21. El reencuentro
El reencuentro
En contra del pronóstico de doña Mencía de Lara y la parentela de su esposo, la guerra no tocó a su fin, pese a los esfuerzos de nuestros buenos hombres y la célebre bravura del infante don Sancho.
Pasó la Natividad y los moros continuaron con su ofensiva, sembrando el terror y creando el caos en la frontera.
Entramos en el nuevo año y siguieron resistiendo, saqueando, matando, robando, tornando el sur un auténtico infierno.
En su regreso hacia Castilla, el rey Alfonso atravesó el reino de Valencia, Cuenca y otras tantas ciudades y villas.
En Alcalá de Henares recibió la noticia de que su hijo, el infante don Sancho, lideraba las mesnadas contra los infieles, cobrándose grandes éxitos y poniendo a buen recaudo la seguridad del reino.
Aquello debió sosegarle, pues, en vez de asentarse en Toledo o Segovia, se alojó en la cercana Camarena.
Desde allí mandó cartas y convocó a sus más leales hombres para comentar los delicados asuntos de Estado.
Así fue como mi marido volvió a casa.
Al igual que la primera vez que lo viera, antes siquiera de que nuestros caminos se cruzaran, yo ya estaba esperándole.
Paseaba por el adarve, con la vista clavada en el horizonte para capturar el momento exacto en el que él y sus tropas aparecieran, cuando lo divisé a lo lejos.
Su figura se dibujó entre almenas y merlones, una mancha minúscula que desentonaba en el austero paisaje invernal.
La heráldica de los Lara lo precedía, las calderas de sable bailaban en el pendón como en los estandartes de las torres de nuestro castillo.
—¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí! —le grité a Pía, que caminaba a mi lado, y eché a correr, deseosa de recibirle, trastabillando con mis pies.
Me negaba a quedarme en un rincón con las manos entrelazadas y una estúpida sonrisa en los labios, escondiendo los sentimientos de alivio y dicha, en especial cuando podía haber regresado envuelto en un sudario, con las carnes cosidas y el pecho vacío.
En cuanto hubo descabalgado en el patio y los mozos de cuadras apartaron al animal, abandoné el lugar que me correspondía junto a mi suegra y me lancé a los brazos de don Pedro.
No me importaron el decoro, la compostura ni los buenos modales que había de preservar. A él tampoco, porque al impactar contra su robusto cuerpo, me acogió de buena gana. Me estrechó con fuerza, con la risa brotándole de la garganta, y me besó la coronilla cubierta por la toca.
Me aferré a él, temiendo que solo fuera una alucinación, una prueba más de Dios Todopoderoso, una trampa del diablo u otro juego de mi depauperada mente.
Necesitaba comprobar que era real. Que estaba ahí, conmigo, en Valdívar.
Con los párpados todavía cerrados y las lágrimas a punto de aflorar, aspiré la polvareda del camino impregnada en su piel, el aroma a almizcle tan característico suyo.
Y no fue hasta que me hube embriagado de su esencia cuando le agarré de las manos y le besé los nudillos uno por uno.
—A Dios gracia. A Dios gracia —murmuraba en cada beso, incapaz de dejar de tocarle por si se rompía el hechizo y descubría que todo era un mal sueño.
Don Pedro no paraba de reír con esas carcajadas atronadoras, y el sonido de su voz me hizo derramar la primera lágrima, que él capturó con el pulgar. Me sostuvo el rostro entre las manos y susurró:
—Os prometí que volvería y yo jamás jamás falto a mi palabra.
—Pero dudé.
—¿De mí? —Se le curvaron las cejas en un gesto de decepción.
Veía claramente sus rasgos a pesar de la neblina acuosa que me inundaba los ojos, del mismo modo que atisbaba el espíritu de Beatriz detrás de él, observándonos. Negué.
—De la bondad humana. Vuestras cartas me sobrecogían.
—Mi Mathilde… —Chasqueó la lengua y volvió a arrimarme a su pecho—. Perdonadme, pues, por ellas. Lo que menos quería era preocuparos, pero os extrañaba tanto que no escribiros se me antojaba un castigo demasiado cruel, para vos y para mí. Y no soy esa clase de hombre.
—¿Qué clase de hombre?
—El que castiga con el silencio o la indiferencia a su amada o el que puede vivir sin ella. Vamos, vamos, no lloréis más. —Me secó el reguero salado que se me había deslizado por las mejillas, tiñéndomelas de granate—. Todo ha salido bien. Dios me ha traído de vuelta hasta vos.
Asentí, con la barbilla temblando a causa del llanto silencioso.
Quería creer que su regreso transformaría la patética vida que había llevado hasta ese momento: la carestía, los comportamientos desdeñosos de Lucía, la imparcialidad de doña Inés con respecto a esta y las actitudes opresivas e injuriosas que yo recibía por parte de la servidumbre, envenenada por la impía criada.
Esperaba que él jamás vislumbrara mi decadencia o la soledad a la que me habían abocado, como tampoco al fantasma errante que me acosaba.
Don Pedro puso una mano en mi espalda y me llevó hasta la comitiva.
