9. Una vida atrás
Una vida atrás
Doña Anne siempre decía que yo tenía una capacidad de adaptación que sobrepasaba lo meramente humano y lo intrínsecamente femenino.
Son las mujeres las que con absoluta rapidez se habitúan a los embistes de la vida, más por supervivencia que por complacencia.
Cambian de hogar cuando casan con un hombre que desconocen, abandonando a sus familias y el apoyo que les brindan, y soportan la transformación durante los meses de gestación y los dolores del parto, y el desinfle de su vientre y la llegada de la sangre con cada luna nueva.
Resisten la ausencia de los esposos cuando parten a la guerra y se adecuan a bregar con tareas que antes correspondían a estos y entonces recaen sobre ellas, y llevan el hogar y las propiedades y gobiernan con mano de hierro, y trabajan sin descanso entre la política y el bordado.
Crían a su progenie para luego casarla y observar impasibles cómo el ciclo se reinicia una vez más, pues aquello que traen al mundo pronto lo pierden.
Ese era el don del que yo había hecho gala incluso antes de que tuviera la oportunidad de comenzar mi etapa púber.
Hacía doce años, madre había fallecido por un horrible enfriamiento.
Durante los primeros días de aquel proceso que la llevó a la muerte, todo se desarrolló según el estado natural de las cosas, nada preocupante más allá de una tos que le agarrotaba el pecho y la pérdida progresiva de apetito tan común en esa enfermedad.
Sin embargo, poco después empezó a rechazar cualquier alimento con un rictus de repugnancia.
Más tarde empeoró y era incapaz de retener el caldo que yo misma le daba en los labios despellejados y secos por la fiebre.
Para entonces ya estaba postrada en cama y su cuerpo se había tornado lánguido y esquelético.
Sudaba en exceso por las noches, empapando el jergón y las sábanas, y por más compresas frías que le aplicaba, la temperatura no remitía. Parecía que todo remedio era ineficaz.
Madre sabía que iba a morir, lo susurraba muy a menudo en sus últimos días.
Señalaba un rincón de la diminuta alcoba, allí donde la lumbre no iluminaba, y decía que veía con claridad el rostro de su padre, fallecido poco tiempo después de expulsarla del hogar.
Era la tragedia de una hija deshonrada lo que lo había llevado a la tumba, o eso murmuraban las malas lenguas, aunque en realidad no hay mayor tragedia que la deshonra que supone renegar de tu hija, ya sea casta o profana.
—Ahí está —bisbiseaba, con el brazo extendido y el dedo índice acusador. Su rostro se desencajaba en una mueca de terror y los ojos, erráticos, centellaban febriles—. Ahí está. Ahí está. ¿No notas el calor de las llamas del infierno? ¿No hueles el hedor a carne quemada, a azufre?
El proceso fue demasiado largo para madre, demasiado largo para cualquier persona que se halla con un pie en este mundo y otro cerca de Dios. Pero demasiado corto para una niña que ve cómo la abandonan, demasiado corto para cualquier crío que espera a que el Altísimo reclame lo que más atesora.
Cuando exhaló el último aliento, yo todavía le aferraba la frágil y trémula mano.
Me sorprendió la languidez que la invadió, la gelidez que se apoderó de ella y la ausencia de aliento en su boca entreabierta.
Al percatarme de aquel mortífero silencio y de lo que realmente significaba, rompí en un llanto gutural que no tardó en alertar a nuestra humilde vecina.
La pobre mujer —que me había ayudado a cuidar de madre hasta aquel día— vino presta a arrancarme de su lado.
Pero yo me negaba a ello. Me negaba a abandonar ese cuerpo huesudo y frío que parecía necesitar de mi calor.
Pataleé y, enloquecida, luché a dentelladas y arañazos contra quien consideraba mi peor enemigo: cualquiera que osara alejarme de madre, ya fuera Dios Todopoderoso o una simple mortal como era nuestra vecina.
—¡No! ¡No! —aullaba, incapaz de comprender que nada de lo que pudiera hacer la traería de vuelta.
Quería quedarme allí, junto a ese lecho maloliente y húmedo, y acurrucarme bajo las mantas tan pegada a ella que no pudiera identificarse dónde comenzaba una y acababa la otra. Porque solo así encontraría consuelo.
Tan previsora como solo lo es una buena madre, había salvaguardado mi porvenir acogiéndose a aquella desventura sentimental que la había convertido en una paria para los suyos.
Fue clara en sus instrucciones para con nuestra vecina: debía llevarme ante el conde de Nailloux con mis mejores vestiduras y decirle: «Señor mío, vuestra amada Cécile, su alma esté con Dios, espera que podáis dar cobijo al fruto de vuestro amor».
Y así lo hizo.
