La duquesa bastarda 16. Quien a hierro mata, a hierro muere #2
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16. Quien a hierro mata, a hierro muere #2

Era el momento. Podía golpearla y desquitarme por ese insulto y otros tantos recibidos.

Cobrarme justicia por tales impertinencias.

Restaurar mi dignidad. Hacerme valer y respetar como señora de esa casa y duquesa de Valdívar.

Las manos me temblaban de solo pensarlo y ella, creyendo que la bofetada llegaría más pronto que tarde, alzó la cabeza. Expuso su rostro, su mejilla.

No lo hice. Me convencí de que no debía rebajarme a su nivel.

Hacía muchos años que bastarda solo era una condición intrínseca en mi persona, un hecho real e incuestionable que había asumido y que me hacía ser yo. Mathilde Leblond, hija de Antoine Leblond. Bastarda. Pero bastarda reconocida, al fin y al cabo.

Si cedía a sus provocaciones, le estaría entregando el poder sobre mi naturaleza.

El poder de utilizar mi condición como acero mellado y herirme con él.

Los tiempos en los que aquello era un oprobio empleado para sacarme las vergüenzas y ridiculizarme ante otros nobles de alta alcurnia habían terminado.

Ella no podía resucitarlos. No, si yo no la dejaba.

Tres días tardó doña Inés Pérez de Lara en abandonar sus aposentos y volver a hacer vida común con el resto de los habitantes del castillo. Por el aspecto con el que reapareció, nadie podía poner en duda que su ausencia se había debido al cansancio o a una inesperada convalecencia. Ni siquiera yo.

La mujer presentaba unas ojeras amoratadas, fruto del llanto o la excesiva preocupación, del insomnio que arremete contra las madres cuando sus hijos están en peligro.

Tenía la piel cetrina y los pómulos aún más marcados, y la arruga, que dividía su entrecejo y le daba apariencia de decepción constante o confusión, se había hecho más profunda.

No era tan anciana, su cuerpo aún era ágil y fuerte y su espalda, recta; las carnes flácidas le caían más por la delgadez que por otra cuestión.

Lo que la avejentaba era la ceguera, que le había arrebatado posibilidades y jovialidad.

Y también la negrura del luto. Por eso precisamente me sorprendió encontrarla en dicho estado.

Como si hubiera sorteado una enfermedad que la hubiera postrado en cama durante meses.

Le concedí una jornada entera de tranquilidad.

La abracé por su regreso, la cuidé y atendí, paseamos juntas por los jardines y comimos mientras hablamos de esto y aquello.

Ninguna mencionó mi disputa con Lucía, tampoco la guerra fronteriza contra los moros o la marcha de mi comitiva de criadas, pese a que eran problemas que nos sobrevolaban.

Al quinto día, la abordé con el espíritu de Beatriz a tan solo unos pasos de nosotras.

Ya tenía la certeza de que doña Inés Pérez de Lara no veía a Beatriz, del mismo modo que no podía ver el paisaje agreste que nos rodeaba.

De hecho, ni siquiera era capaz de percibirla mediante alguno de sus otros sentidos, mucho más agudizados.

Estábamos sentadas en uno de los bancos de piedra del jardín, cobijadas por un gigantesco árbol. Doña Inés disfrutaba de los cálidos rayos del sol con los párpados cerrados y la cara vuelta hacia él, sumida en un silencio profundo.

—Mi intérprete ya no está, señora mía.

—Es mejor así —dijo sin abrir los ojos—. No podéis depender de las traducciones y palabras de otro. Cualquiera podría mentiros, engañaros, enredaros y utilizaros para sus propios y egoístas fines.

Doña Inés consideró que había tenido suficiente y, con el rostro templado y coloreado, se resguardó bajo la sombra del árbol.

Al igual que su hija, estaba obsesionada con la palidez de la tez, una cuestión harto complicada proviniendo de un reino donde imperaban el sol continuo y las fuertes temperaturas.

No obstante, lo que doña Mencía de Lara solucionaba con cosméticos y ungüentos, doña Inés lo hacía enclaustrándose.

Solo cada tanto se concedía a sí misma tostarse un poco.

—No podéis permitiros tal grado de dependencia.

Y menos de un hombre —continuó—. Tenéis que confiar en vuestras habilidades, en vuestros propios oídos.

Además, no lo necesitáis. Sois una mujer despierta, de gran astucia e intelecto.

Aún se os escapan algunas palabras y os cuestan ciertas frases, pero entendéis y habláis castellano. No os subestiméis.

