La duquesa bastarda 18. Nuevas
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18. Nuevas

Nuevas

En los meses venideros continuaron llegando noticias esporádicas de mi marido.

Las traía siempre el mismo mensajero, un muchacho rubio e imberbe que cruzaba desde la frontera hasta los señoríos nobiliarios, en los que aguardábamos impacientes las esposas de los grandes hombres.

Era veloz y sigiloso, dormía poco, cabalgaba mucho y tomaba rutas difíciles de rastrear, escondiéndose entre los bosques por si los moros estaban al acecho.

Cuando aparecía estaba tan cansado, y nosotras tan ansiosas por leer las nuevas, que le arrebatábamos la carta y él corría a las cocinas a que lo atendieran con ricas viandas y un buen vino.

Echaba un día en Valdívar para reponerse y luego partía nuevamente.

A veces, nos entregaba dos misivas unidas por un cordel, escritas en jornadas diferentes, ni siquiera cercanas en el tiempo; en ellas se nos relataban acontecimientos bélicos de inevitable crueldad.

Entonces, las doncellas y siervas se tapaban los oídos y chillaban de angustia.

Mi suegra rompía a llorar silente y yo la consolaba con palabras de aliento, embridando la pena de la que también adolecía, pero que me negaba a dejar salir mientras ella me necesitara.

Porque doña Inés Pérez de Lara trataba de aparentar fortaleza, la seguridad de la que se revisten las madres para tranquilizar a su progenie; sin embargo, con cada noticia se fragmentaba en miles de pedazos.

La vivacidad que yo anhelaba aportarle mermaba frente a todas esas agonías que había ido acumulando en el transcurrir de los años y que no cesaban.

No todo lo que se nos contaba era muerte y desolación, la política y la añoranza se entremezclaban en las cartas, y yo me aferraba a esto último.

Me acercaba los pergaminos a la nariz para ver si podía captar una pizca del aroma almizcleño de don Pedro, los guardaba en una bonita arqueta de mi alcoba personal y los leía una y otra vez hasta memorizar sus palabras, como si así la distancia se acortara y fuera él mismo quien me hablara.

Mi muy amada Mathilde:

Nunca pensé que vería el infierno cara a cara, al menos no mientras viviera, pero heme aquí.

No puedo parar de recordar el día de nuestra despedida, cuando os lanzasteis a mis pies para suplicarme que os llevara conmigo.

Qué bien hice en no ceder. No sabéis cuantísimo sufrimiento os he ahorrado.

Os considero una mujer de gran valor, afectuosa, devota, inteligente y piadosa, mas sabed que todas vuestras virtudes se os habrían quedado cortas en un sitio como este, incluso si os hubiera aposentado en un lugar seguro, lejos de donde batallamos.

De ver esto, habríais perdido vuestra candidez y yo jamás me lo habría perdonado .

A esto no habríamos sobrevivido ninguno.

Aquí prevalece la brutalidad y la peligrosidad es extrema.

No solo para las huestes, sino para todos los que habitan en las villas fronterizas.

No podéis ni imaginar el miedo y la desesperación que se han apoderado de las gentes.

¿Sabéis eso de que los carniceros son percibidos como hombres crueles y sanguinarios, pues despiezan y matan sin piedad? Estos muslimes son aún peor.

Los benimerines y ese maldito de Abu Yusuf son una plaga infame, una inundación, una nube de langostas.

No han pasado junto a un árbol sin talarlo ni ante una aldea sin arrasarla, no han dejado un rebaño sin robar ni mieses sin incendiar.

En su avance han cometido atrocidades que nos hacen querer arrancarnos los ojos.

Han matado y mutilado a innumerables cristianos, gentes de bien que nada malo han hecho más que trabajar estas tierras desde que se asentaran aquí en época del rey don Fernando, padre de nuestro señor don Alfonso.

Han quemado sembrados y destruido alquerías y propiedades enteras hasta asolar Córdoba, Úbeda, Baeza y sus alrededores.

Los campos parecen iluminados por el alba, pero solo es el fuego.

