La duquesa bastarda 20. Excrementos y un balde de agua
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20. Excrementos y un balde de agua

Excrementos y un balde de agua

Me encontré a mi suegra acuclillada, con el ceño fruncido y los ojos fijos en la puerta encajada.

Se había arremangado las orillas de los ropajes, que, debido a su posición inclinada, le pendían por delante con mayor holgura.

Para que no perdiera el equilibrio, Lucía y otra de sus habituales sirvientas la sostenían con firmeza, cada una de una mano.

Al verla, proferí un sonido de sorpresa. Era la primera vez que nos hallábamos en esa situación. Agaché la cabeza a modo de disculpas y dije:

—Lo lamento, mi señora. Regresaré luego.

Pía, que venía conmigo, ni siquiera se asomó, se quedó fuera, en la seguridad del pasillo. Yo la envidié. Aquella era una imagen que desearía haberme ahorrado; por desgracia, se me grabaría para siempre en la memoria.

—¿Es Mathilde? —quiso saber doña Inés.

Pese a que los años de ceguera la habían dotado de un finísimo oído, capaz de reconocernos a todos con el simple murmullo de nuestra respiración o el eco de nuestros pasos, a doña Inés le gustaba preguntar y recibir confirmación.

—Es doña Mathilde —corroboró la fiel Lucía, que apretaba los esqueléticos dedos de su señora.

Doña Inés esbozó una sonrisa.

—Pasad, hija mía. Pasad.

Todavía aferrada a la puerta, miré en derredor.

Allí había más personas de las que cabría esperar.

El séquito de doncellas de doña Inés se había congregado en la sala y, dispuesto en semicírculo, aguardaba a que ella finalizara con su tarea.

Para entretenerla hablaban de cotilleos cortesanos y del avance de la guerra.

Eso último me hacía preguntarme si, en vez de ayudarla, más bien no la estreñiría.

Estaba a punto de rehusar la invitación cuando mi suegra insistió, recurriendo a ese poder suyo de persuasión. Enseguida supe que no tenía alternativa. No me quedaba otra que acompañarla, así que Pía y yo entramos, y el espíritu de Beatriz nos siguió, silente y apesadumbrado.

Disponíamos de varias letrinas en el castillo.

La servidumbre acudía a unas tan estrechas que el hedor se condensaba entre los muros y la nariz casi rozaba la puerta.

Aquella, en cambio, era la más espaciosa por ser de uso exclusivo para los Lara y sus ilustres invitados, aunque para las noches teníamos bacinillas en los aposentos, que se descargaban cada mañana.

No obstante, y a pesar de las grandes dimensiones de la estancia, el ventanuco por el que escapaban los malos olores y el agujero del suelo por el que se evacuaba, el fuerte hedor a excrementos no se disipaba.

Me coloqué a un lado y posé la mirada lejos de mi suegra y sus intimidades.

Sin embargo, por mucho que tratara de ignorar lo que acontecía, no podía cerrar los oídos ni apagar el olfato.

Los sentidos me traicionaban y yo arrugaba la nariz con cada ventosidad y apretaba los dientes con los gruñidos de esfuerzo de doña Inés.

Durante unos minutos que se me antojaron eternos, participé en la conversación.

Mi suegra, aún concentrada en sus intestinos, también seguía el ritmo de la charla.

A veces, incluso se dirigía a mí y requería mi opinión sobre un tema u otro, algo que me incomodaba todavía más.

Yo me deshacía en sonrisas y asentimientos, y fingía una naturalidad que no lograba adoptar como propia.

Todas las presentes notaban la tirantez de mis músculos, puede que hasta doña Inés lo hiciera.

Lucía seguro que sí; por el rabillo del ojo atisbaba la mueca de placer que le suscitaba mi malestar. Se divertía.

Finalmente, doña Inés Pérez de Lara emitió un último gemido y el sonido de los excrementos al caer anunció que había terminado.

Su semblante se relajó y yo no pude evitar exhalar un pequeño suspiro de alivio.

Solo quedaba que le limpiaran las posaderas y que ella nos dispensara.

Entonces huiríamos a todo correr. No pretendía volver a las letrinas hasta que se hubieran oreado bien y no estuvieran tan concurridas.

Lucía se arrodilló y sumergió unos lienzos en agua tibia. Doña Inés, que todavía tenía las vestiduras arremangadas, la detuvo.

—Prefiero a Mathilde.

Las doncellas me observaron, con los ojos abiertos y expectantes y las respiraciones contenidas. Pero allí a la única a la que le faltaba el aliento era a mí.

—Mi señora… —se quejó Lucía, que no soltaba los paños húmedos.

—Prefiero a Mathilde —reiteró con seriedad—. Vos sois una buena mujer, pero ella tiene unas manos suaves y cálidas, y unos dedos alargados que son perfectos para el bordado y otros tantos menesteres, según dice mi bienamado hijo.

Lucía arrugó los lienzos de pura furia y me lanzó una mirada vengativa. Era como si me culpara de que su señora la hubiera apartado de una tarea de lo más honorífica y la hubiera relegado al escalafón más bajo de los criados cuando, en realidad, era una labor desafortunada, servil y asquerosa.

