La duquesa bastarda 10. Magnitad, magnetes e imán #2
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10. Magnitad, magnetes e imán #2

Hacía rato que estaba cabizbaja con la mirada absorta en nuestros dedos entrelazados. Alcé la cabeza y me esforcé por sonreír.

—La añoranza, supongo.

—Os añoraremos cada día como añoramos a Aurore desde que se fue, aunque ya veis lo bien recibida que es cada vez que viene. ¡Si hasta ha parido aquí!

—Castilla está muy lejos para visitaros tan a menudo.

—Lo está, eso es cierto, pero os adaptaréis.

Para cuando deis a luz y vuestros vástagos correteen por los patios del castillo y las niñas os persigan pegadas a las faldas, ya os habréis olvidado de nosotros.

No tendréis tiempo para pensarnos ni extrañarnos, estaréis demasiado ocupada con la educación de los pequeños, el discurrir del hogar, la perezosa servidumbre y los cotilleos cortesanos.

No querréis visitarnos más que para los esponsales de Léonie, creedme.

—¿Y si no encajo allí? —pregunté con voz estrangulada.

Doña Anne soltó una carcajada sardónica y su rostro se contrajo en una mueca tiránica.

—Naderías —escupió—. Habréis de hacerlo. Y lo haréis, Dios sabe que lo haréis, Mathilde Leblond. No os hemos criado para menos.

Con la excitación de la noche anterior ya disipada y las perspectivas ante el inminente matrimonio apaciguadas, solo quedaba la amarga despedida. Una desazón que engullía a todas las mujeres recién desposadas.

—No temáis a lo que ha de acontecer de aquí en adelante. Estáis en buenas manos.

—Desde luego, mi marido parece ser un buen hombre, o al menos ha demostrado ser honrado, tierno y leal a los suyos.

—Y amoroso, quizá demasiado… —Torció el gesto en actitud reprobatoria.

—Es todo lo que doña Mencía de Lara nos prometió que era.

—Lo es, pero yo hablaba de otras manos, las vuestras, pues vos misma os sostendréis. Fiad de vos y las mujeres que os mando, doncellas y sirvientas, y todo irá bien. Ellas os cuidarán.

Sabía que lo harían, todas eran buenas féminas.

Doña Anne las había escogido tras un riguroso examen y nada escapaba a su ojo crítico.

Eran jóvenes y vírgenes, de familias honestas y virtuosas, bellas pero no demasiado, para que no levantaran el apetito masculino a su paso.

Solo por si mi esposo, don Pedro de Lara, se veía tentado…

Ya me las había presentado y tenía a mis favoritas. Clémence, una muchacha de carita angelical, y Margot, una regordeta de ojos dulces. Ambas me seguían de aquí para allá, sumisas y abnegadas.

—Mi consejo es que os acerquéis a doña Blanca de Francia, la hermana de nuestro rey.

En ella encontraréis amistad y consuelo, os acogerá de buen grado.

Sabe de sobra lo que es matrimoniar con un castellano, aunque ese castellano sea un infante.

No hay nada que una más que el exilio en tierras extranjeras.

—No debería importunar a doña Blanca con mis cuitas de recién llegada. Acaba de perder a su marido y estará de luto, es un momento trágico para ella y sus hijos.

—Cierto. Aprovechad, pues, para brindarle apoyo, lo agradecerá. Además, su primogénito probablemente sea nombrado heredero al trono, ¿no? Eso es lo que he oído comentar a vuestro padre y al duque. Lo que me recuerda que…

Doña Anne hurgó entre los pliegues de sus vestiduras hasta dar con lo que buscaba.

De entre sus manos emergió un hermoso collar de plata del que colgaba una piedra azabache del tamaño de un huevo.

Bien pulida, la gema refulgía bajo la luz del resplandeciente día de verano, mostrando algunas vetas amarronadas y bermejas.

—Es para vos. —Me lo tendió—. En un principio, pensé en pedir que fragmentaran la piedra en tres para cederos una parte a cada una, pero finalmente decidí conservarla entera por si alguna vez llegábamos a vernos en esta difícil situación.

Que una de vosotras tuviera que cruzar las fronteras del reino de Francia y la necesitara mucho más que las otras. Y esa sois vos, Mathilde.

—¿Qué es?

—Es la piedra del aimant . En caldeo y árabe la llaman magnitad , en latín magnetes y en castellano, según nuestro intérprete, imán .

Le di vueltas entre las manos, hipnotizada por la lustrosa plata y el centello rojizo de la gema que, ora nacía, ora moría. Carecía de aristas cortantes y peligrosas, solo podía haberla tallado un experto.

