19. Ya no estáis en Francia
Ya no estáis en Francia
El castillo se había llenado de trapos amarillos.
Estaban por las grandes estancias, por las cocinas y los establos, por los patios, la halconería y la armería.
En las estancias se utilizaban para retirar el polvo.
En los establos, para que el caballerizo mayor y los mozos se asearan tras una dura jornada de trabajo.
En la armería, para abrillantar las armas.
En los patios, simplemente rondaban. Y en la halconería, jamás lo averigüé.
Reparé en ellos por vez primera en las cocinas, al acudir a hablar con el despensero, un hombre entrado en años que se encargaba de la compra de alimentos, la guarda de la despensa y la repartición de las raciones del personal.
Estábamos ahí, junto al cocinero, hablando sobre los servicios de las próximas comidas de la semana, cuando vi a una muchacha frotar la mesa con fruición con uno de esos paños amarillos.
En la otra esquina, una mujer hacía lo mismo con el poyo auxiliar.
Se los señalé a Pía, quien los observó con atención, curiosa.
—¿De dónde han salido estas nuevas pañoletas? —le pregunté a la joven moza de cocina, a sabiendas de que no estábamos gastando dinero en ciertos menesteres.
Esta se encogió de hombros.
—Ni idea, mi señora. Nos las trajeron hace algunas semanas y desde entonces no han parado de llegar.
—Son antiguas camisas, mi señora —dijo una mujer afanada en el fuego donde guisaba—. Lucía comentó que se le habían quedado ásperas a doña Inés y, para no desaprovecharlas, se han hecho trapos y se han ido repartiendo. Una pena, porque en realidad yo creo que aún se podían usar.
Pía me miró alarmada.
—¿Antiguas camisas?
Cogí una de ellas y la examiné. Tenía la textura del ranzal, el lino más fino, y el color azafrán desvaído de tanto restregar y someterlo al jabón.
Otra estaba hecha de algodón y aún contaba con uno de los cordones con los que se anudaba el escote.
Otra poseía los resquicios de un rico bordado; por su longitud, debía haber sido una manga.
Todas aquellas telas desgarradas y manchadas de salpicones eran retazos de las camisas que yo había vestido y traído desde Nailloux.
Eran inconfundibles, y no por los tejidos, sino por el amarillo que tan de moda se había puesto en Francia y que en Castilla desentonaba.
Me quedé paralizada, como si hubiera recibido un duro golpe y no hubiera tenido tiempo de asimilar ni el daño ni el escozor. Lo cierto es que una bofetada me habría dolido menos.
Con los paños ambarinos todavía en las manos, recordé el nombre que había pronunciado la cocinera. Lucía. El golpe fue aún peor, más certero y humillante.
Aquella mujer engreída había violado mi privacidad.
Se había colado en mi alcoba y había rebuscado en mis arcones, entre mis pertenencias personales, allí donde guardaba las ropas interiores y los paños del sangrado mensual.
Sus sucias manos habían toqueteado mi intimidad.
Y a saber qué le habría dicho a mi suegra para confundirla y que esta creyera que había de tirar o despedazar esas camisas impecables, pues doña Anne de Albret, recelosa de las habladurías, me había hecho todo un ajuar y un guardarropa nuevo antes de mi casamiento.
Avisé a las muchachas de que me quedaría con esos trapos añejos y me lancé rauda en busca de mi suegra. Por la hora que era, debía estar en uno de los salones escuchando a alguna de sus doncellas leer pasajes de las Sagradas Escrituras. Daba por sentado que allí estaría Lucía.
Me negaba a enfrentarme a ella a solas, ya había demostrado que tenía la lengua demasiado afilada y que le gustaba enzarzarse en juegos peligrosos, mentía más que hablaba y no le importaba incurrir en dicho pecado.
Si la acusaba de haber entrado en mis aposentos y haberme robado, se echaría a reír a carcajadas.
Lo negaría. Lo mejor que podía hacer era atraparla en sus tejemanejes frente a doña Inés Pérez de Lara, a quien envenenaba en secreto.
Porque hasta entonces, Lucía había destruido mis camisas y logrado que doña Inés expulsara a mi séquito de damas.
Me había declarado la guerra. Así que yo trataría de destruir la confianza que mi suegra había depositado en ella.
Le arrancaría la tela con la que Lucía le había tapado los ojos para que no viera sus viles embustes.
—No sé cómo no me había percatado, mi señora —dijo Pía, que caminaba apresurada a mi lado, agarrándose las faldas para no tropezar—.
No sé cómo ha pasado. Pensé que las camisas aún estarían sucias, que las tendría la lavandera…
Perdonadme. Ha sido un error. Un error terrible que no volverá a repetirse.
—Desde luego, porque no me deben quedar más camisas para que hagan trapos.
—Lo lamento tantísimo, mi señora Mathilde. Jamás hubiera imaginado que…
—Nadie podría haberlo imaginado y nadie podría haberlo evitado —dije con ánimo de zanjar aquella letanía de disculpas.
Con Margot y Clémence jamás habría sucedido algo así, pero ellas estaban muy lejos, en Francia.
