2. Los pretendientes #2
—Los hombres no aceptan que Dios nos otorgue algo que según ellos les pertenece. No importa si es altura, belleza, riqueza o poder. Son avariciosos por naturaleza y lo quieren todo para ellos.
—No lo escojas, Mathilde —me susurró Aurore, que me había tomado de la mano—. No lo escojas a él.
No lo hice.
Porque ¿cómo no seguir los consejos de mi querida hermana, que había elegido tan bien a su esposo que ya había dado a luz a un varón de dos años y llevaba en sus entrañas a lo que sería una niña de mejillas arreboladas? Si había mujer que conociera el éxito del matrimonio, esa era Aurore.
El siguiente fue el marqués de Navalosa, del reino de Castilla.
Apuesto, gallardo, de ojos felinos y espaldas anchas, le habría arrebatado el aliento a cualquier doncella.
Su sonrisa era la más afilada de sus armas, las arras que traía consigo como gesto de buena voluntad eran más que generosas y el linaje del que provenía, impecable.
—Demasiado, en todos los aspectos —arguyó doña Anne—. Será vuestra perdición.
—Ha demostrado ser muy atento —le defendí yo.
El marqués no solo me había resultado atractivo, sino también cortés.
Había intentado comprar mi afecto con un broche redondo de filigranas de oro y un rubí en el centro.
A cambio, y mostrando un gran interés por mis aficiones, me había suplicado que lo obsequiara con alguna tonadilla mientras tocaba el laúd o el arpa.
—Creedme, querida mía, será atento con otras mujeres, en especial cuando ya estéis encinta.
Esa sonrisa… —Doña Anne negó con la cabeza, visiblemente disgustada—.
Seguro que la utiliza con todas, al igual que ese exagerado interés por vuestros gustos es fingido.
Son migajas, migajas con las que llenaros el vientre y el pecho de ilusiones.
Y de las migajas nadie ha logrado alimentarse.
Intenté objetar, pero de poco sirvió.
—Hazle caso a madre, hermana —me instó Aurore—. No querrás compartir a tu marido con otras. Yo, desde luego, no lo soportaría.
—Un esposo adúltero es peor que la ponzoña —continuó doña Anne—.
Tomadlo en matrimonio y un día os despertaréis en el lecho, miraréis a vuestra derecha y os percataréis de que no podéis confiar en él ni siquiera para los asuntos más nimios, como en si le ha agradado vuestra elección del servicio de mesa.
Entonces, plagada de dudas y descortesías, de engaños y hastío, desearíais haberlo dejado pasar en vuestra lista de pretendientes y que se lo hubiera quedado otra. Una más necia. Una más torpe.
Aquel discurso funesto me había arrancado cualquier atisbo de esperanza en lo referente al noble castellano, y a los hombres, en general. Al ver mi repentina mudez, doña Anne relajó el rostro, y en sus labios se dibujó una sonrisa preñada de cariño.
—Esto es como el juego del ajedrez, solo que, a veces, quien se queda con el rey es la que pierde. Encontraremos a un buen hombre, uno que no se deje vencer por los apetitos de la carne. Uno que os sea fiel.
Seguí sus consejos e ignoré a aquel ilustre caballero.
Estaban en lo cierto, el marqués de Navalosa casó con una joven de buena familia y yuntó carnalmente con cada una de sus doncellas.
A nadie le sorprendió cuando nacieron hasta tres hijos varones y cinco féminas de vientres distintos.
Su esposa desearía que hubiera sido yo la que cometiera el infame error de unirme a él.
El vizconde de Barmont, cuyas tierras se encontraban en el centro del reino de Francia, me sobrepasaba en treinta y cinco años.
Era fama la gallardía de su excelso linaje, casi tanto como la viudedad que lo había asolado hacía unos meses.
Su primera esposa había muerto de fiebres puerperales, dejándolo a cargo de cinco hijas, algunas todavía menores.
Fue, quizá, demasiado sincero en cuanto a sus intenciones.
Las niñas necesitaban con presteza una madre y él una nueva mujer, esta vez una que le garantizara, a ser posible, un heredero.
—Parece sana y fuerte —dijo escrutándome.
Temí que en cualquier momento fueran a desnudarme allí mismo, encima de la mesa del gran salón, para medirme las caderas y que una vieja alcahueta me introdujera los arrugados dedos entre los muslos.
«Oh, sí, sí, la doncella es pura y su tierra es fértil.
Os dará buenos vástagos, proceded a plantar vuestra simiente cuando gustéis», habría augurado la mujer.
Y yo solo podría temblar, ahí expuesta cual trozo de res en las tablas de carnicería, y preguntarme: ¿y si no lo soy? ¿Y si no puedo parir un heredero?
—Por Dios y por mi vida que a doña Mathilde no le faltará de nada mientras yo esté vivo —prosiguió el vizconde—.
Será tratada con devoción y respeto, lo que merece, y todo mi cariño le pertenecerá.
Y como yo también soy padre de hijas, juro que, de ser una mujer obtusa y desobediente, la reprenderé mas no seré severo con ella. Mis manos no la dañarán, señor mío.
