17. Mi querida amiga, mi bienamada hermana
Mi querida amiga, mi bienamada hermana
Las semanas se hicieron dolorosamente interminables.
El empalagoso e insoportable calor nos encerraba en el interior del castillo junto al atormentado espíritu de Beatriz, que vagaba detrás de mí cual dama de compañía.
No hablaba. No gruñía. No era persona ni perro.
Aun así, parecía más leal que ambos, pues allí donde iba yo, iba ella.
No tardé en hastiarme de deberes y obligaciones, que eran lo único en lo que se basaban mis jornadas.
Doña Inés Pérez de Lara no jugaba al ajedrez ni al alquerque o las damas, su ceguera se lo impedía.
Intenté enseñarle a Pía, pero los juegos de estrategia le quedaban grandes, así que la diversión se limitaba al rezo, la misa, el bordado, la lectura y los paseos entre los altos y gruesos muros del castillo, que empezaban a convertirse en una horrible prisión.
Esperar noticias de don Pedro aumentaba dicha sensación de ahogo, y la persecución a la que me sometía la penosa Beatriz socavaba mi paciencia casi tanto como me estremecía.
A menudo me descubría corriendo por los pasillos, con Pía a la zaga, en un vano intento de torcer en una esquina y perder al espíritu, lo que me otorgaría al menos unos minutos de descanso.
Nunca lo logré. Beatriz había vivido allí.
Había sido señora de ese castillo y duquesa de Valdívar.
No había quien la engañara con tontas triquiñuelas.
Así, me lanzaba a buscar cualquier actividad que me permitiera escapar de mis tribulaciones.
Cada día me dirigía a las caballerizas y trataba de que alguno de los mozos de cuadras me ensillara un alazán para salir a galopar un rato.
Los muchachos dejaban sus quehaceres nada más yo entraba, me observaban deambular por los establos, acariciar a los caballos y darles alguna que otra manzana que me llevaba de las cocinas.
Pero ahí terminaba mi aventura. Siempre recibía la misma respuesta.
—Lo lamentamos, mi señora. El duque nos lo ha prohibido expresamente.
—¿Acaso no puedo cabalgar?
Ellos negaban, cabizbajos, temerosos de una reprimenda.
Circulaba una miríada de rumores por nuestro hogar: mi disputa con Lucía, el repentino despido de mi séquito de damas y criadas, mi trato de favor a las francesas y las quejas de las castellanas, que me tachaban de injusta, malhumorada y hasta de loca.
Aunque supongo que, más que mi descontento, temían el de mi esposo y las consecuencias de este.
—Don Pedro de Lara nos ha hecho jurar que no le daremos ninguna montura, ni la de la yegua más mansa.
—No me alejaré. Lo prometo —decía poniéndome la mano en el pecho para darle mayor énfasis al juramento, pero de nada servía.
—No podemos, mi señora.
—¿Y si voy acompañada de uno de vosotros? ¿Y si me escoltan para mayor seguridad?
—Lo sentimos, mi señora.
—¿Y si solo doy vueltas a uno de los patios del castillo? ¡Por Dios, necesito aire!
Entonces los mozos se miraban, inquietos y vacilantes, a la espera de que uno de ellos tomara una decisión.
A mí me brillaban los ojos de pura esperanza.
Por desgracia, el caballerizo mayor siempre aparecía justo cuando estaban a punto de ceder a mis presiones y los echaba de allí, apremiándoles a regresar al trabajo.
El hombre se disculpaba una y otra vez, y me repetía lo que yo ya sabía.
Que mi marido había dejado unas órdenes muy claras.
No podían darme una cabalgadura ni aunque quisieran y no podían fingir que no me veían si yo ensillaba mi propio corcel y me montaba en él.
—Así que, señora mía, os lo suplico. Hacednos el favor, no nos pongáis en semejante tesitura y evitadnos un disgusto con nuestro señor don Pedro.
Ver al caballerizo mayor, un hombre de músculos trabajados y cabeza enorme, rogar por que me comportara era algo insólito.
Podía haber rehusado escuchar sus ruegos, no haberme apiadado de aquellos hombres serviles que cumplían con el mandato de su señor y haberles ordenado que sacaran uno de los caballos y lo prepararan para mí.
Podía haberles gritado hasta desgañitarme y haberles recordado que, en ausencia de don Pedro de Lara, mis palabras eran ley.
No en vano yo era la señora de la casa. Sin embargo, realmente lamentaban no poder complacerme.
Se apreciaba en la forma en la que hablaban y se excusaban, en cómo se estrujaban las manos y les temblaba la mandíbula, no por miedo a desobedecerme y que eso conllevara un escarmiento físico. Se compadecían de mí.
Con tal de no acrecentar su incomodidad, me resignaba y, al día siguiente, lo volvía a intentar.
