La duquesa bastarda 6. Quien será mi esposo #3
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6. Quien será mi esposo #3

—Yo no esperaría mucho más del duque por hoy, mi señora —vaticinó la criada con total sinceridad—.

Hasta su servicio parece agotado después de semejante viaje.

Lo hemos mantenido despierto a duras penas mientras daba buena cuenta de la comida.

¡A los hombres se les caían los párpados en las mesas de las cocinas!

Sin embargo, don Pedro de Lara aún tenía una sorpresa más que darnos a los Leblond.

Seguíamos sentadas en la hierba, compartiendo rumores cortesanos mientras el sol descendía y pincelaba el cielo con las tonalidades naranja azafrán y rojo granza.

En cuanto despuntara en el horizonte, habríamos de abandonar aquel remanso de paz para regresar a nuestros aposentos a acicalarnos para la cena.

Las criadas comenzaron a recoger y nosotras nos alisamos las faldas de los pellotes, preparadas para retornar al castillo.

Fue entonces cuando apareció el duque de Valdívar.

Detrás de él venían nuestro intérprete y un hombrecillo de calvicie incipiente y mejillas regordetas.

Debía de ser uno de los castellanos de su cohorte de criados; sin embargo, sus vestiduras opulentas indicaban que era más que un simple ayuda de cámara.

Cargaba con la caja pequeña que habíamos visto desde la alta ventana del piso superior.

Don Pedro de Lara se detuvo frente a nosotras e hizo una perfecta genuflexión.

Alcé el rostro y me encontré con la solidez de su cuerpo robusto y resplandeciente.

La luz dorada del atardecer le pintaba la aureola de los santos en torno a la cabeza y los hombros, y le salpicaba los hilos de oro de su lujoso atuendo.

Sonrió y noté la respiración desvanecerse de mis pulmones, dejármelos huecos.

El duque de Valdívar tenía unos ojos pequeños que se perdían en un rostro de facciones endurecidas y angulosas, pero al ser de un azul profundo brillaban como si fueran zafiros.

La nariz recta se torcía un poco al llegar a la punta, achatándose, y la barba recortada, aceitada y frondosa no ocultaba la boca ancha y los labios gruesos ni tampoco la alargada cicatriz que le sesgaba parte de la mejilla izquierda y descendía hasta sajar la comisura.

A cualquier otro hombre le habría afeado esa marca, a él no.

A él le daba cierto aire de orgullo, el de quienes salen victoriosos de una peligrosa contienda.

—Buenas tardes, mis señoras, que Dios os guarde. —Su modesto francés le hacía hablar igual que un niño pequeño con lengua de trapo.

Mi primer pensamiento fue que aquello lo hacía terriblemente hermoso. No apuesto. No atractivo. Hermoso.

Muchos no se habrían atrevido ni a saludar en un idioma extranjero, pues eso siempre supone cierto grado de vulnerabilidad. Él lo hizo sin pudor alguno, y eso provocó unas ligeras risitas entre mis hermanas y el séquito de doncellas que nos acompañaba.

Doña Anne las acalló con una gélida mirada y solo Aurore y Léonie se permitieron proseguir con esas sonrisas que pronto perdieron el matiz de burla. Incluso así, don Pedro de Lara no se amedrentó.

—Buenas tardes, señor mío —respondí poniéndome en pie y postrándome ante él. Tuve que templar los nervios para hablar con soltura y no parecer una niña azorada ante un gallardo caballero.

—Lamento profundamente la tardanza —dijo esta vez en castellano y el intérprete empezó a traducir.

—Nada hay que lamentar y mucho que celebrar —dijo doña Anne, que se había posicionado a mi vera y había colocado una mano sobre mi antebrazo—. Damos gracias a Dios por haberos guardado durante el viaje y haberos traído hasta aquí sano y salvo, mi señor.

Don Pedro de Lara volvió a sonreír y los zafiros que tenía por ojos se empequeñecieron aún más. El brillo de su mirada me eclipsó y no pude evitar decir:

—Espero que os haya merecido la pena.

Se abstuvo de examinarme con lascivia e indiscreción, algo que otros hombres no habrían hecho. Me miraba únicamente a los ojos y sonreía. Una sonrisa blanca y genuina le ensanchó la cicatriz que le rompía los gruesos labios.

—No sabéis cuantísimo, mi señora.

Con un delicado gesto, hizo que el hombrecillo de detrás se adelantara. Mis hermanas me rodearon al divisar el cofre, deseosas de averiguar qué se escondía en su interior.

—Os traigo un humilde presente como muestra de mi amor y devoción, que serán infinitos.

El hombrecillo abrió la arqueta y todas nos acercamos.

Don Pedro de Lara trajo consigo un regalo que deslució los de mis otros pretendientes.

No se trataba de bellas gemas ni de ricas telas procedentes de Oriente, tampoco de alhajas rutilantes y perfumes de origen muslime.

Todo aquello era banal en comparación con su ofrenda: la exquisita talla de una Virgen, hecha de madera, el material más noble de todos.

La Virgen presentaba un rostro alargado y sereno, y protegía con un manto azul a su hijo, el niño Jesús, quien, sentado en su regazo, bendecía con la mano derecha. Las coronas eran de pan de oro, a juego con el trono en el que reposaban.

Un sonido de sorpresa emergió de nuestras gargantas. La expresión de doña Anne de Albret fue de pura satisfacción.

—Para que os guíe, mi señora, en esta época de tribulaciones, pues aunque intentemos sobrevivir a ella sin molestar al Altísimo, a veces lo necesitamos de nuestro lado. A Él y a su santísima madre —dijo don Pedro.

Yo, que había estado a punto de tomar los hábitos y entregarme a la vida seglar, ahora recibía aquel regalo de bodas. Era la señal inequívoca de que Dios estaba de mi parte. De que me había guiado hasta los brazos de don Pedro de Lara. Mi futuro marido.

—Vuestra preocupación por mí da buena cuenta de la pureza de vuestra alma, señor mío —respondí, conteniendo la emoción y las lágrimas.

—Al corazón de las buenas mujeres se llega más con la palabra de Dios que con joyas.

—Os aseguro que es más poderosa mi fe que mi vanidad. Podéis estar tranquilo, que esto es lo más hermoso que he recibido de manos de un varón. Y lo seguirá siendo hasta que mi esposo me dé lo que anhela toda mujer, una descendencia a la que amar y cuidar.

—No sabéis cuantísimo me place escucharos, mi señora Mathilde.

«Bendita sea doña Mencía de Lara —pensé—. Y bendito el día en que llegó a Nailloux calada hasta los huesos por culpa de la lluvia».