12. Valdívar #2
—No, señora mía. Es que noto las paredes tan lóbregas en comparación con el resto de este castillo, del que tan bien habéis cuidado, que no puedo evitar preguntarme si acaso no sería posible decorarlas con unos bellos tapices.
El intérprete tradujo mi mensaje y doña Inés giró la cabeza hacia un lado y otro, como si sus ojos se hubieran desprendido del velo de la ceguera y atisbara la escasez de ornamento. Por supuesto, no era así.
—¿Queda desangelado, Lucía?
La criada me clavó sus negras pupilas y, luego, dijo:
—No, mi señora. La alcoba está limpia y resulta acogedora. Ha sido preparada según ordenasteis nada más recibir noticia de vuestro hijo comunicándoos que estaba a días de camino, junto con su nueva esposa. —Hablaba con una insolencia que solo a ella se le permitía.
¿Cómo se atrevía a destilar ese odio hacia mi persona?
¿Cómo se atrevía a mirarme así? Delante de mi marido, su señor, delante del intérprete y mis doncellas y mis criadas.
Puede que la mujer llevara el nombre de la luz, mas su lengua era viperina y venenosa.
Me inundaron unas ganas terribles de abofetearla y castigarla por su afrenta.
Solo el recuerdo de doña Anne de Albret y sus consejos sobre cómo tratar a la servidumbre me frenaron.
—Ahí podéis colocar la talla de la Virgen y el Niño —me sugirió don Pedro, refiriéndose al salón anexo en el que había un reclinatorio y un pequeño altar—. Un espacio dedicado para la oración.
Sonreí.
—Mi alma lo agradecerá.
Desafortunadamente, sus ganas de calmar los ánimos no desterraron el desconsuelo de su progenitora, que seguía sujeta a mi mano con una tirantez preocupante.
—Encargad los tapices, hija mía —me concedió doña Inés con una tenue sonrisa—. Hace mucho que perdí la vista y puede que ya no recuerde bien ni mi propio hogar. Ahora este castillo está bajo vuestro gobierno. Vos tomáis las decisiones.
—No era mi intención, señora mía…
Traté de disculparme, pero ella ya me había soltado la mano y forzaba la sonrisa. Se adivinaba en el sutil temblor de las comisuras de sus labios.
—Lo cierto es que este hogar lleva mucho tiempo ahogado en pena.
Desde que murieron mi amado esposo y, más tarde, doña Beatriz de Aguilar, se ha convertido en un camposanto y nosotros paseamos por él llorosos.
No me extraña que nuestro señor don Alfonso prefiera invitarnos a la corte que venir de visita. Esto debe antojársele deprimente.
De repente, mi marido apretó la mandíbula y contuvo el aliento. Esa aura dorada que solía rodearlo, al igual que el halo de un santo, se tornó del gris de los peores nubarrones.
—Me resisto a dejar marchar a aquellos que ya nos han abandonado —confesó doña Inés, cada vez con una voz más débil, más sobrecogida por los recuerdos—. Pero entended, hija mía, que a los corazones que han sido rotos con asiduidad les cuesta recomponerse.
Estuve a punto de contarle que yo también conocía los estragos de la pérdida.
Había sido huérfana siempre. Primero de padre y luego de madre.
Pero había tantas personas en aquellos aposentos que no quise revelar mis cuitas.
Y menos ante Lucía, que se erguía al lado de su señora con una palpable altivez.
—Me llevará tiempo y esfuerzo habituarme a los cambios.
Mas los aceptaré de buen grado como lo hice hace cuatro años, cuando también me aparté para que doña Beatriz de Aguilar se hiciera con el mando de mi casa.
—Un nuevo suspiro le hinchó el pecho—. Solo os pido paciencia con esta pobre anciana que va de duelo en duelo y se ha acomodado a la cálida tristeza.
—Vuestra generosidad es magna, mi señora —susurró la criada.
Mi esposo mantenía la compostura; es más, juraría que no había ni parpadeado. Su madre, en cambio, casi no luchaba contra las lágrimas. A mí me costaba retenerlas.
—Todas mis decisiones pasarán antes por vos —le prometí en un mal castellano—. Os necesitaré para sobrellevar la carga impuesta.
Sentía la necesidad de acercarme a ella a través del lenguaje, no solo del contacto físico.
Quería que supiera que, como esposa devota, amaría, protegería y cuidaría a mi marido, su hijo.
Que ahora sus tierras eran mis tierras; su hogar, mi hogar; sus gentes, mis gentes, y que lucharía por todo ello.
Porque, aunque mi apellido fuera Leblond y mi sangre estuviera diluida por la bastardía, desde que don Pedro me besara, era una Lara.
Mis conocimientos no alcanzaban para pronunciar todo aquello, así que me limité a decir:
—Este sigue siendo vuestro ducado, doña Inés, y siempre lo será.
Mi suegra esbozó esa sonrisa idéntica a la de su vástago.
—Pediremos unos hermosos tapices a la altura de la nueva duquesa de Valdívar. —Me acarició la mejilla—. En buena hora habéis llegado, Mathilde, hija mía. Traéis un soplo de aire fresco a nuestras vidas.
Los ojos azules le brillaban de emoción.
Esa misma noche, doña Inés Pérez de Lara había mandado preparar una fastuosa cena para conmemorar nuestra llegada.
Se sucedieron los servicios de carne —todas jugosas y bien bañadas en salsa—, pasteles, queso y fruta de temporada, y corrió el vino como si aquello fuera el banquete de nuestros esponsales, que aún estaban por celebrarse.
Para cuando nos retiramos a mi alcoba, mi esposo había vaciado más copas de las que debiera.
Me sorprendió que no hubiera ni rastro de la mesura en el yantar y el beber de la que había hecho gala en Nailloux frente a mis deudos.
Primero pensé que se debía al júbilo de estar de vuelta en Valdívar.
Luego, que quizá estuviera adormilando las preocupaciones por la batalla y su lealtad hacia el rey don Alfonso con el alcohol.
Dicen que los hombres tienden a eso, a buscar las soluciones en el fondo de las jarras.
Fuera lo que fuese, el vino le había calentado la sangre y, en la intimidad de los aposentos, se afanó en devorar lo poco que quedaba con vida de aquella velada. A mí.
—En esta alcoba no ha vivido nadie —dijo don Pedro.
Era noche cerrada y todo estaba en absoluto silencio.
El castillo entero se había echado a dormir y en esos momentos solo quedaba nuestra vigilia y la de los animalillos nocturnos del bosque.
Me removí sobre su pecho y lo miré sorprendida.
Yacía recostado sobre la almohada, un brazo me rodeaba, el otro reposaba bajo su cabeza; las sábanas se desperdigaban a los pies de la cama.
—¿Nadie?
Negó.
—¿Nunca? —insistí en mi patético castellano.
—Ni siquiera la nobleza invitada, al menos que yo recuerde, y eso que, en época de padre, muchos grandes señores pernoctaron aquí entre viajes, festejos y asuntos de Estado.
Vos la habitáis por primera vez, mi Mathilde.
—Mi nombre sonaba tan bien en sus labios que me derretía por completo—. Disponed de ella como gustéis.
Enarqué las cejas y, con una voz preñada de diversión, comenté:
—Así que vos también queréis tapices aquí.
Él rompió a reír. Con el apetito carnal calmado, se había repuesto de la ebriedad y volvía a tener la mente despierta, lúcida. Había recuperado su habitual buen humor.
—Son vuestros aposentos personales, pero, hasta que quedéis encinta, pienso pasar aquí todas las noches, bien pegado a vos.
—¿Incluso las más tórridas?
Don Pedro de Lara se arrimó más a mí. Ya no quedaba ni un ápice de aire entre nuestros pegajosos cuerpos, éramos una maraña de piel y extremidades enredadas.
