13. A esto llaman hogar
A esto llaman hogar
Don Pedro tenía una semana para reunir a sus leales, convocar las mesnadas, pertrecharlas y marchar hacia la frontera.
Ese era el plazo que le había concedido el infante don Sancho, que seguía en el sur, batallando contra los benimerines y el sultán de Granada, y reclamaba con urgencia al duque de Valdívar y a sus huestes. Amén de su fidelidad.
Fueron días difíciles para ambos, las obligaciones nos separaban y apenas coincidíamos más que en el lecho.
Don Pedro se levantaba temprano, antes de que el sol despuntara por el horizonte, así que, cuando amanecía, él ya se había ido y no regresaba hasta bien entrada la noche.
Yo trataba de permanecer despierta todo el tiempo posible, afanada en el bordado o la lectura de uno de sus libros, siempre bajo la luz macilenta del candil, a la espera de su regreso.
Sin embargo, los ojos se me cerraban de cansancio y terminaba por rendirme al sueño.
Era la tibieza de su cuerpo lo que me indicaba que ya estaba de vuelta a mi lado.
Durante su ausencia, acudí a misa diaria y fui familiarizándome con el castillo, sus habitantes y la servidumbre.
El ayuda de cámara de mi esposo, aquel hombre calvo y de mejillas regordetas que lo había acompañado a Nailloux, ya me era harto conocido.
Al igual que la cohorte de doncellas y sirvientas de mi suegra, la cual tenía demasiado vista.
O mis propias criadas, francesas y castellanas.
Sin embargo, los demás se me resistían. Me suponía un gran esfuerzo memorizar todos esos nuevos rostros y nombres.
Que si el repostero, el copero, el oficial de escudilla, el trinchante, el cocinero, el despensero…
Y fuera de las humeantes cocinas, que si los caballerizos, el portero, el montero y hasta el halconero, que guardaba las aves de cetrería que mi marido usaba para las cacerías.
Como los perros estaban tajantemente prohibidos, nos librábamos de ellos.
Había demasiadas personas morando en aquel castillo y yo debía dirigirlas a todas ellas, con la inestimable ayuda de mi suegra, que demostraba cada día su infinita paciencia conmigo.
Doña Inés Pérez de Lara me había acogido junto con mis damas sin vacilar y con los brazos abiertos, como era propio de las mujeres más caritativas.
Me llamaba «hija mía» y realmente me trataba como hija suya.
Se agarraba a mi brazo y caminábamos por los jardines, ella apoyada en mí y en su criada Lucía.
A mi vera, siempre iba el intérprete por si se resentía la comunicación, pues, aunque las lecciones de castellano continuaban, aún me costaban algunas palabras y no terminaba de expresarme con total fluidez.
—No es adecuado que paséis por el altar siendo tan reciente el fallecimiento del infante Fernando de la Cerda —dijo doña Inés Pérez de Lara un buen día en el que el sol ya brillaba bajo y el calor menguaba.
—Dios lo tenga en su gloria —murmuré.
Ambas nos santiguamos.
—La Corona aún llora su pérdida y el reino está devastado. Es tiempo de recogimiento, no de festejos. Una pena. Una auténtica pena…
Departíamos sobre las nupcias con bastante frecuencia.
Atrapadas en ensoñaciones y alimentadas por el amor que profesábamos a don Pedro de Lara —ella como madre, yo como esposa—, planeábamos hasta el más nimio de los detalles.
Desde la seda que habría de vestir las mesas en el banquete, pasando por las flores, los servicios de comida y hasta el postre.
Y para la diversión, música, un concurso de poemas y hombres que danzaban con fuego. El sueño de toda gran dama.
—Tampoco deberíamos alargar el matrimonio de palabra más de lo necesario —añadí con prudencia.
—Cierto. No me gustaría que pisarais la iglesia en estado de buena esperanza.
—Estaría casada de todas formas —aduje.
—Y no sería la primera que pasa por el altar con una criatura en las entrañas —comentó Lucía con ese tono de voz áspero y burlón.
Mi suegra asintió.
—No se trata de eso. Es que no os estaría bien el atuendo que os confeccionáramos, hija mía. Ya sabéis que esas cosas llevan tiempo y la barriga crece a cada día.
—Podríamos modificar el que mandó hacerme doña Anne de Albret o desmontarlo y utilizar la tela para agrandar el nuevo, si es que son similares.
Doña Inés era comedida y cordial incluso en el desacuerdo, hablaba pausadamente y con una deliciosa sonrisa. Solo se podía leer su disconformidad por la arruga que se le acentuaba en el entrecejo. Y ahí estaba en esos instantes, una hendidura notable entre el resto de las arrugas de su faz.
—El vestido de vuestro matrimonio de palabra es hermoso, no cabe duda, mas no podéis usar el mismo en la ceremonia de la iglesia.
—Nadie lo sabría, a excepción de vuestro hijo, por supuesto, y mi séquito de damas.
