La duquesa bastarda 5. Esperanzas renovadas
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5. Esperanzas renovadas

Esperanzas renovadas

En los dos días restantes, aproveché para tratar con doña Mencía de Lara siempre que tuve ocasión.

Durante la labor, me sentaba lo más próxima a ella, la atención dividida entre la aguja y nuestra conversación.

En el amplio salón donde solíamos reposar y escuchar historias de amores legendarios, la invitaba a jugar conmigo al ajedrez, al alquerque o a las damas.

Las reglas eran las mismas en Francia que en Castilla, así que no teníamos que hacer esfuerzo alguno en entendernos.

Ganar o perder no importaba, simplemente movíamos las piezas, sonrientes y despreocupadas, más interesadas en fraguar un vínculo entre nosotras por si el acuerdo matrimonial llegaba a buen término y nos convertíamos en familia.

En otras circunstancias, jamás habría osado someterla a tal persecución, y de hacerlo, doña Anne me habría increpado.

Por fortuna, doña Mencía parecía disfrutar de mi compañía, por lo que permitía de buen grado que la atosigara a preguntas sobre su querido hermano don Pedro de Lara, un nombre que ya me sonaba dulce.

—¿Es apuesto? —le pregunté durante una de nuestras partidas de ajedrez.

—A las damas de la corte se lo parece, y tantas mujeres no pueden estar equivocadas.

Ella me guiñó un ojo, mientras el intérprete traducía nuestras confidencias.

Su esposo, el señor de Cigales, no era precisamente un hombre de gran atractivo, la rudeza lo había tallado como el cincel a la piedra y, a veces, su actitud lo hacía lucir hosco.

Pese a ello, doña Mencía lo miraba con expresión de cariño.

Aquello me hacía dudar de si debía o no fiarme de su opinión sobre la belleza masculina.

Doña Mencía había sido muy sincera al hablar de su hermano, alabando sus virtudes y criticando sus defectos.

Era poco probable que confundiera el atractivo con la fealdad.

—¿De qué color son sus ojos?

—Claros.

—¿Claros? —La sorpresa debió de reflejarse en mi rostro, pues ella rio divertida.

—Claros como el cielo. Es de herencia materna.

Hasta entonces yo lo había imaginado similar a la mujer que tenía delante. De complexión delgada y piel morena, con un cabello abundante y oscuro, barba espesa e iris azabaches. Pensaba en el Gorlois de Igraine —al que siempre había visualizado así—, y eso me daba cierta seguridad.

Al mirar hacia el tablero reparé en que la partida hacía rato que había acabado en tablas.

Doña Mencía tampoco se había percatado. Al señalárselo, ambas nos echamos a reír.

Decidimos recuperar las piezas y recolocarlas para así retomar el juego.

Afuera seguía lloviendo y no había mucho más que hacer para matar el tiempo.

Aún era temprano para sentarnos a comer.

—¿Creéis que debería leer sus libros favoritos? Puede que padre tenga algún ejemplar de Platón, aunque la filosofía me resulta incomprensible.

—Todavía no conozco a una sola mujer que encuentre placer en ella.

De todas formas, nadie espera que compartáis todos sus gustos, Mathilde; de hecho, eso no suele suceder entre los esposos.

Nosotras tenemos nuestros intereses y ellos, los suyos.

¿O acaso habéis visto alguna vez a un hombre dedicado a la costura y al hilado?

Su respuesta me decepcionó. Por algún motivo esperaba que me animase a introducirme en las aficiones de su hermano. La caza no iba a poder practicarla, mas ¿por qué no la filosofía? ¿Por qué no el debate? Estaba segura de que aquello nos allanaría el camino del matrimonio.

—Aun así, disfruto de la lectura casi tanto como de bordar y tocar el arpa, así que podría intentarlo —insistí—. Doña Anne dice que soy una mujer lógica, quizá él pueda ayudarme a entender mejor la filosofía.

Doña Mencía hizo el primer movimiento, deslizando la pieza de ajedrez sobre el tablero.

—Seguro que os leerá algún libro en voz alta. —Sonrió con dulzura—. Ya sea de filosofía o no. Pedídselo. Con doña Beatriz le encantaba hacerlo.

Miré a nuestro traductor, sentado entre ambas, y anoté mentalmente que debía empezar a aprender el idioma. De lo contrario no podría entender a mi marido, dependería de un intérprete durante años y la barrera del lenguaje nos sería difícil de sortear.

—Ese es un gesto muy tierno.

—Sí que lo es. Aunque no esperéis que os confeccione una tiara de rosas en señal de amor, tampoco es tan afectuoso.

—¿Abandonará tan fácilmente la viudedad para entregarse al matrimonio?

—Lo hará y, además, os amará —dijo doña Mencía con absoluta convicción.

No es que el amor me perturbara, pero todas decían que si había algo peor que un matrimonio sin amor, era un matrimonio en el que solo una de las partes estaba enamorada.

