8. De palabra
De palabra
Castilla estaba viviendo una situación crítica, don Pedro de Lara lo sospechaba.
Por esa razón, padre y él habían decidido fechar nuestra unión, a más tardar, para la primera quincena de agosto.
«Unos últimos días con sus deudos», le había pedido padre a mi futuro esposo.
Y él se lo había concedido, sabedor de que a las mujeres nos cuesta despegarnos de nuestra parentela. Por desgracia, los planes se torcieron.
A principios de mes, llegó un emisario a nuestras fronteras portando el blasón de la Corona de Castilla. Sobre campo de gules, un castillo de oro; sobre campo de plata, un león rampante púrpura. La heráldica destellaba desde lejos. Supimos enseguida que no se trataba de buenas nuevas.
El hombre rozaba la extenuación y el caballo estaba a punto de exhalar el último aliento, una capa de sudor los empapaba a ambos. Nos sorprendió que el animal no desfalleciera allí mismo, en nuestro patio de armas.
—Misiva para mi señor don Pedro de Lara, duque de Valdívar —dijo el emisario recién descabalgado, la boca seca y los músculos agarrotados por la carrera.
La urgencia lo había espoleado, no había consentido parar en hospederías por el camino, había escogido las rutas más veloces, y solo para permitir descanso al corcel, había hecho un alto y dormido al raso.
El insomnio y el miedo se le notaban en las profundas ojeras.
El sol del verano le había parcheado el rostro y la suciedad se le había adherido a la piel quemada.
Resultó que para don Pedro de Lara aquel hombre era tan desconocido como para mí.
—Lo lamento, mi señor —se disculpó—. He venido tan raudo como me lo ha permitido el animal.
Don Pedro le dio un par de palmadas contundentes en el hombro, reconociendo su duro esfuerzo y su buena labor. Tomó la misiva, un pergamino sellado con lacre y que debía haber sido escrito con premura a juzgar por los manchurrones de tinta.
—Idos y descansad. Que Dios os lo pague.
El emisario asintió. Casi hubo que llevarlo a rastras hasta las cocinas, donde lo sentaron en un taburete y le ofrecieron una jarrilla de agua, otra de vino y una bandeja de pan, queso y fruta.
Don Pedro reconoció la letra del infante don Sancho, hijo del rey Alfonso, y la preocupación le sombreó las facciones. La carta le informaba de la crudeza en la que se hallaban los reinos de la Corona de Castilla.
—Marchamos en unos días —me comunicó don Pedro de Lara tras releer la misiva un par de veces—. Mi tío ha rendido el alma contra los moros, y lo mismo media docena de grandes y valerosos señores, incluidos el arzobispo de Toledo y el infante don Fernando de la Cerda. Esto es una masacre.
En efecto, Abu Yusuf había arribado a las costas y, mientras lideraba a los benimerines y hacía la guerra por la zona de Sevilla, el sultán granadino llevaba a cabo correrías en Jaén, donde ya había provocado un gran daño.
Atendiendo a la llamada de auxilio del infante don Fernando de la Cerda, los señores de la frontera y sus vasallos se habían reunido en Écija, lugar en el que les esperaba don Nuño González de Lara, tío de mi futuro esposo y adelantado mayor de la frontera de Andalucía.
Don Nuño había sentado bases contra los moros fuera de la ciudad, pero pronto descubrió que tenía pocos hombres a su servicio en comparación con aquellos bárbaros que seguían a Abu Yusuf. Los pendones musulmanes se veían a simple vista.
La derrota fue absoluta. Las huestes cristianas sufrieron un gran revés y entre los difuntos estaba el adelantado mayor, una pérdida terrible para todos, en especial para la Casa de Lara.
Y como los moros no entienden de misericordia, habían cometido una terrible tropelía: Abu Yusuf le había enviado la cabeza de Nuño González de Lara al sultán nazarí para que así se cobrase su parte del botín.
Por suerte, la plaza de Écija se había salvado gracias a la intermediación de don Gil Gómez de Villalobos, quien había puesto a buen recaudo las puertas de la ciudad y la había defendido con ballestas y saetas.
Después de aquello, el rey de Aragón —Jaime I el Conquistador— había decidido socorrer a la Corona de Castilla y mandar a su hijo, el infante don Sancho, arzobispo de Toledo, a la frontera junto a sus vasallos de Toledo, Talavera, Guadalajara y Madrid.
Pero este había caído preso en la batalla de Martos, cuando intentaban hostigar a los moros, que venían cansados de guerrear y portaban un cuantioso botín.
Muchos otros señores cayeron en la contienda: Ruy López de Hita, Juan Fernández de Veleña y Lorenzo Vanegas de Talavera.
A Sancho de Aragón, por ser quien era, lo retuvieron en el campamento, le rebanaron el pescuezo y le cortaron el dedo en el que llevaba un anillo de oro.
Su cuerpo lo recuperaron los refuerzos cristianos y el señor de Vizcaya, don Lope Díaz de Haro.
Por lo visto, el infante don Fernando de la Cerda no se había enterado de estos fallecimientos hasta que se detuvo en Villa Real para esperar a las tropas que iban de camino.