—Merecéis uno que conjugue con esa frontalera de oro y piedras preciosas que la condesa de Nailloux os encargó para las nupcias. Una joya así debe lucirse adecuadamente, y con los colores apropiados pareceréis una de esas bellas ninfas de los bosques que perseguían los dioses griegos y romanos.
Doña Inés había dibujado una imagen bucólica de los esponsales y yo no podía más que pensar en el rostro enamorado de mi esposo, en el azul centelleante de sus ojos.
Salivaría con tan solo verme enfundada en esos ropajes, con la finísima impla cubriéndome el cabello y la frontalera de oro y gemas que caían a ambos lados del rostro cual racimos de flores.
En la noche de bodas, jugaríamos a Apolo y Dafne.
Yo fingiría huir y él intentaría atraparme una y otra vez hasta, por fin, desplomarnos sobre el jergón entre besos y caricias.
—Además, quiero ser yo quien lo costee. ¿Me permitiréis ese capricho, hija mía? —Sonrió mi suegra.
Aquel era un gesto enternecedor, digno de una madre. Me sentí tan afortunada que no habría podido negarle nada. Dios se había llevado a mi progenitora y, como sustituta, me mandó a doña Anne de Albret. Y cuando hube de alejarme de mi hogar por segunda vez, me mandó a doña Inés Pérez de Lara.
—Por supuesto, mi señora.
Ella casi no cabía en sí de gozo y satisfacción. Había pasado años sumida en el dolor de la pérdida y desde mi llegada se abría un poco más a la belleza de la vida. No obstante, era incapaz de renegar del luto. Aquello nunca podría arrancárselo.
—Podrían haber sido unos esponsales maravillosos si no se nos hubiera atravesado la tragedia —se lamentó—. Sin embargo, es mejor aguardar, ¿sabéis, hija mía? De celebrarlos ahora, sería un insulto para el rey y una deshonra para todos nosotros.
—Don Pedro jamás haría algo así.
—Ni se le ocurriría —graznó—. Su lealtad para con nuestro señor es encomiable. Pero incluso con el consentimiento del rey don Alfonso…, ¿qué imagen daríamos a la nobleza y al pueblo?
—¿La de que no respetamos el duelo por el infante?
Doña Inés hizo un ruidito con la boca, signo de confirmación.
—No acudiría nadie. —Suspiró—. Absolutamente nadie.
Con el heredero al trono recién fallecido, dudo mucho de que la reina Violante tenga fuerza para levantarse de la cama y no echarse a llorar.
Doña Blanca de Francia no querrá ver la felicidad del matrimonio cuando ella ha perdido a su marido.
El infante don Sancho está en la batalla.
Y el resto de los hermanos…, bueno… —Torció el gesto—.
Sin la familia real, no contaríamos con la nobleza. No habría quien festejara las nupcias.
—Una deshonra —remató Lucía, que no perdía oídos a la conversación.
Doña Inés asintió.
—Una deshonra para todos —afirmó—. Para los Lara y para los Leblond.
Me guardé para mí las muchas veces en que, durante nuestro viaje desde Nailloux hasta Valdívar, me había visto tentada de entrar en cualquier ermita con don Pedro de Lara para unirnos en sagrado matrimonio.
Y es que, pese a desear profundamente esos desposorios de gran pompa y boato, jamás rechazaría un enlace privado e íntimo.
Lo importante para mí no era la gran asistencia, ni la presencia de la familia real y los grandes caballeros castellanos.
Era pasar por la iglesia. Cumplir con los últimos trámites del proceso que iniciaran mi padre y don Pedro. Cerrar el ciclo.
—Tal y como habéis dicho, quizá sea mejor así —concluí.
—Aguardaremos. Las mujeres somos seres de gran paciencia; de los hombres, en cambio, no se puede decir lo mismo.
—Rompió a reír y Lucía la siguió con sus fuertes e irónicas carcajadas.
Yo no abrí la boca—. No os angustiéis en demasía, que mi hijo resolverá este dilema.
Él siempre sabe qué hacer, igual que su difunto padre.
Doña Inés me dio un par de palmaditas de consuelo en la mano y yo esbocé una sonrisa que ella no podía ver.
—Además, los mejores matrimonios siempre comienzan sorteando dificultades. El mío, sin ir más lejos, estuvo plagado de problemas en sus inicios. Y miradnos… —Volvió la cara hacia mí, con los ojos anegados y una sonrisa de añoranza—. Fue todo un éxito.
A doña Inés Pérez de Lara la habían prometido cuando ella no era más que una recién nacida y él le sacaba, al menos, siete años.
Creció sabiendo quién sería su marido y la educaron con la única y firme pretensión de que se convirtiera en la mejor esposa posible para este.
La amoldaron a sus gustos, la crearon a su antojo, como si se tratara del barro en el que hunden las manos los artesanos para dar forma a jarrones y botijos.
Y al cumplir los diez años de edad, la vendieron como se vende uno de esos jarrones y botijos.
Don Alonso González de Lara y ella eran parientes en cuarto grado y aquello era de dominio público. Demasiado público, pues alguien denunció el matrimonio ante Roma e intentó por todos los medios que el papa Gregorio IX emitiera una bula para anularlo.