12. Valdívar
Valdívar
Ducado de Valdívar, reino de Castilla
Valdívar era tal y como don Pedro de Lara había descrito.
En cuanto traspasamos el limes y pisamos el ducado, me invadió un repentino alivio.
Tuve la certeza de que allí echaría raíces, de que abrazaría la felicidad absoluta junto a él.
Al ver los rostros sonrientes de mis doncellas —todas apretujadas en la ventana del carruaje cual chiquillas—, lo confirmé. Estaban exultantes de dicha.
No obstante, si algo distaba de parecerse a lo que yo había imaginado no eran ni las tierras, ni el inmenso castillo que habría de ser mi hogar, ni el cielo azul y despejado que pronosticaba un fabuloso porvenir, ni el pegajoso calor de ese tormentoso verano, sino doña Inés Pérez de Lara, la madre de mi esposo.
La mujer nos esperaba en el patio de armas, resguardada por una pequeña comitiva de doncellas, criadas y siervos.
Resaltaba entre los demás, que vestían vívidos colores, por su riguroso luto.
La negrura de los ropajes y esa constitución fina y esbelta —idéntica a la de su hija doña Mencía— la asemejaban a un cuervo de brillantes alas.
—Doña Mathilde Leblond, la nueva duquesa de Valdívar —me presentó don Pedro ante su madre. Me había prestado la mano desde que descendí del carruaje y todavía no me la había soltado, como queriendo protegerme.
Doña Inés me dedicó una sonrisa gentil. A solo unos pasos de ella, atisbé las arrugas que surcaban su rostro y el cabello denso, veteado de canas blancas y grises, que ocultaba bajo la toca.
—Venid aquí. —Extendió el brazo—. Dejad que os vea, que os examine.
Hice lo que me pidió y, en cuanto me hube acercado, sus dedos curiosos se abalanzaron sobre mi rostro. Con suavidad y lentitud, fue recorriendo cada una de mis facciones. Primero la frente. Luego la nariz, la boca, los pómulos, los labios, el mentón…
Fue entonces cuando reparé en el estatismo de sus ojos azules. Ciega. Completamente ciega, doña Inés era incapaz de percibir nada más que una oscuridad aterradora. Su fiel séquito de damas y criadas actuaban como si fueran su sombra, le susurraban al oído todo lo que veían y ocurría en su derredor.
—¿De qué color es su cabello?
—Rubio trigueño, mi señora —dijo su criada predilecta, Lucía, una mujer entrada en carnes y que rozaba la cincuentena.
—¿Trigueño de nacimiento?
—Desde luego no parece habérselo aclarado con ningún emplasto.
—¿Y su tez?
—De la blancura de la leche, mi señora.
—Es tersa y aterciopelada —comentó con los dedos acariciándome las mejillas—. Qué suavidad.
De repente sentí cómo el rubor las teñía por completo.
Ante el exceso de vergüenza, busqué con la mirada a mi esposo, que asistía al espectáculo con una sonrisa que despedía orgullo.
No el de quien ha matrimoniado bien y presenta por primera vez a su mujer, sino el de quien adora a su madre y ansía su beneplácito.
—¿Sabéis eso que dice nuestro señor don Alfonso sobre «casad a vuestros hijos jóvenes. Casadlos sanos y jóvenes, pero, sobre todo, casadlos hermosos»? —dijo la sirvienta, que no se apartaba de su lado.
Doña Inés Pérez de Lara asintió.
—Pues no dudéis, mi señora, de que vuestro amado hijo se ha unido a una doncella joven y hermosa.
—Bien, bien —murmuró ella, más para sí que para los demás, todavía pendientes de su juicio—. La belleza es un valor que hay que cultivar, pero no se ha de abusar de ella. Es peligrosa y puede tentar al hombre.
Una vez despegó los dedos de mi rostro, exhalé un ligero suspiro que se llevó la angustia padecida hasta ese instante.
Doña Inés Pérez de Lara sonrió con esa boca ancha, exacta a la de su querido hijo.
—Bienvenida a casa, doña Mathilde. Permitidme que os bese, hija mía.
Dio un par de pasos temblorosos, renqueantes. Me aterrorizó la idea de que cayera de bruces ante mis pies y se desollara la débil carne, así que le ofrecí mis manos, pero ella no las tomó.
Apoyada en el brazo de su criada, doña Inés me aferró de los codos y me plantó un sonoro beso en la mejilla, como habría hecho con un pariente con el que compartiera sangre.
Emocionada por el cálido recibimiento y empujada por la mirada de mi marido, le devolví la muestra de afecto.
Así de cerca, doña Inés olía a agua de clavelinas.
De repente, la servidumbre se puso en marcha y comenzó a descargar arcones y baúles, y los efectos personales de mi cohorte, que observaba fascinada el castillo.
—A las alcobas del ala oeste —ordenó don Pedro de Lara a quienes portaban nuestros enseres, señalando hacia la zona en cuestión.
—Diles que tengan cuidado con la talla de la Virgen y el Niño —le pedí en francés. La Virgen había ido y vuelto de Francia con nosotros, como un acompañante más de la comitiva.
Y él cumplió.
—¡Tened cuidado con esa arqueta de ahí! Es un regalo con motivo de mis nupcias.
