La duquesa bastarda 19. Ya no estáis en Francia #2
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19. Ya no estáis en Francia #2

—No soy yo, mi señora, la que se ocupa de la guarda de vuestra ropa. —Echó un vistazo a Pía, quien palideció del disgusto.

De nuevo sentía la picazón en la palma de la mano que me impelía a cruzarle el rostro.

Que le extirpara la sinvergonzonería de un golpe.

Apreté los puños y me clavé las uñas. Antes de que pudiera contestar a su insolencia, doña Inés me tendió el brazo, con los dedos estirados en busca de los míos.

Los tomé y me arrodillé para estar a su altura, y ella posó su mano sobre mis mejillas y sonrió con dulzura.

—Se os proveerá de nuevas camisas, hija mía.

Descuidad. Camisas blancas con hilos de oro y plata.

Camisas margomadas. Que para algo ya no estáis en Francia.

Lucía os las llevará a vuestra alcoba. ¿Verdad, Lucía?

—pronunció aquello con tal dureza que, por primera vez, la criada se mordió la lengua y el orgullo.

Doña Inés le había lanzado una mirada recriminatoria, gélida.

—Por supuesto, mi señora —balbuceó obediente, con la cabeza gacha.

No pude evitar que se me elevaran las comisuras. Doña Anne de Albret decía que a base de palos aprende el perro. A aquella fiera disfrazada de sirvienta tendría que darle más de uno.

—Por desgracia, no podemos encargaros camisas nuevas.

Las costureras tardarían demasiado y este asunto es urgente.

Además, hemos recortado gastos. Tendrán que bastaros algunas de las camisas de doña Beatriz de Aguilar.

La mayoría de ellas ni siquiera han sido usadas.

Tenía demasiados ropajes intactos, sin estrenar. Aún guardamos muchos de ellos.

Espantada, retiré las manos y los dedos de mi suegra quedaron desmadejados.

Me puse en pie y clavé la vista en el fantasma de Beatriz, que se hallaba a tan solo unos pasos de mí.

No importaba cuánto la ignorara, siempre estaba ahí, persiguiéndome.

Era una sombra alargada de la que no podía librarme. Una sombra que me hacía noche.

—No llevaré las vestiduras de Beatriz.

Doña Inés chasqueó la lengua, una oleada de cansancio se apoderó de ella.

—Hija mía, el dinero es un bien del que hemos de cuidar. Son tiempos difíciles, tiempos de carestía. Estamos en guerra.

—La guerra no cesará porque yo renuncie a mis camisas.

—Cierto, mas hablad con el administrador y veréis que recibiréis esta misma respuesta. No podemos gastar dinero en banalidades.

—Vestir no es algo banal. Vos misma lo habéis dicho, es urgente. De necesidad.

No. No iba a llevar las exquisitas camisas de doña Beatriz de Aguilar.

Ya había colgado sus tapices en mis aposentos.

Ya había catado al que fue su marido y este me había llamado por su nombre.

Desde entonces no paraba de verla delante de mí.

No paraba de oler a ella, a podredumbre y agua de mayo, y la boca me sabía a melaza.

Prefería ir desnuda que portar sus vestiduras.

—Mathilde, hija mía —rogó mi suegra—. Os hemos encargado unos carísimos tapices y no hemos mirado el dinero. Cuando os confeccionen vuestro vestido de nupcias, no miraré el dinero. No repararé en gastos en las celebraciones y el banquete. Lo juro ante Dios, nuestro Señor.

—Traje telas suficientes para hacer vestidos y otros ropajes. Las utilizaremos para las camisas.

—Aun así habrá que costear la habilidad y las manos que os las hagan.

No podía. No. Si me ponía esas camisas, no me desprendería jamás del aroma de Beatriz, por mucho que me restregase en cada baño. Tendría que lijarme la piel, arrancármela a tiras. Acabaría vomitando.

—No será tan costoso. Son solo unas camisas.

—Y luego llegarán otras cosas que tampoco nos parecerán tan costosas, pero todo lo es en tiempos de escasez.

Mathilde —susurró—, estamos en guerra, la gente se muere desangrada en la frontera.

Los hombres que no caigan en batalla regresarán lisiados e incapacitados, mutilados, no podrán ejercer sus oficios y tendrán que darse a la mendicidad.

