17. Mi querida amiga, mi bienamada hermana #2
De momento, nos hemos afincado en una villa fronteriza.
Hemos distribuido a los hombres casa por casa, pero no es suficiente y solo es una solución temporal.
Hay demasiados hombres bajo un mismo techo, uno bajo el que también habitan mujeres jóvenes y niñas.
Es un peligro. No puedes exhibir carne jugosa ante tantos muertos de hambre y esperar que a ninguno le dé por hincarle el diente.
Por si os preocupan estas últimas líneas, perded cuidado.
Sabed que a mí no hay hembra que me levante el apetito más que vos, amada mía.
Así pues, lo más seguro es que no tardemos en montar un campamento para alojar a las mesnadas o en retirarnos al castillo de alguna orden militar cercana, si es que es posible. Todavía estamos planeando qué medidas tomar.
No me escribáis. No sé cuándo ni cuánto avanzaremos, tampoco hacia dónde.
Dios os salve, Mathilde.
Cuidad de mi madre y cuidad de vuestro honrado y amable corazón, en el que tanto pienso.
Os amo más que ayer, pero menos que mañana.
Vuestro leal y servil esposo,
DON P EDRO DE L ARA , DUQUE DE V ALDÍVAR
A un par de días de la carta, como si hubiera sido convocada por el instinto fraternal, llegó la señora de Cigales, doña Mencía de Lara, para asegurarse de que su nueva hermana —así me llamaba— se había instalado correctamente y se había habituado a la rutina de aquel castillo que por más de tres lustros había sido su hogar.
Durante una semana se quedó en Valdívar con nosotras, amenizándonos la vida y distrayéndonos a ratos de la batalla contra los moros que se libraba en el sur del territorio.
El primer día nos contó que los deudos de su esposo, don Ramiro Fernández de Castro, habían acudido a la frontera junto con sus huestes, bien provistos de víveres y armamento, y que auguraban una victoria temprana.
—Para antes de Natividad todo esto habrá acabado —dijo doña Mencía de Lara, que se mostraba igual de optimista y entusiasta—.
Ya veréis. Los benimerines se habrán embarcado en sus navíos de vuelta al otro lado del estrecho y el sultán de Granada vendrá arrastrándose y suplicando perdón, y se ofrecerá a pagar aún más parias.
—¿Cómo estáis tan segura, hija mía? —le preguntó doña Inés—. La guerra no es cosa de un día.
—¿Acaso no llevamos ya más de un día, madre?
Los moros dieron muerte a nuestro tío, el adelantado mayor, y a otros tantos hombres buenos, y entendemos que así es la guerra, cruenta e injusta.
Pero también mataron vilmente al arzobispo de Toledo, hijo del rey de Aragón, y eso va a condenarlos.
Ningún monarca perdona el ensañamiento con uno de sus vástagos.
Lo degollaron, madre. Lo degollaron y le cortaron la mano, y el señor de Vizcaya tuvo que pedir que le devolvieran los restos para que el rey don Jaime pudiera enterrar el cadáver.
A mí me dieron ganas de taparme los oídos, de levantarme de la silla e irme a otra alcoba, donde no oyera las atrocidades de la guerra. No soportaba más descripciones de campos regados de sangre y hombres moribundos que vomitaban las vísceras.
—Qué agonía debe estar padeciendo la reina doña Violante —se lamentó mi suegra—. Primero, su hermano, el arzobispo de Toledo, es decapitado por esos moros. Luego, su querido primogénito fallece en Villa Real y no llega ni a la batalla…
—Esto está ganado —se jactó doña Mencía—, más que ganado.
Tenemos a Dios de nuestra parte. Lo único que me apena es que, para cuando llegue mi esposo a la frontera, todo el trabajo ya estará hecho.
Una lástima, con lo que le place una buena contienda.
No habrá quien aguante sus remordimientos por haberse decidido a acompañar al rey Alfonso hasta el Imperio.
—De todas maneras, os recomiendo que no gastéis dinero en exceso, hija mía, y menos en frivolidades. Puede que vuestro pronóstico sea erróneo y tengamos que destinar mucho oro a esta empresa.
Se refería al emplasto que doña Mencía portaba en el rostro, a esa capa blanquecina de cosmético que pretendía palidecer su tez y volverla nacarada, pero que daba la sensación de ser una gruesa máscara que se desquebrajaba con cada movimiento facial.
—Debemos ser precavidas.
—Siempre lo somos, no os apuréis.
La primera vez que doña Mencía y yo nos vimos, su esposo expresó una honda preocupación por el avance de los benimerines, lo que terminó en una acalorada disputa con mi amado padre.
—¿Qué ha cambiado? —quise saber—. ¿Qué ha cambiado para que esta guerra esté por finalizar?
Mi nueva hermana me miraba con el presagio de la victoria en sus pupilas.
—El infante don Sancho. —Sonrió al nombrarlo—. Pocos hombres hay de esa bravura.
