La duquesa bastarda 10. Magnitad, magnetes e imán
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10. Magnitad, magnetes e imán

Magnitad , magnetes e imán

A la mañana siguiente, don Pedro de Lara y yo dimos nuestro consentimiento expreso ante quienes asistieron a nuestra unión civil —deudos y fieles vasallos—.

Puede que todavía no hubiéramos contraído matrimonio en faz de iglesia, pero habíamos sido certeros con nuestras palabras y habíamos yacido juntos en el mismo lecho.

Por tanto, incluso sin la consumación carnal, la santa madre Iglesia nos reconocía y aceptaba como legítimos esposos.

Don Pedro de Lara era tan mío como yo suya.

Solo existía una posible separación. La muerte.

La urgencia por regresar a Castilla era tal que no hubo festejos más allá de besos, abrazos y escuetas felicitaciones.

Don Pedro de Lara y yo nos encerramos enseguida en nuestras respectivas alcobas, sin haber intercambiado ni una sonrisa, para dirigir a la servidumbre que empaquetaba nuestras pertenencias y las cargaba en el carruaje. Debíamos apresurarnos para partir.

Doña Anne entró a mis caóticos aposentos, deduje que para vigilar o azuzar a las criadas.

Queríamos abandonar Nailloux a mediodía, el tiempo apremiaba y necesitábamos manos diestras.

Sin embargo, se acercó a la silla en la que yo reposaba y le arrebató el peine de marfil a la doncella que me cepillaba la larga melena trigueña.

—Lo haré yo —dijo.

Acto seguido, expulsó a todas las mujeres que revoloteaban a mi derredor, encargándoles que ayudaran con los arcones dispuestos fuera.

Me pareció insólito que buscara aquel momento de intimidad antes de mi marcha.

Ya a solas, comenzó a desenredarme los sedosos y brillantes bucles en silencio.

La miré a través de la superficie pulida del espejo; tenía el ceño fruncido y un velo de preocupación cubriéndole los ojos verdes.

Fueron largos minutos de cepillado hasta que, por fin, se pronunció.

—Un día, extrañaréis la melena al viento.

—Para eso aún queda.

—¿Dejaréis aquí las cintas de colores y las guirnaldas o preferís llevároslas junto al resto de enseres?

Observé el montón de tocados que había usado durante mi mocedad, todas esas cintas de sedas y tonalidades brillantes que había entretejido con trenzas o usado para apartarme los mechones del rostro, todas esas frontaleras y guirnaldas de flores y oro adornadas con gemas preciosas.

—Quizá debería dejarlas aquí para Léonie.

Ella asintió.

—Le agradará mucho llevarlas, ya sabéis cuánto os venera —dijo mientras me fijaba el cabello y lo perfumaba con aceite—. Y cuánto os echará de menos.

—Me llevaré la que escogisteis para mi boda. —Señalé una bonita arqueta.

En su interior había una frontalera de oro decorada con piedras preciosas que, engarzándose unas con otras, simulaban ser racimos de flores que colgaban a ambos lados de la cara. Estaba deseosa de usarla y, aún más, de que don Pedro de Lara me viera con ella.

Doña Anne volvió a asentir, complacida con mi decisión.

—Es demasiado equipaje para llevar en un solo viaje, quizá deba prescindir de algunas cosas… —pensé en voz alta—. Hablaré con Léonie por si se le antoja quedarse con algo que aún no se haya guardado en el carruaje.

Pero ella ya no me escuchaba, estaba sumida en sus cavilaciones.

—Han traído unas sábanas de cama manchadas —comentó con una frialdad que me tensó los músculos y me selló los labios—.

He supuesto que no eran de Aurore, dado que no hace más que un mes que parió y aún es pronto para su sangrado mensual.

Según las fechas, ni a vos ni a Léonie os corresponde.

—Hizo una pausa y buscó mis ojos en el espejo—. Sé que han salido de esta alcoba.

Con las manos todavía sujetándome la melena, se giró para examinar mi cama y contemplar las sábanas recién cambiadas.

Un miedo atroz se me aposentó en el estómago. Pero ¿miedo a qué? Sí, ya habían descubierto mi más terrible falta: había perdido la pureza antes de lo estipulado.

Rememoré el aliento de don Pedro de Lara, dulce y cálido como la miel, la suavidad de sus manos paseándose por encima de mi camisa amarilla, el ansia de sus besos, la curiosidad de sus dedos ascendiendo por mis muslos, el peso de su cuerpo sobre el mío y el pinchazo de dolor que sobrevino antes del regusto de placer. La sangre de la virgen.

Podía sentir el juicio y la decepción en los implacables ojos de doña Anne, que parecían ver a través de mí, conocer mis más oscuros secretos.

La sensación fue terrible, obscena. De repente me entraron ganas de postrarme de rodillas y llorar y suplicar su perdón. De repente quise confesión y tormento.

—Yo… —Las excusas se me atoraron en la garganta, la boca me supo a bilis.

—Como anoche os despedisteis de mí siendo doncella y hoy os habéis levantado siendo una mujer casada…

—Doña Anne fingía que no insinuaba lo que insinuaba, que no se percataba del temblor de mis manos y la lividez de mi rostro, la vergüenza que me embargaba—.

Quiero ser yo quien os coloque la toca por primera vez.

