La duquesa bastarda 4. Secretos entre damas
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4. Secretos entre damas

Secretos entre damas

Cinco días permanecieron con nosotros los señores de Cigales, a la espera de que la feroz tormenta diera un respiro y les dejara continuar su camino hacia la corte de nuestro monarca, Felipe III.

Acostumbradas a tantos caballeros pretendientes, ya casi se nos había olvidado lo que era recibir la visita de una mujer de alta alcurnia, una con la que compartir actividades propias de damas.

Doña Mencía de Lara era una nota melodiosa para nuestros oídos y un bocado dulce y apetitoso para nuestras almas, hambrientas de compañía femenina, por extranjera que fuera.

Con ella acudimos a misa, rezamos en fervoroso silencio en nuestra capilla privada y dimos limosna a los desfavorecidos.

Como el penoso clima nos impedía pasear por los jardines, refugiarnos bajo las sombras de los árboles a picotear dulces y oír el arrullo de los pájaros, tuvimos que trasladar los pasatiempos al interior del castillo.

O bien nos arrimábamos a la chimenea a bordar con esmero mientras una doncella leía en latín algunos versos de Virgilio —el único idioma que nos era común—, o bien reposábamos y atendíamos al recitar de los versículos de la Biblia.

A veces, solo a veces, dejábamos la religiosidad a un lado y una de nosotras narraba con voz melodiosa grandes gestas de amor, historias que no hacían más que desinflarme el pecho de desilusión y arrancarles suspiros a las doncellas más jóvenes de nuestro séquito.

La favorita, sin lugar a dudas, era la de Tristán e Isolda.

Pero la de Píramo y Tisbe le iba a la zaga. Seguidos de Orfeo y Eurídice.

Salvamos la comunicación gracias al intérprete, y cuando este estaba ocupado traduciendo entre padre y el señor de Cigales, utilizábamos el lenguaje universal de los gestos.

Señalábamos una y otra cosa, asentíamos, sonreíamos, decíamos palabras en nuestro idioma y la otra lo repetía, y así descubrimos que algunas se parecían mucho.

Por ejemplo, la prenda interior que para ellos era la «camisa», para nosotros era « chemise ».

A esa prenda de abrigo que llamábamos « garnache », ellos le decían «garnacha».

Paulatinamente tejimos un entendimiento más profundo.

Pero poco se asemejaron los dos primeros días a los tres últimos.

El tercer día, doña Mencía de Lara rompió la distancia que separa al hospitalario anfitrión del agradecido huésped haciéndonos partícipe de un delicado secreto.

Era viernes. La hora del ángelus había pasado y, siendo intransitable el sendero que llevaba a la iglesia de la villa, habíamos asistido nuevamente a la capilla del castillo.

Después de rezar y comulgar, nos habíamos desperdigado en uno de los amplios salones.

Desperdigar, de hecho, era la palabra exacta, pues en vez de agruparnos para realizar en conjunto una misma actividad, como era habitual, habíamos optado por dividirnos y reclamar aquella enorme estancia.

Así, doña Mencía de Lara y doña Anne de Albret se habían sentado la una frente a la otra en las cómodas sillas de cadera. Cabizbajas y cerca de la pálida luz que traspasaba los ventanales, bordaban unos hermosos y finos paños con sus iniciales.

Se las veía tan diferentes. Doña Anne, con ese sutil velo de impla, de un tejido tan vaporoso que parecía etéreo y adornado en los bordes por oropel, permitiendo vislumbrar la cofia de red de debajo.

Doña Mencía, con esa toca orellada de seda e hilos de oro y plata que, claramente, era de origen islámico.

Mis hermanas y yo nos habíamos instalado a tan solo unos pies de ellas, alrededor de la mesa, sobre la que descansaba un tablero de alquerque.

Aquel era uno de los pocos juegos a los que se nos permitía jugar, junto con el ajedrez y las tablas, pues los dados nos estaban prohibidos.

Algunos decían que era un ocio demasiado varonil para que lo practicaran las jóvenes de buena cuna, otros que esos juegos eran azarosos y, por tanto, peligrosos.

No hay que tentar a la suerte, el destino solo puede estar en manos del Altísimo.

Y lo cierto era que aquel divertimento estaba muy reñido con el alcohol, y de ahí al pecado de las apuestas solo hay un paso, un paso diminuto.

Y aunque nosotras éramos moderadas en el beber y el comer, sí que los juegos nos habían llevado a la disputa más de una vez de pequeñas, lo que constataba su riesgo.

Aurore nunca había soportado la derrota y a Léonie le costaba la estrategia que requerían el ajedrez y el alquerque, así que si la primera perdía, nos acusaba de tramposas, y si la segunda fallaba en un movimiento, lloraba sin parar.

Por fortuna, aquello había quedado muy atrás y en esos momentos simplemente buscábamos el entretenimiento y las risas.

Así mismo, las doncellas de compañía se habían repartido a nuestro derredor. La que no bordaba, cosía; la que no cosía, remendaba, y la que no remendaba, cuchicheaba con otra.

—¿Puedo seros franca, mi señora? —dijo el intérprete traduciendo a la señora de Cigales.