—Una pena que ese acento sea imborrable —intervino Lucía, que escanciaba agua fresca.

—Mi acento francés no es ningún pecado —le reproché con dureza mientras aceptaba la copa que me tendía.

Nuestras miradas se encontraron y, durante unos instantes, la llama del conflicto se reavivó.

—Por supuesto que no, hija mía —exclamó indignada doña Inés, quien me dio un par de palmaditas en la mano—. ¡Lucía, por Dios! Qué cosas decís.

La criada aceptó la reprimenda con un gesto torcido.

—Ya sabéis cómo es la servidumbre… —Suspiró—. Tiene la gracia del pueblo llano, pero también la insolencia. Quiero pensar que es parte de su encanto.

Lucía se me antojaba tan poco encantadora como un lobo con las fauces abiertas, pero no tenía intención alguna de confesárselo a mi suegra.

No mientras ella siguiera gozando de su favor y protección.

Doña Inés dispensó a su leal sirvienta con un gesto y se volvió hacia mí.

Entrelazó sus dedos con los míos y clavó sus ojos azules y ciegos en mí.

—Lo cierto es que ya sois prácticamente una de nosotras. Una castellana más. Podéis valeros por vos misma y, si no, siempre me tendréis a mí. Siempre —insistió.

—Os lo agradezco, señora mía. Pero ¿qué hay de mis criadas y doncellas?

Doña Inés estaba bebiendo un poco de agua y, abrumada por el interrogatorio, casi se atragantó. Tuvo que toser un par de veces antes de preguntar:

—¿Qué ocurre con ellas?

—Que no están, señora mía. Que también han marchado rumbo a Nailloux.

—¡Ah! Esas criadas y doncellas… También es mejor así.

Con ellas aquí os estabais anclando al pasado, a Francia, a una vida que ya no es vuestra.

No es bueno, hija mía, que os aferréis a lo que fuisteis y ya no sois.

Porque ya no sois francesa. No sois una Leblond más que en el apellido.

—Me acarició la mejilla y esbozó una dulce y orgullosa sonrisa—.

Ahora sois una Lara, la esposa de don Pedro de Lara.

La señora de esta casa y estas tierras, la duquesa de Valdívar.

Como tal, habéis de rodearos de otras compañías.

Lo entendía. A esa edad yo ya sabía mucho sobre desprenderme de vidas pasadas, de mudar la piel cual serpiente y revestirme con una nueva, pero eso no lo hacía menos doloroso. Sin mis francesas allí, me sentía aún más forastera.

—Todas las mujeres que se asientan en reinos extranjeros llevan consigo a sus leales.

—Aquí también encontraréis lealtad —repuso doña Inés.

—Estoy segura. Aun así, las reinas mantienen a su propio séquito.

Doña Inés dejó escapar una risita.

—Pero vos no sois la reina, ¿verdad?

Viniendo de ella nada resultaba ofensivo y, sin embargo, sus palabras fueron dardos en mi malherido orgullo.

«No os creáis más de lo que sois», parecía decir.

Entreabrí los labios, dispuesta a defenderme, cuando reparé en que el espíritu de Beatriz me observaba con una mirada afligida, y al reflejarme en su penuria, mis fuerzas para el combate se disiparon.

—No —bisbiseé con la cabeza gacha.

El abatimiento de mi voz debió de alertar a mi suegra, pues su rostro se transformó en la viva imagen de la preocupación.

—Oh, hija mía… Lamento haberos importunado. No estaba en mi voluntad dañaros o haceros sentir sola con mis actos. Mi única intención es ayudaros, protegeros. Solo quiero lo mejor para vos, lo mejor para mi hijo.

Asentí, con las lágrimas a punto de aflorar.

—Lo sé, mi señora. Lo sé. Descuidad.

—¿A qué viene entonces tanta tristeza?

—Es que nadie me había avisado de esta decisión. Ni siquiera he tenido tiempo para despedirme de Margot y Clémence, mis doncellas, ni del resto de criadas. De haber sabido que regresarían a Nailloux, les habría dado una carta para padre y doña Anne.

Doña Inés chasqueó la lengua.

—Oh, no lo pensé, hija mía, no lo pensé.

Entre la partida de mi hijo y vuestro malestar…

Temía que vuestra indisposición fuera algo más grave y que tuviéramos que llamar al médico o al cirujano.

Reconozco que desde que murieron mi esposo y doña Beatriz de Aguilar, incluso la más nimia indisposición me provoca la peor de las pesadillas. Me aterra perder a alguien más.

