14. Decid mi nombre
Decid mi nombre
Beatriz se presentó a las faldas de mi cama, mirándome a los ojos con una intensidad que yo nunca antes había experimentado. Y eso me aterró más que su difunta presencia.
No llevaba cofia ni velo que la identificara como mujer casada.
Sus cabellos, mecidos por el viento de aquella noche de verano, eran de un castaño pulido que se asemejaba al bronce.
Tenía unos labios finos y pálidos, y la nariz aún más fina si cabe.
Las cejas depiladas se curvaban en un gesto lastimero y los pómulos se le marcaban tanto que cualquiera diría que se debía a la falta de alimento.
Pero su delgadez no provenía de la pobreza y la inanición, tampoco de la herencia de una familia de gran estirpe, como sucedía con mi suegra y su hija.
No. Su delgadez era la del esqueleto. La del fantasma.
La del espíritu atormentado que no ha entrado en el cielo ni en el infierno.
Que quizá ni siquiera ha podido pisar el terrible purgatorio.
La de un ánima a la que no se ha rezado lo suficiente, la de un cuerpo al que no se ha dado cristiana sepultura.
La de quien se halla encajado entre este mundo y el otro. A la espera.
E incluso así, Beatriz era de una belleza divina. Pese a sus mejillas sin color ninguno y sus iris opacos, que habían perdido el brillo de la vida.
Nada más aparecer, una fragancia indescriptible se condensó en el ambiente, una mezcla de tierra húmeda, sangre metalizada, podredumbre y agua de mayo.
De nuevo, la boca me supo a miel. A la miel recién recogida de los panales de abejas del bosque que se vislumbraba desde mis aposentos.
Casi se podía apreciar el zumbido de los insectos.
Casi las podía ver revoloteando alrededor de su frágil cuerpo.
Iba vestida con el lujo de la nobleza y las joyas rutilantes de las mujeres que presumen de su estatus.
Rubíes engarzados en los pendientes y en el colgante.
Hilos entorchados de oro y plata en sus ropajes, y pieles de marta cibelina.
Bajo la suela de sus chapines, un reguero de sangre manaba de alguna parte.
El charco bermellón era demasiado líquido y abundante para las heridas que le surcaban la piel, miles de líneas que se entrecruzaban y se confundían con la suciedad que la tiznaba aquí y allá y manchaba su atuendo. Lodo. Barro. Sangre reseca.
Doña Beatriz de Aguilar llevaba muerta más de un año; sin embargo, allí estaba, escrutándome.
Atravesándome el alma, hurgando en mi interior hasta alcanzar lo más profundo de mi ser.
Y todo porque mi marido había dicho su nombre en voz alta.
Era la primera vez que lo hacía desde que yo lo conociera.
Y allí, en Valdívar, la había invocado. Como solo las brujas saben invocar a los muertos y a los demonios.
Cuando desperté de la pesadilla, bañada en sudor y con el corazón tamborileándome en los oídos, ya era de día.
El sol resplandecía y las nubes esponjosas habían dejado un cielo azul que estaba para pintar.
Cuando mis damas y mis criadas entraron en la estancia para asearme, vestirme, peinarme y maquillarme, doña Beatriz de Aguilar seguía ahí.
A los pies de la cama, aterrorizándome. Observándome, batallando contra la luz del día y las sombras que debían habérsela llevado al amanecer.
El pánico me dejó lívida, muda. El grito se me atoró en la garganta.
Nadie la veía, excepto yo.
Las mujeres la traspasaban como si no fuera corpórea.
Pero estaba ahí.
Beatriz estaba ahí del mismo modo que lo estaba yo.
Era real.
Y no dejaría de acompañarme.
Creyeron que había dormido poco, que aún estaba soñando, que algo me había sentado mal al estómago: el vino, la comida, el postre, la remenja… O la discusión que había tenido con mi esposo y que ya había llegado a oídos de todos.
