3. La señora de Cigales
La señora de Cigales
Pese a que el frío había ido menguando, el mes de mayo se presentó con mañanas y noches aún gélidas.
Frente al cielo encapotado y el manto de tristeza aposentado sobre el condado de Nailloux, los exiguos rayos de sol aportaban un ápice de luminosidad.
Diluviaba. Diluviaba hasta ahogar los campos y convertir los cultivos en lodazales deprimentes, y las mujeres, encerradas en una de las alcobas superiores del castillo, observábamos el paraje aguado a través de la ventana mientras nos torturábamos los dedos en la labor del bordado.
—Tened paciencia —dijo doña Anne, con el ruido sordo del aguacero impactando sobre sus delicadas palabras—.
Los asuntos de gran complejidad requieren de tiempo y esfuerzo.
Esto sirve tanto para el noble arte de la aguja e hilo como para la política matrimonial.
—Le echó un breve vistazo a Léonie, quien se había pinchado la yema del dedo y en esos momentos succionaba el ridículo hilillo de sangre.
Miré el hermoso dibujo floral que había punteado en el lienzo níveo que descansaba sobre mi regazo y contuve el bufido que me ascendía por la garganta.
El noble arte de la aguja e hilo y la política matrimonial…
Por desgracia, mi destreza era mayor para lo primero que para lo segundo.
Habían transcurrido cinco meses desde que emprendiéramos la búsqueda de un esposo y mi situación era igual de descorazonadora que hacía tres años: padre seguía desestimando pretendientes sin reparar en que cada hombre rechazado era un día más en el que yo me marchitaba.
Recordé las plegarias rezadas al Altísimo en aquel reclinatorio que me desollaba las rodillas y pinzaba la espalda, y sin levantar la cabeza de la labor, murmuré:
—Aceptaré lo que sea que Dios predisponga para mí.
—Ya sabéis lo que dicen: nosotros proponemos, mas es Dios el que dispone —respondió doña Anne—. Estoy segura de que lo que tiene preparado para vos es de gran valor.
Un gruñido interrumpió la esperanzadora conversación.
A mi diestra, Aurore había tratado de levantarse, pero, pesada como estaba en el séptimo mes de embarazo, se había dejado caer en la silla de cadera, frustrada.
No habría de permanecer mucho más en Nailloux; la criatura que abrigaba en sus entrañas debía nacer en Arvieu, el ducado de su esposo, donde este se encontraba desde hacía semanas.
Don Hugues Durand había sido muy generoso al mostrarse tan solícito con padre, aconsejándole sobre este y otro caballero que venían a parlamentar sobre contratos matrimoniales.
Sin embargo, al dilatarse tanto la gestión, el duque aludió a sus deberes para retornar a sus tierras, tratando así de ocultar la realidad: estaba agotado de esperar a que apareciera un buen marido para mí.
Era egoísta retener a mi hermana con nosotras bajo la excusa de ayudarme a preparar el ajuar de unas nupcias que no parecían estar cerca de celebrarse. Debíamos enviarla de regreso a su hogar, con su esposo, al lugar al que pertenecía, para así evitarle viajar tan próxima al parto.
—He de moverme o temo que me quedaré incrustada aquí para siempre y jamás podré volver a levantarme —dijo Aurore tras otro gruñido y un golpe sobre los brazos de la silla—. Ayúdame, Mathilde.
Dejé el bordado sobre el asiento y acudí a socorrerla.
—No sabes cuantísimo te lo agradezco.
La obsequié con una sonrisa y regresé a las ocupaciones de costura. Mientras continuábamos enterrando y desenterrando la aguja, Aurore se dedicó a pasear por la alcoba con pequeños pasos, lentos y dubitativos, una mano en la oronda barriga y otra en la parte baja de la espalda.
—He oído que el vizconde de Barmont se desposa con una tierna doncella de la edad de Léonie.
—¿De…, de…, de mi edad? —balbuceó la pequeña Léonie, que ya contaba con dieciséis primaveras y atraía miradas masculinas.
—Eso dicen —afirmó Aurore, complacida de haber captado nuestra atención.
El rumor no era tan rumor, ya había atravesado todo el reino de Francia, y, sin embargo, la bilis se me subió a la garganta y me agrió aquel plácido momento que vivíamos juntas y tanto atesoraba desde que Aurore marchara para ser esposa y ya no nos viéramos con asiduidad.
Doña Anne lanzó un bufido controlado y se introdujo el cabo del hilo en la boca para apelmazar las hebras y que cupieran por el diminuto ojal.
—Habrán sido la desesperación por la orfandad de sus hijas y el anhelo de un varón lo que lo habrá empujado a contraer nupcias con la primera dama que lo habrá aceptado —comentó.
Estaba justo al lado de la ventana, bañada por la luz natural y fría del desapacible día, lo que le otorgaba un aspecto pétreo.
—Parecía un buen hombre —intervino Léonie, que no distinguía la maldad ni aunque el diablo encarnado se le presentara en persona.
—¿Te agradó? —quiso saber Aurore, que se alimentaba de cotilleos cortesanos—.
