La duquesa bastarda 4. Secretos entre damas #2
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4. Secretos entre damas #2

—¿Venís a hablar a favor de vuestro hermano, mi querida amiga?

A la de Cigales no le pasó desapercibido el nuevo y afectuoso apelativo que le había sido concedido.

—¿Quién mejor que yo? Seré más sincera de lo que sería cualquier otra persona. ¿Tenéis hermanos?

—Cuatro. Dos varones y dos hembras. Soy, por desgracia, la mayor de ellas —comentó con resignación.

—Entonces sabréis de sobra que las relaciones fraternales a menudo son complicadas.

Amamos a nuestros hermanos con todo nuestro corazón, pero hay momentos en los que querríamos haberlos empujado al fondo de un pozo cuando la nodriza no miraba o haberlos ahogado con un almohadón mientras dormían plácidamente.

Al oírla, Léonie nos observó con un miedo paralizante en los ojos. Quise abrazarla, mas al no poder moverme, le di un par de palmaditas en el dorso de la mano, que todavía sujetaba una pieza del juego. Aurore negó con la cabeza, pensando que sería suficiente para tranquilizarla.

—Mi hermano necesita una esposa, aunque es tan obtuso que jamás lo reconocerá —dijo doña Mencía sin tapujos—. El fallecimiento de su amada Beatriz aún lo perturba, pero, seamos honestas, un hombre no ha de guardar luto más de lo debido. Valdívar aún no tiene heredero.

—Entiendo que vuestro hermano quiere uno —aseveró doña Anne—, y ahí es donde entra nuestra Mathilde.

Aquella mención me dio la oportunidad de elevar el rostro y dedicarles una inocente sonrisa, una que sugiriera que no estaba al tanto de lo que trataban, pero que había oído mi nombre.

Si habíamos creído que no habían notado nuestro interés en su conversación, nos equivocábamos.

Las damas sabían que estábamos atentas a cada uno de sus susurros, que tampoco se esforzaban por camuflar.

No fue hasta que simulé continuar con el juego que retomaron el asunto.

—Tanto si lo quiere como si no, es su obligación para con nuestro linaje. Debe casarse y procrear; de no ser así, Valdívar pasará a manos de nuestro tío, el adelantado mayor de la frontera de Andalucía, Nuño González de Lara, y sería una lástima.

—¿Habéis hablado con él?

—Desde que me casé, resido en Cigales, así que mis visitas no son frecuentes.

Pese a ello, le he escrito en varias ocasiones notificándole mi preocupación, no solo por las tierras sino también por su felicidad.

—Se llevó la mano al pecho en un sentido gesto de aflicción—.

Me consta que no soy la única que ha tratado de convencerle para que contraiga nupcias otra vez; mi madre le insiste todo lo que puede e incluso el rey don Alfonso se lo ha sugerido en varias ocasiones.

Aprovecho para abordar el tema siempre que coincidimos en la corte, pero para él… es como quien oye llover.

Conmovida, doña Anne chasqueó la lengua.

—Perder a un ser querido deja una herida difícil de curar, no quiero imaginarme la viudedad… Aún debe estar sanando.

—Como diría mi madre, hay un tiempo para llorar y orar y otro para cumplir. Beatriz nos dejó hace más de un año. —Exhaló un hondo suspiro cargado de frustración—. Y él no la olvida.

—Eso es porque la amó —sentenció doña Anne—. ¿Creéis que podrá volver a amar?

Las brillantes pupilas de la castellana me examinaron pulgada a pulgada. Desde el cabello trigueño que caía sobre mis hombros y la guirnalda de plata que me cruzaba la frente hasta los chapines que calzaba. Satisfecha con su escrutinio, doña Mencía cabeceó en señal de gracia y dijo:

—Me atrevería a decir que sí, mi señora. Desde luego, es hora de que se reponga y deje atrás esos recuerdos.

—Contadme entonces sus virtudes, pero, sobre todo, contadme sus faltas. Las mujeres no hemos de engañarnos en una cuestión así, un mal esposo puede costarnos muy caro.

Al igual que todos los nobles de ilustre apellido, don Pedro de Lara era hombre instruido.

Desde bien pequeño había recibido lecciones de latín y griego clásico —idiomas que dominaba a la perfección—, además de filosofía, historia, retórica, lógica y ciencias como astronomía, aritmética y geometría.

Y aunque era ducho en el manejo de la espada, las lizas nunca habían sido su debilidad, como lo son en tantos otros que desean continuamente degustar el sabor de la sangre y el pánico en el campo de batalla.

Le gustaban la caza y la lectura. Las hagiografías sobre la vida de los santos no eran sus libros favoritos, las historias caballerescas se le antojaban amenas y divertidas, las tragedias griegas le interesaban y los escritos de Platón eran su predilección, El simposio , La República …

El único que podía competir contra Platón era Julio César y sus obras sobre la conquista de la Galia, De bello gallico , y la guerra civil, De bello civili .

La política le ocupaba mucho tiempo, esfuerzo y energías, y, sin embargo, dedicaba a ella su alma, y, desde que era viudo, su herido corazón. Ahí encontraba una pizca de consuelo, y cuando este le era esquivo, se lanzaba a cabalgar al aire libre.

Honrado, comedido, servicial, leal a los suyos, sagaz e intelectual.

Apuesto, gallardo y de buen temple. Demasiado orgulloso y tozudo como una mula, lo describió su hermana.

Amante del debate, detestaba que le replicaran, pero era considerado, reflexivo y tolerante y se rendía ante los buenos argumentos.

No era amigo de excesos y tampoco de la violencia y, de acuerdo con su profunda religiosidad, cumplía con las limosnas.

