15. Alianza
Alianza
Don Pedro de Lara y sus huestes partían al alba, con los rayos del sol dibujando un paisaje dorado que en breves se tornaría llamas incandescentes por el calor veraniego.
La guerra es de una crudeza inefable, así que, sabiendo cuándo los hombres marchaban, pero no cuándo regresarían ni las condiciones en las que lo harían, los habitantes del castillo salimos a despedirlos al patio.
Por primera vez, el espíritu de Beatriz abandonó mis aposentos.
Por desgracia, lo hizo para venir conmigo.
Me siguió por los pasillos y recovecos, cruzó galerías y descendió escaleras, a la zaga de mi séquito de doncellas.
Aunque sus pasos no se oían, el molesto zumbido de las abejas la delataba; no tenía que girarme para asegurarme de que estaba ahí.
Cuando llegamos al exterior, permaneció dentro del castillo, en el umbral del portalón que daba al patio de armas, desde donde se apreciaba la hilera de caballeros y ricohombres armados que se aupaban sobre sus cabalgaduras.
Quizá no podía traspasar esa linde. Quizá estaba atada a los muros del que había sido su hogar.
Durante unos segundos me paré a observarla.
Ahí, en la soledad y oscuridad de ese rincón, parecía más que nunca un alma atormentada.
Casi daba la sensación de que rompería a llorar y que su grito desconsolado rasgaría el cielo por la mitad.
—Gracias a Dios que ya os encontráis bien —dijo mi suegra, con una sonrisa que le arrugaba el rostro.
Y con ello, desperté de mi letargo.
—Gracias a Dios.
Doña Inés Pérez de Lara había entrelazado su brazo al mío, buscando las fuerzas para sobrevivir al duro trance de dejar marchar a su hijo hacia un funesto destino.
Yo también necesitaba una buena dosis de fortaleza y ánimo, pues me perturbaba la salvaje idea de perder a mi marido en el campo de batalla, de que me lo devolvieran con los párpados cerrados y sin hálito alguno, con las heridas ya limpias y el cuerpo amortajado, de que solo me quedara vestir el luto y darles la vuelta a los escudos de armas. Llorar la honda pena.
No paraba de pensar en sus advertencias acerca del infante don Sancho.
Y ya no sabía qué me preocupaba más, si la lealtad que este exigía o esos moros del otro lado del estrecho que arrasaban con nuestras tierras.
¿Quién lo derribaría del caballo, el infante o el infiel?
¿Quién le daría el golpe de gracia? ¿Quién le haría rendir el alma?
—¿Qué era lo que teníais, hija mía? —me preguntó doña Inés. Se le notaba la angustia en la voz y la necesidad de entretenerse con lo que fuera para no atender a los preparativos de la partida, que comenzaban a tocar a su fin.
—Un ligero malestar, mi señora. Solo eso.
Lucía me miró desde su puesto de guía y confidente, sin soltar la mano de su señora.
—Qué dolencia tan especial y fácil de sanar. Es una suerte que haya remitido y estéis con nosotras despidiéndoos de los hombres —comentó con acidez. Tenía una sonrisa de satisfacción en la cara que pedía que se la borraran de un bofetón.
Cerré las manos para evitar que volaran hacia ella, aunque de buena gana me habría gustado cruzársela y dejarle un verdugón que evidenciara su vergüenza ante el resto de la servidumbre. Así aprendería y los demás se abstendrían de posibles afrentas.
Eché un vistazo a mis espaldas. Beatriz seguía allí, a las puertas del castillo, sin moverse ni pestañear. Tragué saliva y miré al frente, intenté olvidarme de su presencia y deshacerme de ese aguijonazo que sentía en la nuca.
Lucía enarcó una ceja y la sonrisa se le curvó hacia un lado, grotesca y cínica.
Lo sabía.
Esa horrible mujer sabía que mi indisposición no había sido otra cosa que el fantasma de doña Beatriz de Aguilar.
Estaba segura de que se lo habían contado las sirvientas castellanas que se habían burlado de mí y que la razón por la que había mantenido a mi suegra lejos de mi alcoba no era el miedo a que contrajera una enfermedad, sino a que ella también pudiera ver a la antigua duquesa de Valdívar. O, más bien, notarla.