¿Acaso te interesan los hombres de avanzada edad?
Porque en ese caso, será bastante sencillo encontrarte un esposo.
¡Madre, deberíamos empezar a buscar pretendientes para Léonie!
—De repente, estaba muy excitada—. ¡Ya está en la edad!
—¡Yo solo he dicho que el vizconde de Barmont parecía un buen hombre! —En su voz, todavía aniñada, se percibía el miedo al matrimonio.
—No hasta que nuestra Mathilde contraiga esponsales —espetó doña Anne.
—Cierto, cierto… —se lamentó mi hermana—. Primero ha de ir Mathilde.
La culpa me devoró. Mi tardanza en los desposorios no solo retenía en Nailloux a mi querida hermana Aurore, en estado de gravidez y alejada de su esposo, sino también a Léonie en la cárcel de la mocedad.
—Según cuentan, es una doncella bastante agraciada —prosiguió Aurore, hilvanando rumores.
Doña Anne levantó la cabeza de su bordado y nos advirtió con una mirada glacial de que el asunto quedaba zanjado, pese a que yo no había mediado palabra. En caso de no haber entendido con precisión el brillo de sus ojos negros, añadió con cierta mordacidad:
—Solo era un vizconde.
Retuve la repentina necesidad de cuestionar si un vizconde, por el mero hecho de serlo, no podía ser, de igual manera, un buen esposo.
Desde la infancia nos habían inculcado que la vida de todas nosotras comenzaba una vez desposadas, que los acontecimientos previos a la boda eran únicamente anécdotas que guardar en un arcón.
Por eso, para aquellas que como Aurore llevaban años gozando del privilegio del matrimonio y una vida real, yo no era más que una pobre muerta en vida.
Así pues, los títulos me importaban bastante menos que a padre y a doña Anne de Albret; lo único que deseaba eran un marido y una familia a la que dedicarme.
—¿Y tú, Mathilde? —preguntó Aurore, acercándose a mí con la sonrisa sibilina heredada de su madre—. ¿No dices nada?
Sentí los ojos de todas las presentes clavados en la nuca, incluso los de las silenciosas doncellas que nos acompañaban en la labor y que, de vez en cuando, se divertían compartiendo cotilleos que habían oído entre la servidumbre de otros nobles. Doña Anne de Albret esperó paciente, observadora.
—Que le deseo al vizconde de Barmont la mayor de las dichas con su nueva y jovencísima esposa.
Pero aquello no satisfizo a mi hermana.
—¿A quién querrías como esposo si pudieras elegir?
—Te recuerdo que las mujeres no tenemos poder de decisión sobre esas cuestiones, solo me queda aceptar lo que sea que…
—Que Dios disponga —acotó Aurore—. Mas si pudieras escoger, si Dios escuchara tus ruegos y modelara un hombre según los más profundos deseos de tu corazón, ¿qué le pedirías?
¿A quién le pedirías? —Se aproximó hasta no dejar más que unas pulgadas de distancia entre ambas—.
¡Y ni se te ocurra decir que lo mismo que cantaba la trovadora Castelloza!
—Me azuzó con el dedo índice—. Esa respuesta ya la he oído en infinidad de ocasiones. ¡Estoy harta de ella!
Si hacía unos segundos había captado la atención de todas las mujeres que allí había, para entonces habían relegado la costura y me observaban con ojos abiertos y mejillas arreboladas que delataban su entusiasmo.
—No sé si alguna vez… —comencé a decir.
Aurore hizo una mueca de disgusto y violencia.
—¡No! —exigió malhumorada—. No te atrevas a eludir la pregunta, Mathilde Leblond.
Supe que no me dejaría escapar fácilmente.
—Quiero oír tus anhelos —insistió.
—Tú lo que quieres oír son las historias que cantan los trovadores, los juegos de cuando éramos niñas y salíamos a los jardines a recoger flores, bailar y corretear mientras fingíamos que éramos la reina Ginebra, Morgana le Fay e Igraine, siempre en torno a un invisible rey Arturo.
Una sonrisa de suficiencia se abrió paso en la hermosa faz de Aurore. Léonie también mostró su perfecta y blanca dentadura, asaltada por los recuerdos de la infancia.
—Lo que quieres oír es que ahora que no somos niñas; ahora que, aun siendo la mayor, no tengo por qué jugar a ser la desdichada y violentada Igraine, estoy deseosa de que un caballero tan gentil y valiente como Lanzarote cabalgue hasta aquí para jurarme amor eterno y pedir mi mano en matrimonio.
Pero esas son ensoñaciones, Aurore. Ni hay caballeros como Lanzarote ni yo soy precisamente la reina Ginebra.
Mírame, hermana, sigo siendo Igraine, así que me contento con un hombre cortés, aunque sea un vizconde.
Y ruego porque ese hombre se parezca más a Gorlois que a Uther Pendragón.
Todo atisbo de alegría desapareció del rostro de Aurore, y con él se esfumaron las expresiones curiosas del resto de féminas.
—No será Uther Pendragón —musitó la pequeña Léonie, que alargó la mano para rozar la mía.