11. Eva o Dalila
Eva o Dalila
Viajamos durante las horas menos calurosas del día, por la mañana temprano y por las tardes, cuando el sol ya empezaba a caer y no nos derretíamos por el camino.
Si el astro rey mostraba benevolencia, lo aprovechábamos para avanzar todo lo posible, espoleados por el recuerdo de la muerte del heredero de Castilla y del ataque constante de los benimerines.
—Hemos de llegar antes que nuestro rey —repetía mi marido cada tanto. La urgencia le bullía en las venas.
Por desgracia, íbamos más despacio de lo que habíamos previsto en un principio.
El verano agotaba a los animales con facilidad, que necesitaban descansar y abrevar, y el carro cargado con baúles y arcones —amén del séquito de criados— nos ralentizaba.
Incluso así, era imposible que no llegáramos antes que el rey don Alfonso, que había recibido la funesta noticia en Belcayre, cerca del río Ródano.
Su travesía sería mucho más agitada y penosa.
Para matar el tiempo, me dediqué a progresar en el castellano, siempre bajo la atenta instrucción de mi intérprete.
Por su parte, don Pedro de Lara —que cabalgaba a lomos de un purasangre mientras mis damas y yo íbamos en el carruaje— se obligaba a ir a un pobre trote para estar a nuestra altura y así conversar conmigo y afianzar nuestra relación.
Varias veces intenté hacerme con un corcel para galopar a su lado, pero él jamás me lo permitió.
—Los caballos son animales peligrosos —decía cuando le mencionaba mis intenciones—. Pueden encabritarse y haceros caer. No soportaría que sufrierais daño alguno.
—Perded cuidado, mi señor. Soy buena jinete, mi padre me enseñó —insistía.
Estaba hastiada del bamboleo del carruaje, el sopor, las temperaturas y las pieles pegajosas de las doncellas.
La que no dormitaba bordaba, y la que no bordaba admiraba el paisaje, esperanzada ante el futuro, anhelante por el pasado.
Los cotilleos que compartían se me antojaban triviales frente a la posibilidad de estar ahí fuera, departiendo con mi esposo sobre filosofía y literatura o la niñez de la que habíamos gozado en nuestros respectivos hogares.
Quería saberlo todo de él. Conocer hasta el último resquicio de su alma.
Respirar el mismo aire que recogían sus pulmones.
—No —volvía a decirme—. Hace demasiado calor y debéis protegeros del sol. Las mujeres no estáis habituadas a climas extremos y desfallecéis con facilidad.
—Dudo que vaya a desfallecer por galopar un poco.
Adopté la dulce sonrisa con la que mi hermana Aurore siempre conseguía toda clase de caprichos. Sin embargo, don Pedro de Lara era inmune a ella. Chasqueaba la lengua y negaba con la cabeza, cansado de aquella discusión pueril.
—Es mejor así. Una caída del caballo o un desvanecimiento que os hiciera enfermar sería fatal.
No quiero decidir entre dejaros a expensas de un noble señor que os acoja durante vuestra recuperación mientras marcho a Castilla o quedarme con vos, a los pies de la cama.
Lo primero sería imperdonable para un buen marido; lo segundo, para un leal servidor del rey.
Hemos de llegar a Valdívar cuanto antes.
—Para suavizar el golpe, me acariciaba la mejilla, que bajo sus dedos pasaba de nívea a rosada—.
Además, el sol no es bueno. Tostaría vuestro hermoso rostro…
En algún momento entendí que, si continuaba insistiendo, agotaría la paciencia de don Pedro y despertaría a la fiera indómita de la que me había alertado su hermana doña Mencía. Me resigné a que no iría a Castilla más que en carruaje.
Las noches las pasamos en hospederías y en las residencias de la nobleza cuyas tierras atravesamos.
Mientras estuvimos en el reino de Francia, los grandes señores nos recibieron con hospitalidad, resguardaron a nuestros caballos y alimentaron a nuestra cohorte, disponiendo una alcoba para mi esposo y otra para mí.
Durante ese tiempo, don Pedro de Lara se mostró cortés, sincero y un hombre terriblemente enamorado.
Me instaba a portar los ropajes más espléndidos y las joyas de gema y oro.
Según él, para honrar con mi belleza a nuestros generosos anfitriones, mas resultaba evidente que él era el único que disfrutaba de mi imagen.
Me inspeccionaba ya sentados en la mesa, una mano en la copa de vino y otra, sugerente, rozándome el muslo, escondida bajo los manteles de seda.
Alababa mi aspecto en apartes durante las veladas, susurrándome al oído halagos y perversiones.
Con cada palabra a mí se me erizaba el vello.
Ninguno de nuestros anfitriones parecía percatarse de la lascivia que moraba en sus salones.
Las irrupciones en mi alcoba se volvieron habituales.
Tan pronto se enteraba de que me estaba bañando, aparecía en mis aposentos, expulsaba a las criadas y me miraba con ojos brillantes.
Se postraba de rodillas detrás de mí y sumergía las manos en el agua tibia y aromatizada.
