La duquesa bastarda 9. Una vida atrás #2
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9. Una vida atrás #2

Mi vecina buscó indicaciones y habló con varias personas; finalmente un hombre nos atendió y nos hizo esperar.

Otro nos guio por los pasillos. Allí dentro todo era extraño y hostil, las paredes desnudas reproducían el eco de nuestros pasos y las miradas negras bordadas en los tapices me perseguían.

Así que, temerosa y desubicada, me aferraba a la mano de mi vecina, la única persona a quien conocía.

Las puertas de madera maciza se abrieron y nos hicieron pasar a la sala del lar, donde el calor de la chimenea templaba la estancia y creaba un clima confortable.

La suntuosidad dañaba la vista con el dorado de los ornamentos y los hilos de oro del hermoso tapiz que colgaba sobre el fuego.

Don Antoine Leblond y doña Anne de Albret nos aguardaban de pie, a cual más majestuoso, vestidos con gemas preciosas, seda y mantos de piel de armiño.

Él tenía el cabello entreverado de gris, pero mantenía la robustez, la fuerza, la altura y la vitalidad de los hombres que nacen con estirpe.

Imponía con solo mirarlo. Doña Anne, por su parte, lucía una belleza distante, acentuada por las arrugas que le emergían cuando fruncía los labios o achicaba los ojos.

En otras circunstancias, habría quedado anonadada ante el esplendor en el que me veía envuelta.

Sin embargo, la orfandad se había inscrito en mi semblante.

Me hallaba ante unos extraños que me examinaban con demasiada meticulosidad, con una altivez que me provocaba arcadas.

Ella, en concreto, arrugaba la nariz y el ceño, como si la asqueara el mero hecho de que yo estuviera allí, ante su presencia, como si pudiera contagiarla de alguna extraña enfermedad.

Probablemente, la que más temen los nobles, la enfermedad del vulgo: la repugnante pobreza.

Sus ojos verdosos parecían gritar: «Ni se os ocurra acercaros.

Ni se os ocurra tocarme con vuestras manos sucias».

Don Antoine Leblond no sufría de esa animadversión.

Supo que era de su sangre y no solo por las palabras de mi vecina, que debieron remover unos sentimientos ya enterrados.

Lo que hizo incuestionable nuestro parentesco fueron los rasgos compartidos con su madre y los que la mía propia me prestara al nacer.

—Tiene los ojos pardos de mi Cécile —dijo. Había dado un paso hacia delante y me había tomado por la barbilla, obligándome a erguir la cabeza. Yo era incapaz de sostenerle la mirada—. Como si la espesa miel se hubiera derramado en ellos.

Me soltó y, sin vergüenza ni disimulo, se enjugó las incipientes lágrimas por la nueva del fallecimiento de mi madre.

La condesa, reticente a la novedad y con el orgullo mancillado por un ultraje anterior a su matrimonio, se acercó como lo haría una perra que ve amenazada su camada.

Sigilosa, me rondó una y otra vez, atenta a mis facciones, a mi atuendo, a mi compostura.

Con cada paso, las orillas de su brial danzaban sobre el suelo de piedra.

—Y el rostro de corazón de vuestra santísima madre, doña Éléonore. Quién lo habría dicho. —Enredó uno de sus dedos sobre mi cabello liso y trigueño, suspiró angustiada y dejó que la guedeja cayera—. Es tan vuestra como lo son mis hijas. —Escupió aquello último con un asco palpable.

Don Antoine Leblond me aceptó, quizá conmovido por la penuria que me asolaba, quizá porque en su interior se gestaba una lucha encarnizada: dejar el pasado atrás o conservar en la memoria la figura de mi madre. Cécile estaba incrustada entre sus costillas.

Aquella decisión fue una ofensa para doña Anne. Llevaba casada con mi padre siete años y no le plació encontrarse con una hija bastarda, por anterior que fuese a ella, llamando a las puertas de su morada.

—Ellos os cuidarán —se despidió mi vecina con la tranquilidad de quien sabe que ha cumplido con su deber.

Yo no terminé de comprenderlo.

Al verla encaminarse hacia la puerta del salón, salí corriendo detrás de ella, llorando desesperada.

Me aterraba que me dejara sola con aquellos extraños, sin importar que fueran condes o el mismísimo rey de Francia.

No llegué siquiera a salir de la estancia.

Con una orden silenciosa de don Antoine Leblond, varios hombres de espadas al cinto me detuvieron, cogiéndome en brazos y levantándome por los aires.

Mientras, yo me revolvía con la intención de escapar. Gemía, aullaba y gritaba.

—¡Quiero irme con mi madre! —suplicaba—. ¡Os lo ruego, quiero irme con mi madre! ¡Déjenme ir con mi madre!

Era desgarrador. La había visto morir con mis propios ojos, lo más lejos que podía ir era a cavarle una tumba con las manos desnudas antes de que su cuerpo fuera lanzado a una humilde y desalentadora fosa común.

Y así, doña Anne de Albret reparó en que habría preferido permanecer junto a un frígido cadáver que poseer las riquezas alojadas en el castillo de Nailloux.

Y al entender que era una simple cría perdida, cuyo interés no radicaba en reclamar cierta posición ni alzarse por encima de sus hijas, se apiadó de mí.

Lo cierto es que yo no suponía peligro alguno para ella y mis medio hermanas, por lo que mi presencia en el castillo no haría tambalear el equilibrio familiar más allá de lo habitual.

De haber sido todas nosotras varones, la historia se habría escrito diferente.

Pero por suerte éramos féminas, niñas pequeñas que solo habrían de pelear por los juguetes hasta que fuera el turno de pelear por el más ilustre de los hombres.

Nuestro débil género nos mantenía a salvo de intrigas palaciegas.

Y, además, doña Anne aún era joven y fértil, y el conde no había perdido la esperanza de que volviera a quedar encinta y que en el próximo parto Dios lo bendijera con un varón al que proclamar heredero.

El destino se nos presenta con una ironía insondable.