—Las desavenencias matrimoniales caen como piedras en el estómago, mi señora —comentó mi fiel Margot, la doncella regordeta que había viajado conmigo desde Nailloux—. Eso es lo que dice doña Anne de Albret.
Quizá era simplemente una suerte de afección o una repentina fiebre que me hacía alucinar. Pero mi temperatura corporal era estable y yo juraba y perjuraba que ahí, enfrente de mí, justo donde señalaba mi dedo índice, había un fantasma. Y que ese fantasma era el de doña Beatriz de Aguilar.
Según mis damas, allí no había nadie más que nosotras y un pequeño gorrión que piaba apoyado en el alféizar de la ventana.
Debían estar ciegas. Sí, debía ser eso, pues la otra opción es que yo hubiera perdido la cordura y eso se me antojaba imposible.
Me sentía más lúcida que nunca. Así que insistí e insistí.
—¡¿Pero no lo oléis?! ¡Huele a muerto aquí dentro!
Las mujeres olfatearon el aire cual sabuesos.
—Huele un poco mal —reconoció Margot—, pero eso puede ser cualquier cosa, mi señora. Una fruta que se haya caído de la bandeja y haya rodado hasta alguna esquina oscura y se haya podrido. La buscaremos.
—¿Y el agua de mayo? ¿Por qué huele a agua de mayo si yo no uso esa fragancia?
—Sí que hay cierto aroma a agua de mayo —dijo una de las sirvientas, afinando el olfato—. Se habrá derramado alguna esencia durante el baño.
Quise gritarles que eso no podía ser, pues no había un solo frasco que contuviera ese líquido en toda mi alcoba. Sin embargo, no lo hice. Se habrían arrancado los ojos y la lengua antes que aceptar que había una presencia maldita allí mismo, ante ellas.
—¿Cómo sabéis, mi señora, que ese espíritu que veis es el de doña Beatriz de Aguilar? —se burló una de las sirvientas castellanas, a la que se le escapaba la diversión por las comisuras.
—Dios la tenga en su gloria —repitieron las demás al unísono.
—¿Os lo ha dicho ella misma? —Callé—. Vos no sois de aquí, sois francesa. No la conocisteis. De hecho, dudo que hayáis coincidido siquiera con nuestra difunta y amada señora como para que podáis reconocerla a simple vista.
La osadía de Lucía empezaba a contagiárseles a las demás criadas.
Sabían que sus ofensas y su impertinencia no eran castigadas y, ante eso, se envalentonaban.
Me contestaban con el desprecio y la sorna de ella, con la firme creencia de que tampoco las reprendería.
Tenía que cortar de cuajo aquella insolencia que llevaba a la insurrección.
—Porque siendo niña vi morir a mi madre —espeté—. Y esa mujer de ahí no es mi madre, así que no sé qué otra alma en pena habría de visitarme.
Enmudecieron de inmediato y el divertimento y la chanza se borraron de sus rostros morenos.
—¿De dónde salieron estos tapices? —pregunté malhumorada a las sirvientas castellanas, que me contemplaban con una expresión que oscilaba entre el miedo y el asombro.
—De los aposentos de la antigua duquesa —dijo una de ellas.
Se habían colocado en fila, con la cabeza gacha, preparadas para recibir una reprimenda que, por sus gestos, consideraban injusta. Solo las francesas estaban a mi lado, supurando preocupación por su señora, arropándome con dulzura.
—¿De doña Inés Pérez de Lara?
Negaron.
—No, mi señora. De los de doña Beatriz de Aguilar —respondió Pía, una de las criadas castellanas que debía tener una edad aproximada a la mía.
Primero, miré al espíritu doliente, que no reaccionó ni a su propio nombre. Luego, a las imágenes tejidas que decoraban la estancia. El golpe me dejó sin respiración. Enseguida entendí la rabia de mi marido.
—Fueron un regalo de bodas que hizo a doña Beatriz su bienamado hermano —prosiguió la muchacha—.