—Atrae el hierro, así que debéis ser precavida al portarla. Tiende a juntarse con el azufre y, cuando la queman, encierra la virtud del fuego y huye del agua, que es su contrario. Es cosa peligrosa, Mathilde, no lo olvidéis.

—No lo haré. —Era incapaz de apartar la mirada de ella.

—Os protegerá de todo aquel que quiera dañaros.

Ante cualquier atisbo de veneno, os arderá al contacto con la piel.

Si alguien osara heriros con hierro emponzoñado o daros de beber un tóxico con hierro mezclado, os salvará.

Solo tenéis que moler la piedra y reducirla a polvo, mezclarla con óleo e ingerir el emplasto.

El horror debió de pincelarme el rostro.

—¿Creéis que querrán matarme? —Mi voz brotó aguda, temerosa.

—No. No —trató de calmarme—. Pero nuestras influencias acaban donde el limes de nuestro reino.

En cuanto crucéis la frontera, estaréis en corte extraña, Mathilde, a merced de la política y las ansias de poder de otros nobles.

Nosotros no podremos hacer nada para socorreros.

Dependeréis en exclusiva de vuestro esposo y sus aliados, y sobre todo de los que vos consigáis aunar.

Doña Anne se puso en pie y recuperó la alhaja. Me rodeó y se colocó a mis espaldas; desde allí me engalanó el cuello con la singular gema. Enseguida percibí el peso del imán y la plata, la frialdad que desprendían.

—Pertenecía a mi madre. Me lo regaló cuando me casé con vuestro padre y vine a Nailloux, y yo, ahora, os lo regalo a vos. Si es demasiado para vuestro gusto, podéis desengarzar la gema y colgarla de una cinta de terciopelo de esas que tanto os placen.

—Así es perfecta. —La acaricié—. Es perfecta.

—¡Claro que es perfecta! —bramó con falsa indignación y una sonrisa triunfal—. Ya sabéis que soy muy exquisita con las joyas.

Las campanas comenzaron a tañer por el ángelus y el jolgorio que se oía en el patio nos alertó de que los arcones y baúles ya habían sido cargados.

Nos acercamos a la ventana para escrutar el exterior.

En efecto, todo estaba preparado: el carruaje abierto y los caballos ensillados y embridados.

La servidumbre se congregaba allí abajo y don Pedro de Lara aguardaba y daba las últimas órdenes.

Cerca de este, se hallaban padre y nuestro querido intérprete, que permanecería conmigo hasta que me adaptara al idioma y las costumbres castellanas. Luego podía quedarse allí o regresar.

Era tarde. Debíamos aligerarnos.

—Doña Anne, os agradezco todo lo que habéis…

Pero no pude terminar siquiera. La condesa de Nailloux ya había alzado la mano para detenerme y había recuperado su acostumbrado aire de rectitud y disciplina, con las comisuras estiradas y la frente arrugada.

—No tenéis por qué hacerlo, Mathilde, y os suplico que no lo hagáis. Ahorráoslo y ahorrádmelo, no nos pongáis a ninguna de las dos en esa ridícula posición.

Lo entendía; no obstante, no acallaría aquellos sentimientos. No obviaría la gratitud de la niña desamparada de la que se había apiadado y a la que había acogido.

—Y aun así, os lo agradezco. Habéis sido… —Tragué saliva y me obligué a continuar—: Habéis sido una madre. —La última palabra me traicionó. Si volvía a hablar, me desharía en llanto.

Emocionada, chasqueó la lengua.

—Venid aquí. —Me estrechó entre sus brazos y depositó un beso en mi cabello, oculto por la impla. Permanecimos así unos minutos de más, refugiadas en la comodidad del calor del hogar. Cuando nos separamos por fin, dijo—: No se lo contéis a vuestro padre.

Con una sonrisa, prometí no hacerlo. Doña Anne de Albret nunca me habría perdonado que desvelara su vulnerabilidad, ni siquiera ante su marido, mi padre.

Descendimos juntas hasta el patio cogidas de la mano.

Allí me despedí de mi parentela, a quienes creí que jamás volvería a ver hasta pasados unos años.

No fue una sorpresa que Léonie llorara y que la sonrisa de Aurore fuera, en realidad, una mueca de añoranza, pero sí que por primera vez padre diera muestras públicas de afecto.

Don Antoine Leblond me abrazó delante de todos hasta que los ojos se me colmaron de lágrimas.

Antes de dejarme partir, me susurró: «Buen viaje, hija mía.

Que Dios y vuestra madre os guarden». Por último, me besó en ambas mejillas.