20. Excrementos y un balde de agua #2
Y, sin embargo, pese al riesgo, no podía parar.
Volqué sobre ella mi frustración, la rabia contenida y silenciada, la penuria de mi soledad y de las injusticias, las derrotas de mis batallas contra la pérfida Lucía.
Pero no hallé satisfacción. Tampoco sosiego.
Cada palabra pronunciada me abría una nueva herida.
—¿Por qué me atormentáis? ¿Es que acaso os manda Dios para ponerme a prueba? ¿O es el demonio quien os envía para hacerme caer en la locura?
Beatriz no respondía y Pía me contemplaba, frenética y errática, presa de miles de desvaríos.
Todo lo que ella veía era a su señora enajenada, gritándole a una ventana, a una pared de piedra, a la más absoluta nada.
Cualquier otra me habría refrenado o habría huido de los aposentos, asustada, pero ella no.
Ella no trató de sofocar mi ataque de histeria, quizá porque sabía que tenía que expulsar el trauma recién vivido, exorcizar las afrentas recibidas, que se me habían clavado cual dagas en el corazón.
—¡Decid algo! —bramé al espíritu—. ¡Decid algo antes de que el diablo os reclame nuevamente! ¡Para algo estáis aquí acechándome! ¡Hablad!
El silencio era su única respuesta y eso me enervaba. Era el combustible de una ira que crecía y crecía, de un fuego que me ardía por dentro y amenazaba con calcinar todo lo que me rodeaba.
—¡Hablad ahora!
Y, de nuevo, nada. Los labios de Beatriz seguían cosidos y su mirada opaca, un pozo sin fondo repleto de agua estancada, reflejaba mi propia figura: una caricatura grotesca, un rostro contraído, furibundo, a punto de estallar.
No me identificaba con la imagen que me devolvía. No era yo. ¿O sí lo era?
Un chillido agónico me brotó de la garganta, un aullido animal que hizo que Pía se encogiera y se tapara los oídos.
—¡¿Qué es lo que queréis?! ¡¿Queréis vuestra toca?!
Me arranqué de cuajo el velo, llevándome algunos mechones rubios, y lo tiré a sus pies mojados de sangre. Beatriz no reaccionó.
—¿Vuestros ropajes? ¿Es eso lo que andáis buscando?
Con premura y violencia, me despojé de las vestiduras hasta quedar en ropa interior. El frío helado de la alcoba ni siquiera me molestó, ardía de vesania. Entonces reparé en la camisa que me cubría y ocultaba mi desnudez. Me la saqué enseguida, asqueada por el olor que me impregnaba la piel.
—¡Aquí tenéis vuestra maldita camisa! —Se la arrojé—. ¡Ya no tengo nada! ¡No tengo nada más que daros!
Su mutismo me resultaba devastador. Me revolvía por dentro.
Así que, decidida a arrancarle la verdad o a condenarme a mí misma al ardiente infierno, agarré un balde de agua que yacía en un rincón de la estancia y se lo lancé.
Quería inundarla. Ahogarla. Torturarla del mismo modo que ella a mí.
Someterla a la peor de las ordalías. Pero Beatriz ya no tenía pulmones para que se le encharcaran ni bocanadas de aire que tomar.
El agua cayó cual cascada, sin hallar obstáculo alguno, y atravesó su fantasma, que no se inmutó. En el suelo se formó un inmenso charco que empapó los ropajes de los que yo me había deshecho. Y entre el agua y las prendas, el reguero de sangre que rezumaba ella.
Chillé. Chillé de rabia. De dolor. De la vergüenza que me manchaba las manos con las que limpiara a doña Inés Pérez de Lara.
Chillé hasta quedarme sin fuerzas, sin ganas, con las cuerdas vocales lijadas.
Escruté a Beatriz con la mirada incendiada y el corazón devastado.
Su belleza se mantenía inalterable. E igual que el incrédulo Tomás hundió el dedo en las llagas de Jesús para probar que era él, yo me acerqué hasta inhalar su hálito y hundí mis dedos en su supuesta carne blanda para así descubrir que no había nada. Solo aire.
Fue entonces cuando caí de rodillas y rompí a llorar.
—Ay, Pía… Sois mi única amiga —sollocé, abrazada a mi criada, que rauda había venido a consolarme.
Ella me acariciaba el cabello enmarañado y me arrullaba entre sus brazos.
—Haréis más amigas, mi señora. Aún es pronto. No os dejéis avasallar por las circunstancias.
—No. No. Estoy sola y me siento terriblemente sola.
Nunca antes lo había dicho en voz alta, y lo cierto es que sonaba penoso.
Había pasado parte de mis últimos años anhelando el matrimonio, deseando que comenzara la vida de casada, y en esos momentos, esa vida me repelía.
Nadie me había contado que en un matrimonio cabían tres y que uno de esos tres podía llevar camino de dos años fallecido.
—No estáis sola. Mi señor don Pedro regresará de la frontera y, cuando menos os lo esperéis, tendréis hijos, muchos hijos de los que ocuparos, a los que amar. Y de mientras, yo estaré aquí, con vos.
—Me estoy volviendo loca.
—No estáis loca.
—Eso solo lo decís por fidelidad.
—Os equivocáis.
Pía me agarró de los hombros y me separó de ella. Con las mangas de su camisa me enjugó las lágrimas.
—Os lo digo como amiga. Si estuvierais loca, os diría que estáis loca. Y si fuerais engreída y vanidosa, creedme que os lo diría también, si es que me lo permitís, mi señora. —Yo asentí—. ¿Veis? —Sonrió—. Estáis más que cuerda.
