La duquesa bastarda 13. A esto llaman hogar #2
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13. A esto llaman hogar #2

Mi suegra lo contaba con orgullo, ya que, al final, el pontífice no había sucumbido a los rumores vilipendiosos de quienes solo querían hacer caer en desgracia a la gran estirpe de los Lara.

Así transcurrieron los días con doña Inés Pérez de Lara, entre afables instrucciones sobre el funcionamiento del castillo, música, paseos, oraciones y lecturas de las Sagradas Escrituras.

También hubo tiempo para decidir en qué emplear las exquisitas telas y las suaves pieles que yo había traído desde Francia: si en vestidos o en mantelería, si en pellizas o en ropa de cama para el invierno.

Mi suegra era una mujer increíblemente práctica, por lo que siempre optaba por lo segundo.

Al final, encargamos los tapices que decorarían mis aposentos personales y que, en honor a los fastuosos planes de nuestros desposorios, representarían pasajes del mito de Apolo y Dafne.

Apolo enamorándose de la hermosa ninfa. Apolo persiguiéndola, acosándola, hostigándola.

Dafne huyendo, pero con una mirada encandilada.

Ya no podía más que imaginarnos siendo ellos, correteando descalzos por los bosques alfombrados de agujas de pino, jugando al cortejo, a la persecución y la caza del amante, a la invasión de los cuerpos y la carne.

Y mientras que se confeccionaban, doña Inés se ofreció a prestarme algunos de los que yacían olvidados en las otras grandes alcobas del castillo.

No dudé en aceptar. Los tapices tardarían y, para cuando llegara el inclemente invierno, la piedra de los muros me parecería aún más fría y triste.

Necesitaba recubrirlos con algo para que no me asaltara la impresión de que me hallaba en un lugar inhóspito, tan lejos del hogar que había conocido hasta entonces.

Desde luego, no esperaba yo que aquellos tapices, tejidos por manos expertas, trajeran tantísimos problemas a mi vida.

Era una noche apacible cuando las sábanas de seda con las que solía arroparme incluso en verano desaparecieron.

Unas manos masculinas me las arrancaron de encima en un acto de violencia salvaje, del que me percaté al oír el grito enfurecido de mi marido rompiendo el silencio, reverberando entre las paredes de la alcoba.

—¡¿Qué es esto?!

Me incorporé de un salto y abrí los ojos asustada. El corazón me latía a una velocidad vertiginosa y amenazaba con escapárseme por la boca. Me llevé la mano al pecho para intentar controlar las palpitaciones.

—¿Qué…? —Fue lo único que logré pronunciar en un atropellado francés.

Jadeaba de puro terror. Tenía la lengua pastosa por culpa del sueño y el vino de la remenja, y la vista aún no se me había acostumbrado a la oscuridad, por lo que todo lo que veía eran tinieblas y una sombra que se cernía sobre mí.

El candil ya hacía tiempo que se había apagado.

Incluso así, sabía que esa efigie corpulenta era la de mi fiel esposo.

Habría reconocido su cuerpo en mitad de la más absoluta negrura, y el recuerdo de su voz aún me llegaba claro, vívido, intacto. Era él. Don Pedro de Lara.

Su silueta terminó de perfilarse gracias a la luz plateada de la luna, que entraba a raudales por la ventana, y pude apreciar su rostro congestionado por la furia.

Los pequeños zafiros que tenía por iris le relampagueaban y la cicatriz le había horadado la faz; tenía la mandíbula tan apretada que alcanzaba a oír el rechinar de sus dientes.

—¿Qué es esto? —Señaló hacia el enorme tapiz que colgaba en la pared izquierda de mi alcoba.

Me restregué los ojos y seguí con la mirada hacia donde indicaba su dedo.

El tapiz rellenaba el hueco del muro con unas sublimes escenas de amor cortés en las que un caballero se batía en gesta por el amor de una dama.

Derrotado su contrincante, aparecía a los pies de una torre, admirando la ventana por la que ella se asomaba.

En cuanto lo vi, pensé en mis hermanas, en las historias de amor con las que habíamos crecido y a las que habíamos aspirado. Dos de nosotras las habíamos logrado.

—Es un tapiz —dije en francés.