Nadie puede vivir eternamente de la caridad ajena y a nadie le gusta vivir de la caridad ajena; es denigrante.

Ya lo hemos hablado, hemos de practicar la privación.

—Venderé mis joyas, si es menester, para mantener el ducado y a sus gentes —repuse.

—Solo recurriremos a eso en caso de absoluta necesidad, porque no se trata de vender lo que tenemos. Se trata de no derrochar, de no gastar.

Casi no podía apartar la vista de Beatriz y sus ropajes mancillados de desolación. De imaginarme con ellos, un nudo me constreñía el esófago.

—Se vienen malos momentos, Mathilde. Malos momentos para todos, incluso para la Corona, que habrá de presenciar a miles de familias sin nada que llevarse a la boca, a ancianos y niños enfermos.

Muchos morirán de hambre —insistió doña Inés—.

Y Valdívar no será una excepción. Vos sois la señora de estas tierras y debéis salvaguardar a sus gentes de ese cruel destino.

Pensé en mi infancia. Yo sabía lo que era el rugido del estómago por las noches, la imposibilidad de dormir por ese roer en las entrañas.

Y encima descubrir, a la mañana siguiente, que los mendrugos de pan han endurecido.

El hambre es una cosa horrible. Te quita las ganas de vivir, te carcome la esperanza.

Visualicé a todas esas familias humildes, familias de muchos hijos viviendo bajo el mismo techo, hacinados en un hogar de una sola habitación, donde lo mismo se jugaba que se cocinaba, donde lo mismo se dormía que se comía.

Los visualicé con los huesos marcados y las manos extendidas, pidiendo limosnas mientras yo vestía unas deslumbrantes camisas de oro y plata, y mis joyas destellaban frente a su suciedad.

La culpabilidad me pellizcó el pecho y una balsa de bilis se me instaló en la garganta, llamando a las náuseas.

Qué egoísta había sido. Qué avariciosa. Qué mezquina.

Qué ingrata. ¿En qué monstruo impío y sin sentimientos me había convertido?

¿Acaso Jesús no había expulsado a los mercaderes del templo?

¿Acaso no auxiliaba a pobres y menesterosos, a leprosos, mundarias y tullidos, a los que eran observados con miedo, desprecio e inquina?

¿Acaso Él no condenaba la usura y abogaba por la humildad y la carestía?

¿Qué hacía entonces yo abrazando pecados en los que jamás había incurrido?

La vergüenza me tiñó las mejillas del color de la grana y no pude más que agradecer que ni doña Anne de Albret ni mi progenitora hubieran presenciado aquel comportamiento deleznable tan impropio de mí. Haber elegido el boato por encima de mis gentes, de su sufrimiento…

¿Cómo iba a abocar a nadie a negarle el pan a sus hijos?

¿Cómo iba a renegar de mi propio pasado de niña hambrienta y madre repudiada, de niña huérfana al borde de la calle o la prostitución?

La misericordia de mi amable vecina me había salvado y, en ese momento, Dios me ofrecía la misma posibilidad. La de salvar a otros.

Doña Inés se apoyó en su fiel Lucía y vino en mi busca. Me agarró de los antebrazos, temblorosa, y se acercó hasta que nuestras narices casi se rozaron. Sus ojos ciegos estaban posados en mí, empañados.

—El sacrificio que hoy haremos nos será recompensado mañana.

—Le rilaba la voz—. Cuando la guerra contra los moros finalice, podremos hacer frente a las adversidades que se nos presenten porque estaremos preparadas.

Podremos ofrecer a nuestro pueblo el dinero ahorrado para que así sobreviva, para que salga adelante.

Vos sois una buena mujer, una mujer dadivosa, Mathilde, y sé que haréis lo correcto.

La visión se me nubló a causa de las lágrimas. Más allá de la figura de mi suegra, estaba Beatriz, con sus heridas y sus rasguños y ese charco de sangre. Parecía querer decir algo, pero los labios no se le despegaban. Me dieron aún más ganas de llorar.

—Haré lo correcto, mi señora —dije, sosteniendo a doña Inés por los codos—. Cumpliré con mis obligaciones como duquesa de Valdívar.

Quizá, durante unos instantes, me vencieran la soberbia y el miedo, pero, finalmente, la memoria de mi madre prevaleció. La bondad por encima de todo.

