La duquesa bastarda 8. De palabra #2
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8. De palabra #2

—Hemos obrado bien —trató de convencerlo.

—Esa guerra… —Chasqueó la lengua y se mesó la barba veteada de canas.

—No es una guerra, solo una pequeña invasión que controlarán enseguida. No va a dejarla viuda, no os preocupéis. El duque no morirá en la batalla.

—¿Cómo estáis tan segura?

—Simplemente no me permito pensar en esa posibilidad.

—Pero esa posibilidad existe. Es real. —Se incorporó un poco y se recostó sobre los mullidos almohadones—.

Le haré jurar que, si los moros avanzan y están a punto de tomar Castilla, él nos devolverá a Mathilde.

No quiero que al caer la ciudad la conviertan en esclava o concubina.

No la quiero mancillada por esos asquerosos infieles.

Doña Anne asintió.

—Será lo mejor.

—Si muere…

—No morirá —atajó ella, contundente.

—Si muere —insistió padre—, le buscaremos otro esposo aquí, en Francia, tal y como vos sugeristeis desde el principio. ¿Está todo preparado?

—Lo está. Ya he escogido el séquito de doncellas que la acompañará. Son mujeres jóvenes y leales, le servirán con modestia y fidelidad y la ayudarán a combatir la soledad. Le recordarán a casa, a Nailloux. A cambio, ella deberá procurarles un buen matrimonio.

—¿Hablarás de eso con ella?

—Por supuesto.

—¿Y la obsequiaréis con algo para que lleve consigo?

Doña Anne le dirigió una mirada de pura indignación.

—¡¿Más?! Le doy un hogar, vestidos, joyas, educación, sirvientas, agua caliente y comida todos los días. ¿Con qué más voy a obsequiarle?

Padre rio.

—Le habéis comprado algo —adivinó. La diversión empañaba su voz—. Una alhaja, ¿quizá?

Ella bufó.

—Me niego a hablar sobre esto.

—Es una alhaja. —La sonrisa cada vez más amplia, más afilada en la faz surcada de arrugas de mi progenitor. El mohín cada vez más apreciable en doña Anne de Albret, que ya había vertido su frustración alisando las sábanas y no sabía en qué más ocupar las manos.

—No es mi hija —sentenció airada.

—Debe de ser una alhaja preciosa para que os mostréis tan ofendida.

Doña Anne ahuecó las almohadas con fuertes golpes, lo que aumentó la risa de padre. Se acostó hacia un lado y, sabiendo que ya no podía verla, relajó el mohín, permitiéndose una dulce sonrisa. Entonces gruñó:

—¡Dormíos ya, Antoine Leblond, u os echaré de esta alcoba!

Y apagaron los candiles.

Mientras ellos se deshacían en fingidas riñas, yo paseaba por el castillo y recorría por última vez los pasillos que me habían visto crecer.

La luz del exterior se colaba por las ventanas y diminutas saeteras.

Podía haber deambulado a oscuras, con los ojos cerrados, y no me habría tropezado ni con uno de esos ratoncillos que a veces pululaban por allí.

Conocía el castillo. Conocía mi hogar. No obstante, aquel haz plateado que se filtraba y provenía de la luna y las estrellas parecía indicarme un camino. Y yo, obediente como era, lo seguía.

Con los pies descalzos y la mano estirada, me recreaba en el contacto con la fría piedra de los muros y suelos, con la suave urdimbre de los tapices, que miraba embelesada como si los viera por primera vez.

En aquellos momentos era la anfitriona y, al mismo tiempo, la visitante.

Observaba todo con suma atención, sobrecogida, enamorada, y aspiraba el aire cálido de la noche.

Quería grabar las sensaciones en mi piel y las imágenes en mi mente, no fuera a ser que la vejez en Castilla me borrara la memoria.

Que con los años me olvidara de aquel lugar.

Entré en cada una de las estancias, excepto en los aposentos personales de mi familia y la servidumbre, las cocinas y las caballerizas.

Acaricié el mobiliario, disfruté del brillo de los ornamentos y del orden y la tranquilidad que allí se respiraba.

Me senté en la silla de cadera que había ocupado hasta entonces en cada una de las veladas y banquetes, y probé la de padre solo para llevarme algo suyo, solo para dejar allí algo mío.

Los recuerdos de la infancia me golpeaban a cada paso dado.

Ahí me había caído y desollado las rodillas de niña, me dije al divisar una banqueta en el salón del lar.

Ahí, justo ahí, me había peleado con Aurore por una desavenencia pueril que se saldó con una regañina de nuestros preceptores.

Y ahí, Léonie se había echado a llorar cuando descubrió que uno de los perros había muerto.

Ahí, doña Anne me había dedicado su primer halago.

Y ahí, padre me recibió cuando llegué siendo una cría llorosa y aterida.

Qué difícil sería aprender a orientarme en un castillo ajeno, aunque ese castillo pasara a ser de mi pertenencia.

Tan difícil como aprender un idioma y conocer a una nobleza extranjera y a un nuevo rey al que habría de deberle obediencia.

Tan difícil como crear nuevos recuerdos.

Pero eso mismo había pensado el día en que me instalé en Nailloux, en las dependencias de aquel castillo por el que entonces paseaba.

