre que da su consentimiento, me dificultaban reconocerme en la superficie pulida del espejo.

Aun así, con la mirada perfilada de un negro azabache y el rubor pintándome el rostro, sentí haber recuperado una parte de mí misma, aunque fuera ínfima.

Pensé que doña Anne de Albret habría estado orgullosa, aquello era una conquista y sus enseñanzas no habían sido del todo inútiles.

Con un pellizco en el estómago, hice lo que mi marido me había aconsejado: salir a entablar nuevas relaciones de amistad.

La corte era bulliciosa, más de lo que hubiera esperado dadas las circunstancias; en ella se congregaban centenares y centenares de personas.

Por un lado, estaban los que deseaban conseguir algo del rey —nobles, caballeros, obispos, frailes y abades, maestres de órdenes militares, burgueses de villas, embajadores de otros reinos—, ya fuera en oro, tierras o títulos.

Por otro, los que detentaban cargos de suma relevancia y estaban al servicio del monarca.

Algunos eran la pura encarnación del deber, la diligencia, el buen hacer, la fidelidad y el rancio abolengo.

Era fácil distinguir esto último, puesto que los oficiales que provenían de linaje nobiliario alzaban el mentón con un deje de orgullo y desprecio, al contrario que los más humildes, que ejercían trabajos de servidumbre y practicaban el arte del esfuerzo.

El de los cotilleos estaba al alcance de cualquiera.

El funcionamiento del castillo dependía de un sinfín de personas que iban a la carrera por los patios, los pasillos, los salones y hasta las mismísimas escaleras, a riesgo de caerse.

Al cuidado de los aposentos del rey don Alfonso estaba el camarero mayor, que tenía a su disposición diferentes subalternos, pues el ajuar, la cama y los documentos reales no podía llevarlos una única persona.

El repostero mayor se encargaba del depósito de las arcas personales y el resto de las tareas se dividía entre el repostero de cama, el de mesa, el de la plata…

Solo en la capilla real ya se contaba con el sacristán mayor y el teniente de este, el predicador, los capellanes de altar y los honoríficos, el maestre de música, el limosnero, los clérigos de capilla, el repostero de estrados y el capellán mayor, que hacía de confesor privado de la familia real.

En las cocinas tampoco se quedaban atrás.

Había un cocinero mayor que dirigía las labores culinarias y hacía las salvas para evitar un posible envenenamiento.

Bajo sus órdenes estaban los porteros, marmitones, alenteros y mozos de cocina.

También estaban el despensero mayor, el veedor, los despenseros menores y los mozos de despensa.

Todos hombres. El copero mayor se ocupaba de los servicios de mesa, copa, botillería y refrigerios, tanto de vino como de agua.

El oficial de escudilla llevaba y traía exclusivamente guisos y el oficial de cuchillo cortaba la carne servida a nuestro señor don Alfonso.

Para velar por la salud de este había un físico de renombre, quien se apoyaba en un boticario para la elaboración de fármacos, ungüentos y cataplasmas; en un sangrador que, a veces, actuaba de barbero; en un limpiador de dientes, un cirujano y un maestro de quebraduras, que recomponía huesos y roturas varias.

La guarda del monarca recaía en otros tantos hombres valientes: el alférez mayor, el guarda mayor, la caballería pesada, los escuderos de a pie y caballo, los donceles, el ballestero mayor, los maceros y los monteros de Espinosa y Babia, que se apostaban en la cámara real cada noche.

No faltaban tampoco el halconero, que supervisaba las aves de cetrería; el montero mayor, que auxiliaba al rey durante las cacerías y organizaba batidas; el caballerizo mayor, los mozos de cuadra y de perros, los acemileros; además del aposentador mayor y el oficial de maleta, que lo acompañaban durante sus viajes.

Solo para alimentar al servicio eran necesarios unos doscientos mil maravedíes al mes.

A instancias del rey, acudían a la corte los nobles y sus esposas, amén del séquito que habían traído consigo.

El resultado era un hervidero de personas y personalidades, un jaleo que zumbaba en los oídos y atribulaba a quienes no estaban habituados a tal escándalo.

Yo, que solo había pisado la corte del rey francés una vez en mi vida, estaba anonadada ante el griterío que imperaba y el desfile de lujo y ostentación.

Porque, si bien los criados de menor categoría portaban vestiduras más sobrias, mandiles y otros enseres, ciertos oficiales palatinos se engalanaban para así destacar.

Siguiendo el jolgorio generalizado y las instrucciones de uno de los porteros, Pía y yo fuimos a parar a un amplio salón en el que, a juzgar por la ornamentación, se celebraban las recepciones y se recibían embajadas.

El suelo alfombrado llevaba hasta una tarima en la que se alzaban los sitiales —exquisitamente tallados— del monarca y su consorte.

La escena estaba enmarcada por un hermoso dosel de color gules e iluminada por un gran número de candiles, cuya luz dorada incidía sobre los escudos de armas grabados en los muros.

Los hilos de oro que componían los fabulosos tapices centelleaban y el brillo de la corte resultaba cegador.

La estancia estaba repleta por un enjambre de mujeres que presumía de sus ropajes, sus guirnaldas, sus tocas blancas y sus frontaleras de gemas preciosas.

Las doncellas virtuosas se reunían en un extremo, las señoras de gran alcurnia en el otro.

Doña Violante de Aragón sobresalía por la negrura de sus ropajes y el gesto adusto.

A su alrededor, se había formado un corrillo de damas que buscaba granjearse su confianza o aliviarle el duelo, puede que ambas cosas. La reina parecía hastiada.

—Habrá que hacerse hueco entre tanta aduladora.

Hacía meses que no escuchaba aquella voz y, en mitad de la marejada de desconocidas, se me antojó una auténtica delicia.

Doña Mencía de Lara siempre llegaba en el momento oportuno, ya fuera para rescatarme de una vida en el convento, del hastío de la cotidianidad o de la soledad de la corte.

Me giré y me la encontré alisándose las arrugas de sus vestiduras, con una brillante sonrisa y la expresión congelada bajo el copioso maquillaje.

—Oh, gracias a Dios —exclamé, presa de la alegría.

—Hemos llegado hace un par de minutos y mi marido ya se ha ido corriendo en busca de nuestro señor don Alfonso.

Para que luego digan sobre los apetitos de los hombres por las barraganas…

No hay mayor rival para una esposa que un rey.

—Me guiñó un ojo—. Os aviso de que aquí vamos a pasar mucho tiempo abandonadas.

—Supongo que la política siempre gana al amor.

Doña Mencía se agarró a mi brazo.

—Tampoco voy yo a competir contra eso. A veces, una necesita un respiro y vos, hermana mía, tenéis cara de necesitar un poco de vino.

—No diré que no a eso.