21. El reencuentro #2
—Contadme cómo ha ido todo durante mi ausencia. ¿Algún problema más que deba saber?
Pensé en mi séquito de doncellas, en mi intérprete, en los ropajes de Beatriz en mis arcones, en la escasez de cosméticos en mi tocador, en mis rodillas desolladas de tanto orar en el reclinatorio y en mis manos ultrajadas por los excrementos de doña Inés Pérez de Lara.
¿Debía contarle todo aquello? ¿Los insultos y desprecios con los que había lidiado poniendo una sonrisa?
¿Las noches en las que me había acostado rezando y llorando, desesperada por que él regresara y el espíritu de su difunta esposa me abandonara?
Reuní el coraje que me quedaba y miré a Beatriz, que desde las faldas de la cama nos velaba.
Lucía apesadumbrada, más esquelética que nunca, más difunta que la primera vez que se me apareció.
La podredumbre se había extendido por su cadáver putrefacto y yo, acostumbrada a verla a diario, no había reparado en ello.
Pero ahí estaba. El bosque la devoraba poco a poco.
No. Definitivamente, no podía hacerlo partícipe de todas aquellas desavenencias internas.
No cuando acababa de regresar de la batalla y todavía llevaba los costurones tiernos y la semblanza de la muerte.
¿Qué tipo de esposa sería si a sus tribulaciones añadía las mías, si lo cargaba con menudencias cortesanas y le terminaba de arrebatar el sueño, que ya le era esquivo?
Me sacudí los pensamientos de encima y fingí una sonrisa para mi marido.
—Todo ha ido bien, más allá de las largas noches frías sin vos.
—Descuidad, ya no habrá más de esas. Ahora me tenéis aquí.
Me acercó más a él y enredó sus piernas con las mías.
Su mano se deslizó desde mi cuello hasta mi nuca, un roce leve que me congeló la respiración y prendió una llama en mi bajo vientre.
Casi me hizo ronronear. Le eché los brazos por los hombros para aproximarme y nuestras narices se tocaron.
Contemplé la cicatriz que le surcaba la faz y no pude evitar humedecerme los labios.
Su belleza me dejaba la boca árida, la garganta en carne viva.
—¿Habéis cuidado de madre?
Aquella pregunta apagó cualquier asomo de deseo. Tuve que carraspear antes de responder.
—Todo lo que he podido y ella me ha permitido.
—A madre nunca le ha gustado que la mimen en demasía, al menos no en lo que a gestos cariñosos se refiere. Tiene un carácter abnegado y la dependencia siempre le ha parecido síntoma de debilidad, incluso cuando no lo es. Tenedle paciencia, esposa mía, os adora.
Cabeceé y omití los confusos sentimientos que me despertaba doña Inés.
Pensé que quizá, con algo de suerte, mi esposo jamás se enteraría de la humillación a la que me había sometido su querida madre, pues los rumores se habían ido sofocando con el transcurrir del tiempo y las risitas a mi alrededor se habían extinguido.
Después de todo, tampoco había llegado a enterarse de mi ataque de histeria cuando vi a Beatriz por primera vez. ¿Por qué iba a ser aquello diferente?
—Y ahora… —susurró en mi oído, atrapando con los dientes el lóbulo de mi oreja y provocándome un escalofrío—. Vayamos a lo verdaderamente importante. Contadme cuánto me habéis extrañado.
Rompí a reír.
—Vos lo que queréis es inflaros como un pavo. Sois un hombre orgulloso, esposo mío.
—¿No es acaso lo que quiere todo hombre? —Enarcó una ceja y esbozó esa sonrisa aviesa y cautivadora que le arrebataría el aliento a cualquier dama.
—No conozco a tantos hombres.
—¡Ni que yo me entere! Aunque eso va a cambiar.
Me incorporé casi de un salto, extrañada, y recuperé las sábanas enrolladas al final del jergón para taparme con ellas.
El ímpetu con el que habíamos irrumpido en la alcoba había impedido que la servidumbre encendiera el fuego y, desde que la lujuria se aplacara, el frío se me estaba enroscando en los huesos.
—¿Qué queréis decir con eso?
—El rey don Alfonso exige que me presente en Camarena y he pensado que podíais venir conmigo. Es un buen momento para que os conozca la familia real y toda la nobleza, y así podríais ir habituándoos a la vida en la corte.
—¿Acudirá también vuestra hermana?
Asintió.
—Todos los grandes caballeros han de personarse ante el rey, incluso su hijo don Sancho, aunque todavía permanece en la frontera, conteniendo el avance de los benimerines. Tendremos que esperarle.
Pero yo ya no escuchaba nada acerca de la guerra; el nombre del infante había reclamado mi atención al completo.
—No quiero conocer a don Sancho —aduje.
—Mathilde… Es el infante.
—Vuestra carta me alarmó. Parecíais en peligro, hablabais de los moros y de espadas amigas, de don Sancho y de mercedes y lealtad no correspondida, y de otro caballero que ni recuerdo.
