La duquesa bastarda 16. Quien a hierro mata, a hierro muere
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16. Quien a hierro mata, a hierro muere

Quien a hierro mata, a hierro muere

A la mañana siguiente, mi rutina se vio aún más trastocada cuando Pía me despertó en lugar de mis doncellas. La reconocí enseguida: era la que me había narrado la historia representada en los tapices de doña Beatriz de Aguilar que había colgado en mis aposentos.

Sorprendida por la ausencia de alboroto femenino en mi alcoba —que solía estar abarrotada por criadas castellanas y francesas—, le pregunté por Margot y Clémence.

Así fue como me enteré de que no hallaría a ni una sola de mis doncellas y criadas en el castillo y tampoco al intérprete.

Inés Pérez de Lara los había devuelto a Francia recién había amanecido.

Me levanté de la cama entre sofocada y airada.

Me cubrí de malas maneras con un chal y me calcé.

Pía intentó detenerme, me suplicó que la dejara acicalarme, peinarme y colocarme la toca.

No se lo permití. Salí de mi alcoba casi en ropa interior, con las dos largas trenzas rubias cayendo sobre mi espalda cual carne embutida.

La joven sirvienta me perseguía jadeando por los pasillos y, por supuesto, el espíritu de Beatriz cerraba la comitiva unos pasos por detrás.

—Tengo que hablar con doña Inés —anuncié nada más llegar a las puertas de los aposentos personales de mi suegra.

Uno de los guardias entró para comunicar la petición.

Un minuto más tarde, la que salía por la puerta no era doña Inés Pérez de Lara, sino su fiel criada Lucía, que se secaba las manos en el mandil que vestía encima de su atuendo servil.

La mujer se recolocó los mechones que se le escapaban de la cofia y, tras carraspear, dijo:

—En estos momentos mi señora no está disponible. No obstante, le daré cualquier recado que tengáis para ella.

Parecía que se había aprendido la cantinela de memoria, y eso me molestó aún más.

—No —zanjé con autoridad—. No lo habéis entendido.

He dicho que tengo que hablar con doña Inés, así que, a no ser que esté rezando fervientemente por el alma de su hijo, mi esposo, no hay excusa para que se niegue a recibirme.

—Me agarré el bajo de la camisa para no tropezar e hice el amago de esquivarla—. Apartaos.

Los guardias no pusieron objeción alguna; en cambio, Lucía no se movió de la puerta. Su cuerpo rollizo me impedía el paso.

—Señora —dijo con una paciencia mal disimulada—, doña Inés hace mucho que es de naturaleza frágil. Una semana al mes suele enfermar por las muchas labores que recaen sobre sus hombros y pasa varios días afectada en cama. Por eso no puede atenderos. En cuanto se recupere, hablará con vos.

Aquello no era más que un truco, estaba segura. Otra de las artimañas de la descarada Lucía. Quería alejarme de mi suegra todo lo posible.

—Entonces dejadme pasar, yo me encargaré de sus cuidados. Así lo habría querido mi esposo —rematé con una sonrisa glacial.

—No es oportuno.

Un espeso silencio se instaló entre ambas. Estábamos enzarzadas en un duelo de miradas en medio del pasillo, con la única compañía del fantasma de Beatriz, Pía y los guardias, que nos observaban con la discreción curiosa de quienes saben que pronto se armará una trifulca.

Avancé un poco, dispuesta a enfrentarme a ella. Esperaba que la escasa distancia y la dureza de mi voz la hicieran flaquear, ponerse nerviosa, derrumbarse, obedecerme. Quería hacerla temblar como doña Anne de Albret me había hecho temblar a mí mucho tiempo atrás.

—No creáis que no sé lo que hacéis. Lo que pretendéis —espeté amenazante.

Ella se encogió de hombros con una inocencia impostada.

—No sé a qué os referís.

—Lo sabéis muy bien. Habéis sido vos, ¿no?

—¿Yo?

—Sí, vos. La artífice de todo esto.

Beatriz estaba tan cerca, a tan solo unas pulgadas, que su presencia me alteraba hasta lo indecible y su hedor me manchaba la piel limpia. Nuestras fragancias se confundían y, por unos instantes, las palabras se me enredaron en la lengua.

¿De qué iba a señalar a esa mujer? ¿De haber confabulado con las criadas castellanas para que yo eligiera los tapices de Beatriz para mi alcoba?

¿De haber alejado a doña Inés Pérez de Lara de mi lado para garantizar que esta no me consolara y así advirtiera el espíritu de Beatriz?

¿De arrebatarme a mi cohorte de damas y criadas? ¿De volverme loca?

Todas mis acusaciones carecían de fundamento. Y, sin embargo, todas ellas parecían llevar el nombre de Lucía. Luminoso. Sibilino. Inquietante.

—¿Qué le habéis dicho a doña Inés de mi séquito de criadas y doncellas para que las haya enviado de vuelta a Nailloux? —la azucé—. ¿Qué le habéis dicho de mi intérprete?

Ella puso los brazos en jarra.

—¿Por qué habría de haberle dicho nada, señora mía?

—Porque hay más oscuridad que luz en vos. No he necesitado más que una semana para reparar en ello.