A la señora le gustaba decir que eran las pruebas que había superado nuestro señor don Pedro de Lara para conquistarla y pedir su mano en matrimonio.
No fueron precisamente sencillas. Ese de ahí, el caballero al que abate en la justa, es Juan de Aguilar. El hermano de doña Beatriz.
Amusgué la vista y me fijé en los hombres pertrechados que se alzaban sobre sus caballos y en los lazos que llevaban anudados a las lanzas y en los escudos que los protegían, uno de ellos con la heráldica de los Lara, el otro, con la de los Aguilar.
Luego observé a la dama que aguardaba al victorioso en la correspondiente tribuna.
No había reparado antes en el innegable parecido entre mi esposo y el caballero, entre el espíritu de Beatriz y la doncella.
Los tapices contaban una historia de amor que mi marido había vivido en sus propias carnes.
Y yo, necia e ingenua, la había resucitado.
La había exhibido frente al lecho que compartíamos como si deseara abrir viejas heridas, regodearme en su sufrimiento.
Pensé que merecía cada uno de sus gritos, cada una de las miradas de resentimiento que me había lanzado.
—¡No quiero en esta alcoba nada que haya pertenecido a esa mujer!
Corrí hacia la pared, me enganché a los tapices y tironeé de ellos. Incapaz de descolgarlos, exigí que me ayudaran. Margot y Clémence, mis francesas, vinieron a auxiliarme las primeras. Una vez retiradas, las hermosas telas quedaron desmadejadas en el suelo.
—¡Lleváoslos! ¡Lleváoslos de aquí! —resollé enajenada, en una mezcla de francés y castellano.
Miré a Beatriz para ver si eso la satisfacía.
Si con la devolución de lo que era suyo, se desvanecía en la bruma de la mañana.
Pero ella permaneció allí, inmóvil, a los pies de mi cama, contemplando a las doncellas enrollar los pesados tapices y llevárselos.
Y cuando estas desaparecieron y los tapices yacieron de nuevo en los aposentos de la difunta duquesa, Beatriz tampoco me abandonó.
Permanecí ese día en cama, resguardada hasta la barbilla bajo las sábanas de seda, mirando de frente el turbio y mortecino rostro de Beatriz, que seguía en el mismo lugar en el que había aparecido.
Pedí que trasladaran la talla de la Virgen y el Niño cerca de mí para sentirme protegida por Dios Todopoderoso y su madre, y me aferré a mi misal, que leí con ansias.
No le hablé.
No le lloré.
No le supliqué al espectro que se fuera y retornara al mundo de los muertos, donde pertenecía.
Temía dirigirme a ella y, sobre todo, temía que me respondiera. Que abriera la boca y de esta salieran sapos y culebras. Que emergiera una voz cavernosa, infernal, de ultratumba.
Por recomendación de su servidora Lucía, mi suegra se mantuvo lejos del ala oeste del castillo. No fuera que se tratase de una enfermedad infecciosa y contrajera un mal que la llevara directa a la tumba.
Así pues, mi única compañía fueron mis doncellas, la fe y Beatriz.
Al anochecer, mi esposo regresó a mis aposentos personales.
Entró como si las disputas de la noche anterior no hubieran ocurrido y se encontró con los candiles prendidos, las paredes desnudas y a su mujer en el lecho, aún despierta y con el misal entre las manos.
A Beatriz no la vio. Y yo decidí no pronunciar su nombre ni comentar que ella estaba ahí, de cuerpo presente.
Ya no sabía si la había invocado él con solo mentarla o la había invocado yo al adueñarme de sus pertenencias.
Don Pedro de Lara se desprendió de los ropajes y se internó entre las sábanas; ya acomodado, me dio un beso en la sien.
—Me han dicho que estabais indispuesta.
Yo asentí.
—¿Os encontráis mejor?
No podía apartar los ojos del fantasma de Beatriz, que no había parpadeado ni cuando mi marido traspasó el umbral de la puerta. Tenía la vista clavada en mí. Solo en mí.