Parecía que nuestro éxito en campaña dependía solo de él.
Al cabo de unos días, acusando mi tedio prolongado y las ansias que me carcomían mientras esperaba nuevas noticias de mi marido, doña Mencía me propuso hacer un pequeño viaje.
Yo acepté enseguida, deseosa de comprobar si el espíritu de Beatriz podía seguirme más allá del limes de nuestro ducado.
Así pues, dispusimos su equipaje y el mío, el pequeño séquito de damas y criadas que ella había traído consigo y mi leal Pía, y pusimos rumbo al castillo que don Pedro de Lara me regalara como arras con motivo de nuestro contrato matrimonial.
Doña Mencía casi había gritado de disgusto al enterarse de que aún no lo había visitado. Estaba convencida de que su hermano me habría llevado durante nuestra breve estancia en Valdívar, pero lo cierto es que los preparativos para su partida nos habían robado mucho tiempo.
—¡¿Cómo es posible?! —exclamó—. ¡Si es vuestro! Tenéis que conocerlo. Además, los castillos que se nos entregan son una salvación para nosotras, las mujeres. Nos retiramos a ellos una buena temporada cuando necesitamos descansar, alejarnos del bullicio de la corte o estamos hartas de los maridos.
Para mí, que anhelaba a cada minuto el regreso de don Pedro, no existía esa posibilidad de hartazgo.
Mucho menos de renuncia. De haber podido, lo habría seguido a la batalla, incluso si el espíritu de Beatriz no me acechara.
Por él habría descendido hasta los mismísimos infiernos, como hizo Orfeo para recuperar a Eurídice.
Yo no habría mirado atrás. Habría proseguido el camino hasta bañarnos con la luz del sol.
Lo habría traído de vuelta, sin fallar. Porque igual que la inscripción de mi alianza, había nacido para servirle.
El castillo se ubicaba en una villa al noroeste de nuestro ducado.
Se trataba de una pequeña residencia fortificada en la que habitaba una servidumbre algo escasa pero eficaz.
Los criados mantenían los jardines bien cuidados y el espacio inmaculado, pese a que hacía mucho que por allí no pasaba nadie.
Su interior estaba ricamente ornamentado.
En él se apreciaba el exquisito gusto de una gran dama, que había optado por recubrir las paredes de hermosos tapices y llenar las estancias de muebles y del lujo del oro y la plata en miles de enseres.
La heráldica de los Lara —compuesta por dos calderas de sable— yacía en la vajilla junto al escudo de armas de los Aguilar —representada por un águila—.
Bajo estos, se enredaban las iniciales P. L. y B. A.
Don Pedro de Lara y doña Beatriz de Aguilar.
Me sorprendió no haberlo descubierto nada más descender del carruaje y posar un pie en el castillo.
Quizá me había acostumbrado tanto al aroma que ya no identificaba de dónde procedía, quizá se me había atrofiado el olfato, porque allí todo olía a agua de mayo y no se debía al espectro de Beatriz. La fragancia impregnaba cada rincón.
Aquel lugar había sido su residencia y yo me había apoderado de ella por casamiento. Sus arras, mis arras. Su esposo, mi esposo.
Un dulzor pegajoso se me aposentó en la boca y me templó la lengua. Volví la vista hacia el demacrado espíritu que me acosaba. Beatriz pisaba la delicada alfombra que un día había comprado y que en esos instantes manchaba con su propia sangre. Un escalofrío me recorrió la columna.
—¿Sabéis por qué vuestro hermano me prohíbe montar a caballo?
Doña Mencía de Lara me echó un ligero vistazo. Ella tampoco era capaz de ver al espíritu que me acompañaba. Contra todo pronóstico, Beatriz no estaba ligada ni al castillo ni a Valdívar. Solo a mí, por lo que había traspasado sin mayor problema el límite de nuestro ducado.
—Supongo que es por Beatriz —dijo al tiempo que tomaba asiento y pedía que nos escanciaran vino—. El miedo le habrá agarrado fuerte.
—¿Murió de una caída? —pregunté mientras nos entregaban el refrigerio.
—No. —Bebió un sorbo—. No lo sabemos, aunque presuponemos que fue así.
—¿Qué dijo el físico?
La de Cigales compuso una expresión de extrañeza.
Dejó la copa sobre la mesa que había entre nosotras y se arrellanó en la silla de cadera, colocando las manos entrelazadas sobre su regazo.
Yo ni siquiera había probado el vino. Ya notaba los sentidos demasiado embotados y la mente aletargada como para adormecerlos del todo.
—No hubo ningún físico, mi querida Mathilde. ¿No os ha contado nada mi hermano?
Negué y ella exhaló un hondo suspiro. Al pellizcarse el puente de la nariz, se hicieron patentes los gestos comunes entre ellos, la herencia indeleble de los Lara.
—Este hombre… —gruñó suavemente—. Siempre poniéndomelo tan difícil.
Soltó un último suspiro, cargado del típico cansancio fraternal. La intriga me roía el estómago.