Cada vez que toman una fortaleza, se apoderan de todo lo que hay en ella y se llenan las manos de botines manchados con sangre de inocentes.

Hacen cautivos a hombres, mujeres, niños y ancianos por igual, y luego los esclavizan.

Por si fuera poco, roban rebaños enteros, víveres, vestidos, armas y otros pertrechos que usan para combatirnos y resistir.

Algunos dicen que lo que han reunido podría llenar valles y montes, que sería imposible de contabilizar. Así de devastada está nuestra frontera.

Todos los días rezamos al Altísimo para que nos dé fuerza y valor, para que incline la balanza a nuestro favor y en la próxima contienda venzamos al enemigo.

El infante don Sancho grita que esto lo ganaremos por la gloria de Dios y de Castilla.

Yo creo, amada mía, que tarde o temprano nos haremos con la victoria; si no es mediante el acero, será mediante un pacto.

Como sé que estas nuevas os habrán apenado, os ruego que hagáis algo por mí. Orad, orad por mí y por estos buenos hombres. Cuidad de mi madre y manteneos alegre.

Dios os salve, amada mía.

Vuestro leal y servil esposo,

DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR

Mi muy amada Mathilde:

Es noche cerrada y la lumbre empieza a menguar, por lo que a duras penas veo si lo que os escribo tiene algún sentido.

Espero que sí, porque en mi mente, al menos, las palabras se presentan claras e inequívocas.

Lamento si esta carta no es excesivamente extensa, pero arrastro un gran cansancio y los ojos se me cierran solos, así que voy a arañarle unos últimos momentos al sueño para informaros de lo que aquí acontece.

Mis heridas curan bien, no os preocupéis.

El ánimo entre los hombres aún no ha decaído, gracias a Dios, y de Valdívar no hemos perdido a casi nadie.

El infante don Sancho cabalga y combate con una ferocidad gloriosa.

Lidera como lo haría un rey; de hecho, creo que son precisamente sus aspiraciones al trono lo que lo mantienen en ese estado de absoluta vigilia.

Defiende la frontera con uñas y dientes, casi parece que en cualquier instante le nacerán colmillos y zarpas, que mostrará su verdadera naturaleza y se lanzará a descuartizar moros.

Ya os dije que trataría de hacer méritos en la batalla.

Por si os lo estabais preguntando, fue un infiel quien me infligió las heridas. Ya está muerto.

Dios os salve, Mathilde.

Vuestro leal y servil esposo que tanto os ama,

DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR

Mi muy amada Mathilde:

Me complazco pensando en vos, pero el gozo me dura poco. La intimidad escasea y ya no sé qué anhelo más, si vuestra hermosa voz, que siempre aporta consuelo, o la suavidad y tibieza de vuestro cuerpo. Cuento los días para volver a veros, besaros y deleitarme con los deberes maritales.

Espero que tengáis de mí el mismo deseo que tengo yo de vos.

Dios os salve, Mathilde.

Vuestro ferviente y leal esposo,

DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR

Mi muy amada Mathilde:

Espero que la vida en Valdívar esté siendo plácida y plena pese a que yo os falte.

Creedme, nada me agradaría más que volver a casa y solazarme con vuestra mera presencia.

Os extraño. Os deseo. Y rezo cada día para que nuestra separación no os esté dañando tanto como a mí y se os esté haciendo leve. No dejéis que esto os quiebre el ánimo.

De momento, tenemos bien controlada la defensa terrestre.

Los maestros de Calatrava y Uclés continúan ocupándose del reino de Jaén, Lope Díaz de Haro se halla en Écija y los hombres del linaje de los Castro, Fernán Ruiz de Castro y Esteban Fernández de Castro, deudos del esposo de mi querida hermana, don Ramiro Fernández de Castro, combaten en Córdoba.

Pero, si os soy sincero, nos inquieta el mar y lo que por allí pueda venir: navíos cargados de moros que arriben a nuestras costas y ofrezcan ayuda al sultán de Granada y a Abu Yusuf y sus benimerines.

Dado que Algeciras y Tarifa están bajo su control, les sería tremendamente fácil recibir a sus compañeros y hostigarnos aún más.