Solo contaba con Pía para que me lavara y vistiera, me peinara y acicalara, me preparara el baño, me barriera la alcoba, me cambiara las ropas de cama y cuidara de mis efectos personales.
Aquello era demasiado para una persona. La pobre cargaba con los deberes de casi cinco muchachas sobre sus hombros. ¿Qué más le iba a pedir?
—Bueno, si hubiera estado más pendiente de los ropajes que salen y entran… —resollaba intentando seguirme el paso, cada vez más acelerado.
Me detuve enseguida y la miré a los ojos. Era tan buena y servicial, con esas mejillas rellenas y esa nariz respingona, que, incluso con los dientes torcidos, me parecía bonita.
—Pía, por Dios, ¿qué creéis que deberíais haber hecho? ¿Apostaros frente a mis arcones cual perro guardián?
Ella esbozó una media sonrisa.
—Estáis libre de culpa, así que no os fustiguéis por un delito que no habéis cometido.
Tal y como había sospechado, doña Inés Pérez de Lara se encontraba en el salón, en una silla arrimada a una de las ventanas, pero resguardada del implacable sol.
A su lado estaba Lucía, de pie. Entré provocando cierto estruendo y dejé abiertas las puertas de par en par; la doncella que leía no cesó en su tarea.
Mi suegra, no obstante, se sobresaltó y Lucía le susurró unas palabras al oído que yo interpreté como el anuncio de mi llegada.
Probablemente, no mencionó que me seguían Pía y el espíritu errante de Beatriz, al que nadie veía.
Doña Inés me saludó y me invitó a sentarme a disfrutar de la lectura.
La besé en la mejilla y rehusé tomar asiento.
Me quedé allí, también de pie, con los brazos en jarra y los trapos amarillos arrugados en una mano.
Cuando le pregunté sobre las camisas convertidas en harapos, se le formó una pronunciada arruga en el ceño.
De inmediato, Lucía se estiró de una manera poco sutil, intentando esconder su incomodidad.
Mi suegra dispensó a su séquito de doncellas, el cual se retiró, y así, sin más, la lectura tocó su fin. Solo quedamos nosotras, nuestras fieles criadas y el espectro de Beatriz, que observaba la escena sin parpadear.
—Ah, sí, tenía algunas prendas ya muy desgastadas. Al principio, pensé en cedérselas a la servidumbre, como tengo por costumbre, pero me dio la sensación de que estaban a punto de deshilacharse. Ni siquiera sé cómo no me di cuenta del deterioro poniéndomelas día a día.
Empujé la rabia garganta abajo antes de decir:
—Temo comunicaros, mi señora, que las camisas que se han hecho jirones eran mías. Camisas amarillas, teñidas de azafrán, la última moda en Francia. —Hice una bola con los trapos y se los lancé a Lucía, a quien le rebotó en el pecho y le cayeron en las manos.
Ladina como era, no agachó la cabeza, no mostró ni ápice de pudor.
—No —titubeó doña Inés, cuyo rostro se contrajo, sus labios se entreabrieron y el desconcierto le nubló la azulada mirada—.
No puede ser, hija mía. Si estaban en mi alcoba, al fondo de mis baúles, junto a un montón de vestiduras que hace mucho que no utilizo y que tenía que distribuir entre los siervos del castillo.
Es una labor que llevaba posponiendo desde hace un tiempo. ¿Cómo es posible?
Enarqué una ceja y clavé los ojos en Lucía, quien esgrimía una sonrisa cortante.
—Sí. ¿Cómo es posible, Lucía? —pregunté.
Doña Inés volvió la cara hacia ella, como mirándola con curiosidad, mas sin juicio. Esperaba una respuesta que le satisficiera.
—Habrá sido una confusión, mi señora. O un error. Puede que la lavandera haya estropeado las camisas de nuestra señora Mathilde al dejarlas demasiado tiempo en agua y jabón. Puede que las haya roto de tanto frotar.
—¿Solo las mías? —espeté.
Lucía dejó caer las pañoletas sucias al suelo.
—Eso parece. Puede que la mujer no haya querido contarlo por miedo a una dura reprimenda. —Y entonces se agachó para murmurarle a doña Inés en un gesto confidencial que para nada lo era—: Ya sabéis, mi señora, que algunas criadas y sirvientas temen su temperamento francés.
—Mi temperamento francés es lo que menos deberíais temer —gruñí, dando un paso hacia delante.
—Hay tantísimas vestiduras en este castillo, tantísima ropa que lavar —prosiguió Lucía, todavía acuclillada junto a su señora, endulzándole los oídos—.
La de vos y doña Mathilde, la de los oficiales que aquí trabajan, la de las doncellas, criadas, criados…
No es de extrañar que alguien se haya confundido y haya colocado las camisas de doña Mathilde donde no debía, y se ve que yo no me he percatado.
Mi suegra asentía una y otra vez, hechizada por sus palabras melifluas. Creía con absoluta convicción lo que Lucía le contaba, que todo se debía a una simple y absurda equivocación.
—¿No os habéis percatado de que todas eran prendas mías? —escupí.
Lucía se levantó y compuso una mueca de aflicción.