Sabiendo que la población ya se hallaba inquieta, mandó cartas a todos los lugares del reino para comunicar que libraría a las tierras de los salvajes infieles.
Desgraciadamente, no tuvo oportunidad de cumplir esta promesa.
El heredero al trono de Castilla empezó a sufrir una repentina dolencia una noche cualquiera y esta lo llevó a la muerte, sin previo aviso, el 25 de julio.
El rey Alfonso ya había sido informado de este terrible acontecimiento que lo dejaría en estado de luto. Y como antes que monarca era hombre, y antes que hombre era padre, había dejado a un lado las pretensiones imperiales y había puesto rumbo a Castilla para llorar a su hijo. Su heredero.
—¡Dios bendito! —exclamé horrorizada, cubriéndome la boca.
Doña Anne de Albret se persignó y lanzó una triste mirada hacia el cielo, donde ahora reposaría el infante.
—Que Dios lo acoja en su seno —rogó la condesa de Nailloux y añadió—: Que los acoja a todos en su seno. Que quienes luchan por la cristiandad no mueren en balde.
—Que Dios los acoja en su seno —repetimos todos con voz litúrgica y guardamos unos minutos de silencio.
Me fijé en las manos de don Pedro de Lara.
Descargaba su ira contra la superficie blanda y suave del pergamino, que yacía arrugado entre ellas.
Pero había algo más. Algo que lo inquietaba y que no era la muerte de su querido tío o del infante don Fernando, a quien apreciaba muchísimo.
Lo percibía en la tirantez de sus hombros, en sus labios crispados y en la opacidad de sus ojos azules. Algo se removía en su mente.
—El infante don Sancho me insta a regresar cuanto antes. Necesita a todos los caballeros, ricohombres y vasallos que podamos aportar mesnadas y armas. Valdívar me necesita. Nos necesita —dijo don Pedro, mirándome.
—Si habéis de partir con tanta premura, habremos de adelantar el matrimonio —dijo padre.
Aquello era lo más conveniente, aunque suponía finalizar los preparativos de una vez por todas y entender que la unión de palabra no saldría tal y como se había planificado.
Las prisas y la desesperación lo empañarían todo y tendríamos que recordar toda la vida una ceremonia bañada con la sangre de los buenos hombres que habían muerto en Castilla.
—Avisaré, pues, a la servidumbre para que recojan mis efectos personales.
—Nosotras nos ocuparemos del ajuar y las posesiones de Mathilde —lo tranquilizó doña Anne, que no tardaría en azuzar a las criadas.
Don Pedro de Lara había mostrado una gran generosidad al permanecer tanto tiempo en Nailloux. Así que ahora yo debía corresponderle y aceptar marchar hacia Castilla ese mismo mes, pese a las terribles y calurosas temperaturas.
Asumí que era el siguiente paso que daba toda mujer casada. Después del matrimonio, llega la despedida.
La noche antes de que diéramos nuestra palabra, hubo muchas conversaciones bisbiseadas en las estancias del castillo, todas bajo la macilenta luz de los candiles.
Padre había visitado a doña Anne de Albret en sus aposentos privados y, después de reclamarla para las tareas conyugales, permaneció con ella acurrucado en el lecho.
Doña Anne ya no estaba habituada a compartir cama y sueño con un hombre.
Pese a ello, no lo expulsó. Sabía que estaba mendigándole consuelo después de que la carta hubiera precipitado los acontecimientos y don Pedro de Lara me arrebatara de su lado antes de lo acordado.
Así que, todavía con el corazón tamborileándole en el pecho y el cabello húmedo por el calor de los cuerpos, doña Anne se acomodó todo lo que pudo y aguardó a que don Antoine Leblond le desvelara sus miedos.
Las esposas somos las confesoras de nuestros maridos. Oímos sus tribulaciones y las espantamos. Oímos sus crímenes y los redimimos.
—Dicen que quien empieza con hijas ensarta con hijos —comentó padre, las sienes todavía cuajadas por el sudor de la coyunda—. ¿Habrá arraigado?
Doña Anne se encogió de hombros y torció el gesto.
—No puedo adivinarlo.
Él le dio un ligero toquecito en el plano vientre y sonrió. Luego se desplomó sobre el catre y exhaló un fuerte suspiro. Tenía la vista clavada en el techo.
—Arraigará. La semilla arraigará, ya veréis. Y esta vez será un niño. Un niño fuerte y robusto.
A ella no le quedó más que asentir.
Durante unos minutos dejaron que el viento cálido que penetraba a través de las ventanas les calmara las respiraciones, les secara el sudor que empapaba las camisas.
El silencio y las hipnóticas sombras originadas por la lumbre cubrieron la alcoba por completo.
Doña Anne creyó que quizá podrían incluso dormir. Cerró los párpados.
—¿Os agrada el duque de Valdívar?
Padre no se contentaría con un sonido gutural que insinuase que ya estaba a las puertas del sueño, doña Anne lo sabía, así que volvió a abrir los ojos.
—Me agrada. ¿Y a vos?
—Sí, pero eso no impide que me pregunte si hemos hecho lo correcto.