Me enjabonaba y aceitaba, recorría mi piel cual peregrino y me lavaba los cabellos trigueños, inhalando su perfume.
Mi melena solo lucía para él.
En los escasos momentos en los que no estábamos de viaje o a disposición de algún noble, don Pedro se tumbaba en los jardines a leerme un libro en latín o se batía en duelo conmigo jugando al ajedrez.
No hubo una sola noche en que no acudiera silente a mi alcoba para reclamarme.
Si el idioma nos suponía una barrera difícil de sortear y las palabras un abismo, la carne nos facilitaba el entendimiento.
Me enseñó a pronunciar «os amo» y ya no pude parar de decírselo.
Saciada la lujuria, rayando el alba, don Pedro de Lara me besaba la frente y regresaba a sus estancias. Allí terminaba de amanecer y fingía haber dormido toda la noche.
—Cuantísimo os amo… —decía yo, obnubilada por los placeres recién descubiertos y a los que ya era adicta.
—Me parece imposible una vida antes de vos —comentaba él, acariciándome la espalda cuajada de lunares.
Solía besarlos con absoluta devoción y se jactaba de que no tardaría en aprendérselos de memoria, pues los contemplaba tan a menudo que lo extraño sería que los olvidara. Nos veíamos más desnudos que vestidos.
—Todos los días agradezco a Dios que os pusiera en mi camino. Que utilizara a mi hermana, mujer obstinada, como instrumento para unirnos. De no ser por ella, vos habríais matrimoniado con otro hombre y yo me habría marchitado de pena en Valdívar.
Mitad castellano. Mitad francés. A veces, latín. Para comprendernos saltábamos de un idioma a otro, aunque los gestos nos delataban.
—Imposible —replicaba yo, plenamente convencida—. Nos habría traído hasta aquí de un modo u otro. Deambulamos por senderos que Él ha trazado. Somos instrumentos que maneja a su antojo.
—No quiero ni imaginaros en brazos de alguien que no sea yo.
—Pues no lo hagáis. No hay más hombre que vos y Dios lo sabe.
Doña Anne me había advertido acerca de los celos, que están malditos y convierten a los hombres en monstruos violentos.
—Así como Dios creó a Eva de la costilla de Adán, Dios me hizo de las vuestras.
Me reservó para vos, esposo mío —hablaba casi con un arrullo.
El francés deslizándose por mi lengua, hábil, sinuoso—.
Miradme. Tocadme. ¿No veis en mí la palidez de vuestros huesos?
¿No percibís que mi espíritu está hecho de vuestro aliento? ¿No os reconocéis en mi persona?
Pasaba sus dedos por mi cuerpo.
—Doña Mathilde Leblond, esposa de don Pedro de Lara y, ahora, duquesa de Valdívar. A ningún otro podríais pertenecer.
Yo sonreía, lo besaba y sus celos se apaciguaban.
—Así ha sido dispuesto.
Con el regreso de la seguridad y ya afianzada esa certeza absoluta del señor que se apodera de lo que desea, don Pedro de Lara recuperaba también el vigor.
Murmuraba palabras que poco tenían que ver con el amor y mucho con la pasión.
Esas ya las conocía todas. Se deshacía entonces de las sábanas para colocarse encima de mí y hundirse en mi interior.
—A ningún otro. A ningún otro —repetía con cada embestida.
A veces, bisbiseaba el Pater Noster con los ojos cerrados y la mandíbula apretada, rotas sus plegarias por gruñidos de placer.
No sabía si agradecía a Dios mi presencia o, al igual que yo en mis oraciones, le rezaba para que no me consumieran las llamas y me redujeran a meras cenizas.
Casi tocaba el cielo, aupada por sus besos, y ardía en los infiernos, condenada por el vil pecado.
Me había tomado tantas veces que si algún deudo receloso en Castilla pedía prueba de mi puridad, no tendría nada que darle.
Habría de hacerme un corte en el muslo para manchar las sábanas de boda o rogarle a mi esposo que desvirgara a una de mis doncellas allí mismo, sobre nuestro jergón.
Recurriría a cualquier artimaña para evitar que se dudara de mi honra, que me alejaran de él y me mandaran de vuelta a Nailloux, mancillada por el mismo crimen que mi pobre madre.
Una madrugada, después de proferir un último ruido gutural, signo inequívoco del clímax, don Pedro se desplomó a mi diestra.
Su cuerpo, bañado en un sudor salado, me aplastaba.
Me removí un poco para escapar de él y respiré hondo, recuperando el aire que me había faltado durante esos gloriosos minutos.
Observé el movimiento pausado de su pecho desnudo, la frondosa barba, las perlas de sudor cayéndole por las sienes y la recta nariz, la cicatriz fracturándole los labios y los resplandecientes iris, que a la luz de las velas lucían más oscuros.
No pude evitar sonreír, empachada de felicidad.
—Oh, mi dulce y tierna esposa… Mi amada Mathilde, sois mía. Solo mía. —Me agarró de la nuca para besarme con avidez—. Sangre de mi sangre, carne de mi carne. —El esfuerzo le había lijado las cuerdas vocales y su voz emergía ronca, cavernosa.