—Nunca hallamos el cuerpo de doña Beatriz de Aguilar.
Salió una tarde a galopar, era una excelente jinete, pero algo debió de ocurrirle.
Quizá se perdió en la inmensidad del bosque y no supo encontrar el camino de vuelta a casa.
Quizá se le echó la noche encima y se extravió.
O quizá se cayó del caballo y quedó malherida. No lo sabemos.
—¿Por qué en el bosque?
Doña Mencía se encogió de hombros.
—Siempre se dirigía hacia allí. No es un mal sitio para pasear, pero hay que conocerlo bien.
Beatriz se había situado entre nosotras. No nos miraba, tenía la vista clavada en un punto indefinido de la estancia, e incluso así atendía a la conversación. Nos oía. Era evidente. Sus ojos se habían aguado a causa de la inminente tragedia.
—La buscamos por todas partes. No quedó ni un hogar de Valdívar sin remover, rastrillamos los pajares, vaciamos las cochiqueras, abrimos los arcones y los establos de cada granja, registramos parcelas y cultivos y nos internamos en el bosque una y otra vez.
Don Pedro estuvo a punto de talar todos los árboles, de meterle fuego a la tierra.
Lo habría hecho de ser preciso. Estaba enajenado, roto de dolor. Nunca lo había visto así.
Podía imaginármelo. Aquellas palabras reflejaban muy bien el carácter indómito de mi marido y la visceralidad con la que amaba.
—Dimos aviso a nuestro señor el rey don Alfonso, y nos prestó hombres para continuar con la búsqueda.
Nosotros mismos nos desplazamos desde Cigales para ayudar, pero no fue suficiente.
Ni siquiera con los Aguilar aquí encontramos rastro alguno de doña Beatriz.
—Se mojó los labios antes de proseguir, turbada por los recuerdos—.
Parecía que se la había tragado la tierra, que se la había llevado el diablo.
En realidad sí que parecía que se la había llevado el diablo, que la había arrastrado al infierno para martirizarla. Aunque lo extraño era que su martirio consistiera en permanecer conmigo en el mundo terrenal.
Si me fijaba, Beatriz presentaba suciedad por doquier.
Llevaba barro incrustado bajo las uñas de las manos y tenía manchadas las alhajas y las orillas del atuendo, por donde chorreaba un reguero de sangre.
Múltiples heridas y rasguños le surcaban la piel visible, y unos ramajes, que antes no había percibido, sobresalían entre las guedejas de su cabello.
Todo aquello explicaba la humedad, mugre y podredumbre que exudaba su espíritu.
Era como un cadáver desenterrado de las profundidades del bosque.
—A los seis meses entendimos que no había esperanzas.
—La voz de doña Mencía se quebraba—. Era casi imposible que Beatriz hubiera sobrevivido.
No íbamos a encontrarla, ya había pasado mucho tiempo y probablemente habría servido de alimento a las bestias.
Llegamos a la conclusión de que era mejor así, de que al menos no tendríamos que enfrentarnos a su cuerpo corrupto, que hubiera sido una imagen difícil de olvidar.
Aceptamos que ya no estaba con nosotros, sino con Dios.
La lloramos y homenajeamos como pudimos, y procuramos continuar con nuestra vida.
La boca se me había secado y la garganta era de la aspereza de una lija. En un vano intento, vacié de un trago la copa de vino. Aquello solo consiguió subirme los colores. Doña Mencía me dedicó una sonrisa plagada de ternura y lástima.
—Bebed tranquila, hermana mía. Esto solo se digiere con alcohol. Creedme, en aquellos tiempos todos bebimos demasiado.
Se enjugó la lágrima que se le había escapado y, con un chasquido de dedos, pidió un poco más de vino.
—¿Vuestra madre os contaba de niña esos cuentos que advierten sobre los peligros que entrañan los bosques?
Asentí, conmovida por la alusión a mi madre.
—Continuamente. Decía que eran oscuros y que en su interior solo albergaban maldad, que en ellos moraban fieras y animales de rapiña, malhechores.
—Pues ahora ya sabéis que son ciertos. Mi hermano no va a dejaros montar a caballo ni que rocéis las inmediaciones de ese maldito lugar.
—No soy un pajarillo al que enjaular. No puede encerrarme.
—Lo hará si eso os mantiene a salvo.
—Se le olvida entonces que los planes de Dios son los que son y que, cuando Él me reclame, yo tendré que acudir a su encuentro, sin importar si me hallo en el bosque o en mitad de un fastuoso banquete, porque, dispuesta nuestra hora, no nos queda más que partir.
Nadie puede truncar los designios divinos.
—Os recomiendo que obedezcáis, Mathilde, es capaz de ataros a la cama con tal de que no se vuelva a repetir la misma historia. No soportaría perder otro amor. A otra esposa.
Miré al fantasma de Beatriz. Unos lagrimones ardientes le caían por el rostro, dejando un surco de mugre en sus macilentas mejillas.