Aquellas palabras destilaban tal nivel de secretismo que levantamos la mirada del alquerque y nos hicimos un sutil gesto de advertencia. Aurore lucía entusiasmada ante lo que prometía ser un suculento rumor.

A sabiendas de que doña Anne nos reprendería si se percataba de que estábamos pendientes de su conversación, decidimos disimular.

Fingimos que seguíamos absortas en la partida, moviendo las piezas redondas de aquí para allá.

Primero Léonie, luego yo. Mientras, Aurore nos contemplaba acariciándose el abultado vientre. Las tres con los oídos aguzados.

Doña Anne de Albret asintió, pero no acompañó el gesto con una afable sonrisa, y la castellana, queriendo granjearse su confianza, extendió la mano hasta rozar sus alargados dedos. La labor de bordado cesó.

—Ruego que me perdonéis, pues, en realidad, no son motivos políticos los que a mí me han traído hasta aquí.

—¿Ah, no? —Doña Anne no parecía sorprendida. De hecho, nadie habría dicho que le importara lo más mínimo aquella mentira que la de Cigales acababa de confesar con cierto pudor.

—No. El problema de los benimerines es real, no os quepa duda, y si bien es cierto que nuestro señor don Alfonso no lo considera de extrema peligrosidad, sí que a los demás nos resulta un tanto inquietante, sobre todo porque él se encuentra en Perpiñán y no en Castilla.

Por Dios y por la Virgen, confiamos en que las huestes rechacen el avance de los moros una vez más, pero, como habéis podido observar, mi marido está algo nervioso y es muy rudo a la hora de tratar el tema.

Os pido disculpas por su fervor de la otra noche.

—Nosotros no podemos aseguraros el apoyo de Francia, señora mía. Espero que seáis consciente de ello.

—Por supuesto. —Le sonrió—. Pero no hemos venido hasta aquí para eso. Ya os dijo mi marido que, en realidad, actuábamos de intermediarios de don Alfonso, quien requiere del beneplácito de vuestro señor para proseguir con su camino hacia el Imperio.

—¿Y vos? Habéis comentado que no era la política lo que os ha traído hasta aquí.

—En efecto. Han llegado noticias de que una de vuestras hijas está buscando esposo.

Mis hermanas me dirigieron un fugaz vistazo, y antes de que pudiera enderezar la espalda para hacerme notar, Aurore ya me había propinado una patada en la espinilla. Contuve el grito de dolor.

—¿Vuestro hijo? —adivinó doña Anne.

—No, por Dios. —Se persignó—. Mi hermano. Mi hermano mayor. El duque don Pedro de Lara.

Doña Anne escurrió los dedos del agarre de doña Mencía y buscó la aguja que había quedado clavada en el lienzo para así retomar el bordado.

En absoluto silencio, terminó de dibujar con el hilo la primera «A», correspondiente a su nombre.

Hizo un sencillo nudo por la parte de detrás, tan disimulado que apenas se notaba, y cortó las hebras con un cuchillo.

—¿Habéis arrastrado a vuestro esposo hasta aquí con mentiras o…?

Fue una sorpresa que doña Mencía no se indignara ante esas sugerencias ofensivas.

—Mi marido bien sabía el motivo por el que veníamos a Nailloux, señora mía —contestó con absoluta serenidad la de Cigales.

—Debe de tener en alta estima a vuestro hermano.

—Así es. Pero se trata de un favor que habré de pagarle como mujer y esposa.

Doña Anne emitió un sonido de disgusto.

—Un viaje demasiado largo y en muy malas condiciones, mi señora, si me permitís decirlo, y más siendo vuestro destino final la corte de nuestro señor Felipe. —Miró por la ventana, la lluvia caía plomiza allí fuera, embarrándolo todo—. Podíais haber mandado recado o quizá haber esperado al verano.

—El verano es tórrido en Castilla, señora mía, y no me gusta posponer lo que ha de hacerse. Además, cuando oí la noticia fue como si Dios, nuestro Señor, me empujase a venir. ¿Lo entendéis?

Doña Anne cabeceó. Lo entendía y no precisamente por la fidedigna traducción del intérprete.

—¿Y vuestro hermano?

—En su ducado, Valdívar. En Castilla.

—Ocupado con otros menesteres, deduzco.

—Ignorante de que yo me hallo aquí, más bien.

Doña Anne alzó una ceja, sorprendida ante el comentario.

—Ya sabéis cómo son los hombres, mi señora —dijo doña Mencía de Lara, sin evitar reír—. Son diestros en infinidad de aspectos, todos ellos inútiles, a mi parecer, a excepción de la guerra. No reconocerían que necesitan ayuda ni aunque les fuera la vida en ello, mucho menos si proviene de una mujer.

Entonces sí, una sutil sonrisa se perfiló en los finísimos labios de doña Anne de Albret.

—Es mejor que las mujeres nos encarguemos del destino de aquellos a quienes amamos, ¿no creéis? —insistió la castellana, que ya había terminado por ganarse su simpatía y confianza.

Doña Anne dejó la aguja enterrada en el níveo paño y, con una señal de la mano, pidió a una de las sirvientas que retirara la labor. Para asuntos de tamaña importancia era mejor no tener nada punzante entre los dedos, así que se recolocó en la silla y preguntó: