6. Quien será mi esposo
Quien será mi esposo
Las eficientes órdenes de doña Anne de Albret y la urgencia con la que trabajaban en el castillo permitieron que para principios de junio ya tuviéramos un vestido de novia muy avanzado y el ajuar casi completado.
Como si se tratara de mi propia madre, doña Anne había cuidado hasta el último detalle.
«Nada os faltará mientras yo esté viva», había dicho. Y estaba decidida a cumplir su promesa.
Había conseguido juntar dentro de los arcones un ajuar de lo más espléndido, digno de una duquesa y no de la hija bastarda de un conde.
Joyas de todo tipo —de piedras preciosas, perlas, oro y plata repujada—, suntuosos objetos que decorarían mi nuevo hogar —ricos candiles, magníficos pebeteros, perfumes florales, una cubertería de plata y un juego de peines—, además de exquisitas telas que debían servirme para confeccionar en Castilla un nuevo guardarropa y lo que creyera de necesidad: ropa de cama, mantelería, paños…
Incluso así, todavía quedaban un par de baúles más por rellenar.
Siguiendo las indicaciones de su esposa, padre pidió a nuestro intérprete que hiciera las veces de maestro y empezara a enseñarme castellano.
Así pues, todos los días dedicaba varias horas al estudio, motivada por los inminentes desposorios.
Y es que si padre y doña Anne habían empezado con los preparativos era por una buena razón.
Debían de estar plenamente seguros de que el duque de Valdívar iba a pasar por el altar conmigo del brazo.
O puede que ya hubiesen cerrado un pacto con este a través de sus deudos y sin mi conocimiento, quizá mediante doña Mencía o don Ramiro Fernández de Castro.
Por tanto, me esforcé en aprender castellano.
«Pedro de Lara» eran las palabras que reconocía en aquel nuevo idioma, a las que me aferraba por resultarme familiares, por saberme dulces y empalagosas. La repetía y repetía hasta empacharme, hasta llenarme la barriga de sueños y quedarme dormida cada noche.
Fue a mediados de junio cuando el duque de Valdívar en persona llegó al condado de Nailloux. Y ni todas las confidencias de su hermana doña Mencía de Lara me habrían preparado y prevenido para conocer a quien sería mi esposo.
La primera vez que lo vi acababa de arribar y descabalgaba de su montura en el patio de armas, donde un joven caballerizo esperaba para tomar las riendas del animal y conducirlo al establo.
Pese al calor del ambiente, llevaba una capa de paño de color azul que lo protegía de la polvareda del camino.
A su alrededor se agrupaba un pequeño séquito de criados, que era recibido por nuestra servidumbre.
Yo estaba arriba, encaramada a una de las ventanas que daban directamente a aquella zona del castillo.
Al recibir la noticia de que el duque se hallaba en nuestras tierras, mis hermanas y yo nos habíamos encerrado en una de las estancias superiores para así observar su llegada.
En silencio, arrimadas las unas a las otras, escrutamos cada uno de sus movimientos con el fin de averiguar si doña Mencía de Lara había mentido o, por el contrario, había dicho la verdad sobre el atractivo de su hermano.
Para ello, tuvimos que amusgar la vista.
Durante un breve instante, don Pedro de Lara alzó la cabeza para así contemplar el castillo.
Al hacerlo, la luz del mediodía impactó sobre sus iris, y el cerúleo de estos fue tan intenso que me pregunté si ese no sería el rostro de Narciso y si yo no me ahogaría en las aguas turbulentas por el deseo de besarlo.
Embelesada, me acerqué aún más a la ventana, sin reparar en el peligro de un resbalón que provocara una trágica caída. El ansia por observarlo de cerca me abrumaba, y en la yema de los dedos comencé a notar una leve picazón que se me extendía por la piel del cuerpo.
Doña Mencía de Lara había estado en lo cierto: era apuesto.
—No se parece en nada a mi querido esposo —señaló Aurore, que no podía pegarse demasiado a la ventana debido a la oronda barriga.
—No es hermano de tu esposo —le recordé sin apartar la vista de su figura—. ¿Cómo iba a parecerse?
Ella chasqueó la lengua.
—Siempre pensé que padre nos buscaría a hombres similares.
—Ambos son duques —apuntó Léonie.
—Sabes que no me refiero a eso —le dijo Aurore—. Mi esposo es de porte distinguido, de naturaleza masculina y, al mismo tiempo, delicada; el tuyo, en cambio, es tan robusto que…
—Podría partir nuestras cabezas con las manos, al igual que el señor de Cigales —intervino Léonie—. Cualquiera diría que es su hermano y no el de doña Mencía de Lara.
Dada la complexión delgada y espigada de la señora de Cigales, yo tampoco habría imaginado que don Pedro de Lara ocultara unos anchos hombros y una espalda fornida debajo de esa capa comida por la mugre del viaje.
—Pues es el de doña Mencía y no el de don Ramiro Fernández de Castro.
—¿Te agrada? —quiso saber Aurore.
Sonreí. Y según mi hermana, aquella media sonrisa fue de lo más provocadora.
—Lo cierto es que sí. Aunque supongo que todavía tengo que hablar con él para ratificarlo. Ya sabes lo que dicen, la belleza es perecedera.
—Todos somos bellos a ojos de Dios —dijo Léonie.
—Yo estaría más segura con un hombre de aspecto más fino. —Aurore se encogió de hombros—. La apariencia lo es todo.
—No —comenté, con la nariz todavía pegada a la ventana—. Las riquezas lo son todo. Las apariencias son para aquellos que ya no tienen riqueza y eso es lo único que les queda.
—¡Mira, Mathilde! Parece que este también te trae un regalo —exclamó Léonie, emocionada.
Aquello atrajo de inmediato la atención de Aurore, que había abandonado el puesto de vigilancia para dar un par de vueltas por la alcoba. Su regreso a la ventana nos obligó a apretujarnos todavía más.
—Hacedme un hueco —se quejó—. Estoy embarazada, por el amor de Dios.
En efecto, entre los escasos bultos que viajaban con don Pedro de Lara —no había más que tres baúles de equipaje—, sobresalía un arcón por su pequeño tamaño.
—Con tanto pretendiente ya tendrás una increíble colección de joyas. Tu futura hija estará encantada de que te hayas dejado cortejar por un buen número de ricohombres —dijo Aurore acariciándose el vientre.
—¿Eso que oigo son celos? Porque estoy segura de que tu marido te homenajeará con un bonito presente en cuanto le des el segundo hijo.
Mi hermana soltó una carcajada que se asemejaba a un ladrido. El sarcasmo que lo teñía se debía más a los celos de los que la había acusado que a la incredulidad ante un nuevo regalo.
—Yo no cambiaría a mi bienamado esposo ni por todo el oro del mundo. Ojalá tú puedas decir lo mismo después de un par de años de matrimonio.
A través de la ventana, vimos a don Pedro de Lara ceder el pequeño arcón a uno de sus sirvientes y, a continuación, cruzar el umbral del portalón y entrar en el castillo. Enseguida desapareció de nuestra vista. Sin más, las tres nos retiramos.
Don Pedro de Lara no se tomó la molestia de reposar tras su duro viaje, ni siquiera visitó la que sería su alcoba durante su estancia con nosotros.
Mucho menos se cambió de ropajes o se lavó el rostro, en el que se apreciaban la polvareda del camino y el efecto del sol del verano.
En su lugar, envió a sus sirvientes a que colocaran sus pertenencias, rechazó las viandas que se le ofrecieron y pidió audiencia con padre para tratar cuanto antes los temas referidos al contrato matrimonial.
Padre lo recibió en la sala del lar, donde se reunía con las visitas en torno a una mesa redonda, en la que se sugería que no había títulos, mercedes ni bienes que los separaran, pues quienes allí se sentaban estaban hermanados gracias a la sangre nobiliaria.
El copero escanció vino y un criado llegó con una bandeja de plata repleta de fruta de temporada, queso y pan.
El de Valdívar no probó bocado, solo se humedeció los labios para apaciguar la sequedad de la garganta.
Congeniaron al instante. Quizá porque don Pedro de Lara no estaba dispuesto a negociar ni la dote ni las arras, como otros tantos caballeros que esperaban recibir una buena suma de dinero por mi parte y no entregar a cambio más que unas migajas.
Aceptó de buena gana lo que padre estableció para mí y aportó, generosamente, lo que consideraba una suma beneficiosa que garantizaba el cumplimiento de sus votos como marido.
Así, don Pedro pidió que se llamara a un notario para firmar las capitulaciones matrimoniales.
—¿No queréis conocer a la novia antes? —preguntó padre, extrañado por la actitud decisiva de este.
El intérprete tradujo al castellano sus palabras.
—Lo haré en cuanto firme el contrato y me haya adecentado. No me gustaría tener que presentarme así ante la que será mi fiel esposa, le causaría una mala impresión. —Abrió los brazos y señaló con ambas manos los estragos del viaje.
Pero padre no se refería a eso.
—Esperaremos, pues, a que os conozcáis y entonces haré venir al notario.
—No es necesario, mi señor. Prefiero, si no os es molestia, finalizar de inmediato con estos tediosos trámites que son las capitulaciones.
Mi honorable padre solía decir que primero hemos de darnos a los deberes y más tarde a los placeres.
Y es evidente que conversar con doña Mathilde será el mayor de los placeres.
—Puede que no estéis de acuerdo con las observaciones que haya hecho vuestra querida hermana, doña Mencía de Lara, sobre mi hija —le advirtió padre.
En otro hombre, aquello habría plantado la semilla de la duda.
¿Y si había algún defecto que estuvieran ocultando?
¿Y si se me estaba vendiendo como una buena esposa, leal y servicial, pero, en realidad, solo querían deshacerse de mí por ser una hija díscola?
¿Y si estaba enferma? ¿Y si estaba loca y de ahí la suculenta dote?
¿Y si era un estorbo para mi propia familia?
¿Y si era yerma? O peor, ¿y si había sido mancillada y estaba encinta?
¿Y si querían hacer pasar a un bastardo por su hijo?