Arrodillada en el jergón, me desplacé hacia él con la mano estirada en un gesto de invitación.

Solo quería acurrucarme a su lado, entibiarme con su calor, olisquear el aroma que manaba de su piel y regresar al mundo de los sueños.

Don Pedro de Lara, que se alzaba imponente ante mí, miró durante un segundo mi mano.

Y luego soltó un bufido teñido de desprecio. Dejé caer el brazo, abatida.

—Os habéis vuelto loca. Completamente loca. ¿De dónde lo habéis sacado?

Ladeé la cabeza, algo confusa. Repasé las conversaciones que había tenido con doña Inés Pérez de Lara en un castellano que se me resistía un poco, las traducciones de mi intérprete, lo sucedido aquel día desde por la mañana temprano.

Mientras, mi marido perdía la escasa paciencia que le quedaba.

Exhalaba por los orificios nasales cual toro embravecido dispuesto a embestir.

—Lo trajeron las criadas —respondí ante su apremio.

—¿De dónde?

Me encogí de hombros y la larga trenza rubia bailó sobre uno de ellos.

—¿De dónde? —insistió don Pedro en un francés que sonaba abusivo, muy alejado de la dulzura de mi idioma—. No quiero tener que volver a preguntároslo.

La amenaza no fue nada sutil.

—No lo sé. Vuestra madre me ofreció tomar alguno de los que había en las otras estancias del castillo. —Contemplé de nuevo el tapiz—. ¿No os place?

—¿Habéis entrado alcoba por alcoba eligiendo tapices?

—No. Claro que no, señor mío. Me enseñaron algunos y elegí este.

—Así que descolgaron los tapices y los arrastraron hasta aquí solo para mostrároslos. —El cinismo con el que hablaba era letal. Casi parecía estar a punto de soltar una carcajada mordaz que me hundiría en el fango de la decepción.

—Supongo que sí. ¿He obrado mal? —Mi voz se había tornado aguda y angustiada, similar a la de una niña pequeña.

—No debería estar aquí.

—Vuestra madre sugirió…

—¡¿Qué?! —vociferó.

El grito me enmudeció por completo. En mitad de la oscuridad y el sepulcral silencio de la noche, don Pedro de Lara, duque de Valdívar, era una bestia maligna.

Pero no una desconocida. No se trataba de uno de esos animales fantásticos con cuernos y garras afiladas, con escamas y alas que poblaban los bestiarios y que los viajeros rezaban por no cruzarse en su camino.

Era una criatura con la que las mujeres habían convivido desde que el mundo era mundo. Un hombre enajenado por la ira.

—¡¿Qué sugirió mi excelsa madre?! —Dio un paso hacia delante, con los puños apretados y la rabia bullendo en cada palabra—. ¡¿Acaso os dijo que colocarais este tapiz en concreto?!

Yo había retrocedido en el jergón. Me había encogido, con los ojos muy abiertos y el miedo paralizándome. Me costó reunir valor para mover la cabeza y negar.

—Que se lo lleven y lo devuelvan a la alcoba donde pertenece.

—Mi señor, yo solo quería…

—Un tapiz —acotó él—. Solo queríais un tapiz con el que engalanar las malditas paredes de esta estancia. ¿Era eso lo que ibais a decir?

Cabizbaja, asentí.

—¿No podíais esperar a que trajeran uno nuevo? ¿Comprar uno que os gustase? ¿Encargar que os tejieran uno? Yo mismo habría ido al reino de Granada a pedírselo a esos moros, si hubiera sido preciso. ¡Así de grande es lo que siento por vos, Mathilde! ¡Así os amo!

—Solo es un tapiz… —murmuré.

—Exacto. Podríais haber esperado.

Entonces alcé la cabeza y lo vi. Don Pedro de Lara me contemplaba con una infinita decepción, la decepción que pronto muta a desagrado, a silencio, a odio enconado y, por último, a indiferencia.

Movida por un poder irreconocible, me erguí y descendí de la cama vestida solo con una ligera camisa amarilla que dejaba adivinar mi desnudez.

—Solo es un tapiz —gruñí, embridando el enfado que se desataba en mi interior.

