8. De palabra #3
Me rozó los párpados, instándome a cerrarlos.
Lo hice y, a ciegas, proseguí acariciando la cicatriz, buscando los colmillos del feroz animal, los puntos de sutura del cirujano.
¿Qué habría sido de su rostro de no haber recibido aquel mordisco?
¿Habría sido más bello o habría perdido parte de ese encanto que me hacía suspirar?
Llegué hasta los labios y don Pedro de Lara me besó la yema de los dedos.
Abrí los ojos y la luz de la luna volvió a colorearle la mitad de la faz de plata.
Estábamos tan cerca que nuestros alientos se entremezclaron.
Pensé que sortearía la escasa distancia, que me besaría en esa apacible noche, justo unas horas antes de que diéramos nuestro consentimiento para el matrimonio de palabra.
Deseé que esos segundos duraran para siempre. Que don Pedro cayera en la tentación, aunque eso supusiera probar el fruto prohibido, saborear la manzana del jardín del Edén y condenarnos a habitar en un mundo de maldades, injusticias y dolores.
Se aproximó y, al final, cambió de camino.
Se desvió de los labios, me apartó la melena y me besó el lóbulo de la oreja.
La desilusión pronto se esfumó. Su lengua comenzó a jugar con mi lóbulo, y el contacto de la saliva, la barba y la respiración me erizó el vello de la nuca y los brazos.
Don Pedro descendió por el cuello y las piernas estuvieron a punto de fallarme, el corazón se desbocó.
Unos extraños e insistentes cosquilleos me bailaban en el bajo vientre, y un jadeo se me escapó de la boca. Yo misma me sorprendí.
—Sois una aparición —susurró, su boca todavía pegada a mi piel, bajando por mi escote—. Una hermosa aparición que temo me volverá loco.
El deseo me había embotado la mente y no lograba descifrar sus palabras. Solo podía pensar en la calor que bullía en mi interior, en la sequedad de mi garganta, en el rugido leve que nacía de ella y en la sensación que me inundaba.
—Oh, Mathilde… —gemía—. Cuantísimo os deseo.
¿Era eso lo que sentía doña Anne cuando padre la tocaba?
¿Era eso lo que sentía mi hermana Aurore con su esposo?
¿Era eso lo que sentían todas las mujeres y los hombres?
Se me antojaba inaudito. ¿Cómo eran capaces de vivir aparentando normalidad y decoro si con un mero roce el mundo podía fragmentarse en miles de pedazos?
Aquella debía ser la pasión de la que tanto me habían advertido, de la que tanto nos alertaba la Iglesia y nos alejaban a las doncellas.
Una mujer virgen, inmaculada, un día cualquiera podía salir a pasear al bosque y hallar entre la foresta un hermoso unicornio blanco, resplandeciente.
Podía aproximarse a él, tocarlo, acariciarlo.
Porque las bestias de naturaleza pura solo se muestran ante las damas que han sabido guardarse con recelo.
Pero yo habría sacrificado al unicornio por una caricia de don Pedro de Lara, mi futuro esposo, el que sería mi compañero para toda la eternidad.
No habría habido culpa por mi falta, por la lujuria que se me desencadenaba en el alma y estaba a punto de dominarme por completo. No habría habido pecado, porque ¿qué pecado habría en dejarse amar por el hombre que ya iba a ser mi dueño?
Abracé sus anchas espaldas, palpé los músculos bajo la camisa margomada y traté de pronunciar su nombre.
—Mi señor… —logré formular. Y las palabras emergieron guturales, dañadas, desesperadas. No reconocí mi propia voz, como no me reconocía en ese cuerpo sudoroso que parecía sucumbir a unas fiebres. Ardía por dentro, estaba envuelta en llamas.
Don Pedro de Lara se había lanzado a devorarme los labios y me encontré con un delicioso sabor a vino y una de sus manos deslizándose por mi cuerpo para arremangarme las orillas de la camisa.
Pensé que a donde se dirigía era terreno prohibido, que debía apartarme o apartarlo de un empujón, regresar corriendo a mis aposentos, reclinarme y rezar.
Rezar fervorosamente por la compasión y el perdón del Altísimo.
Por no saber resistirme, luchar y negarme.
Por haberme dejado tentar por la lujuria.
Pero las oraciones se me escaparon de la mente en cuanto sus dedos ascendieron por mi muslo y tomaron mi intimidad.
Me rompí ante una desconocida oleada de placer.
¿Cómo esperaba Dios que batalláramos las mujeres contra eso? Casi estaba a punto de divisar el cielo, de oír el canto de los ángeles y contemplar la luz divina.
Me revolví y él se quejó.
—Por Dios os lo suplico, Mathilde, no os escurráis de mí. —Había violencia en su voz. Y en su afán de retenerme, me apretó más contra su cuerpo.
Volví a retorcerme. Auné todas mis fuerzas y lo alejé un mísero instante.
Me dolían los labios, y los suyos, incluso en la penumbra, lucían hinchados y enrojecidos por el fervor de los besos; la cicatriz, profunda y sibilina, hermosa.
Cualquier ápice de preocupación se había disipado.
Los ojos azules le brillaban como gemas preciosas, y detrás de ese brillo había algo más, una mirada que no había identificado hasta entonces: un hambre lobuna, voraz.
Antes de que se abalanzara sobre mí, lo agarré de las manos y lo llevé hasta mis aposentos privados.
Aquella noche, don Pedro de Lara, duque de Valdívar, me convirtió en su legítima esposa por la fuerza de la carne.