La vecina cubrió el cuerpo con unas sábanas remendadas que habían vivido tiempos mejores. Me atrapó del antebrazo y me llevó hasta su hogar a rastras. Una vez allí, me propinó un bofetón que me bailó el rostro, dejándome el inicio de un verdugón en el pómulo izquierdo.
—Se lo prometí a Cécile —dijo, agarrándome de los hombros y sacudiéndome, a la espera de que la muerte me entumeciera—. Se lo prometí a vuestra madre, así que dejadme que haga lo que he de hacer.
Todo atisbo de rebeldía y salvajismo se esfumó en ese mismo instante junto con el alma de mi progenitora.
Me hundió en un barreño de agua templada y restregó hasta enrojecerme la piel, librándome así de la suciedad y los surcos salados de lágrimas.
Aturdida, permití que me enjabonara y lavara la melena.
La oí chistar a mis espaldas, suplicarme que cesara la llantina silenciosa que me hacía hipar y dificultaba la labor de higiene.
Ya aseada, me peinó, lamentando que no hubiera flores para decorarme el cabello ni cintas de seda con las que trenzarlo.
—Dios quiera que esto sea suficiente para que os acepten —farfulló, peleándose con las guedejas hechas nudos—. De no ser así, tendré que quedarme con vos.
Yo no sabía exactamente a qué ni a quién se refería; sin embargo, no era una necia a la que le fuera ajena nuestra precaria situación. En sus palabras subyacía el tormento del común, la implacable pobreza. Podía adivinar sus pensamientos: «Una boca más que alimentar no, Señor mío, os lo ruego».
Aquella mujer conocía a madre desde hacía años, la había visto ser despreciada por su progenitor e instalarse en aquella casucha que era nuestro hogar.
La había atendido en el parto junto a una comadrona, y se habían prestado ayuda en momentos de extrema necesidad.
No se atrevería a abandonarme en las calles a merced de las inclemencias y la dureza de la mendicidad, abocándome a morir de hambre, robar o vivir de mundaria.
Todo ello habría supuesto fallarle a su amiga y a su recuerdo.
No obstante, acogerme conllevaba disminuir las raciones escasas que ya se dispensaban en su mesa.
Y para que sus hijos fallecieran con el estómago vacío… , mejor que lo hiciera yo.
Me enfundó en mis mejores ropajes, que por aquella época no eran más que una camisa heredada y un pellote que había sido remendado en infinidad de ocasiones.
Aunque los colores se habían deteriorado con el transcurrir de los años y los continuos lavados, todavía se percibía el rojo de la granza en la basta lana.
Una vez envuelta en el manto de alguno de sus cinco hijos, me llevó hasta don Antoine Leblond.
Fue un día y medio a pie hasta el castillo.
La pobre tironeó de mí todo el viaje y batalló contra mi insistente negativa a seguir andando, armándose de paciencia en los momentos en los que plantaba las suelas de mis zapatos en la hierba y me desgañitaba diciendo que no daría un paso más.
No daría un paso más que me alejara del cadáver de madre.
Ni el frío, ni el hambre, ni el cansancio me molestaban, lo único que me mordisqueaba las entrañas hasta paralizarme y despertaba de nuevo ese instinto de desobediencia era el sentimiento de desamparo.
Las últimas leguas que nos separaban de la residencia condal las hicimos a bordo de la carreta de un agricultor, que se ofreció a llevarnos junto a su carga de varias fanegas de grano.
Aquello nos permitió descansar y que mi vecina controlara un poco mejor mi carácter insurrecto.
Al descender del carromato, me dio un tirón del brazo, se acuclilló frente a mí y me advirtió con el rostro teñido de una seriedad amenazante:
—No hablaréis. No patalearéis. No chillaréis. Y, por supuesto, no lloraréis. ¿Lo habéis entendido?
Me mantuve en silencio y ella me zarandeó para que amaneciera de ese letargo en el que, a veces, me sumía para no notar el escozor de la muerte de madre.
—¿Lo habéis entendido?
—Lo he entendido. —Mi voz no fue más que un hilillo a punto de romperse.
—De esto dependerá vuestra vida.
Nos adentramos en el castillo, ella fingiendo una seguridad que estaba lejos de sentir, yo con una cara larga que me llegaba hasta los pies.
El ambiente de prisas y jolgorio no conjugaba con mi luto interior y el reguero de lágrimas que dejaba a mi paso.
Aquel lugar no era para mí. El castillo rebosaba vida a través de la servidumbre y las muchas doncellas, de los palafreneros y los caballos que paseaban por el patio de armas, y de los tantos otros habitantes que ejercían un oficio allí dentro.
Todos nos saludaban con cabeceos o alguna palabra amable para luego proseguir con sus tareas.
Y yo solo podía preguntarme cómo lo hacían.
Me parecía insultante que el tiempo siguiera discurriendo, que el sol brillara, que el mundo continuara cuando mi madre ya no estaba en él y yo todavía lloraba su pérdida.