—Por favor —fue lo único que logré decir.

Doña Anne de Albret relajó el ceño y las comisuras de sus labios se destensaron, un amago de sonrisa calmó gran parte de mi inquietud. Sería un secreto. Nuestro secreto, como el de tantas otras féminas.

—Más vale aceptarlo y no lamentarse —dijo mientras me peinaba el cabello hasta agruparlo en un moño bajo, que recogió con una cofia de red—.

Por suerte, en el contrato matrimonial consta vuestra virginidad, algo que el duque de Valdívar ha podido comprobar en persona.

—Bufó—. Aunque no haya podido esperar a pasar por la iglesia…

Luego, me colocó el prendedero, una cinta ancha y rígida cuyos bordes ondulados lo asemejaban a una corona. Lo sujetó con alfileres a la barbeta, que me ajustó bien por debajo de la barbilla. Era idéntica a la suya, una pieza alargada y lisa hecha de cendal, un tejido fino y casi transparente.

—¿Alguna de las criadas os habló de ello?

Sabía a lo que se refería. Negué.

—¿Aurore quizá?

—Me contó algo.

Un sonido gutural le brotó de la garganta.

—Sabía que se me adelantaría y que os descubriría algún secreto del matrimonio. Las habladurías son un vicio que Dios habría de extirparle.

—Léonie está a salvo de esos pecados.

—¿Del del conocimiento o del de la práctica? —Enarcó una de sus finísimas y depiladas cejas, y mis mejillas se incendiaron.

—De ambos, doña Anne.

Saber que una de sus hijas mantenía la inocencia intacta la tranquilizó.

—¿Siempre es así entre un hombre y una mujer?

—¿De doloroso? Depende de la violencia con la que el hombre ejerza su poder sobre vos y vuestro cuerpo.

Cuando eso ocurre, lo más aconsejable es cerrar fuerte los ojos y dejarse hacer, pensar en otras cosas: el próximo bordado que haréis, la vestimenta que encargaréis, la joya que anheláis o el servicio de comidas con el que agasajaréis a la próxima visita.

Contar los empellones también ayuda. Acaban pronto y os dejan reposar en el lecho.

Aquella crueldad no conjugaba con don Pedro de Lara y su tierno tratamiento.

—Me refería a así de satisfactorio y placentero, de irreal. —Una sonrisa cargada de ensoñamiento me rajó los labios—. Es como haber sido bendecida, tocada por los mismísimos dedos de Dios.

Doña Anne estuvo a punto de reír.

—Veo que no ha sido el duque el único que tenía prisas por deleitarse.

Mientras lo améis y lo busquéis, sí. Os será grato, Dios lo quiera.

Pero si lo que queréis saber es si todos los hombres y las mujeres que yacen sienten lo mismo…

Me temo que no. El amor y el ardor se les reserva solo a unos pocos.

¿Hay algo más que deseéis preguntar y que Aurore no os haya desvelado?

—Creo que no.

Tras asegurarse de que todo estaba listo, doña Anne escogió entre las diferentes tocas. Encima de la cofia, el prendedero y la barbeta, puso la impla, que era tan delicada que se le escurría de entre los dedos. La acomodó en mi cabeza y, entonces, contempló mi reflejo, orgullosa.

—Una mujer casada. Una buena esposa.

—Una buena esposa —repetí, impactada por la imagen que me devolvía el espejo.

Era yo. Aquella mujer era yo, o al menos tenía los mismos ojos melosos que yo, y la misma frente, y los mismos labios, y la misma cara ovalada.

Al mismo tiempo, no parecía yo. No me reconocía.

Algo importante había cambiado. ¿El qué?

¿El virgo desgarrado, la palabra dada a don Pedro de Lara, el cabello escondido?

Sí, debía ser eso último. Me habían desprovisto de la melena al viento que tanto cuidara y apreciara de joven doncella, y la juventud se había esfumado con ella.

Una edad que no era la mía me cayó encima.

Dejaba de ser Mathilde Leblond para ser la duquesa de Valdívar.

Doña Anne de Albret se sentó al borde de la cama y, con un sutil gesto, palmeó el jergón, invitándome a que la acompañara. Tomé asiento a su lado y ella se arrimó un poco más, salvando la exigua distancia; sus manos buscaron las mías en un intento de insuflarme seguridad.

En breve, partiría con mi marido hacia Castilla y consideró buena idea recordarme esa actitud de adaptación a las adversidades. Era pues menester echar la vista atrás y contemplar mi vida para enfrentar el porvenir.

Había pasado de ser una niña con madre a una huérfana de madre, y de repente pasé de ser una huérfana de padre, sin casta ni apellido, a ser la hija bastarda y reconocida del conde de Nailloux.

Mientras que Aurore y Léonie habían sido criadas desde la cuna en los buenos modales, la mesura en el yantar y el beber, la compostura y la donosura, la danza, el canto, el bordado y la costura, y otras aptitudes concernientes a su origen nobiliario, yo tuve que ser instruida en menos tiempo.

Adquirí esos conocimientos con premura para así alcanzarlas en sus lecciones.

Y lo logré recibiendo la felicitación de mis preceptores y disolviendo cualquier brecha que existiera en nuestra educación.

—¿Qué os atormenta, Mathilde?