3. La señora de Cigales #2
El matrimonio jamás había sido un enlace entre dos personas, sino entre dos familias, un entronque beneficioso para sendos linajes.
No existía la búsqueda del amor, más bien la supervivencia de la estirpe y los favores políticos y sociales.
Por tanto, mi voluntad no habría de jugar un papel determinante en la elección de mi futuro esposo, como no lo harían mis aspiraciones.
No merecía la pena alimentar falsas esperanzas y confiar en esos finales felices solo a disposición de damas y caballeros legendarios.
Yo sería la mano y el anillo, las lágrimas y el paño que las recogen, las sábanas y la sangre del virgo.
Yo sería lo que había sido toda mujer hasta ese momento, lo que había sido doña Anne de Albret, y la madre de doña Anne, y la madre de la madre de doña Anne: una esposa servicial más que cumple con su deber, con independencia de quién y cómo es su marido.
—Vuestro padre y yo aún no hemos caído en la desesperanza —me advirtió doña Anne, de vuelta a la costura—. No habrá un vizconde.
Aurore tomó asiento en el poyo de fría piedra de la ventana y con la mirada clavada en los páramos húmedos, murmuró:
—Qué pronto has perdido ese afán romántico que tanto me placía, hermana. Ahora Léonie es el último reducto de la ilusión y el amor cortés.
—He decidido que lo del amor os lo dejo a ti y a tu esposo, el duque de Arvieu —le respondí con una sonrisa bondadosa—. Yo optaré por la practicidad, un matrimonio bien avenido, si Dios lo quiere, y así Léonie no tendrá que esperar a los diecinueve para casar.
Doña Anne percibió el remordimiento en mis palabras; sin embargo, no dijo nada y continuó con las puntadas de aquel hilo de rojo granza hasta que una joven sirvienta se asomó por el resquicio de la puerta entreabierta para interrumpir la quietud de nuestras labores y el clima de confidencias.
Con las comisuras tamborileando de emoción, la muchacha nos anunció que había llegado una visita inesperada.
—Mi señor reclama vuestra presencia en el salón de lar —informó a doña Anne tras la correspondiente genuflexión—. Acaban de llegar unos señores oriundos de Castilla.
Los señores de Cigales llegaron en un momento poco propicio.
La inclemente llovizna hizo que arribaran al castillo completamente empapados, con las vestiduras pesadas y los rostros macilentos por el cansancio y el frío, que los había calado hasta los huesos.
Puede que principios de mayo fuera una época benigna en Castilla y buena parte de Aragón, pero en Nailloux, que se encontraba bastante más al norte, al otro lado de los Pirineos, el clima se resistía a dar paso a las templadas temperaturas primaverales.
Como habría sido un insulto para su dignidad presentarlos en aquellas condiciones, se les concedió un día de reposo para que entraran en calor, dieran buena cuenta de la comida y durmieran en un buen lecho. Así al matrimonio como a la servidumbre que los acompañaba.
Las atenciones prodigadas fueron un bálsamo.
Al día siguiente amanecieron con una mejoría considerable, ya no había surcos violáceos bajo sus ojos ni gotas de lluvia que perlaran sus pellizas y cabelleras; el ánimo parecía restablecido en ellos, pese a que el temporal no amainaba.
Fue entonces cuando padre y doña Anne nos permitieron conocerlos personalmente.
Era una noche tormentosa, la lluvia golpeaba con fuerza y una ventisca atroz se colaba por entre las ventanas, meciendo las llamas del fuego del salón y emitiendo un silbido fantasmagórico.
Por si el ambiente fuera poco siniestro, el titilar de los candiles creaba sombras sobre las paredes de fría piedra decoradas con tapices, haciendo que los rostros tejidos en ellos se oscurecieran.
Solo la luz mortecina arrancaba destellos a las joyas que lucíamos y a la vajilla dorada.
Presidiendo la mesa estaba don Antoine Leblond.
A su diestra se encontraba doña Anne de Albret, seguida por nosotras, doña Aurore, duquesa de Arvieu, la dama Léonie y yo.
El pequeño Denis Durand, hijo de Aurore, hacía rato que dormía en sus aposentos privados, salvaguardado por la nodriza que no lo abandonaba ni un solo segundo.
Así hizo las presentaciones padre, siguiendo el protocolo.
A la izquierda de la mesa, el señor y la señora de Cigales, vestidos con ricos atuendos.
Doña Mencía de Lara era de belleza extranjera.
Frente a la tez lechosa predominante en el reino de Francia, su piel era más morena, con un brillo singular que recordaba a las aceitunas prensadas y la untuosidad que manaba de ellas.
Pero esto solo lo advertías si estabas lo suficientemente cerca, pues trataba de encubrir dicha tonalidad con uno de esos célebres emplastos que prometían blanquear el rostro, cuyo resultado final era una máscara nacarada que parecía agrietarse con cada sonrisa.
De silueta espigada y pómulos prominentes, doña Mencía era casi esquelética, los huesos se le marcaban a través de los ropajes.
Su cara quedaba enmarcada por una toca blanca y rectangular que cubría por completo cabello y cuello, lo que acentuaba aún más esta apariencia.
Las cejas finamente depiladas insinuaban que la melena escondida era de un castaño oscuro.
Por el contrario, su esposo, don Ramiro Fernández de Castro, era robusto y bajito, lo que lo asemejaba al tocón de un árbol.
La diferencia de altura era tan notable que no pudimos evitar pensar que sería un déspota por culpa de ese don del que Dios lo había privado.
Sin embargo, y en compensación por su particular estatura, lo que sí le había concedido era un rictus belicoso, unos brazos poderosos y unas manos grandes y velludas que podían cascar nueces.
Nuestro ya habitual intérprete, situado en un extremo de la mesa, traducía del castellano al francés y del francés al castellano.
—Lamentamos profundamente haber irrumpido en vuestro hogar de esta manera, señor mío, sin aviso previo o presente con el que pagar vuestra infinita generosidad al acogernos. —Era la tercera vez que el de Cigales se disculpaba.
—Es un auténtico honor recibiros, mi señor —dijo padre por tercera vez también—. Sois bienvenidos aquí una y mil veces, no tenéis nada que lamentar. Por Nailloux ha pasado últimamente algún que otro noble de vuestro reino y todos ellos se han granjeado nuestra más sincera amistad.
Aquello no era del todo verdad. Los rechazos siempre sientan mal a los hombres, más si estos son caballeros de alta alcurnia, así que los que habían regresado a sus tierras sin mí y mi dote nos tenían en poca estima.
—Prometemos recompensaros. Si viajáis a la Corona de Castilla, sabed que en Cigales tenéis vuestro hogar.
Los hombres levantaron la copa en honor a dicha promesa. Nosotras los imitamos en silencio con una leve sonrisa.
De aperitivo hubo fruta de temporada, fresas y cerezas, a las que los hombres le hicieron ascos.
El primer servicio consistió en estofado de caza, que tuvo mejor acogida.
Mas no fue hasta la llegada del segundo, carne asada al espetón acompañada por verduras de la huerta, cuando padre y don Ramiro Fernández de Castro se alejaron de la diplomacia que les exigía ser cortés el uno con el otro.
—¿A qué se debe vuestro viaje, señor mío?
El de Cigales se limpió las manazas en el estrecho mantel dispuesto para eso.
—A un encargo político. Nos dirigimos a la corte de vuestro señor, el rey don Felipe.
—¿Y vuestro monarca os envía a vos y a vuestra esposa?
—En realidad, solo a mí. Pero intentad dejar atrás a mi mujer y comprobareis que es una hazaña imposible de realizar. —Rio—. Si pudiera, se cosería a mis zapatos para ser mi sombra.
—Eso sí que es auténtica devoción, ¿verdad, esposa mía? —Padre le asestó un pequeño codazo a doña Anne, cuyo cuerpo entero se balanceó.
Esbozando una tirante sonrisa, ella respondió:
—Lo es. Normalmente los maridos nos abandonan en casa para así ir tranquilos a sus correrías personales, sus asuntos políticos y sus expediciones militares.
—A eso último prefiero no acudir —comentó doña Mencía de Lara.
—Y yo no dejaría que acudierais —atajó su esposo—. ¿Y vos, señor mío?
Padre negó.
—En absoluto. Me agrada que mi mujer esté donde debe estar. —Con una sonrisa, le dio un par de palmaditas en la mano a doña Anne, felicitándola por su excelente comportamiento—. Esperándome en el hogar, a buen recaudo, y guardando a mis hijas.
Don Ramiro Fernández de Castro dio un pequeño golpe en la mesa en señal de aprobación.
—¡Eso es! A este viaje le permito que me acompañe por no entrañar más peligro que el de cualquier corte. Siempre es bueno tener a la esposa al lado, ¿sabéis? Pero si hemos de luchar contra esos perros de los benimerines…, tened por seguro que la ataría a la cama si quisiera seguirme.
Por el ruido que hizo doña Mencía, yo habría dicho que estaba conteniendo un gruñido sarcástico. A ojos de los demás, o al menos de los hombres, pasó por un leve atragantamiento que se superó con un ligero carraspeo y un sorbo de vino.
—No lo haría, esposo —dijo la señora de Cigales, todavía con la copa cerca de los labios.
—Es mujer sensata. —Entonces don Ramiro clavó la mirada en nosotras, que atendíamos en silencio a aquellas absurdas divagaciones, y con el dedo índice apuntándonos exclamó—: ¡No vayáis al campo de batalla! ¡Las damas no han de presenciar tamaños horrores!
Asombradas, mis hermanas y yo nos miramos, asentimos y continuamos picoteando, deseosas de que llegara el postre y la velada tocara su fin.
