La duquesa bastarda 7. Intimidad
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7. Intimidad

Intimidad

Durante aquellas primeras semanas juntos, don Pedro de Lara y yo jugamos al cortejo, más por conocernos y habituarnos el uno al otro que porque fuera necesario.

El contrato matrimonial ya se había firmado y padre esperaba que en poco tiempo diéramos nuestro firme consentimiento para así proceder al matrimonio de palabra.

Con eso sería suficiente. Me despediría de mi hogar en Nailloux y viajaría hasta Castilla, donde celebraríamos las nupcias por la santa madre Iglesia.

Allí seríamos bendecidos como marido y mujer y consumaríamos nuestra unión.

Allí la festejaríamos con banquetes y bailes que durarían hasta pasada la medianoche.

—Amaréis Castilla como si fuera Francia —me dijo uno de los primeros días—. Y amaréis Valdívar como si fuera Nailloux.

—Contádmelo todo sobre aquel que será mi nuevo hogar.

Pensar en Castilla le ensanchaba la sonrisa. No llevaba ni un mes fuera para sentir tanta añoranza y, aun así, se le notaba en la voz. Carraspeó y el intérprete se preparó para traducir.

—Castilla es muy diferente a Francia —comenzó—.

Allá a donde mires todo es secano, trigales, horizontes amarillos que parecen tierras áridas en las que los caballos levantan polvareda a su trote.

Todo es del color de las espigas y del dorado inclemente del sol.

Las cigarras cantan día y noche, el verano es pegajoso, te derrite por dentro y te deja hecho melaza.

Y el invierno puede ser demasiado crudo si se lo propone.

Lo observaba embelesada, admirando el ardor con el que brillaban sus ojos, e imaginaba los paisajes descritos. Entendía algunas palabras y eso me llenaba de dicha. Poco a poco me acercaba a él, a su idioma, a sus entrañas. A mi destino.

Don Pedro de Lara hablaba de la luz que cubría los reinos y paseaba la mirada por mis cabellos trigueños. Estiraba los dedos, salvaba la distancia que nos separaba y toqueteaba algunas de mis largas guedejas, provocándome un agradable cosquilleo. Él sonreía.

Cualquiera apreciaba la comparación. Mi melena era la luz de Castilla, el oro en grano en época de recogida.

—¿Así es Valdívar?

—Así es el reino de Castilla, hermoso a su manera, despiadado. Mas no os preocupéis, tenemos bosques de abedules, robles, alcornoques, hayas y esos árboles que suelen rodear las leproserías y hospitales.

—Tilos.

—Tilos. —Asintió—. La foresta no es de un verde intenso, sino de uno oscuro, amarronado, que se mezcla con el barro y la tierra y la hojarasca y las guaridas de los animalillos.

Los cielos están mucho más despejados que aquí, siempre amanece azul y si acaso hay alguna nube esponjosa.

Si miráis hacia arriba, veréis alguna que otra águila y un montón de cigüeñas volando para luego posarse en los campanarios y hacer nidos.

Lo pintaba de una hermosura que daban ganas de embridar un alazán y echarse a galopar hasta allí.

—El ducado está próximo a Toledo, antigua capital del reino visigodo. Lo vadea un pequeño arroyo con el mismo nombre que vierte sus aguas al río Guadiana. Todo es naturaleza y campos y campos de cereal. Todo es oro.

—Estoy deseosa de llegar a casa —reconocí, el rubor tiñéndome las mejillas.

Aquello lo enterneció.

Posó un casto beso sobre el reverso de mi mano y sonrió aún más. Sentir su aliento sobre la piel y cada efímero roce me erizaban el vello del cuerpo y desencadenaban un escalofrío columna abajo.

Don Pedro de Lara reparó en ello, contuvo la risa que le pugnaba en la garganta y la cicatriz se le hizo más profunda. Entonces fui yo quien embridó las ansias de acariciar esa marca que le surcaba la faz.

—Amaréis Valdívar —repitió, plenamente convencido— y Valdívar os amará.

Mientras duró el tórrido mes de junio, nuestra cotidianidad se basó en acudir a misa a la hora del ángelus, cuando las campanas tañían, pasear por los jardines justo al atardecer —el momento de menor calor— y refugiarnos en el interior del castillo para jugar al ajedrez o al alquerque.

También compartíamos lectura, conversábamos, oíamos música y, en momentos puntuales, me sentaba a tocar el arpa para su deleite.

Siempre intérprete mediante y bajo la supervisión de mis hermanas, doña Anne de Albret y un séquito de damas.

En ciertas ocasiones, hasta padre nos acompañaba.

Las lecciones de castellano se intensificaron.

Cuando no me hallaba practicando con mi preceptor, practicábamos juntos.

Señalábamos, gesticulábamos, intercambiábamos palabras y las repetíamos una y otra vez.

Nos hacíamos entender. Yo apuntaba en mi cerebro cómo se llamaba esto y aquello, y por las noches, tumbada en el lecho, repasaba la lista creciente de palabras nuevas.