No tuve tiempo de envenenarme con sospechas. Las huestes estaban listas para partir y don Pedro de Lara se aproximó. Primero, besó a su madre en la frente y le prometió que regresaría, como tantas veces habían hecho su padre y el padre de su padre.
—No lloréis, madre —le pidió—, que os dejo en las mejores manos.
Ella asintió, lo abrazó un buen rato y se enjugó las lágrimas con el pañuelo bordado que le dio su fiel Lucía, quien también se mostraba terriblemente apenada.
Cuando se dirigió hacia mí, don Pedro portaba esa genuina y deslumbrante sonrisa que me había conquistado el primer día.
De entre los pliegues de sus ropajes, sacó una joya rutilante que me dejó la boca seca y los ojos empañados.
Era un anillo de oro con flores grabadas en el exterior, una hermosísima alianza confeccionada por el mejor orfebre.
A doña Anne de Albret le habría complacido por su finura.
A mi hermana Aurore le habría dado un ataque de celos.
—Una humilde prueba de mi amor. —Deslizó el anillo por mi dedo anular.
En la parte interna, ahí donde me acariciaba la piel y la carne, en la intimidad, en lo secreto, en lo escondido, había una inscripción en latín: «Nací para serviros».
Don Pedro de Lara había cogido mi corazón entre sus manos y desde entonces era su legítimo dueño, solo a él le pertenecía. Allá a donde fuera, iría con él.
—Lo encargué antes de viajar a Nailloux y no veía el momento de dároslo.
—Supongo que el momento es este. Un poco deprimente para mi gusto, si os soy sincera —dije examinando la marea de rostros aciagos que se congregaba en mi derredor.
Él lanzó una sonora carcajada y se rascó la barba.
—Desde luego, aquí no hay el júbilo de unas grandes nupcias.
—Aquella vez, ambos reímos—. Mas, no os preocupéis.
El rey don Alfonso viene de camino y, conociendo su astucia, solucionará esta contienda en poco tiempo.
Mientras, confiad en Dios, en estos buenos hombres y en el infante don Sancho, que es buen estratega y mejor guerrero.
—Rezaré por vos y por todos los buenos cristianos que os siguen, pero no me pidáis que fíe de quien no conozco y me habéis hablado como peligroso.
Don Pedro emitió un suspiro en el que se acusaba la diversión.
—Ay, Mathilde… Vamos, vamos… Volveremos a vernos antes de que os deis cuenta. Si las mujeres estáis deseando que desaparezcamos para tener unos días de paz y dedicaros al bordado y a esas tareas vuestras que tanto os placen.
Mi sonrisa se desquebrajó y él lo notó.
—Expulsaremos a los infieles, don Alfonso pactará con el sultán de Granada, la guerra acabará y yo me reuniré con el rey para que nos permita pasar por la iglesia, aunque sea en estas tristes circunstancias y con una celebración más humilde de la que merecéis. ¿Eso os complacerá?
Cogí sus manos y le besé los nudillos.
—Lo hará —respondí henchida de amor.
—A Dios gracias —exclamó entre risas.
—No olvidéis escribirme.
—Cuidaos, mi amada y bella esposa, y cuidad de mi honorable madre, a vos os la encomiendo. —En un mejorado francés, dijo a mis criadas—: Procurad que cuando vuelva, me encuentre a la señora mejor que cuando me fui.
—Sí, mi señor —canturrearon las jóvenes.
Tomó mi rostro y me besó la frente. Cerré los ojos unos instantes para regodearme en la santidad de ese casto beso que habría deseado en los labios. Al abrirlos, una figura femenina se perfilaba detrás de mi esposo.
Beatriz nos observaba con esas facciones emaciadas; el cabello largo, mecido por la suave brisa de la mañana, la dotaba de un aspecto aún más terrorífico. El susto me extirpó la respiración y un sudor frío me resbaló por la columna.
Don Pedro de Lara no reparó en ella. La traspasó y enfiló hacia su caballo, ensillado por los mozos de cuadras.
