La duquesa bastarda 7. Intimidad #2
18%

7. Intimidad #2

—El honor y la fama llaman a muchos a la contienda, pero ¿para qué queremos los nobles honor y fama si ya lo tenemos de nacimiento?

—Rio—. Ir a la batalla supone presenciar atrocidades.

Los enemigos te buscan, te quieren matar y tú debes matarlos a ellos para así sobrevivir.

Todos rezamos por el favor de Dios, y Dios, por desgracia, no puede otorgárnoslo a todos.

Tiene a sus favoritos. En un mísero instante te despistas y un gran señor ha muerto a tu lado.

Un gran hombre al que llorará su familia y el reino entero.

—Su voz sonaba sombría—. Pero hay que defender Castilla, no por fama, honor y gloria, hay que defenderla porque es nuestra tierra, nuestra madre, y en ella viven nuestras mujeres e hijos.

La pena me abatió.

Qué tragedia sería encontrar el amor en sus brazos, casarnos y tener que despedirnos unos días después.

¿Se malograría nuestra historia? ¿Me dejarían viuda esos moros del otro lado del estrecho?

¿Me traerían, aunque fuera, el cuerpo de mi marido para que pudiera coserle un sudario, envolverlo y enterrarlo, llorarle en las doradas y áridas tierras castellanas?

¿Daría a luz a un hijo huérfano, a un duque de Valdívar demasiado joven para hacerse cargo de sus deberes y obligaciones?

¿Habría de sustituirle yo durante su minoría de edad?

¿Qué haría allí sola, alejada de mis deudos y mi idioma y mi reino? ¿No era eso el destierro?

—Me aterra el pensar que quizá haya de veros partir —le confesé.

De nuevo esa ancha sonrisa, rota, escindida por la cicatriz, ahora preñada de ternura.

—Las mujeres sois como niños, siempre temerosas. Perded cuidado, no dejaré que haya una Castilla en guerra. No para quien será mi futura esposa.

Don Pedro de Lara se puso en pie, vino hasta mí y me tendió las manos. Las tomé, me levanté y él me enmarcó el rostro. Con el dedo pulgar, me acarició las mejillas arreboladas y entonces me besó la frente. Volví a sentir ese escalofrío, las piernas me temblaron, el corazón se me agitó.

Si eso que me revoloteaba entre el estómago y el esófago no era amor, al menos debía ser el inicio de ello.

—Yo os guardaré de todo mal, mi señora Mathilde —me prometió.

No me inquietaba mi destino, sino el suyo a merced de esas bestias muslimes.

No quería llorar encima del cadáver de otro ser querido.

Pese a la inevitabilidad de la muerte, la vida siempre trata de imponerse.

Así, a principios de julio, Aurore dio a luz a una niña preciosa, regordeta, cuya cabecita quedaba coronada por una pelusilla rubia.

Con el nacimiento de mi bienamada sobrina, cualquier miedo y pensamiento agorero que albergara fue sustituido por un infinito regocijo, al que don Pedro se unió como si formara parte de la familia Leblond.

Al contrario de lo que sugirió doña Mencía de Lara, no me hizo falta rogarle que me leyera en voz alta alguno de esos libros con los que había cargado en su viaje.

Lo propuso él mismo y pronto pasó a ser costumbre.

Nos sentábamos en el ala más fresca del castillo, el uno frente al otro, yo disponía sobre mi regazo el bordado —lienzo, aguja e hilos—, y él abría el volumen por la flor atrapada entre las páginas que utilizaba para marcar la lectura.

Cuando el clima nos era benigno, nos trasladábamos a los jardines y nos refugiábamos bajo la sombra de un árbol.

Entonces yo prescindía de la labor y simplemente le escuchaba recitar mientras me embebía de la cadencia de su voz, de las endurecidas facciones, del sentimiento que me despertaba mi futuro esposo.

A mediados de mes, ya estábamos leyendo Tácito, el político e historiador romano.

—Tácito decía que los germanos creían que había en las mujeres algo divino y profético y que por eso no menospreciaban sus consejos ni sus opiniones. —Había apartado el libro y hablaba en castellano, obligando al intérprete a traducirnos nuevamente.

—¿Eso significa que siempre me escucharéis? —Esbocé una sonrisa triunfal. La edad, la inexperiencia, las esperanzas puestas en aquel matrimonio que consideraba una bendición me hacían una absoluta ingenua.

Don Pedro de Lara soltó una estruendosa carcajada y se mesó la barba.

—Siempre os escucharé, pero no siempre tomaré en cuenta vuestras consideraciones, igual que no siempre haré lo que gustéis por el simple y mero hecho de complaceros.

Me fijé en doña Anne, que estaba a una distancia prudencial, vigilándonos mientras se encargaba de su primer nieto, el pequeño Denis.

Sabía que había oído mi pregunta pese a los agudos gritos del niño; la cálida brisa soplaba a su favor y le llevaba mis palabras.

En su boca había un rictus de desagrado.

«No os eduqué para que osarais hacer esas preguntas —parecía decir—.

No os eduqué con mis hijas, con los mejores prefectos, para que ahora os olvidéis de todo ello y adoptéis la ilusión de las campesinas y las estúpidas mozas.

¿Dónde está vuestra dignidad? ¿Dónde está la prudencia de la que debéis hacer gala?

¿Y la obediencia y la sensatez? Comportaos como la dama que se supone que sois».