—¿A qué campo de batalla voy a ir estando embarazada? —nos susurró Aurore mientras padre y el de Cigales continuaban departiendo—. Necio castellano…
Léonie y yo reímos sutilmente, y hasta doña Anne elevó una de sus comisuras.
Justo entonces llegó el postre, una bandeja repleta de pan blanco, queso y dulces elaborados con miel y almendras.
—Así que benimerines… —se interesó padre, que, goloso, se sirvió una buena ración de dulces.
—Moros —aclaró don Ramiro Fernández de Castro—. Hace unos años tuvimos revueltas en algunos reinos, alimentadas por el sultán nazarí de Granada, con quien a veces hay paz y otras guerra.
—¿El sultán ha pactado con el rey Alfonso?
—En innumerables ocasiones. De hecho, el sultán Muhammad I era su vasallo y, como tal, pagaba una buena cantidad de maravedíes en concepto de parias.
Ahora lo hace su hijo, Muhammad II. Pero pactar con un moro es como pactar con una bestia: no se atiene a lo firmado y de nada sirve.
Cada vez que encuentra la oportunidad, se alza y pone en riesgo la frontera.
Demasiada magnanimidad. No la merece —bufó don Ramiro con desprecio.
—¿Y los benimerines?
—Del otro lado del estrecho, mi señor. Mantienen correspondencia con el sultán de Granada desde hace ya tiempo. Se ve que este les ha pedido ayuda.
—¿Y vos venís a buscarla a nuestro reino? —Fue más una deducción de padre que una pregunta—. Aragón, desde luego, está mucho más cerca que Francia y dudo que su rey, Jaime I, se niegue a prestárosla.
Don Ramiro Fernández de Castro hizo un gesto al copero y pidió más vino. Todavía no había tocado los pastelitos que se había apartado.
—No creemos que vaya a ser necesaria ninguna ayuda, señor mío. Dios está con nosotros en esta lucha justa y confiamos en nuestras huestes y en el heredero de Castilla, don Fernando de la Cerda, quien las encabezaría en caso de conflicto.
—¿Y Aragón?
—A nuestro lado, evidentemente.
—La guerra es un tema delicado, señor mío —reflexionó padre y se mesó la barba, intranquilo.
—Lo es, al igual que la familia, la política y el reino —le concedió el señor de Cigales.
—Los moros llevan consigo la semilla del mal. Incluso si no pudierais detenerlos y se asentaran en Granada, junto a Muhammad II, ¿sabéis lo que ocurriría?
—Que harían fuerza y nos invadirían.
Padre negó con rotundidad.
—Que ellos mismos se destruirían en su intento de hacerse con el poder, al igual que pasó con los almorávides.
—La caída de unos es el ascenso de otros. —Don Ramiro Fernández de Castro rio.
—Una guerra civil en Granada es lo mejor que puede sucederos.
Dejad que esos moros del otro lado del estrecho lleguen a vuestras costas, que se afinquen en el reino nazarí y que se enfrenten y maten entre ellos, y entonces recuperad los territorios que siempre fueron vuestros. Retornadlo todo a la cristiandad.
Al oír aquello, el señor de Cigales se inclinó hacia delante. Su semblante se oscureció, acrecentando la ferocidad de sus rasgos, y su voz se volvió aún más cavernosa.
—¿Es esa vuestra recomendación, mi señor Leblond, o la del rey de Francia?
El aire que se respiraba en el salón era asfixiante, y poco tenía que ver el fuego que caldeaba la estancia.
En un acto reflejo, movidas por el temor y las palabras ladinas del noble castellano, mis hermanas y yo nos tomamos de la mano por debajo de la mesa.
Pese a que la mantelería nos cubría, doña Mencía de Lara percibió nuestro miedo y el reproche en el gesto de doña Anne de Albret, que desaprobaba la actitud de don Ramiro Fernández de Castro.
Para calmar a su marido, posó la mano sobre su ancho brazo y ejerció una ligera presión.
—Esposo mío… —pronunció doña Mencía con sutileza, tratando de mostrarse dócil.
Padre no se había amedrentado. Aun con las manos pegajosas por la miel de los pastelitos, se enderezó en su asiento y dijo:
—Esa es mi recomendación, por supuesto. No puedo hablar por nuestro señor Felipe.
No obstante, como bien sabéis, es el hermano de Blanca de Francia, futura reina de Castilla, y el primo de doña Blanca de Artois, regente de Navarra.
Le interesará en demasía lo que suceda por allí, ya que a la familia se la protege con el acero de la espada.
Don Ramiro Fernández de Castro asintió.
—En realidad, estos son asuntos menores —dijo el castellano con una renovada expresión de serenidad—.
El rey Alfonso está muy tranquilo en lo que respecta a los benimerines, solo me envía para agilizar un par de trámites.
Necesita el permiso de Felipe III para atravesar sus tierras y continuar hacia el Imperio, donde pretende entrevistarse con el papa Gregorio X.
Padre sonrió.
—Desde luego, eso es mucho más fácil de conceder que unas huestes que auxilien a Castilla.