Así sus manos con fuerza.

—A mí no me perderéis —le prometí.

Miré al fantasma de Beatriz. Me anclé en la profundidad de esos ojos oscuros y mortecinos, y le juré que yo no me marcharía tan fácilmente de ese castillo, de Valdívar, del ducado.

Por mucho que me atosigara y acosara con su maldita presencia, no renunciaría a mi nueva familia.

A mi suegra. A mi amado marido. Me quedaría allí y cuidaría de todo lo que ella había abandonado.

Si lo que pretendía era incomodarme, hacerme huir, tendría que esforzarse más.

Doña Inés tenía la faz congestionada. Tan afectada estaba que le temblaban los dedos y se cubrió los labios en un vano intento de no romper a sollozar.

—Oh, disculpadme, hija mía. Disculpadme, os lo ruego —gimoteó—.

Lo siento en lo más profundo de mi alma.

Pensé que no debía preocuparos con nada más.

Ya estabais sufriendo bastante por lo de Pedro y creí que quizá vuestra afección era debido a la preñez.

Lo último que aconsejan para las embarazadas son sobresaltos y cuitas, y una decisión así, la de mandar de regreso a vuestro séquito, podría haberos apenado en exceso.

Agachó la cabeza y se sorbió la nariz. Le pidió un pañuelo con urgencia a Lucía y, luego, se secó las lágrimas que le rodaban por las ahuecadas mejillas.

Los estertores eran una mala contención de su abrupto llanto.

Daba la impresión de ser la Virgen María arrodillada ante el cuerpo torturado de su sacro hijo.

—Tendría que habéroslo consultado.

—Ya está hecho —la consolé—. No hemos de darle más importancia.

—Oh, no, no, no. Hemos de dársela, hija mía. Esto demuestra que ya estoy demasiado vieja para tomar decisiones, que no discierno bien. Mis facultades han mermado, de ahí mis muchos errores.

Lucía tenía razón. Doña Inés Pérez de Lara era de naturaleza frágil; las obligaciones, el duelo y la avanzada edad la habían golpeado hasta llenarla de fisuras por todas partes.

Señalarle el daño que me había hecho al despedir a mis doncellas la había agrietado todavía más.

La culpabilidad empezó a arrastrarme a un terreno pantanoso.

—Pero vos lo solucionaréis, ¿verdad? Lo solucionaréis. —Se aferró a mis manos con desesperación y su perfume de clavelinas se enredó con el hedor a podredumbre de Beatriz, creando una mezcla difícil de soportar—. Decidme que lo solucionaréis, hija mía.

—Lo solucionaré.

Para poner fin al flagelo, le hablé largo y tendido de lo mucho que me agradaba Pía, mi nueva criada y doncella personal.

Aquello la satisfizo en gran medida y borró de un plumazo sus tribulaciones.

Era una suerte que me gustara aquella jovencita, porque con ella habría de bastarme, pues, como doña Inés me dijo, la guerra podía recrudecerse, en cuyo caso todos habríamos de contribuir.

Para ganar a los moros hacía falta gran sacrificio.

Hombres y oro. Nuestros hombres y nuestro oro.

No podíamos pedirle al común que se quitara el pan de la boca y enviara a sus hijos a la frontera y no hacerlo nosotros.

Debíamos dar ejemplo. Por eso, teníamos que abrazar la escasez, la modestia y el recogimiento, y prescindir de gastos banales, como un enorme séquito de criadas, y dedicarnos más a la oración.

Al menos hasta que el rey don Alfonso pisara tierras castellanas y resolviera el conflicto con la diplomacia o el acero heredado de su padre.

—¿Creéis que podréis apañaros únicamente con Pía?

Temía decepcionar a doña Inés y, por encima de ello, temía decepcionar a Dios, nuestro Señor. Había pasado buena parte de mi vida sin atenciones, valiéndome por mí misma, así que esperaba que el lecho de plumas en el que había descansado hasta entonces no me hubiera maleado.

—No veo por qué no. —Sonreí.

Doña Inés Pérez de Lara esbozó una deslumbrante sonrisa.

—Sois una gran mujer, Mathilde, hija mía.

Vos sí. —Me obsequió con un afectuoso beso—.

Vos entendéis que la vanidad y la ostentación no son de buenas cristianas.

¡Qué acertado estuvo el Altísimo al enhebrar vuestro destino con el de mi hijo!

Cuando me marche de este mundo, quedaré en paz. Valdívar se halla en buenas manos.