Imaginaba sus labios moviéndose, su lengua componiendo las letras y su voz pronunciando esos objetos.

A la mañana siguiente, le demostraba que ya formaban parte de mi nuevo vocabulario.

Los había interiorizado. Los había aprendido.

Quería echar raíces en su tierra, en esa Castilla de la que había brotado el linaje de los Lara.

Y para ello, tenía que amoldarme. Mis errores no suponían frustración para ninguno; a menudo nos reíamos y lo convertíamos en una chanza privada.

«¿Os acordáis cuando dijisteis “marisopa” en vez de mariposa?

». Empecé a creer que el amor debía ser algo así.

Secretos, bromas y miradas que nadie comprende salvo los amantes, los esposos.

Observaba a mi alrededor y veía en el salón a doña Anne, Aurore, Léonie y las doncellas pendientes de nosotros, pero incapaces de descifrarnos. El mundo se apreciaba distinto desde el interior de aquella burbuja de felicidad.

—Ajedrez —decía, moviendo las piezas sobre el tablero.

— Échecs —respondía yo en francés.

Él trataba de repetirlo sin trabarse, pero se le enredaba la lengua y rompía en carcajadas.

Yo procuraba cubrirme la boca, reír con pudor y mesura, todo en vano.

En cuanto empezaba, ya no podía parar y desde el rabillo del ojo atisbaba la sonrisa delatora de Aurore y los reproches silentes de doña Anne de Albret, que desdeñaba aquel tipo de comportamiento pueril.

—Ajedrez —pronuncié.

El intérprete cabeceó, felicitándome por el buen hacer. Don Pedro de Lara ya no me escuchaba. Tenía la vista fija sobre el damero y el ceño fruncido. Las hondas arrugas de la frente me recordaron los diez años de distancia entre ambos.

—Lo han traído los moros, ¿os lo podéis creer?

—Agarró una de las piezas y la balanceó.

En aquellas robustas y gigantescas manos lucían demasiado pequeñas, frágiles y nimias—.

Lo inventaron los persas, el imperio del gran Darío, Jerjes y Artajerjes.

Pero los reinados y los imperios caen en cuanto otros más poderosos se alzan.

—Seguía abstraído en su historia y el fulgor nacarado que desprendía la figura—.

Esos seguidores de Allah golpean con fuerza.

Y aquí estamos ahora, jugando a este juego del que se apoderaron los moros.

—Un bufido sarcástico—. Puede que sea una de las cosas buenas que han traído consigo. Una de las pocas.

El azul de su mirada se había enturbiado.

—Lo lamento —dije con un hilo de voz.

Al oírme, alzó la cabeza; todavía sostenía la pieza de ajedrez. La expresión de su cara, otrora contraída, se suavizó.

—¿El qué?

—Lo que acontece en vuestros reinos, mi señor. Don Ramiro Fernández de Castro nos contó las intenciones del sultán de Granada y la posible llegada de esos benimerines.

—Entre el retorno de mi hermana y el inicio de mi viaje hacia Francia, me consta que los benimerines ya han pisado nuestras costas.

El sultán de Granada les ha cedido Tarifa y Algeciras para su desembarco y allí se han afincado.

Han montado un buen campamento y guardado viandas, armas y hombres. Responden ante un tal Abu Yusuf.

—¿Marcharéis a la batalla en cuanto regresemos a Castilla, señor mío? —musité, estrangulada por la preocupación.

Don Pedro de Lara chasqueó la lengua y negó. Luego examinó por última vez la pieza de ajedrez y la abandonó en el tablero junto a sus compañeras.

—Eso dependerá de las órdenes de mi señor y de cuán bien esté ejerciendo sus funciones en la frontera mi querido tío Nuño González de Lara, adelantado mayor.

Puede que yo no entendiera demasiado bien la política de un reino, puede que se me escaparan las intrigas cortesanas, las conjuras urdidas en silencio y los favores pagados en tierras, oro y cargos.

A las mujeres no se nos instruye en eso.

Sin embargo, tenemos un olfato afilado, somos precoces en la adivinación, en predecir las consecuencias nefastas de actos estúpidos, normalmente perpetrados por hombres.

Y el avance de los benimerines olía a inmundicia, a la sal de las lágrimas, al óxido de la sangre, al dulzor de las infecciones. La guerra es la consecuencia nefasta de un acto estúpido. Y los que empuñan el acero son todo hombres.

—Ahora mismo, el rey Alfonso va de camino al Imperio, tiene asuntos que resolver allá. En su ausencia, el poder y la toma de decisiones recae sobre el heredero al trono, el infante don Fernando de la Cerda.

—¿Creéis que os requerirá?

—Es posible que ya haya convocado a todos los infantes, caballeros y ricohombres para que se presenten con sus mesnadas. Aunque si fuera así, habría venido un emisario y ya estaríamos rumbo a Valdívar para agrupar a los hombres de armas.

—Vuestra hermana me confesó que no sentíais devoción alguna por la guerra.