11. Eva o Dalila #3
—Lo que el infante me pide es ignorar al hijo de Fernando de la Cerda, que es tan legítimo como él en la línea de sucesión, y convencer al rey don Alfonso de que se incline por él.
No sé si debería tomar partido por uno u otro, y no sé si debería entrar en cuestiones tan delicadas, pero tampoco puedo permitirme rechazar a Sancho.
Hacerlo significaría perder el favor de la Corona en caso de que fuera designado heredero.
Conozco a Sancho, no olvida las afrentas. Los Lara caeríamos en desgracia.
—El rey es su padre —apunté—. Preferirá a su hijo antes que a su nieto.
—¿Eso creéis? —Alzó la ceja, interesado en mi opinión.
Me encogí de hombros y tomé asiento a su lado.
—No sé nada de política, esposo mío. No obstante, sé lo mucho que un padre ama a su hijo. Lo he visto cada día en mi hogar.
—Esto no va de amor, Mathilde, va de poder. De política. De ley. De un hombre que aspira a gobernar y un crío que, en estos momentos, no tiene más de cinco años de edad.
—Para cuando el rey fallezca, el niño ya no será niño, será un hombre.
—Eso es lo que me preocupa. Si el pequeño Alfonso de la Cerda es como su difunto padre y su abuelo, que siempre se han atenido a su sentido del honor, reclamará su derecho al trono. Castilla no está para más guerras, y menos para una por el trono. Esto ha de resolverse cuanto antes.
Detestaba tanto los conflictos que se saldaban con sangre y espada que me apiadé de él. Entrelacé mis dedos con los suyos y esbocé una dulce sonrisa.
—¿Qué haríais vos? ¿Elegiríais a vuestro hijo o a vuestro nieto?
—No lo sabré hasta que me convirtáis en padre. —Sonrió y el corazón casi me saltó del pecho—. E incluso así, ser duque no es ser rey. Sus deberes son mayores.
—Pero ¿qué haríais?
—La muerte de un ser amado pesa en demasía, Mathilde, lo sé de primera mano, y mi señor don Alfonso amaba profundamente a su primogénito, más de lo que está escrito. Entendería que se dejase arrastrar por la nostalgia y se decantara por el niño. ¿Qué haríais vos?
—Si mi hijo hubiera muerto y además lo hiciera tan lejos de mí y de su padre… —Tragué saliva—. Rumbo a una guerra a la que ni siquiera llegó… Probablemente me tiraría desde la torre del homenaje.
No había querido una vida sin mi madre, quien había conformado todo mi mundo. ¿Cómo iba a querer una sin mi hijo, el fruto de mis entrañas y la razón de mis desvelos? Me sacudí la tristeza de ese duelo imaginario y los nítidos recuerdos que traía de mi progenitora.
—Sed fiel a vuestro rey, esposo mío. Creo que esa es la respuesta que debéis darle a don Sancho.
—Sabéis que he de partir a una batalla, ¿no? El infante don Sancho tratará de hacer méritos en ella para así demostrar a su padre que es digno del trono. Si soy un obstáculo para él, puedo recibir algo más que una estocada.
—No se atrevería —titubeé—. Sois íntimo consejero de su padre, el rey.
—Y él anhela ser el próximo rey. En el ardor de la contienda, prima la confusión y se entrecruzan muchos aceros. A veces, no sabes por dónde viene el enemigo ni quién ha lanzado esa saeta.
—Acero —repetí.
Él asintió.
—Espadas —añadió—. Los moros combaten como bárbaros.
Lo visualicé tendido en la hierba, alfombrada por un charco de sangre, con el rostro desencajado en una mueca de expiración y un cruento tajo sajándole el estómago, abriéndole la carne y los órganos. Mi nombre posado en sus labios cetrinos y los ojos cristalinos, abiertos, vueltos hacia el cielo.
Un miedo primitivo se apoderó de mí. Otra vez la muerte. La desolación. El sufrimiento. Otra vez llorar sobre un cuerpo inerte y romperme en mil pedazos.
La hiel me subió por el esófago, ardiente, y me sobrevinieron las náuseas. No pude contenerme, los nervios y la tensión de los últimos días me ahogaron en un llanto silencioso y liberador que asustó a mi marido.
—Ya está, ya está. —Me dio un par de palmaditas en las rodillas para tranquilizarme—.
¿Veis? Por eso no quería confiaros este problema.
Vos no sabéis nada de política, pero queréis ayudar, creéis que podéis ayudar.
Y ahora, cuando realmente entendéis la magnitud de a lo que nos enfrentamos, sucumbís a las lágrimas.
Me pasó un brazo sobre los hombros para ejercer presión y acercarme más a él. Me dio un casto beso en la sien y me acurrucó contra su pecho.
—¿Entendéis ahora mi preocupación?
Cabeceé.
—¿Y entendéis la razón de mi enfado?
Volví a cabecear.
—Prometedme que dejaréis esa nociva insistencia.
—Lo prometo, esposo mío.
—Bien. Es mejor que no preguntéis más, Mathilde, y es mejor que os mantengáis alejada de las cuestiones de Estado, pues estas son cosas que no os competen y os hacen gran mal.
Siempre me había considerado una mujer de raciocinio, de lógica imperante y conducta irreprochable.
Mansa y obediente, virtuosa y piadosa, de las que sonríen para entibiar conversaciones y escuchan a los varones, de las que no alzan la voz ni la mirada.
Una buena mujer cristiana, temerosa de Dios.
De las de misa diaria, oraciones fervorosas y grandes dádivas.
Así me habían educado mis preceptores y doña Anne de Albret. La humildad provenía de mi madre.
Pero cuando estaba con don Pedro de Lara, a veces me transformaba en rebeldía y audacia, como Eva y la fruta prohibida, o en la lascivia personificada de la mismísima Jezabel. Otras, era simplemente una niña, necia, celosa y estúpida, llorosa, como justo en ese instante.