Por las noches rezaba postrada en el reclinatorio de la sala anexa a mi alcoba, que hacía las veces de antecámara.
Lo hacía con los ojos cerrados y los dedos entrelazados, hambrienta de fe y sedienta de milagros.
Pedía por mi marido y por su difunta esposa Beatriz.
Por que Dios protegiera al primero y se llevara a la segunda al cielo o al infierno, donde le correspondiera según sus actos, para así, por fin, dejar de verla.
Cuando las cabezadas a causa del sueño interrumpían la oración, me levantaba haciendo un soberano esfuerzo, llamaba a Pía y, somnolienta, con las rodillas en carne viva y los pies plomizos, me arrastraba hasta el lecho apoyándome en ella.
Los párpados caídos no me dejaban vislumbrar más que las sombras danzantes de la luz de los candiles y la fría piedra del suelo.
Sin embargo, aunque no atisbaba el fantasma de Beatriz, sí que lo sentía.
El zumbido de las abejas. El olor a podrido, a humedad, a esa maldita fragancia de agua de mayo…
La había retado hacía semanas en el jardín, agarrada a la mano de doña Inés mientras le ofrecía un vacuo consuelo.
La había mirado a los ojos y Beatriz no había ni parpadeado, como si el miedo que cualquiera pudiera inspirarle quedara muy lejos y los fracasos y las victorias ya no tuvieran cabida en ella.
Desde entonces estábamos en guerra. Ella luchaba por atormentarme, yo luchaba por expulsarla de mi hogar a través de la indiferencia, la solemnidad y la fe.
Todas las noches rezaba y todas las mañanas me encontraba con que Dios no había atendido a mis plegarias.
Doña Beatriz de Aguilar seguía ahí, a las faldas de mi cama, con el mismo cabello sedoso cayéndole cual cascada por la espalda, los huesos marcados y las joyas rutilantes manchadas de barro.
La sangre le goteaba de alguna parte, dejando huellas carmesíes que yo pisaba.
Nuestras huellas se confundían y se desperdigaban, aunque nadie veía la sangre.
Finalmente, después de tantísimas oraciones y lágrimas vertidas, tras quince días de angustia y silencio, de no saber e imaginar lo peor, Dios me concedió noticias de mi marido.
Mi amada Mathilde:
Hemos llegado a la frontera y esta es la primera carta que os escribo.
Espero que os transmita algo de consuelo y que sirva para aliviar vuestras preocupaciones y las de mi querida madre.
Leédsela en voz alta para practicar castellano.
O que os la lea el intérprete si se os resiste la letra, por la cual ya me disculpo.
No es mi mejor caligrafía, pero es que me apremia la urgencia.
El camino ha sido largo y la mayor dificultad la ha presentado el calor, fuente de agotamiento continuo para mí y las tropas.
Las marchas han sido lentas y los parones más abundantes de lo que nos hubiera gustado.
Gracias a Dios, no ha caído ningún hombre todavía, ni de enfermedad ni de cansancio.
Con eso nos damos por satisfechos, pues la tragedia de la pérdida de don Fernando de la Cerda es un espectro del que no logramos deshacernos.
Las villas y ciudades por las que hemos pasado nos han acogido de buen grado, como acogieron a los que nos precedieron.
Hicimos un alto en Villa Real, pese a que los hombres rilaban de miedo pensando que la afección de don Fernando podía estar al acecho, flotando en el aire.
Naderías. Ya os he dicho que nadie ha caído preso de ninguna enfermedad.
Aun así, pernoctar allí fue una cosa por la que hube de batallar.
Finalmente lo conseguí aludiendo a que debíamos hacer honor al difunto infante.
Necesitaba ver con mis propios ojos el lugar donde don Fernando había expirado, y ahora que lo he visto, me cuesta aún más creer que ya no está entre nosotros.
Sé que diréis que se encuentra con nuestro Señor, pero yo solo puedo pensar en su juventud y vigor, en su astucia, en sus ganas de vivir, en el magnífico monarca que habría sido.
En todo lo que es probable que hayamos perdido.
Disculpadme, no estaba en mi voluntad hablaros de política. Juro no hacerlo más. Supongo que extraño recostarme en vuestro regazo y deshilvanar mis pensamientos para que vos hagáis con ellos un ovillo y me libréis de las tribulaciones. Ya veis, ahora más que nunca, me hacéis gran falta, Mathilde.
Sobre la situación en la frontera poco puedo comentaros, pues acabamos de arribar.
Recién descabalgado, he pedido pergamino, cálamo y tinta.
«La devoción de un marido», he bramado en voz alta, y hasta don Sancho se ha reído.
Ha fingido entenderlo cuando, en realidad, el infante aún no ha matrimoniado, y hasta que no te unes a una mujer en cuerpo y alma, nada sabes del amor.
Supongo que él cree que sí, que lo sabe. Irónico, ¿verdad?