—Mi señora doña Inés es mujer de fuertes convicciones, no se deja manipular con facilidad. Ella toma sus propias decisiones.

—Decisiones a las que vos, seguro, la empujáis con vuestra lengua viperina.

—Me atribuís más poder del que me corresponde. —Rio—. Os lo agradezco sobremanera.

Aquello la divertía. Se le habían formado unas pequeñas arrugas en torno a las comisuras de los labios y a duras penas reprimía la jocosidad y dicha que despedía su mirada.

—A mí no me engañáis. —Di un paso más hacia ella—. Sois sus ojos, pero también sus oídos. A saber qué le susurráis cuando nadie os ve.

—Solo verdades. Verdades que muchos se niegan a atender y aceptar.

—Dudo que vuestras verdades sean universales.

—Puede que el problema sea que para vos son invisibles.

Las ansias de abofetearla me quemaban en la palma de las manos.

—Me habéis dejado sola en este castillo. —Tuve que hacer un gran esfuerzo para que la voz no me traicionara y delatara mi desasosiego.

—No creo que estéis sola, señora mía. ¿O me equivoco?

La saliva se me hizo una balsa amarga en la boca. El corazón saltó un par de latidos. ¿A qué se refería? ¿A Beatriz? ¿Acaso ella también la veía, pero simulaba que no? ¿O es que se reía de mis alucinaciones y me tildaba de enajenada? No tuve oportunidad de cerciorarme.

—Las criadas se quejaban de que erais demasiado severa con ellas y demasiado permisiva y benévola con las francesas que trajisteis —arremetió Lucía—.

De que su jornal era inferior al de las otras y de que estas, con la excusa de las lecciones de castellano con el intérprete, aprovechaban para perder el tiempo en menudencias y devaneos y escaquearse del duro trabajo.

—Alzó la ceja y sonrió, retándome a rebatir sus argumentos.

Callé.

—Las castellanas os oreaban las sábanas, os vestían la cama, os barrían, limpiaban y ordenaban la alcoba. Las francesas, en cambio, os aseaban y acicalaban. No puede ser, señora mía, tamaña injusticia. Que las más hacendosas sean regañadas y las holgazanas, premiadas.

—Así que, además de irrespetuosas, también son envidiosas. Qué buen fruto da esta tierra…

—Lo que desde luego no son es vulgares barraganas —escupió con repugnancia—.

Ninguna de nuestras mujeres ha corrido a encamarse con ese erudito que se paseaba por aquí con aires de noble, cálamo en mano, hablando en distintos idiomas.

No se puede decir lo mismo de las descaradas de vuestras francesas, que bien pronto se le han abierto de piernas.

—Eso es mentira —gruñí, esgrimiendo el dedo índice frente a sus narices.

Lucía no se amilanó. Dio un paso hacia delante y, con tal de no colisionar, fui yo quien reculó. Ella tomó mi retroceso como signo de debilidad.

—¡Ja! Si no os han llegado los rumores es porque no habéis estado atenta o no habéis querido escucharlos. Todos murmuraban que vuestro intérprete enseñaba más pecado que castellano y que la pluma que mojaba en el tintero era más bien otra.

Solo pensaba en que si se atrevía a acusarme de yuntar con mi intérprete, de serle infiel a mi marido, habría firmado su sentencia.

La osadía le valdría el despido y ni doña Inés Pérez de Lara podría impedirlo: la echaría a patadas del castillo y de mis tierras, aunque tuviera que comprarle unos ojos nuevos a mi suegra.

Pero Lucía era demasiado inteligente y sabía que había fronteras que no debía traspasar, así que jamás lo insinuó.

—Viles falacias que han debido inventarse vuestras envidiosas criadas —espeté.

—La servidumbre de este castillo es tratada con equidad. Eso es lo que siempre ha defendido mi señora doña Inés y por ello sigue velando. No dejará que rompáis el orden que tanto le ha costado mantener. Hasta doña Beatriz entendía eso.

El espíritu no se inmutó.

—Yo no soy Beatriz. Yo elijo a mis favoritas y les asigno sus tareas. ¡Os recuerdo que soy la señora de esta casa y la señora de estas tierras! —La garganta me dolía del grito casi tanto como del llanto reprimido.

—La última palabra es de doña Inés Pérez de Lara, bien lo sabéis. Si ella ha considerado oportuno despachar a las francesas y a ese fornicador, que así sea. Que vuelvan a su lugar de origen, ya sea Sodoma y Gomorra o la mismísima torre de Babel.

—Sois peor que una asquerosa y repugnante serpiente —dije en francés.

Dando por zanjada la disputa, decidí retirarme. Agarré de nuevo las orillas de mi camisa y, con toda la dignidad que me quedaba tras haber perdido la batalla con una simple criada, enfilé el pasillo.

No había dado ni cuatro pasos cuando la oí decir:

—Una lástima que vuestro intérprete ya no esté aquí para traduciros. Me temo que tendréis que afanaros en aprender el castellano para así agraviarme.

Di media vuelta y con un par de zancadas me posicioné frente a ella. Me acerqué hasta que nuestras narices se rozaron y pude respirar su aliento venenoso.

—Esto sí sé decirlo en vuestro idioma: perra.

Lucía no agachó la cabeza.

—Al menos yo no soy una bastarda —contraatacó.