—El señor de Vizcaya, don Lope Díaz de Haro —murmuró—. Sí… Él también viene.
—¿Sabéis el miedo que pasé? —espeté, temblando al revivir aquellos duros momentos—.
Me temía lo peor… Y vuestra siguiente carta tardó demasiado en llegar.
Si vos no podéis fiaros de don Sancho, ¿para qué voy a querer conocerlo?
No puedo darle mi confianza a aquel que atentaría contra vuestra vida solo por no apoyarle en sus pretensiones al trono. Me lo habéis dejado bien claro.
Don Pedro exhaló un suspiro pesaroso, se recostó sobre los almohadones y se pinzó el puente de la nariz.
Las sábanas solo le cubrían hasta la cintura, dejando al descubierto su pecho enmarañado de rajas y heridas.
Yo había acariciado cada una de ellas, las había besado como si mi saliva acelerara su curación o promoviera un terrible castigo a quienes las habían ocasionado.
Me quejaba del temor de aquellos meses, pero ¿qué había del suyo?
¿De todo el miedo que había afrontado y engullido?
Él se había enfrentado a un riesgo crudo y real, yo a una criada con ansias de medrar y a un espíritu maldito.
A su lado, mis cuitas eran las de una niña pequeña a la que la atormentan las sombras de la noche.
—Que no me fíe de Sancho no significa que le gire la cara. No puedo desairarlo y vos tampoco. No nos conviene, y más en estos momentos.
—No he dicho que vaya a hacerlo. Me postraré ante él y le besaré la mano si es menester, bien lo sabéis.
Haré lo que necesitéis, lo que me ordenéis, pues para algo soy vuestra mujer.
—Toqueteé el anillo de oro que me había regalado—.
Nací para serviros. Pero no está en mi ánimo agradarle, así que no pretendáis que me deshaga en alabanzas hacia su persona.
De repente, mis reticencias hacia el infante parecían divertir muchísimo a mi marido, que intentaba ocultar la sonrisa con escaso éxito, lo cual me enervaba.
—Estoy deseosa de que termine esta crisis sucesoria. Son demasiados frentes abiertos. Los benimerines, el sultán de Granada, don Sancho y ahora ese tal Lope Díaz de Haro… Podrían irse todos al mismísimo infierno —mascullé.
Aquello desató sus carcajadas reprimidas. Le llevó un buen rato serenarse, pese a mis miradas de indignación.
—Vos no debéis preocuparos de la política, solo de gustarle a nuestro señor don Alfonso, a quien he de persuadir para que apremie nuestro paso por el altar. —Me pellizcó la mejilla—. Recordáis eso, ¿verdad?
—Estamos en guerra. —Fue como si doña Inés hablara a través de mí.
Me agarró de la barbilla, obligándome a mirarlo a esos ojos azules y centelleantes.
—La guerra acabará, más pronto que tarde. —Resoplé y él rio de nuevo—. ¿Sabéis qué? Cuando estaba ahí, en la frontera, a menudo me despertaba por las noches sudando, paralizado, con el corazón agitado y, por qué no decirlo, tremendamente asustado.
Supuse que se debía a los horrores que había experimentado en el campo de batalla, a la sangre que le teñiría la espada y las manos, a las heridas que le habían infligido y a las que él había provocado, haciendo que muchos rindieran el alma.
Debía de cargar centenares de muertes sobre su conciencia.
—Soñaba que cabalgaba hasta casa y que me encontraba a mi madre llorando, desmadejada sobre una tumba.
Al acercarme, ahí estaba vuestro nombre, en la fría piedra.
Habíais caído enferma, una fiebre os había arrancado de mi lado sin que yo estuviera presente, sin que lo supiera.
Y ya se os había dado cristiana sepultura, así que llegaba tarde.
Siempre tarde. Demasiado tarde —gruñó y se revolvió la melena, que le lamía los hombros—. No había podido veros una última vez.
Allí, semidesnudo, sentado sobre sus rodillas y con la cabeza gacha, era la vívida imagen de un martirio.
Ni san Sebastián, asaeteado hasta el fallecimiento, había sufrido tanto.
Pero su hermana, doña Mencía de Lara, ya me había avisado.
Don Pedro haría todo lo posible para evitar que la historia se repitiera, que me fuera al igual que doña Beatriz de Aguilar, un suceso que lo atormentaba hasta lo indecible.
Eché un ligero vistazo al fantasma de su difunta esposa. Bella y etérea, tenebrosa y macabra. Una vida cercenada, un destino truncado y una oportunidad para mí.
Tomé a don Pedro de la mandíbula y clavé mis pupilas en las suyas.
—Yo nunca, nunca… Nunca os dejaré, esposo mío. Ya os lo dije. Adonde vayáis, iré yo; donde moréis, moraré yo. Vuestro pueblo será mi pueblo y vuestro Dios, mi Dios. Os lo juro.