—Y vos solo sois una mujer. ¡Mi mujer! —Se palmeó el pecho—. Aunque, por lo visto, a veces se os olvida, porque cualquier otra entendería que mi palabra aquí es ley. Y no estaría discutiendo, sino llamando a la servidumbre para que se llevara esa maldita tela. Pero vos os obcecáis en desobedecer.

—Si no os place este ornato que me ha prestado vuestra propia madre, señora de esta casa, podéis retiraros a vuestra alcoba y dormir allí. Para eso la tenéis.

—Si quisiera irme a mi alcoba, me iría. Pero os dije que no abandonaría este lecho hasta que os dejara encinta y soy hombre de palabra.

Una carcajada sardónica salió de mi garganta y hasta yo misma me sorprendí.

—En un día marcháis hacia la frontera. Me temo que, a no ser que descubramos justo en este instante que estoy en estado, ya habéis roto vuestra promesa.

Su rostro, otrora dominado por la vesania, se alisó. Quedó inmaculado, pétreo, sin emoción alguna. Era imposible descifrar lo que su mente pensaba, pues hasta sus puños se habían descongestionado.

—Entonces volved a subiros a la cama y tumbaos. Acabemos con esto de una vez por todas. —Don Pedro se despojó de las vestiduras una a una, se las sacó del cuerpo con energía, maldiciendo en voz alta. Y cuando solo le cubrió la camisa blanca de hilos de oro, dijo—: ¿A qué estáis esperando?

No me moví. Me quedé ahí, firme, fingiendo un coraje que estaba muy lejos de poseer y sentir.

Si me ponía un dedo encima, notaría que temblaba como una hoja mecida por el viento.

Estaba a punto de orinarme encima del miedo, así que me apoyé en una de las columnas de madera de la cama.

Recordé las enseñanzas de doña Anne de Albret: contar las embestidas, pensar en el próximo bordado, en la próxima joya, en el próximo banquete del que ser la anfitriona.

—Al lecho.

No di ni un paso.

—He dicho al lecho —siseó entre dientes.

Ni un solo paso.

—No deseo hacer uso de la fuerza —me advirtió, al tiempo que volvía a apretar los puños.

Retuve las náuseas. Tragué saliva.

Ni un solo paso.

Contra todo pronóstico, mi hermoso Gorlois se había transformado en el tirano de Uther Pendragón. Y planeaba hacer lo que haría Uther Pendragón.

—Me juraron que erais mujer obediente.

—Y a mí que vos erais un hombre que se deshacía en cariños.

—¡Maldita seáis, Beatriz, he dicho que os tumbéis!

El nombre me retumbó en los oídos, me dejó sorda. Durante unos segundos solo oí su nombre. Con todas sus letras. Con toda la belleza que despedía. Con el sabor dulce que rezumaba y un extraño aroma que, de repente, impregnaba mi alcoba.

Beatriz.

Beatriz.

Beatriz.

Algo se me removió en el pecho, un gusano asqueroso que se retorcía y asestaba bocados a mi orgullo, que se pudría porque en un ataque de ira descontrolado, mi marido, el hombre al que amaba y por el que había abandonado mi tierra y a mis deudos, me había llamado Beatriz, como su difunta esposa.

Las lágrimas corrieron libres por mis mejillas arreboladas.

Todo el coraje con el que me había revestido se me cayó a los pies.

Al humedecerme los labios para hablar, reparé en que no podía emitir ni una palabra y un regusto meloso se me había instalado en la boca.

Un regusto que ya había estado ahí antes.

Don Pedro de Lara cerró los ojos por un instante, consciente de su error.

La rabia se fue esfumando, sus músculos se relajaron y lo único que quedó fue un cansancio infinito que le hundió los hombros.

Los años de matrimonio y el luto lo enterraron.

Se pinzó el puente de la nariz, se revolvió los cabellos y se frotó la barba.

—Dormid sola si es lo que tanto os apetece, mi querida Mathilde. —Emitió un suspiro extenuado—. Pero mañana es mi última noche en Valdívar y quiero ese tapiz fuera de la alcoba antes de meterme en la cama con vos, mi esposa.

Acto seguido, se fue.

No paré de llorar en lo que quedó de noche.

Cuando por fin lo hice, soñé con Beatriz.