Me pregunté qué sucedería con mi corazón.

Si acaso no dejaría un retazo en Nailloux, en mi Francia natal, y otro se vendría conmigo a Valdívar, a Castilla.

Y a cuál debería escuchar en momentos de tribulaciones.

Continué deambulando, y al torcer una esquina una figura oscura se recortó por la prístina luz de la luna.

Era un hombre de perfil, ataviado únicamente con la camisa que hacía de ropaje interior y prenda de dormir.

Estaba asomado a la ventana, con los párpados cerrados y una respiración lenta y rítmica, visible por el sube y baja de su pecho, que se hinchaba con parsimonia.

La brisa le revolvía la cabellera azabache.

Incluso así, a medio vestir y con el rostro en penumbra, resultaba tan atractivo que dolía.

—¿Mi señor don Pedro?

Él se giró, sorprendido ante mi presencia.

—Mi señora Mathilde. —Sonrió—. ¿Qué hacéis despierta a estas horas tan intempestivas?

No le entendí, allí no había intérprete alguno que nos tradujera.

Ante mi mutismo, don Pedro de Lara señaló a nuestro derredor y luego a mí, y entonces comprendí lo que me había preguntado.

Qué hacía yo allí, merodeando sola y silente cual alma en pena.

Traté de hablar en castellano, pero todavía me faltaban palabras.

—No podía dormir —contesté en francés.

Asintió y me tendió la mano para que me acercara a la ventana.

Por un momento, dudé. Miré su camisa blanca y margomada, con bordado de seda e hilos de oro.

Miré la mía, tintada de amarillo por el azafrán, siguiendo la moda de nuestro reino.

Me llegaba hasta los tobillos y bajo el color se percibían con cierta sutileza los contornos de mi silueta.

Don Pedro de Lara acusó mi vacilación; su mano seguía ahí, en el aire, reclamando la mía. La tomé y me acerqué.

El viento entraba de lleno por la ventana, revitalizante.

Desde allí se apreciaba la inmensidad de nuestras tierras, un paisaje que se extendía hasta donde alcanzaba la vista y que había contemplado maravillada en infinidad de ocasiones.

Sin embargo, en ese instante, solo podía mirar a aquel que se convertiría en mi esposo. Él tampoco apartaba los ojos de mí.

Seguimos unidos, con los dedos entrelazados. Cada vez fui más consciente de la calidez de su piel y la proximidad de su cuerpo, del vello del pecho que se asomaba por el escote en uve de su camisola y el aroma almizclado que lo impregnaba todo. Parecía nacer de él.

Un sudor frío se deslizó por mi columna y un cosquilleo navegó desde mi ombligo hasta mi bajo vientre, cortándome la respiración.

¿Era yo o el mundo giraba demasiado deprisa? ¿Era yo o el aire había dejado de soplar? Estaba a punto de dar una bocanada para llenarme el pecho cuando me susurró:

—No temáis, esposa mía.

Aquello sí lo entendí.

—No tengo miedo —balbuceé en un mal castellano.

—Tembláis.

Eso tampoco lo entendí. Así que don Pedro empezó a frotarme el antebrazo con la otra mano en un intento de que cesara de rilar. Ni siquiera me había percatado de ello. Esbocé una tirante sonrisa, fruto del nerviosismo, y la suya se ensanchó.

—¿Qué os aflige? —logré preguntar, algo dudosa.

No se había desprendido de esa sombra de preocupación que lo había asaltado desde que leyó la terrible misiva del infante don Sancho.

Don Pedro de Lara sacudió la cabeza, como queriendo librarse de ella y, luego, sonrió.

—No es nada.

Volví a fijarme en la cicatriz que le cruzaba el rostro y alargué los dedos para acariciarla, desde el inicio hasta los labios y la espesura de la barba.

—¿Cómo?

—Un perro. Un perro me mordió. —Señaló uno de los tapices en los que se plasmaba una escena de cacería—. Padre le cortó la cabeza.

— Chien —repetí en francés—. Perro.

Él asintió.

—Un perro. Dicen que estaba jugando con él, pero que el animalito se asustó y de repente se volvió feroz y me atacó.

Me mordió y yo aullé aterrorizado. Los hombres corrieron hacia mí y lo apartaron enseguida, pero yo ya tenía la cara ensangrentada y no paraba de llorar.

Mirad. —Señaló una zona en la que se le hundía y plegaba la piel—.

Un poco más arriba y me habría alcanzado el ojo, habría perdido la visión. ¿Me amarías si fuera un hombre ciego?

No pude responder. Apenas había entendido nada.

—Solo tenía tres años, así que no me acuerdo. Pero madre sí, casi desfalleció al verme, la pobre mujer… Desde entonces odia a los perros.

—Qué horror. —Fue lo único que logré verbalizar en un pésimo castellano.

—Ya no duele.

—Dolor. —Estaba embelesada por la marca rosácea, surcándola con mis delicados dedos.

—Este dolor se disipó hace tiempo, del otro… —Tragó saliva y entreabrió la boca. La voz se le quebró—. Del otro os ocuparéis vos, Mathilde.

Solo capté mi nombre, el resto eran palabras confusas.