La duquesa bastarda 6. Quien será mi esposo #2
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6. Quien será mi esposo #2

La insistencia de padre para que me conociera antes y los múltiples pretendientes que habían pasado por Nailloux podían llevarle a pensar cualquier cosa.

Al fin y al cabo, yo no era más que una bastarda que ya había cumplido los diecinueve años.

Ante aquello, don Pedro de Lara podía preguntarse por qué si no una joven iba a tardar tanto en contraer nupcias.

La única razón era que los ilustres caballeros me hubieran rechazado una y otra vez al descubrir que había algo terrible en mí.

Don Pedro de Lara no era ese tipo de hombre. Ni la duda ni la sospecha rondaron por su mente.

—Lo dudo, mi señor. —El duque de Valdívar esbozó una radiante sonrisa—. Mi hermana es de fiar. Además, he oído hablar de vuestra hija a más de una lengua, y ninguna ha osado pronunciar una leve falta sobre ella.

—Aun así, no me gustaría que firmaseis los papeles y luego os arrepintierais al verla.

—Mi señor, ¿quién se iba a arrepentir de matrimoniar con una mujer de la que prometen que es todo dulzura y candidez?

No me importa la dote como no me importa su condición de bastarda, menos va a hacerlo que sea rubia o morena, alta o baja.

He venido a pediros a Mathilde con independencia de su belleza.

—Eso os honra.

Padre podía haber insistido un poco más y aludido a que quería que yo diera mi consentimiento; sin embargo, eso sería otorgarme un poder del que se suponía que carecía.

Las mujeres no elegimos a nuestro esposo.

Aceptamos a nuestro esposo. Además, sabía que yo no habría objetado.

Don Pedro de Lara era el hombre soñado. E incluso si hubiera resultado nada agraciado a la vista, hubiera dado el «sí» por ser esa la voluntad de padre.

Jamás me habría opuesto a su dictamen, me habían inculcado la obediencia a fuego.

Finalmente, padre mandó llamar al notario y un buen rato después, alrededor de la mesa ya había cuatro hombres sentados, tres de ellos cálamo en mano y listos para rubricar. El otro traducía.

En el contrato matrimonial constó que don Antoine Leblond, conde de Nailloux, me entregaba a mi marido con una dote considerable, que servía para sostener las cargas de nuestra unión.

Por su parte, don Pedro de Lara ofreció de arras un pequeño castillo y las tierras de sus inmediaciones, pertenecientes a un señorío heredado tras el fallecimiento de su progenitor.

Esto garantizaba su cumplimiento como buen esposo, pues de fallar en ello yo podría abandonarle y quedarme para siempre con el dominio y las rentas de ese castillo, que figuraría entonces como mi patrimonio.

—Yo, don Pedro de Lara, duque de Valdívar, me comprometo a que mientras viva tendré a Mathilde Leblond como un hombre ha de tener a la mujer que ha tomado legalmente.

No la abandonaré bajo ningún pretexto, excepto si contrae la lepra.

No la molestaré o la calumniaré, y tampoco habré de castigarla con mis manos, ni aunque ella decida dejarme.

Con su firma en el manuscrito, el primer paso que nos llevaría al altar quedó dado.

Durante las horas en que don Pedro de Lara y padre se encerraron en el salón del lar, pululé por las diferentes estancias presa de la agonía y el ansia que me carcomían por dentro.

Me sentía uno de esos exóticos animales que esas tediosas embajadas traen enjaulados desde el lejano Oriente y regalan a reyes y príncipes junto con magníficas cajitas de marfil.

Daba vueltas sobre mí misma, a zancadas, y espiraba con violencia e impaciencia.

Y al igual que esas pobres bestias indómitas, me revolvía.

Doña Anne y mis hermanas trataron de serenarme, pero no se puede tranquilizar a quien ve su futuro pendiendo de un frágil hilo. Mi vida estaba a merced de esas negociaciones.

—¿Y si no llegan a un acuerdo?

—Llegarán a un acuerdo —repetía doña Anne, provista de una paciencia infinita.

—¿Y si no le agrado?

—Estaría ciego —respondía Aurore—. Y ser ciego es una cosa, pero ser un ciego necio es otra muy distinta. Y esto último es una vergüenza absoluta.

—¿Y si doña Mencía nos ha mentido y no es un buen hombre?

¿Y si no es como esperamos? ¿Y si es cruel y pendenciero?

¿Y si nos hemos equivocado al darle tan siquiera una oportunidad?

¿Y si el indicado era uno de esos caballeros que hemos rechazado?

—Hablaba atropelladamente y me restregaba las manos sudorosas en las faldas del pellote, dejando manchas de humedad en la seda.

Doña Anne exhaló un hondo suspiro.

—Mathilde, incluso el más honrado, bueno y amoroso de los hombres miente en alguna ocasión, pues ante todo es un hombre y está en su naturaleza. Y del mismo modo es cruel y pendenciero. Lo único que tenéis que hacer es intentar no enardecer su ira y no ser el blanco de ella cuando eso ocurra.

—Si vierais a mi marido enfurecido… —graznó mi hermana—. Por mucho que no represente peligro alguno, prefiero encerrarme en mis estancias o irme a pasear por los jardines hasta que desaparece su malhumor. A veces, puede durarle días y días.

—¿Y qué haces entonces? —se interesó Léonie, que almacenaba información y experiencia para cuando le tocara prometerse—. No puedes estar días y días paseando tú sola por los jardines.

—¡¿Qué voy a hacer?! Ignorarlo y seguir con mis ocupaciones como duquesa de Arvieu.

Una sonrisa afilada se esparció en el rostro de doña Anne de Albret, visiblemente orgullosa de su hija.

—Vuestro padre y don Pedro de Lara pactarán, estoy segura de ello. —Recogió mi mano perlada de sudor y la frotó entre las suyas—. No dejéis que el miedo os invada. Hemos hecho un buen trabajo y os hemos escogido al mejor hombre que hay entre este reino y los vecinos.

Hastiada del deambular entre los salones, la enérgica Léonie propuso continuar en los jardines.

La luz de la media tarde era brillante, soplaba un ligero viento que mecía la arboleda y no traía frescor alguno.

Aun así, era de lo más placentero caminar por los senderos empedrados, rodeados de una hierba verde que aún se negaba a achicharrarse y amarillear, pese al calor veraniego.

La floresta aportaba sombra y la fuente de piedra blanca que borboteaba agua aligeraba el ambiente.

La única que no sentía los beneficios del paseo era Aurore, que se abanicaba con ambas manos y resoplaba a cada paso. Cuando el escote redondo la ahogaba, se tironeaba de él, liberándose del yugo del pellote, la saya y la camisa.

—Parir en verano será mucho peor que en invierno.

—Parir es en sí mismo un acto de gran sacrificio —terció doña Anne.

—No soporto este calor —se quejó—, el embarazo lo acrecienta. Quedas avisada. —Me señaló—. Procura no tener que pasar un verano encinta o querrás arrancarte la piel a tiras.

La paz que imperaba allí fuera duró poco.

Una de nuestras leales criadas nos contó que don Pedro de Lara no había querido esperar al usual banquete que celebrábamos por las noches para conocer al pretendiente, y tampoco había mostrado interés en conversar conmigo.

No había negociado apenas con padre ni intercambiado palabra alguna con doña Anne de Albret.

Por no aceptar, no había aceptado siquiera echarme un ojo a través de alguna ventana del piso superior para al menos cerciorarse de que no era una tullida.

Eso le había dicho en susurros el copero que los había atendido en el gran salón. Por primera vez, doña Anne se alegró de que la servidumbre fuera tan cotilla.

—Un marido que no quiere ni ver a su esposa… —me lamenté—. ¿No es ese un mal presagio?

—¿Un mal presagio de qué? —exclamó Aurore—. ¿De que es un hombre decidido? ¡Oh, por Dios bendito!

Su madre le chistó para que no usara el nombre de Dios en vano y ella se sonrojó. El humor de Aurore se había tornado volátil desde que quedara embarazada, pero todavía seguía siendo una mujer temerosa del Altísimo.

Incapaz de continuar caminando de un lado para otro, mi hermana rogó que hiciéramos una pausa.

Mientras nosotras nos sentábamos en la verde y abundante hierba, acomodándonos bajo un frondoso árbol, ella esperó a una silla de cadera.

Si nos imitaba y se tiraba al suelo, ya no podría levantarse nunca más.

A los pocos minutos, un par de criados llegó con bebidas frescas y ricas viandas.

Allí permanecimos, refugiadas del sol, alimentándonos de queso y frutos rojos que nos tiznaban los dedos y labios de bermellón.

—No se trata de presagios. Así funcionan los matrimonios.

¿O acaso pensáis que yo había visto a vuestro padre antes de casar con él?

—Doña Anne de Albret se llevó un jugoso arándano a la boca—.

Por supuesto que no. Mi querido padre cerró las capitulaciones, y no fue hasta que pisé la capilla en la que habíamos de unirnos cuando le vi por primera vez.

«Ahí está vuestro marido», me dijo. Y eso fue todo.

—Pero yo sí conocí a mi marido… —le recordó Aurore.

Doña Anne chasqueó la lengua.

—Excepciones, hija mía. —Se giró hacia mí—. Don Pedro de Lara habrá sido criado a la vieja usanza. Y si no conoció a su difunta mujer antes de contraer esponsales con ella ¿por qué iba a conoceros a vos, Mathilde?

—¿Por qué no querría saber un hombre con quién ha de compartir el lecho durante el resto de su vida? —dije.

—No siempre se comparte el lecho.

—Pero sí todos y cada uno de los días hasta que Dios nos reclame. Eso es más que compartir el lecho.

Doña Anne asintió.

—Eso es cierto —farfulló.

La joven criada nos informó de que, cuando el duque de Valdívar por fin salió del salón en el que había hablado con padre, se dirigió a sus aposentos privados para descansar y asearse. Nadie sabía si cenaría allí a solas o con nosotros en el salón principal.