—Mathilde —me llamó—. Mathilde.
Me obligué a mirarle. Don Pedro me observaba curioso, tratando de descifrar mi dolencia o, quizá, el motivo de mi ausencia.
Tenía el ceño fruncido y una dulce sonrisa que destilaba ternura y preocupación.
La suya era una belleza inmutable; al lado de Beatriz, resultaban la imagen idílica del matrimonio primigenio.
Adán y Eva. Al fin y al cabo, ella siempre sería su primera costilla.
—¿Os encontráis mejor? —preguntó otra vez—. Vuestras doncellas no han querido decirme qué os aqueja, y a las mías parece que les han cortado la lengua. Y eso es meritorio. —Rio—. A las mujeres les gustan demasiado los rumores y raro es el día en que no andan entre habladurías.
Me esforcé en sonreír.
—Descuidad, mi señor. —Le besé los labios y le acaricié la mejilla—. Solo es el cansancio de estos últimos días y un ligero dolor de cabeza que se me pasará en cuanto consiga dormir un poco.
—¿Estáis segura? —Enarcó una ceja.
—Por supuesto.
Me examinó en silencio, atento a un posible cambio de parecer. Al no darse, se arrimó a mí y me agarró por la cintura, recortando la distancia que nos separaba y dejando solo unas pulgadas entre nuestras bocas. Su cálido aliento me acarició la nariz.
—Es mi última noche en Valdívar —murmuró con la lujuria hirviéndole en la piel, erizándome el vello de la nuca—. Me niego a partir sin el recuerdo de vuestros besos, esposa mía. Así que dadme algo a lo que aferrarme antes de la batalla, cuando mi valor flaquee y las oraciones me sepan a poco.
Eché un vistazo hacia los pies de la cama. Beatriz continuaba allí, una efigie marmórea que no movía ni las pupilas.
Don Pedro me agarró el rostro con suavidad, trayéndome de vuelta a la privacidad de nuestras sábanas. Me besó lentamente para asegurarse de que encendía la pasión que habitaba en mí y me susurró lascivia y amor a partes iguales.
—Os amo. Os amo con toda mi alma y todo mi corazón —repetía—. Os amo tanto que temo volverme loco.
Qué difícil era resistirse a esas palabras melifluas que me calaban hasta los huesos y me derretían.
—Los próximos días sin vos se me harán eternos… —decía y me besaba—. Os extrañaré cada minuto y cada segundo. Seréis mi primer pensamiento al despertar y el último al acostarme.
—Juradlo —le pedí—. Juradlo por Dios y la Virgen.
Él me miró con la profundidad del azul de las vidrieras de la iglesia de Saint-Denis en sus resplandecientes ojos.
—Os lo juro por Dios y la Virgen.
Cuando nuestros cuerpos se unieron, fue una guerra encarnizada de besos y mordiscos, risas y gemidos guturales que podrían habérselos arrancado a los pecadores torturados del infierno. No obstante, la devoción desenfrenada nos llevó a tocar el cielo con las manos.
—Os amo como no he amado a nadie —confesó entre jadeos. La ancha sonrisa escindida por aquella cicatriz aumentaba su atractivo.
—¿Ni siquiera a Beatriz? —me atreví a preguntar, con parte de la atención puesta sobre el fantasma que no se inmutaba.
—Ni siquiera a ella —respondió, sin osar pronunciar su nombre.
Con las fuerzas extintas debido al clímax recién alcanzado, me acurruqué a su lado y aspiré el sudor almizcleño que lo empapaba con la esperanza de que apaciguara el olor a podredumbre y agua de mayo que aún flotaba en la alcoba. Cerré los párpados y hundí la cara en su pecho, me aferré a él.
Me convencí de que a la mañana siguiente Beatriz no estaría allí, de que su espectro se habría marchado. De que nuestro amor le habría ganado.