Para cuando el otoño tomó por completo Castilla y las hojas de los árboles se tornaron de un marrón terroso y un naranja oscuro, doña Inés Pérez de Lara me convenció de que me desposeyera de todo lo que fuera francés.

«Ya no estáis en Francia —me decía—. Ahora sois de aquí y las gentes han de veros como una castellana más.

Debéis adoptar nuestras costumbres, así como habéis adoptado nuestra lengua». Y yo acepté.

Acepté por mi marido, por el cariño que tenía a su madre y porque, en aquellos meses en que don Pedro no estaba, ella sufría sobremanera, en especial con cada misiva que llegaba relatando los horrores de la contienda.

Eso y las disputas que había tenido con su criada Lucía —las cuales no menguaban— eran motivos suficientes para tratar de complacerla de algún modo.

Doña Inés no merecía más preocupaciones ni quebraderos de cabeza, no después de tantos padecimientos.

No en esos momentos en los que su hijo combatía en la frontera y podía vestirnos de negro en cualquier instante.

Así que, poco a poco, fueron desapareciendo las indumentarias que me ataban a mis deudos, al linaje Leblond y al que había sido mi reino, y fueron sustituidas por las que antaño pertenecieron a la difunta Beatriz de Aguilar.

Mis arcones se convirtieron en una puerta entre el pasado y el presente, el punto de unión de nuestras personas.

Cada vez me costaba más reconocerme en la superficie pulida de los espejos, que me devolvían una efigie que se parecía a mí y, al mismo tiempo, a una mujer que yacía muerta desde hacía año y medio.

Había mudado la piel y me habían revestido con otra, casi a la fuerza.

Todo olía a ella: las camisas, las sayas, los pellotes.

Hasta las cofias y las tocas. Por extensión, también mi lecho, mis sábanas, mis joyas, mis peines, los lienzos con los que me secaba, mi alcoba y yo por entero.

Si alguna vez había creído odiar el agua de mayo, me equivocaba.

No tenía ni idea de hasta qué punto la aborrecería.

Tampoco alcanzaba a comprender por qué esa mujer de una belleza cegadora se había embadurnado asiduamente en agua de mayo, si esta servía para estirar la piel de los pechos y la cara.

¿Para qué si ella tenía una tez inmaculada, prístina, de la perfección del alabastro? O, al menos, hasta su trágica muerte.

La animadversión de doña Inés hacia emplastos y cosméticos se agravó aún más, y para mediados de noviembre ordenó rebajar los gastos concernientes a ello.

Aludió a la necesidad de ahorrar, pero lo cierto es que una mañana me había acariciado el rostro y fingió que a los dedos se le había adherido una sustancia untuosa.

Así que, durante largo rato, se dedicó a advertirme sobre los males de la vanidad, los peligros de la frivolidad y el castigo de quienes solo atienden a la belleza.

Doña Inés sabía que, aunque yo no empleaba afeites nuevos, sí que había empezado a maquillarme un poco más.

Su leal Lucía le describía con todo detalle lo que sus ojos recogían, y hacía semanas que se había fijado en que me coloreaba las mejillas de un rosa intenso y que procuraba tapar las ojeras de las noches de insomnio.

—No hay que excederse en ungüentos y adornos, hija mía. El demonio nos ronda —me avisó mi suegra.

Podría haber inventado cualquier pretexto, mas habría sido en vano.

No podía excusarme en que era para complacer a mi marido —que habría sido el único aceptable—, dado que no se hallaba en el hogar.

Por si los fuegos del infierno o la mala reputación no me amilanaban, me recordó que una cara lavada era símbolo de claridad y pureza, y que con ella demostraría mis penurias al pueblo, que ansiaba ver reflejadas sus cuitas en sus señores para así sentirse más cercano a ellos.

—Que no puedan acusarnos de derroche o despreocupaciones. Que no se piensen que no sufrimos con lo que está pasando —dijo solemne doña Inés—. Sacrificamos la belleza en un gesto de humildad, para que Dios traiga de vuelta a nuestros hombres, que lo sepan todos y que todos lo vean.

Así, los recipientes de ungüentos, perfumes y cosméticos fueron cubriéndose de polvo y olvido.