Para impedir esto, el infante don Sancho planea mandar una flota a proteger el estrecho.

Si llegan víveres y armas, los interceptaremos.

Si intentan llegar más muslimes, los ahogaremos en el mar.

Con esta nueva medida, quizá podamos remediar el recrudecimiento del conflicto.

Hasta que nuestro señor don Alfonso regrese a Castilla o los moros caigan, seguiremos luchando. Hasta que las fuerzas aguanten.

Dios me llevará a vuestros brazos muy pronto, Mathilde. Mientras tanto, cuidaos.

Mi corazón os anhela.

Vuestro leal y amante esposo,

DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR

Mi muy amada Mathilde:

Añoro las semanas en Nailloux, que ahora se me antojan tan eternas como lejanas. Cómo desearía regresar a ellas, detener el tiempo en esos precisos instantes para quedarnos a vivir ahí, entre el cortejo y el matrimonio, entre el anhelo y la satisfacción, en esos momentos de dicha prolongada.

Como veis, me ha arrollado la nostalgia, una enfermedad infecciosa que aquí se extiende con suma celeridad.

En cuanto uno la padece y lo dice en voz alta, todos se levantan contagiados a la mañana siguiente.

Ninguno llora o gimotea, pero los ojos no mienten.

Los hombres despiertan con languidez, les pesan los músculos, y no es por la espada o los trotes de la batalla.

Así que, para no turbar a nadie, es mejor callar y sufrir en silencio.

Yo, para no rumiarlo demasiado y abrirme heridas en el alma, os lo dejo por escrito.

Tendríamos que habernos conocido antes, así habríamos gozado de más tiempo. Se nos ha concedido uno muy escaso para lo mucho que nos amamos y necesitamos, y esa injusticia me está matando. Dios me permita volver pronto a veros, pues vuestra ausencia duele más que el mordisco de una espada.

Cuidaos.

Vuestro gentil esposo,

DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR

Mi muy amada Mathilde:

Esta breve misiva es para comunicaros que sigo vivo.

Yo y los míos. Las heridas han sanado, pero otras nuevas han aparecido, así que estamos todos llenos de vendajes, rasguños y sangre reseca.

Por fortuna, no siempre es nuestra. Mucha de la que nos baña pertenece a los moros que hemos abatido, así que la vestimos con el orgullo del vencedor.

Me temo que voy a tardar un tiempo en retomar las lecturas de las campañas bélicas de Julio César.

Siempre lo digo, no es lo mismo leer las contiendas de un grande que vivirlas.

Quiero creer que hallaremos paz en cuanto esto termine, y que nuestros nombres quedarán grabados para la posteridad, que nuestro linaje se engrandecerá, que dejaremos marca en la historia de Castilla.

Empiezan a escasear la tinta y el pergamino, mi querida esposa, pero intentaré seguir escribiéndoos.

Salvaguardaos.

Mi amor por vos es inmenso.

Vuestro esposo, que tanto os piensa,

DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR

Mi muy amada Mathilde:

Ya no sé de dónde procede el peligro, si de esa horda de infieles que quieren hacerse con nuestras tierras y aúllan para atemorizarnos o de quienes empuñan los aceros afilados que duermen a mi lado.

El infante exige mi lealtad más que nunca y yo intento sortear este dilema recordándole que su padre, el rey, se halla en camino y que nadie más que él decidirá el destino de nuestro reino.

Pero él no desiste. Me promete mercedes y encumbrarme aún más, hacerme el mayor hombre del reino, aunque tengo entendido que eso mismo ha jurado concederle al señor de Vizcaya, don Lope Díaz de Haro, quien defiende su causa a sangre, si es preciso.

Sancho ya se hace llamar hijo mayor, heredero del rey don Alfonso, y eso que no hace tanto que su hermano ha fallecido. Todos seguimos de luto.

No le contéis nada a mi querida madre, no vaya a caer enferma a causa de la preocupación y tenga yo que regresar a Valdívar para darle cristiana sepultura antes de finalizar la guerra.

Dios os salve, esposa mía.

Os ama vuestro leal y batallador esposo,

DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR