5. Esperanzas renovadas #2
En cuanto las puertas del castillo se cerraron y ya no hubo más caballeros a los que atender y acoger, doña Anne de Albret llamó a Antoine Leblond a sus aposentos privados.
Cuando el conde de Nailloux llegó, se encontró a su esposa rodeada por un ejército de criadas y un mar de exquisitas telas.
Sedas de intensos colores yacían dispersas por toda la estancia, creando un caleidoscopio de dorados, blancos, rojos bermejos, morados, verdes, amarillos y azules.
Sobre el lecho, un puñado de suaves pieles de conejo, carnero, ardilla y marta cibelina…
No faltaba el tafetán ni el cendal, una tela de gran delicadeza, de origen oriental. Tampoco los hilos de oro y plata.
—Deberíamos ir preparando el ajuar —le dijo doña Anne a padre a finales del mes de mayo.
—No nos precipitemos, que aún hemos de conocer al duque de Valdívar y decidir si es de nuestro agrado —le advirtió.
—Es este —comentó despreocupada, eligiendo la seda dorada frente a las otras—. Este es el esposo de Mathilde.
Era evidente que doña Anne ya estaba inmersa en algo más que la preparación del ajuar: quería confeccionarme un vestido nupcial a la altura de la ocasión.
—¿Cómo lo sabéis?
—Las mujeres lo sabemos todo —bufó.
—Y, a menudo, no sabéis nada.
Doña Anne captó la ironía. Con un gesto despachó a la criada, que le tendía otra seda que combinar con la dorada, y se giró para observar a padre.
—Es duque, ¿no? Es a lo que aspiramos.
—Y también a la felicidad, o al menos al respeto —replicó padre—. Eso dijisteis.
—Don Pedro de Lara la hará feliz. Lo presiento.
—Ahora sois adivina. —De nuevo esa ironía que no era más que jocosidad disfrazada de superioridad. Lo detestaba.
Doña Anne de Albret apretó los dientes hasta que le rechinaron.
—Soy madre, que es más importante —siseó.
—Pero no la suya… —Fue una amonestación, no un lamento, y a doña Anne le pareció el colmo de la hipocresía que la culparan por no haber dado a luz a una hija que no había crecido en sus entrañas—. ¿Ya no os preocupáis por su dicha?
Aquella acusación velada fue demasiado para ella. Observó a su derredor el silencio sepulcral de las criadas, el brillo cegador de los tejidos, y supo que no era lugar para una riña. Con un par de inhalaciones, recuperó la serenidad.
—Sois vos el que no os preocupáis por ella.
¿No la veis? Mathilde lleva meses languideciendo aquí, tocando las melodías más tristes con el arpa, enjugándose las lágrimas cada vez que una doncella narra la historia de Orfeo y Eurídice.
Había perdido el interés en todo caballero y estaba a dos días de irse al convento más cercano y encerrarse en una oscura celda.
Ese era su devenir y eso la atormentaba.
La propuesta de la señora de Cigales le ha hecho recobrar el ánimo, la ha traído de vuelta al mundo de los vivos.
Mathilde necesita un marido y don Pedro de Lara promete ser un buen marido.
—¿Por qué? ¿Por ser duque?
—Porque ella ya está enamorada de él incluso sin haberlo visto. Las palabras sinceras que le ha dedicado su hermana han bastado para convencerla.
Padre exhaló un suspiro de exasperación y se pasó la mano por el rostro, despeinándose la barba y las espesas cejas, que le dieron la apariencia de un hombre furibundo al que ya no le queda ni una gota de paciencia.
Como buena esposa, doña Anne sabía leer sus expresiones. Así pues, se acercó a él y, con una voz de la suavidad del terciopelo, le dijo:
—Don Pedro de Lara proviene de una de las familias más ilustres de la nobleza castellana, es consejero directo del rey don Alfonso, su tío es Nuño González de Lara, adelantado mayor de la frontera de Andalucía, y su hermana doña Mencía de Lara está casada con un Castro, otra de las grandes familias castellanas.
Es más, la tía de don Ramiro Fernández de Castro, el señor de Cigales, es Leonor Ruiz de Castro, la tercera esposa del difunto infante Felipe, el hermano del rey Alfonso.
Doña Anne chasqueó la lengua y le acarició la encorvada espalda. Padre se había rendido ante sus argumentos y se había sentado en la cama, arrugando las pieles que allí reposaban. Estaba abatido.
—¿No se sentirá sola tan lejos de nuestro hogar? De Francia…
—Llevará consigo a un buen cortejo de damas y sirvientas que le recuerden cuál es su origen, así estará siempre acompañada.
Yo me ocuparé de ello. Además, en Castilla la recibirá doña Blanca de Francia, hermana de nuestro rey y esposa del infante Fernando de la Cerda.
Confraternizará con ella y se darán apoyo mutuo.
—No lo sé, Anne…
—Esto es lo más cerca que estaremos de emparentar con la realeza, esposo mío, y bien lo sabéis. Así que nosotras prepararemos los esponsales y el ajuar y vos contrataréis a un prefecto para que Mathilde aprenda castellano.
—Aún queda para que se case.
—Me niego en redondo a esperar más tiempo. Casaremos a Mathilde este mismo verano.
—La decisión es mía —le recordó padre—. Además, el de Valdívar todavía debe ofrecer unas arras y firmar el contrato matrimonial.
—Las arras serán más que decentes, doña Mencía de Lara me lo ha confirmado.
Las sirvientas seguían allí, fingiendo que recogían los retazos de telas, las perlas y los hilos de plata y oro. Doña Anne de Albret las echó con una simple mirada y los aposentos quedaron privados de mujeres chismosas que no hacían más que poner el oído para, luego, darle a la lengua.
—No quiero que Mathilde llegue a la corte de don Alfonso y no sepa comunicarse con el resto de las damas y caballeros —insistió ella—. Creerán que es muda o, peor aún, tonta. Así pues, hacedle ese favor a vuestra hija.
—No sé si estoy preparado para dejarla ir, Anne —dijo en tono lastimero.
—Ay, mi querido esposo. —Tomó asiento a su lado y le dio un casto beso en la frente—. Nos repondremos, al igual que todos los padres cuyo nido queda vacío. En el nuestro aún hay un pequeño polluelo. Aún tenemos a Léonie.
—A la que querréis casar el año que viene en cuanto cumpla los diecisiete.
—No podemos ser egoístas. Y vos no podéis retenerlas aquí más tiempo, eso es impropio de un buen padre.
—¿Y qué haremos después?
—Dios proveerá, Antoine Leblond, como siempre ha hecho. Dejadlo en sus manos.
Doña Anne le dio otro beso en la sien y se levantó, dispuesta a retornar a las actividades nupciales. Tras echar un vistazo a la estancia abarrotada de telas, colocó los brazos en jarras y lanzó un hondo suspiro.
—Ahora hemos de encargarnos de Mathilde y don Pedro de Lara. En cuanto contraigan matrimonio, mandaremos a Aurore de regreso a Arvieu, eso o traeremos a su esposo para que vuelvan juntos al ducado con el pequeño Denis y el recién nacido. A esas alturas, ya habrá parido aquí.
Padre elevó el rostro sombrío y pronunció su nombre. La conversación todavía no había finalizado, a don Antoine Leblond le quedaban cosas por decir.
—Anne… No tenemos heredero.
Ella frunció el ceño.
—Tenemos a nuestras hijas.
—No tenemos heredero. El linaje Leblond no puede acabar conmigo.
—Nuestros nietos serán Leblond. El pequeño Denis es un Leblond. —Esbozó una de esas sonrisas tirantes que eran tan comunes en ella.
—No. Los hijos de Aurore serán Durand y los de Mathilde, Lara.
La triste realidad no hundió los hombros de la condesa de Nailloux, pocas cosas podían hacerlo. Alzó la barbilla en un gesto de soberbia y, con los ojos humedecidos, contestó:
—Lo he intentado. —La voz le rilaba.
—No era un reproche.
—¿Qué queréis que haga?
Padre se puso en pie y, con cierta inquina y el semblante contraído, le susurró al oído:
—Hablad con Dios y que provea.