—Vos estuvisteis allí la primera vez que vi el espíritu de Beatriz —dije con la garganta lijada por el llanto—. Estuvisteis allí cuando salté de la cama y tiré de los tapices para descolgarlos y os ordené que os los llevarais.
Ella cabeceó, la sonrisa intacta en sus labios. No había un ápice de juicio en esos ojos llenos de bondad.
—Ninguna mujer querría los tapices de otra ni las camisas de otra, ni las tocas y vestiduras de otra. Sois la segunda esposa, y si yo tuviera que vivir bajo la implacable sombra de doña Beatriz de Aguilar, ya me habría arrojado desde las alturas.
—¿Vos me creéis?
—Yo no la veo, mi señora. No veo a nadie en esta alcoba más que a vos y a mí. Pero sí, os creo. Aquí huele extraño, a una mezcla repugnante entre lodo y algo podrido.
—Y agua de mayo.
—Y agua de mayo, en efecto. Así que sí, os creo. Como creo que es invierno y que los cielos se nublan y las lluvias arrecian, aunque yo no comprenda muy bien la razón de ello.
Había cesado en la llantina. No sabía muy bien en qué momento, pero lo había hecho.
—Sois una muy buena amiga —dije.
—Y vos sois una buena mujer, mi señora. Solo tenéis que recordarlo y aferraros a ello.
Pía alargó la mano para capturar las pieles que reposaban sobre mi cama y me tapó con ellas. Yo había olvidado mi desnudez. El enojo se había desvanecido, dejándome los vellos erizados y unos ligeros temblores. Me acurruqué en la calidez de las mantas y ella volvió a abrazarme.
—¿Conocisteis a doña Beatriz? —Pía asintió—. ¿Cómo era?
Resopló, haciendo memoria, como si describir a la antigua duquesa de Valdívar fuera una tarea harto complicada.
—Más bonita que una primavera, aunque supongo que eso vos ya lo sabéis.
Lo era. Pero el fango del bosque, los ramajes y hojas, las magulladuras y heridas que le surcaban el rostro componían una primavera ya marchita.
—Doña Beatriz estaba llena de vida, de arrojo, de pasión —prosiguió—. Era mujer de convicciones fuertes, de naturaleza indómita, y eso le acarreaba innumerables problemas.
—¿Con doña Inés?
—Y con todo el mundo. A los hombres no les agradan las mujeres que tienen voz, que se hacen escuchar.
Pero sí, doña Beatriz mandaba en este castillo y en estas tierras, no solo en ausencia de su esposo, y doña Inés Pérez de Lara no terminaba de acostumbrarse.
Se enfrentaban a menudo. Aun así, la señora la amaba como a su propia hija.
Y quizá tenga sentido, porque las madres y las hijas discuten constantemente, ¿no?
Yo no recordaba una disputa con mi progenitora, pero asentí.
—Doña Inés perdió parte de su carácter tras el fallecimiento de doña Beatriz. Se amansó. Se quedó desolada. Casi no parecía ella.
—Vaya…
—Podéis hacerlo, mi señora. Podéis con esto. —Me agarró de las manos y sonrió, y sus mejillas regordetas se elevaron cual manzanas—. Sois la duquesa de Valdívar. Solo tenéis que asumir el mando y no permitir que os cuestionen.
Era mucho más fácil decirlo que hacerlo.
Pía me convenció de que para disipar la aflicción lo mejor era un baño caliente, así que ignoró el desastre que yo había causado, entre ropajes desperdigados y agua derramada, y me preparó uno.
Me levantó y me llevó hasta el barreño. Y cuando ya estuve sumergida hasta la barbilla, con la larga cabellera mojada y los músculos descongestionados, sacó un botecito de su mandil.
—Os he traído esto, un nuevo aceite de lavanda. Me ha costado todo el jornal, pero ha merecido la pena. Huele de maravilla y así nos desharemos del agua de mayo.
Me impactó que hubiera hecho caso omiso de las órdenes de mi suegra de no gastar dinero en cosméticos y afeites. Aún más que fuera su exiguo salario el que destinara a ello. Quise llamarla incauta, mas era un gesto tan hermoso que no deseaba empañarlo.
—Esto será un secreto entre nosotras, doña Inés no debe enterarse —susurró, y vertió parte del contenido en el agua, aromatizándola por completo y preñando la estancia de su dulce y relajante perfume.
—No quiero volver a limpiarle las nalgas —gimoteé.
—No tenéis por qué hacerlo. Si vuelve a sugerirlo, seré yo quien lo haga.
Me agarré al borde del barreño y la miré a los ojos, con las ascuas de la furia todavía crepitando en mi interior.
—No. Vos no —dije impelida por un instinto de protección salvaje.
—No. Vos no —repitió ella—. Que sois la duquesa, no lo olvidéis. Vos, jamás.
Pía poseía infinidad de virtudes, era más que una muchacha fiel, diligente y servicial.
Tenía por costumbre no herir a los demás, pensar antes de hablar, evitar reaccionar si eso conllevaba más problemas que soluciones.
La discreción era su mayor arma. Habría sido una grandísima dama de no ser porque Dios le había concedido el nacimiento de los pobres.
Y como existía el orden y todos teníamos una misión en este mundo, Pía entendía su posición y no se obsesionaba con escapar de ella.
Por eso mismo, siempre que yo le recordaba lo buena amiga que era, ella sonreía.
Su gentileza le impedía decirme que, en realidad, no había unión que nos atara más que la de una señora y su criada o doncella.
Puede que ella fuera mi amiga, pero yo no era la suya.
No éramos iguales. Nunca lo seríamos, aunque proviniéramos de idéntica cuna.
E incluso así, cada vez que la veía, me sentía un poco más respaldada. Y aquello era lo más cercano a sentirse en casa.