El rey don Alfonso lo tomaba por buen consejero y él solo consultaba sus dudas y tribulaciones con Dios, de quien esperaba respuestas que ayudaran a su señor.

Sobre cuán amoroso era, doña Mencía no tenía más evidencias que la nostalgia que sentía por su fallecida esposa, Beatriz de Aguilar, y la devoción y ternura con la que trataba a su envejecida madre.

—Si eso no es amor, que baje Dios Todopoderoso y lo vea —concluyó doña Mencía.

El relato de fortalezas y defectos nos había cautivado, y no solo a nosotras —que éramos damas jóvenes e impresionables—, también a doña Anne de Albret, que habría de admitir que el duque de Valdívar era un buen partido. Y, sobre todo, era duque.

—Hablaré con mi esposo y con… —La palabra «hija» se le atoró en la garganta y hubo de carraspear—. Y con nuestra bienamada Mathilde.

—Este matrimonio será una formidable alianza.

—No cantemos victoria todavía. Hemos de conocer a vuestro hermano y es sabido que estos procesos tan delicados se tuercen con excesiva facilidad. Aun así, deberíamos brindar.

Doña Anne pidió a una de las criadas que trajera copas y escanciara un buen vino. Unos minutos después, la condesa de Nailloux y la señora de Cigales brindaban más por su ingenio que por la nueva amistad que podía tornarse familia.

—Si no sale adelante, no será por nuestra causa, creedme. —Doña Mencía dio un nuevo sorbo, paladeando el vino—. Tendréis que ser vosotros los que declinéis las nupcias. En cuanto mi hermano la vea, quedará encandilado. Mathilde y vos compartís esa belleza que subyuga a los hombres.

Aquel grato cumplido no fue recibido como ella imaginó.

—No es mía. —La sequedad con la que habló doña Anne creó un silencio sepulcral en el enorme salón y la expresión de la señora de Cigales se transformó en una mueca de horror.

Como si no creyera el error cometido, observó la faz de doña Anne de Albret y, posteriormente, la mía. Lo hizo varias veces, sin preocuparse por ocultar el pasmo, que poco a poco iba apoderándose de su rostro al completo. Del pasmo pasó a la vacilación, y de la vacilación a la vergüenza.

Mi cabellera era del color del trigo, la de doña Anne de un rubio brillante.

Mis ojos eran melosos, los suyos de un verde manzana que provocaba apetencia inmediata.

Mi cara era cuasi redonda, similar a un corazón, la suya un óvalo perfecto que recordaba a los diamantes mejor trabajados.

Puede que yo tuviera el cuello largo de un cisne, pero ella tenía unos pómulos envidiables, una frente despejada y una piel tersa que se negaba a envejecer por muchos años que transcurrieran.

Doña Anne y yo no compartíamos ningún parecido. Aquel que hallara alguno, o padecía de la vista, o era presa de brujería.

—Disculpad, mi señora. —El azoramiento le había dejado parches rojizos en el redondeado escote y un rubor incipiente le había teñido las mejillas—. Disculpad mi torpeza. Al final, tenía razón mi hermano cuando me decía de pequeña que hablaba demasiado. —Rio con falsedad.

—Estáis disculpada, querida amiga. En todo caso, la niña no es mía. —Doña Anne continuó con esa gelidez propia de su carácter.

Nunca había renegado de mí, pero tampoco aceptaba que confundieran nuestro parentesco. Mi bastardía le resultaba denigrante, pese a que, cuando yo nací, padre aún no había matrimoniado con ella.

Doña Mencía de Lara se deshizo en una incómoda risita que pretendía aligerar el tenso ambiente. Para entonces, tanto mis hermanas como yo habíamos dejado de lado el alquerque y asistíamos hipnotizadas a la escena que se desarrollaba ante nuestros ojos.

—Quién lo diría por su aspecto… —Una enorme sonrisa por parte de doña Mencía.

—Será que la cercanía y el cariño han ido asemejándonos y convirtiéndonos en familia. Es bastarda y su condición es de dominio público. —Doña Anne esperó un par de segundos a que el golpe surtiera efecto; luego preguntó con un tono provocador—: ¿Le será un problema a vuestro hermano?

Ahí estaba ella, con el ceño fruncido, exigiendo que la de Cigales revelara hasta dónde llegaban sus intenciones.

—No. —Las comisuras le temblaban—. No lo será.

—¿Tenéis hijos?

—Cinco, mi señora —respondió.

Doña Anne de Albret se levantó, reclamando su superioridad, y con un golpe seco posó la copa sobre la superficie más cercana.

—Entonces entenderéis, querida amiga, que no quiero juegos con mi progenie.

—Lo entiendo —dijo la castellana, que se alzó también y la miró a los ojos.

No fue hasta entonces cuando reparamos en que, ante aquel duelo de dos grandes señoras, todas nosotras —damas, doncellas y criadas— habíamos contenido el aliento.

Aurore me había agarrado de la mano en algún momento, en un intento de insuflarme fuerza o quizá paciencia, y la presión que ejercía era tal que me hacía trizas los dedos.

Peor que estos estaba mi estómago, que a causa de los nervios se había enroscado dentro de mí hasta ocasionarme dolor de barriga.

—Bien. Ahora hay hombres a los que convencer.

Con aquello, doña Anne de Albret finalizó la conversación.

La condesa de Nailloux y la señora de Cigales quedaron en que hablarían con su marido y hermano, respectivamente, y que, si las negociaciones continuaban, don Pedro de Lara, duque de Valdívar, habría de personarse en nuestras tierras con la mayor brevedad posible.

Había un contrato matrimonial que redactar y firmar.