Pero incluso si se trataba de un castigo para la engreída Lucía, no podía contarlo cual victoria.

Me costaba creer que mi suegra estuviera pidiéndome que le limpiara los posibles restos de excrementos del trasero, y que lo hiciera con esa delicadeza que me impedía negarme a ello.

Porque ¿cómo iba a negarme? Y al mismo tiempo, ¿cómo no hacerlo?

Jamás nadie me había rogado algo semejante.

Nadie. Ni mi madre en el lecho de muerte ni doña Anne de Albret en sus momentos de mayor recelo y despecho frente a la llegada de una niña bastarda.

—Mathilde, ¿os pido demasiado, hija mía?

Doña Inés me dedicó la mejor de sus tiernas sonrisas y yo balbuceé unas palabras que no llegaron a emerger de mi garganta. La lengua se me había secado por completo. Un silencio opresivo se había instaurado en las letrinas.

—Yo…, yo…

—No era mi intención importunaros, hija mía.

Descuidad. —Se apresuró a decir mi suegra.

La sonrisa se le había desintegrado—. Es que es un asunto delicado y solo permito que Lucía me toque en las zonas pudendas.

Pero ya sabéis que, a causa del trabajo, el servicio suele tener las manos callosas y agrietadas, y a veces es como si te pasaran algo rasposo por ahí.

Además, cada vez que se agacha, a Lucía le supone un abismo el levantarse.

Debe ser por las carnes rollizas —comentó sin maldad—. Por eso me preguntaba…

Me mordí el labio inferior y, nerviosa, miré a Pía, que se frotaba el mandil con visible angustia, y al resto de las doncellas. No distinguí sonrisas de regocijo, sino más bien un azoramiento brutal que les hacía desviar los ojos a cualquier otra parte y mantener la boca cerrada.

—En fin, sois la única en la que confío, sois una hija para mí. De estar aquí Mencía, se lo habría pedido a ella.

No sabía cómo escapar de aquella terrible situación.

Me habían encerrado en una jaula y en unos instantes me hallaría con unos paños húmedos entre las manos, contemplando bien de cerca las flácidas posaderas de mi suegra.

Olería sus heces del mismo modo que olía el agua de mayo que impregnaba mis camisas, mis ropajes, mi toca…

—Cuando quedé ciega, doña Beatriz de Aguilar se encargó de mis cuidados.

Se entregó a mí como lo haría una hija con su madre —confesó con cierto pesar—.

Ella misma me vistió, me alimentó, veló por mis sueños y me aseó día y noche.

No me abandonó hasta que me recuperé del duro golpe y acepté mi nuevo estado.

Me acompañó durante mi triste convalecencia. No sé qué habría hecho sin ella.

Me fijé en el espíritu de Beatriz, inerte, imperturbable.

Sus pupilas ónices parecían retarme. «¿Qué haréis?

¿Qué haréis para complacer a doña Inés Pérez de Lara, para mantener el amor de don Pedro?

¿Qué estáis dispuesta a hacer para ocupar mi puesto, para que os amen tanto como a mí, más que a mí?

¿Hasta dónde estáis dispuesta a llegar?», me insinuaban.

—Yo os limpiaré, mi señora —cedí.

Tomé los lienzos y me arrodillé detrás de ella. Aguantando la respiración y dominando mi maltrecho orgullo, cumplí con la desagradable tarea.

Solo podía pensar en lo indignante que habría sido para padre y doña Anne de Albret verme así.

Él habría montado en cólera. Ella habría puesto el grito en el cielo y se habría lanzado contra mi suegra en una pelea encarnizada de uñas y dientes.

Le habría recriminado que ella también me había acogido cual hija y que jamás me había pedido algo así.

Porque a las hijas no se les exigen esos sacrificios.

Y que si carecía de criadas, que rascara en su limosnero y contratara a otra, a una de manos suaves y aterciopeladas para que le enjuagara las nalgas.

Al erguirme, ninguna de las mujeres osaba mirarme a la cara. Pía estaba cerca de derrumbarse y echarse a llorar. A Beatriz se le había ensombrecido aún más la faz. Ya no había atisbo de desafío en sus ojos.

—Os lo agradezco en el alma, hija mía. —Doña Inés me besó la mejilla.

Nunca antes me habían sometido a tal humillación.

—¡¿Qué es lo que queréis?! ¡¿Qué buscáis de mí?! —le grité a Beatriz.

Tras mi denigración, me había lavado las manos y había echado a correr. De vuelta en la privacidad de la alcoba, me enfrenté a aquel pálido espectro con una ferocidad y una desesperación que me eran completamente ajenas.

Arremetía contra él a base de insultos y provocaciones.

Me acercaba hasta que el tufo a agua de mayo me mareaba y el instinto de supervivencia me obligaba a recular.

Porque doña Beatriz de Aguilar no se movía ni hablaba; por no hacer, ni respiraba.

Estaba tan muerta que, aunque a veces luciera viva, daba auténtico pavor encararse a ella.

Quién sabía si en cualquier momento podía despertar de su triste letargo y agarrarme del cuello.

Abrir la boca y vomitar el lodo empantanado del bosque en el que había desaparecido.

Asirme de los pies y arrastrarme al infierno. Llevarme con ella.