La duquesa bastarda 11. Eva o Dalila #2
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11. Eva o Dalila #2

Por fin ahíto, don Pedro de Lara cerró los párpados y yo me quedé quieta y enmudecida, rememorando el peso de su cuerpo sobre el mío y acusando el calor que irradiaba.

Lo contemplé mientras las palabras me atravesaban.

«Sangre de mi sangre. Carne de mi carne».

Aquello lo había entendido a la perfección.

Yo misma se lo había dicho en otras ocasiones.

Dios me había creado de su costilla. Estaba segura, había rezado por un hombre bueno y Dios no había tardado en concedérmelo.

Me fijé en sus anchos hombros, en su amplio pecho y en los huesos que se le marcaban debido a la posición en la que yacía.

Conté las costillas que quedaban visibles y me pregunté de cuál había nacido yo y de cuál doña Beatriz de Aguilar.

Ambas debíamos proceder de ahí, de algún retazo de esos huesos.

Porque, aunque yo no había conocido varón hasta que él me poseyó, don Pedro de Lara sí había pertenecido a otra mujer.

Otra que también ostentó el título de duquesa de Valdívar.

Era posible que ella hubiera dejado su impronta en las tierras, en el castillo, en aquel que fue su marido, y que aún quedaran resquicios de su aroma y restos de su saliva.

Me relamí los labios y creí notar un regusto distinto, más dulce que el sabor a vino y más espeso que la miel.

Me convencí de que era la injusticia de mi género. O quizá esa horrible enfermedad que enloquecía a los hombres, los celos.

En cuanto cruzamos la frontera, algo cambió. El semblante de mi esposo fue tornándose hosco, las facciones perfiladas se sombrearon con aquella preocupación que lo había atenazado en Nailloux y la chispa que habitaba en sus ojos azules se extinguió.

Según nos acercábamos a Castilla, se obsesionó con la carta en la que el infante don Sancho narraba la derrota frente a los benimerines.

La leía una y otra vez. Se refugiaba en las letras entintadas y las memorizaba hasta desgastar el pergamino.

Cualquiera que lo viera creería que era un amuleto que lo protegía de todo mal y al que se acogía, temeroso, ante las calamidades que lo esperaban en la frontera.

Solo recuperaba algo de paz y sosiego al yacer conmigo. Entre los jadeos y las oleadas de placer reconocía su anterior «yo», pero eso duraba unos míseros instantes. Enseguida se levantaba y se aseaba, librándose del sudor y el aroma del coito.

A menudo, se quedaba asomado a la ventana de mis aposentos, sumido en un silencio angustiante y tenso, con el pecho al descubierto o solo vestido con la camisa, y en la mano, la maldita misiva.

Oteaba el paisaje nocturno que se extendía ante nosotros y le resultaba familiar.

Ya estábamos tan próximos a Castilla que nos cobijaban los señores nobles de reinos vecinos y casi adivinábamos los horizontes dorados de secarral y trigo.

Preocupada, cada noche lo abrazaba por la espalda y apoyaba el mentón sobre su hombro, y entonces le preguntaba:

—¿Qué os aflige?

Y cada noche me respondía:

—No es nada, Mathilde. Dormíos —pronunciaba mi nombre con la escasa paciencia de un padre al que sus hijas le sobran. Por molestas. Por curiosas. Por féminas.

Así que yo asentía y regresaba al jergón, donde me acomodaba y trataba de conciliar el sueño, sabedora de que no podría arrancarle una confesión con hierro candente. Unos minutos después, lo oía salir de mi alcoba y regresar a la suya.

Las cuitas lo arrollaban y lo mantenían despierto buena parte de la noche, del mismo modo que meses atrás me doblegaron a mí, cuando todavía no discernía si mi destino sería en los salones de un castillo o en una celda del convento de Argenteuil.

Quería aconsejarle, decirle que se arrodillara en un reclinatorio, que mirara a los ojos ciegos de Dios y la Virgen y orara.

Que orara con el corazón abierto y les pidiera que lo despojaran de aquellas tribulaciones.

Pero como cada vez que abordaba el tema en mi pobre castellano, él me rechazaba, al final fui yo quien acabé juntando las palmas y entregándome, una vez más, al Altísimo y a su madre.

—Decidme qué os atormenta, porque temo que vayáis a perder la cordura o que vaya a hacerlo yo.

Estábamos a tres días de Valdívar y mi paciencia se consumía a la par que las ansias se acrecentaban.

—No es nada, Mathilde.

—Algo debe de ser.

—Sois terriblemente insistente.

Ladeé la cabeza y fruncí el ceño, aquella palabra no existía en mi vocabulario. Don Pedro de Lara se percató de que tenía que explicármela y soltó un bufido de exasperación.

De nuevo, del francés al castellano y del castellano al francés.

—Insistente. Terca. Testaruda. —Se revolvió la melena que le lamía los hombros desnudos y se rascó la barba—. Que no calláis y no cejáis en vuestro empeño.

Abrí la boca, sorprendida por las faltas que me atribuía. Yo jamás había acumulado defectos tan deleznables y poco propios de una doncella de educación esmerada.