Iniciamos el camino hacia el interior de la residencia, donde el calor remitía debido a los gruesos muros de piedra.
Durante unos minutos, mi esposo y doña Inés Pérez de Lara discutieron sobre qué era más recomendable, si llevarme directamente a mis aposentos personales, para que reposara el resto del día, o hacerme una visita por mi nuevo hogar.
Como en todo, ganó mi suegra con una retahíla de argumentos incontestables: «Así podrá orientarse un poco por el castillo sin necesidad de un guía constante y gozará de libertad para ir y venir según le convenga».
«La duquesa debe conocer su casa y a la servidumbre».
«Seguro que doña Mathilde desea estirar las piernas y pasear, aunque sea entre los pasillos del castillo, hijo mío».
Yo no tenía nada que objetar. La fascinación que sentía por Valdívar, el lugar donde mi esposo había nacido y crecido, era tal que no me importó deambular de una estancia a otra, pese a que tenía la cabeza embotada del viaje y no veía el momento de deshacerme de la toca y las vestiduras que se me pegaban a la piel a causa del empalagoso sudor.
En el recorrido que hicimos, me agarré al brazo de don Pedro y contemplé los ricos salones engalanados de tapices y oro.
Él mismo me narró —a ratos en castellano, a ratos en francés— las modificaciones que había sufrido el castillo desde que sus antepasados lo erigieran y la importancia que había adquirido el ducado y la estirpe de los Lara.
El intérprete nos seguía traduciendo para unos y otros, y tras él, mis doncellas de confianza.
Pero entre las historias de su ilustre linaje y los recovecos de mi nuevo hogar, me llegaban los murmullos de dos voces femeninas enredadas en secretos.
Delante de nosotros, iban mi suegra y su leal sirvienta, Lucía.
Nunca un nombre fue tan apropiado para una mujer que simulaba ser los ojos de otra y la luz que la iluminaba. Patrona de pobres y ciegos.
—¿Se parece en algo a la difunta doña Beatriz? —preguntó doña Inés Pérez de Lara.
—No más de lo que se parece un huevo a una bellota, mi señora. Descuidad, no tiene ese resplandor en la mirada.
—Alabado sea Dios —bisbiseó.
Desde mi alcoba se apreciaba una inmensa arboleda que se extendía hasta donde la vista alcanzaba.
El verdor era oscuro e intenso, un remolino casi negruzco que devoraba buena parte del ducado con su espeso follaje y en cuyo interior habitaban animales y bestias.
Parecía el lugar perfecto para que los hombres se perdieran y abatieran esas presas de colmillos afilados y cerdas gruesas de las que luego presumir en los banquetes.
Don Pedro tenía razón. La naturaleza allí era indómita y primitiva, cruel y salvaje.
La primavera no tenía hueco entre estaciones tan crudas; el tórrido verano quemaba los cultivos, y el invierno y el otoño lo tiznaban todo de un marrón terroso y un naranja azafrán desvaído.
El resto era oro. El oro de los campos de trigo, cercenada su belleza con el recoger del cereal.
Si aspirabas con fuerza, el calor se te metía en los pulmones, te los calcinaba. Era pegajoso como la melaza, como la fruta demasiado madura que se convierte en puro azúcar.
—¿Os complace?
Me giré para observarle, su semblante resplandecía.
—Muy gratamente.
La sonrisa se le ensanchó todavía más.
—Eso es todo lo que necesitaba oír. —Me besó la coronilla, cubierta por la fina y traslúcida impla, y me estrechó entre sus brazos—. Qué dicha contemplaros en Castilla, en Valdívar…
Mis aposentos contaban con una chimenea, candiles por doquier, mobiliario exquisitamente trabajado y una cama coronada por un hermoso cabecero de madera.
El jergón de plumas estaba mullido y, a juzgar por el olor que desprendía, había sido vestido hacía no más de un par de horas.
Reconocí la seda de las sábanas al tacto.
Sobre el tocador se hacinaban cofres vacíos para mis joyas, y un pequeño juego de botellas, cajitas y recipientes para rellenar con afeites, perfumes y cosméticos.
Las paredes, sin embargo, estaban desnudas.
Las examiné. Eran grises y lúgubres, sin importar que la luz dorada del verano las lamiera.
—¿Creéis que podría encargar algún tapiz?
Mi marido no tuvo tiempo de responder, doña Inés Pérez de Lara ya había emitido un gemido lastimero.
—Oh, ¿tan poco os placen estos aposentos, mi querida Mathilde?
En su faz, ya plegada por la viudedad y el transcurso de los años, se había dibujado una honda desilusión. No me hacía falta un dominio absoluto del castellano para entender que había ofendido y entristecido a doña Inés. Presta y con un nudo en la garganta, fui hasta ella y aferré su mano.
—No, no, señora mía —balbuceé en su idioma—. Son preciosos.
Parecía terriblemente compungida y a mí me faltaban palabras para explicarme. Su criada me lanzó una mirada reprobatoria que nadie de la servidumbre habría osado dedicarme en Nailloux. Fue peor que un insulto a boca llena.
—No importa. No importa. Entiendo que sois extranjera y yo… —suspiró—, una mujer de otros tiempos.