Y yo, que había oído esas descripciones tan locuaces sobre don Pedro de Lara, empezaba a imaginar que era posible un futuro en el que cupiera algo más que el cumplimiento del deber marital y el respeto entre los cónyuges.

Lo que no quería, en ninguna circunstancia, era ser la desdichada parte que no es correspondida.

—En cuanto os vea, caerá rendido a vuestros pies. —Me acarició la mejilla con delicadeza y la pellizcó, sacándole un sonrojo mayor—. Sois tan dulce y cándida. ¿Qué hombre no se enamoraría de vos?

Pensé en todos los pretendientes que habían pasado por el castillo.

¿Cuántos de ellos se habrían prendado de mí en realidad?

¿Cuántos de ellos me habrían jurado amor eterno de haberles concedido un poco más de tiempo?

¿Cuántos habrían sido fieles y devotos esposos si nos hubiéramos fijado en algo más que las rentas, la degradación de su linaje o los bastardos acumulados?

El sabor de la bilis se me instaló en la garganta.

—La cuestión es… —comentó con un secretismo que invitaba a acodarse sobre la mesa— si vos os enamoraréis de él.

—Creía que en el matrimonio no se pedía amor, solo lealtad y obediencia —observé.

—Así es, aunque por ahí dicen que no hace mucho las mujeres no éramos servidoras de nuestros maridos, sino compañeras. Supongo que aquellos eran buenos tiempos.

—Si lo que os preocupa es la felicidad de vuestro hermano, señora mía, sabed que lo cuidaré, serviré y amaré con todo mi ser, si él me lo permite y Dios así lo dispone.

Ella asintió satisfecha.

—Eso está muy bien, porque el matrimonio sin amor se hace terriblemente largo, Mathilde. —Y repitió—: Terriblemente largo.

En tres días, doña Mencía de Lara transformó mi desasosiego en renovadas esperanzas, tras cambiarme los negros hábitos de monja —que ya me veía portando— por un vestido de novia decorado con perlas y oropel.

Puso el destino de su hermano y de Valdívar en mis manos y, luego, marchó a Perpiñán, desde donde regresaría a Castilla.

Su esposo, en cambio, proseguía hacia la corte de Felipe III, pues aún debía lograr que este le concediera el paso por sus tierras al rey don Alfonso.

«Volveremos a vernos, mi querida Mathilde.

Pronto, muy pronto», me había dicho doña Mencía antes de partir, ya subida en el carruaje.

«En Castilla, cuando mi hermano os traiga a vivir al ducado de Valdívar.

Ya veréis qué feliz seréis allí. Ya veréis qué felices seremos todos».

Aquella sonrisa resplandeciente me incitaba a confiar en las dichas del matrimonio.

No obstante, en cuanto sus figuras desaparecieron en el horizonte, la ausencia de la señora de Cigales se hizo patente.

Con ella lejos, toda información sobre don Pedro de Lara se desvanecía de mi memoria, el duque dejaba de ser la promesa de un futuro marido para convertirse tan solo en un nombre extranjero y un posible pretendiente.

—Vendrá —me dijo Aurore varias veces, encantada de que hubiera recobrado la ilusión por el amor—. Don Pedro de Lara vendrá a por ti. Doña Mencía lo convencerá de ello.

Según mi hermana, solo tenía que mantener intacto el sueño de la buena esposa, aferrarme a él hasta que don Pedro de Lara pisara territorio francés y pusiera una alianza en mi dedo.

En las semanas siguientes, como si supieran que había un caballero rondándome la mente y enquistándoseme en el corazón, otros dos nobles de nuestro reino visitaron Nailloux.

Eran hombres de vastas tierras, buenas rentas, un linaje impecable y una edad acorde a la mía, lo que significaba que no me sobrepasaban más que en unos cinco o siete años.

Eran apuestos e instruidos, segundogénitos que habían ofrecido a padre buenas arras.

Conmigo y con doña Anne de Albret se mostraron de lo más atentos, agasajándonos con algunas joyas bajo la tonta idea de que así se inclinaría la balanza a su favor.

Obediente, cumplí con mis obligaciones y les correspondí en todo: conversaciones ingeniosas, interés por sus gustos, paseos por los jardines, partidas de ajedrez y veladas en torno a una mesa repleta de deliciosos manjares. Hasta toqué el arpa para ellos.

Ninguno llegó a conquistarme. Quizá lo habrían hecho en otro momento, cuando yo aspiraba solo a un matrimonio bien avenido en el que la atracción no tenía cabida y el miedo a la soltería me perseguía por los rincones.

Por desgracia, doña Mencía se les había adelantado y había plantado en mí el afecto por don Pedro de Lara, en quien pensaba a diario.

El cortejo me resultó halagador a la par que ridículo, así que los rechacé con el beneplácito de padre y doña Anne, quien ni siquiera los había barajado como pretendientes de verdad, algo insólito.

Ella, tan poco partidaria de traspasar las fronteras del reino de Francia en cuanto a matrimonios, defendía con fervor la unión con el duque castellano y esgrimía por primera vez el argumento de padre de la «sangre nueva dentro de la familia».