—Oh, sí. Incluso las noches más calurosas, como esta. Tendréis que echarme de aquí con agua hirviendo, querida esposa.
Reí ante sus ocurrencias.
—La lujuria es un pecado capital —le recordé.
—El más delicioso de todos, sin lugar a dudas.
Una sonrisa aviesa se abrió paso en su faz y yo intuí la depravación en ella, el hambre lobuna que tan difícil era de saciar.
—Pecado, al fin y al cabo. Garantiza el infierno de igual manera —sentencié yo.
—Es el más consentido y el menos dañino.
—Lo dudo.
—La avaricia puede llevarte a la ruina, empobrecerte.
La soberbia puede destruirte, hacerte caer en desgracia ante los demás.
La envidia puede desencadenar tormentos internos, una insatisfacción perpetua.
La pereza puede acabar en languidez. La gula, en una terrible enfermedad.
Y la ira, en errores deleznables que no merecen perdón de Dios.
La lujuria, en cambio… —Con cada susurro, el brillo de su mirada se intensificaba y el ritmo de mi corazón se aceleraba—.
Ya lo dijo Jeremías: «Tomad mujeres y engendrad hijos e hijas».
—Os gusta demasiado cumplir con los mandatos de la santa madre Iglesia.
—Uno sirve a su esposa como buenamente puede. Además, esto no es pecado, ni vicio ni fornicio. Estamos haciendo la obra de Dios.
De nuevo, esa ancha sonrisa que habría sido ruda en la cara de cualquiera, mas no en la de él. De nuevo, esa ansia irremediable por besarlo, por fundirme entre sus brazos.
—Sois una promesa de felicidad, un futuro lleno de esperanza, Mathilde —dijo en francés—. ¿Cómo resistirme a eso? ¿Cómo no cumplir con mis deberes maritales?
—¿Alguna idea entonces para los tapices? —logré formular con la respiración entrecortada a causa de la excitación.
—Lo único que os ruego es que prescindáis de escenas de cacería y perros salvajes que corretean por el bosque. No os preocupéis por madre, no es menester que contéis con su consejo para decorar una estancia que es vuestra y que solo vos vais a usar.
Me incorporé enseguida.
—¿Creéis que la he ofendido?
—No. No. —Me besó la frente y la punta de la nariz, en un intento de enmudecer mi pánico—.
No podríais ofender a nadie ni aunque quisierais, sois demasiado prudente y medís bien vuestras palabras en público.
Madre lleva un año siendo la señora de este hogar y estas tierras.
Ceder el poder siempre conlleva algún que otro conflicto, os lo digo yo, que sé de lo que hablo.
El que se retira extraña el mando y trata de quedarse con un pellizco de él, y el que lo asume suele desear más del que tiene.
—¿Con doña Beatriz fue igual?
Durante unos instantes guardó silencio.
—Supongo que sí. También. O quizá no. —Dudó—. Si os soy sincero, no lo sé.
Sus pupilas atravesaban las paredes de la alcoba y escapaban a un lugar muy lejos de allí.
Me percaté de que le pasaba a menudo, una simple palabra y su conciencia se esfumaba a donde yo no tenía acceso.
Le había ocurrido aquella misma mañana, el día en que recibió la misiva de don Sancho y la noche en que nos encontramos pululando por el castillo, en Nailloux.
Se aislaba del mundo, se refugiaba en sí mismo.
Acaricié su hombro desnudo, él no reaccionó.
—Estáis pensando en el rey don Alfonso y el infante don Sancho.
No fue una pregunta. Notaba las preocupaciones expandidas en su alma.
Don Pedro tardó un poco en responder.
—Será mejor que durmáis, Mathilde. Van a cantar los gallos y vos todavía estáis despierta, sin descansar. —Me dio un beso en la mejilla—. Ya os lo advertí, dejad los tiempos tristes en el pasado y la política en manos de los hombres.