Volví a centrar la mirada en don Pedro de Lara, que me observaba con curiosidad, y dije:

—Es razonable.

De repente me despojé de esa actitud risueña y adquirí el semblante señoreado de doña Anne de Albret, una imitación que solo habría funcionado en sus verdaderas hijas, Aurore y Léonie.

—Supongo que mi hermana ya os lo habrá advertido.

—¿Que sois un hombre de gran justicia y de profunda lógica? Así es. Es algo que admiro de vos.

—No. Que hasta el día de hoy ha sido mi virtuosa madre la que ha cumplido el papel de consejera en mi vida y en Valdívar. Al menos hasta que…

Calló y la sonrisa mudó a una fea mueca. Había curvado los labios y la cicatriz se le había arrugado, dando la sensación de que era el tajo de una violenta espada, un chorreón de sangre coagulado, una carne mal remendada.

—¿Hasta que casasteis por primera vez? —Me apresuré a romper el silencio.

Asintió con sequedad, pero no dijo nada más. Estaba lívido. Temiendo que sufriera de un repentino golpe de calor, pedí que trajeran una copa de vino y le insté a que bebiera. En unos minutos ya se había repuesto.

—Valdívar es una gran propiedad, un ducado de renombre, necesita de muchas manos y de la férrea voluntad de su duquesa. Madre se ha ocupado de ello desde que casara con mi honorable padre, don Alonso González de Lara. Podréis apoyaros en ella, estará encantada de ayudaros a asentaros.

—Sería un grandísimo honor contar con ella y su sabiduría.

—Os presentará a la servidumbre y os asistirá durante un tiempo prudencial en el manejo de esta y el hogar.

Pronto os haréis con él. —Como si leyera mis preocupaciones, me tendió la mano para darme un par de palmaditas—.

Estoy seguro de que le agradaréis. Mi hermana os ha dedicado muy buenas palabras y madre está ansiosa por conoceros.

Aquello me libró de un gran peso. Doña Anne de Albret ya me había apercibido sobre las madres de los esposos y lo ariscas que suelen mostrarse ante las mujeres de estos.

Algunas no consienten perder a sus hijos en pos de una nueva fémina, así que se vuelven gatas enceladas que bufan y enseñan garras y lustrosos colmillos.

Otras no soportan perder el poder sobre sus haciendas y el servicio. Se sienten relegadas al olvido.

Yo ya sabía lo que era ser el objeto de recelo y desprecio. Doña Anne me había mirado así la primera vez que pisé el castillo de Nailloux, siendo tan solo una niña.

—¿Puedo preguntaros por cómo vuestra hermana logró convenceros de esta unión, señor mío? Dijo que estabais aferrado a la viudedad.

De nuevo, un mutismo sepulcral, fantasmagórico, y esa mueca en el rostro de don Pedro de Lara que le acrecentaba la cicatriz y le daba un aspecto belicoso. Sentía náuseas de solo mirarla.

—Es mejor no hablar de épocas tristes —dijo con ronquera.

Busqué el brillo en sus ojos, pero se lo había tragado la negrura de los recuerdos.

Quizá fuera demasiado temprano para referirnos al pasado, para mencionar esas primeras nupcias y a la mujer con la que se había desposado y había vivido largos años de felicidad.

Quizá un día, no muy lejano, me hablara de ella. O quizá no.

Al fin y al cabo, ahora éramos nosotros dos. Don Pedro de Lara y Mathilde Leblond.

—Me dijo que mi futura esposa me estaba esperando en Nailloux y que solo tenía dos opciones.

—Había tenido que beber dos copas de vino antes de responder—.

Quedarme en el ducado y languidecer en cuerpo y alma hasta ser un viejo decrépito, siempre al servicio del rey y los intereses de la Corona.

O picar espuelas y venir a Francia a conoceros.

Intenté ignorar su humor taciturno; por mucho que él quisiera, la sonrisa se notaba fingida.

—Vuestra hermana es una mujer excepcional.

—Es tan astuta como madre. —Y al rato, dijo—: He pensado que dispondré para vos una alcoba en la zona oeste del castillo.

La mía estará cerca y así no tendremos que perdernos por los pasillos para encontrarnos.

Iré a visitaros cada noche y en los meses de embarazo podré oíros desde mis aposentos, al otro lado de la pared.

Solo por si me necesitáis vos o la criatura, una vez que nazca.

—Doña Anne ya ha preparado algunos ornamentos para que pueda engalanar la alcoba a mi gusto.

—Traeos todo lo que necesitéis, incluso si perteneció a vuestra madre. Allí encargaremos lo que consideréis oportuno, mi señora Mathilde.

Había mentado a mi madre. A mi verdadera madre. No a doña Anne de Albret. Fue como recibir una estacada en el costado, o lo que yo creía que sería recibir una estacada en el costado, algo increíblemente doloroso y sanguinolento.

Hacía mucho que nadie hablaba de ella. Nadie osaba decir su nombre desde que padre me había reconocido como hija e integrado en el nido del hogar.

Ni siquiera yo. Nos la habían vetado y ya no la llamaba ni en la intimidad de mi mente.

Intenté pronunciarlo, su nombre. Formularlo.

Conjurarlo. No pude. Los labios no me respondían.

La garganta se me atascaba con los sonidos que lo componían.

Cécile.

Cé-cile.

Tan suave como la seda.

Lo intenté y me fue imposible.

Yo tampoco quería hablar del pasado.