El espíritu errante se acercó tanto a mí que el aroma a tierra húmeda y podredumbre me provocó náuseas y el zumbido de las abejas me embotó la mente.
Era la primera vez que se atrevía a sortear la distancia que nos separaba.
Casi sentía la caricia de sus guedejas en el rostro, su frío aliento envolviéndome.
Un instante después, cuando mi marido estaba a punto de montar y tomar las riendas, el miedo me congeló las entrañas.
No era el miedo a los moros ni a la guerra ni a las argucias políticas de don Sancho.
Ni siquiera a la viudedad. Era, sin lugar a dudas, el miedo visceral a verme acompañada por doña Beatriz de Aguilar hasta el fin de mis días.
Respondiendo a un instinto animal, me abalancé hacia don Pedro.
—Llevadme con vos, os lo suplico. —Mi grito sonó desesperado.
Don Pedro me contempló, atónito, y me contuvo entre sus brazos, contra los que había ido a chocar.
—No digáis necedades. No sabéis el peligro que aguarda en la frontera.
—No me acercaré al campo de batalla, os lo juro, pero dejadme ir con vos. Me aposentaré en cualquier villa que consideréis segura. Os esperaré allí hasta que la situación se calme y las hostilidades cesen. Vos mismo habéis dicho que no será mucho tiempo.
—Lo que me pedís es una auténtica locura. Una barbaridad. Ningún hombre de razón aceptaría.
—Os lo ruego, esposo, dejadme ir.
—De ninguna manera. Le prometí a vuestro padre manteneros a salvo.
—Cumpliréis mejor vuestra palabra cuanto más cerca me tengáis.
Don Pedro soltó una carcajada preñada de sarcasmo.
En aquellos momentos, yo era completamente ajena al pacto que habían firmado mi padre y mi marido de que si los moros traspasaban la frontera y se convertían en una amenaza real para la Corona de Castilla, él había de devolverme a Nailloux.
Porque Antoine Leblond prefería la muerte a que su hija bastarda cayera en manos de esos salvajes muslimes.
—¡Eso es ridículo, Mathilde! Por Dios bendito, ¿acaso habéis perdido el juicio?
Todos los presentes nos observaban: caballeros, escuderos, ricohombres, vasallos, deudos, siervos… Hasta los animales mostraban su incomodidad mediante relinchos. Pero a mí únicamente me escocía la mirada de Beatriz, que eran unos dedos hundiéndose en la llaga.
—Os lo suplico como Rut suplicó a su suegra.
Me postré ante él.
Los ojos de mi esposo se abrieron desorbitados, su mano se cerró en torno a mi antebrazo cual cepo y tironeó con fuerza para ponerme en pie.
—Levantaos de inmediato —gruñó—. ¡Levantaos!
Yo obedecí.
—No insistáis en que os deje o en que deje de seguiros, porque adonde vos vayáis, iré yo, y donde vos moréis, moraré. Vuestro pueblo será mi pueblo y vuestro Dios mi Dios.
Me aferró con violencia, y su rabia llegó a mis extremidades en una oleada de dolor y pánico. Me zarandeó una y otra vez mientras decía:
—Conteneos. Estáis dando un espectáculo lamentable.
Clémence y Margot se adelantaron para ocuparse de mí.
Me asieron por el talle entre las dos y me devolvieron a la marea de habitantes del castillo, que, demudados, asistían a aquel deleznable teatrillo.
A buen seguro, las chismosas criadas irían esparciendo el rumor de lo acontecido: la nueva duquesa de Valdívar se había tirado a los pies de su marido en mitad del patio de armas para suplicarle que la llevara a la batalla, igual que una niña caprichosa.
Muchos excusarían mi comportamiento aludiendo a las locuras del amor. Y otros, a mi extranjería.
Alcé el rostro en un gesto de orgullo más propio de doña Anne de Albret que mío. A mi diestra, mi suegra mantenía la compostura, y más allá de ella, Lucía exhibía una mueca que, a todas luces, era una sonrisa reprimida.
Desde allí, vi marcharse a mi esposo, con el frío de la alianza en el dedo y el espíritu de Beatriz respirándome en la nuca.