Cuando pasamos por al lado de su madre, pensé que se detendría, que la besaría en la mejilla y le diría cuánto la había añorado, y que se aseguraría, como buen hijo que era, de que se hallaba bien de salud.
Entonces ella le daría un beso y una palmadita en la cara, y le diría: «Bienvenido a casa, hijo mío».
Pero me equivoqué.
La necesidad del hombre ganó a la del hijo.
Don Pedro venía de la guerra, de contemplar atrocidades que jamás se borran de la memoria, de cometer brutalidades que le pesarían para siempre en el alma, aunque las hubiera hecho en nombre de Dios, de la Corona y de su señor don Alfonso.
Y un hombre que viene de la guerra ha de reposar junto a su mujer.
Así que se acercó a su madre, la obsequió con un gentil beso en la frente y no se paró a musitar ni una palabra. Sonrió a los presentes para agradecerles la humilde recepción y se internó conmigo en la privacidad del castillo. Unos pasos por detrás de nosotros, venía Beatriz.
Nada más cerrar la puerta de mis aposentos, nos abalanzamos el uno sobre el otro, presos de un hambre voraz.
Él se quitó la garnacha que lo protegiera del frío y la lluvia y la arrojó a los pies del jergón.
Entre besos desesperados, lo ayudé a deshacerse de las vestiduras hasta que solo lo cubrió la camisa, y él hizo lo propio.
Me quitó el velo, luego el prendedero, la barbeta y la cofia de red, y hundió los dedos en mis cabellos rubios, por fin liberados.
—Cuantísimo os he añorado —musitó, olisqueándome las guedejas, escondiendo el rostro entre ellas.
Sometidos al más puro deseo, chocamos contra el mobiliario y caímos sobre el colchón.
—Estáis diferente.
Me miraba con esos ojos radiantes mientras me acariciaba la mejilla con suavidad, reconociendo los rasgos que hacía meses que no veía.
—Estoy como siempre —alegué.
—No. No. Definitivamente, hay algo distinto en vos.
Quizá fueran las ojeras amoratadas que ya no borraba ningún cosmético o la palidez acentuada desde que no usaba emplastos para la tez.
Debía llevar la preocupación grabada en el semblante, del mismo modo que él llevaba la supervivencia de la batalla.
Sus facciones se habían endurecido sobremanera.
A la cicatriz que le cruzaba la cara se le habían añadido otras más pequeñas, y nuevas arrugas se le concentraban en la frente y en las comisuras de la boca.
Pese a ello, su atractivo no disminuía. Me hacía salivar.
Don Pedro me examinó de arriba abajo, tumbado sobre mí, apoyado en sus fuertes codos.
—¿Y vuestras camisas amarillas? —preguntó al reparar en la fina prenda blanca que tapaba mi desnudez.
—Hubo un pequeño incidente con ellas.
No quería pensar en eso. No podía pensar en eso como no podía ni quería girarme y ver el rostro ceniciento de Beatriz, que se hallaba a los pies de la cama. Si lo hacía, me echaría a llorar sobre su pecho y ya no pararía hasta la mañana siguiente.
Lo besé de nuevo, tratando de acallarlo, y aquello fue peor que echarle leña a un incendio. De repente, al degustar el sabor de mi boca, lo invadió un ansia nunca vista. Don Pedro había recordado que llevaba meses sin probar bocado y que, ante él, tenía un suculento banquete.
Se desposeyó de la camisa y, aunque las prisas lo volvían algo torpe, me arrebató la mía.
Necesitaba el contacto íntimo de la piel, asegurarse de que mi cuerpo aún respondía a él, que la conexión entre ambos seguía ahí, intacta.
Y lo estaba. Porque hay cosas que jamás cambian.
Tal vez la distancia nos hubiera hecho menos pacientes y más feroces, pero no había mermado un ápice la pasión que sentíamos, mucho menos el gozo.
Cada uno de sus besos y mordiscos me estremecían. Con cada roce se me encogían los dedos de los pies. La carne me abrasaba, me quemaba por dentro. Me derretía. El mundo entero se reducía a él. A mí. A nosotros. A la creación de Dios. A su bendita labor divina.
—Me gustan las camisas margomadas —me dijo tras varios asaltos carnales.
Estaba tendido, con un brazo por detrás de la cabeza a modo de cojín y otro que me envolvía los hombros, acariciándome la piel pegajosa y brillante de sudor.
Yo me había recostado sobre su pecho y clavaba la mirada en su apuesto rostro, mas nunca en Beatriz.
No estaba dispuesta a permitir que nos estropeara el momento.
Bastante tenía con no poder quitármela de encima ni cuando yuntábamos en el lecho.
—Es un honor para mí que las hayáis adoptado en vuestro guardarropa. Aunque reconozco que esas camisas amarillas con las que os encontré vagando aquella noche por el castillo de vuestra parentela me conquistaron. Decidme, ¿cuál ha sido el incidente?
—Alguien las tomó por prendas antiguas y raídas, y las hizo trapos. —Intenté sonar despreocupada.
—Eso no suena a un pequeño incidente, Mathilde.
—Supongo que fue un error.
Pero él no estaba convencido. Había fruncido el ceño y sus ojos se habían empequeñecido.