—Lamento que mi preocupación por vos os importune tanto, esposo mío.

—Yo no he insinuado eso. No seáis injusta.

A la inesperada lista de defectos, él añadía uno más.

Por primera vez, la falta de aire que sentía a su lado no provenía de su atractivo, del placer de sus caricias o el galanteo, sino de aquellas saetas que escupía con mordacidad.

Me acerqué a él con paso cauto. Tenía el rostro crispado y los músculos tensos. Entonces entendí que Aurore prefiriera a un hombre que no inspirara terror con solo levantar la mano. Al menos no un terror de los que te hacen temblar y orinarte encima.

—Solo quiero saber qué os desvela. Y no tratéis de evitar la pregunta abalanzándoos sobre mí como de costumbre. No voy a olvidarlo.

Los ojos se le habían prendido de un fuego glacial, más azules que el manto mariano.

No dijo nada. Chasqueó la lengua, un gesto típico en él, y giró el rostro hacia la ventana por la que había estado contemplando el paisaje aquella noche también. A la luz de la luna, su belleza era casi líquida.

De repente me dieron ganas de embeberme de él, de deshacerme de aquella disputa incoherente en la que enhebrábamos palabras que ninguno terminaba de comprender, pero en la que nos empujábamos a continuar batallando.

Solo quería arrojarme a sus brazos, que no se quebrara la burbuja de felicidad en la que habíamos vivido durante un tiempo.

—¿Qué es? —Posé la mano sobre su hombro y busqué su mirada, clavada en un punto fijo del horizonte—. ¿Qué os atormenta hasta lo indecible? ¿Son los moros y su avance? ¿Es la muerte del infante don Fernando de la Cerda, a quien tanto apreciabais, o es la pena de vuestro rey? Porque si es eso…

—¡Oh, por el amor de Dios!

Su grito reverberó en la estancia y, preso de la ira, se apartó de mí. Yo me encogí, asustada, y me abracé a mí misma, con la camisa amarilla adherida a la piel.

—¡Ahora sé lo que sintió Sansón con la insistencia de Dalila! ¡Normal que su alma quedara reducida a gran angustia!

La visión se me había enturbiado a causa de las lágrimas, que amenazaban con precipitarse y rodar por mis mejillas.

Para evitarlo, me sorbí la nariz. La escena quedó aún más penosa, pues parecía una niña pequeña y ridícula que a duras penas aguantaba el chaparrón de reproches de su progenitor.

Me obligué a alzar el mentón y, con fingida dignidad, dije:

—Yo nunca os traicionaría. Nunca os vendería a los filisteos. —Mi voz sonó aguda, atenazada por el llanto.

Un silencio incómodo se asentó entre ambos. Volví a sorberme la nariz y con la manga de la camisa me sequé el par de lágrimas que finalmente se me habían escapado. Me escocían los ojos.

—Los germanos no menospreciaban los consejos y opiniones de sus mujeres. Eso me dijisteis.

—Por suerte, no somos germanos —espetó.

Don Pedro de Lara se terminó de alejar de la ventana y se sentó en el jergón.

Colocó los brazos sobre las rodillas y se cubrió la cara por completo.

Entre sus enormes manos y el cabello oscuro que le caía, no había ni un rasgo de su faz que pudiera observar.

Con ello, me arrebataba la única manera que me quedaba de adivinar sus pensamientos, sus sentimientos.

En la alcoba solo se oían sus resoplidos de frustración y el canto de las cigarras, amantes del caluroso y despiadado verano.

Permanecí allí, entre la cama y la ventana, a la espera de que la tormenta amainase, flagelándome por haber llevado a mi marido a aquel extremo. A los gritos. Al desapego. Estuve a punto de arrodillarme, besarle los pies y suplicar su perdón.

Cuando emitió un último bufido y elevó el rostro, cualquier atisbo de vesania había desaparecido de sus facciones. En su lugar, se apreciaba una suerte de serenidad que debía estar muy lejos de sentir. Puede que yo la confundiera con la simple y raquítica resignación.

—El infante don Sancho me pide que apoye sus pretensiones al trono —me reveló a media voz—. Quiere que reúna a mis mesnadas y acuda a la frontera para combatir contra los moros, y que allí me una a él y a don Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, quien ya lo refrenda como heredero del rey Alfonso.

Habló despacio para que pudiera captar el significado de sus palabras y, aunque no logré identificarlas todas, las comprendí. Alimentada por su sinceridad, di un paso hacia delante, restando la distancia que nos separaba.

—Doña Anne dijo que debía acercarme a doña Blanca de Francia, pues, además de extranjera como yo, sería la madre del futuro rey de Castilla.

—Don Sancho me ha colocado en una difícil posición.

—¿Y por eso no dormís?

Una risa sardónica le brotó de la boca.

—No entendéis de política, ¿verdad, mi amada Mathilde?

El sonrojo me subió hasta las mejillas.

—No mucho.

Mi inexperiencia lo divertía. Volvió a reír de esa forma tan genuina y sus rasgos se acentuaron: la boca demasiado ancha y demasiado grande, los ojos empequeñecidos y la cicatriz hundida, burlona. Unos segundos más tarde, la jocosidad se había extinguido.