De este modo, el vizconde de Barmont, de una astucia singular, mentó el mayor miedo de un progenitor, el sufrimiento de sus hijos, y se ganó a padre en la velada que se celebró la noche de su llegada.
Doña Anne, que no caía en promesas vacuas ni se dejaba enredar con palabras que pronto se las llevaba el aire, opinaba que el vizconde era demasiado mayor y me haría infeliz.
Padre creía que la diferencia de edad era salvable en tanto en cuanto había jurado prodigarme cuidados y afecto; a ella le gustaba recordarle que el cariño podía nacer y morir en un suspiro.
—La haréis desdichada —le previno.
—Ya lo habéis oído. Promete respetarla y amarla.
—Cuando ella madure un poco más, él será un anciano al que le faltarán los dientes y le costará levantarse de su asiento. Por Dios bendito, la condenaréis a cuidar a un viejo decrépito.
—Mejor así. Vos misma dijisteis que cuanto antes falleciera el duque de Chisseaux, antes heredaría Mathilde. Este, al menos, no ha dilapidado toda su fortuna ni viene en busca de nuestro dinero.
—¡No es lo mismo! —comentó indignada—. No comparéis a un duque tullido con un pie en la tumba con un simple vizconde que no presenta signos de enfermedad. ¿Acaso creéis que me habría negado de haber sido el hermano del rey Alfonso, don Enrique?
—¿Segura que no lo habríais hecho? —cuestionó él, con una de las cejas alzadas—. Porque don Enrique debe sacarle unos veintiséis años.
—Dios sabe que no. —La ofensa le constreñía la garganta—.
Soy una madre preocupada, mas no una necia que no distingue el beneficio para sus hijas, y Mathilde es casi mi hija.
—Se golpeó el pecho, y las joyas que la engalanaban repiquetearon—.
La habría mandado a Castilla con las mejores telas y gemas, y un séquito pequeño pero leal que la salvaguardara en esas tierras extrañas.
Así habríamos esperado, juntas, en la distancia, a que don Enrique falleciera y ella y sus descendientes heredaran.
Una mueca ladina, nada común en él, serpenteó en la boca de padre.
—Qué poco os importaría ahí su dicha…
Para doña Anne aquello fue una puñalada. Se acercó a su esposo hasta que sus narices se rozaron y pudo oler el aliento agriado por el vino. Entonces siseó:
—Nombradme un solo matrimonio feliz.
Después del vizconde de Barmont, llegaron más pretendientes, a cada cual más decepcionante.
El que no me superaba demasiado en edad, no era de digna planta; el que gozaba de hermosura, acumulaba terribles faltas; el que no las tenía, no se había granjeado la simpatía de padre, y el que parecía un caballero de infinitas virtudes, provocaba en doña Anne de Albret un mohín de desagrado.
Una noche, padre irrumpió en la alcoba privada de doña Anne, solo vestido con la camisola que hacía de ropa de dormir.
El lar estaba encendido y el chisporroteo emitía una calidez intermitente, una luz anaranjada que se reflejaba en su gesto contraído y en los ornamentos de oro y plata que decoraban los aposentos.
El servicio se retiró enseguida, dispensado por doña Anne, que, acomodada en el lecho, se arrebujaba entre los enormes almohadones.
—¿No me dijisteis precisamente vos, esposa mía, que no fuera intransigente con los pretendientes, que con casar bien a Mathilde sería suficiente?
Con cuidado, doña Anne de Albret alisó las arrugas de las mantas que la cubrían. Nada en su rostro presagiaba alteración.
—Cierto es, mas si la entregamos a cualquiera nos arrepentiremos de por vida.
—No son hombres cualesquiera, bien lo sabéis.
—No. No lo son. Pero Mathilde tampoco es doncella cualquiera, por muy bastarda que sea, ¿verdad?
—Padre se mordió el labio inferior, arrepentido por el ataque de impaciencia y rabia que lo había llevado a penetrar cual bárbaro en las habitaciones de su querida esposa—.
Quiero para ella lo que tiene Aurore, ni más ni menos. Eso es lo que debemos darle.
—Lo de Aurore con el duque de Arvieu es excepcional. Un matrimonio en el que nazca el amor… Un amor sincero… Eso no siempre sucede. No podemos prometerle la felicidad, no está en nuestras manos.
—Pero sí el desposarla con un hombre que no vaya a agraviarla, y muchos de los caballeros que han pasado por este, nuestro hogar, iban a hacerlo. Si no podemos prometerle la felicidad, garanticémosle lo más parecido que haya. —Y tras un suspiro, dijo—: Ya ha sufrido bastante, ¿no creéis?
Nadie podría acusar a doña Anne de Albret de no ser justa conmigo, aunque no fuera de su sangre.
Los pretendientes se sucedieron y, tras continuados galanteos, ofrendas lujosas, conversaciones y paseos invernales, me pregunté si en algún momento encontraríamos al hombre al que padre me cediera en calidad de esposa o si, tal y como él había mencionado en una ocasión, habría de ingresar en un convento.
La búsqueda se había alargado hasta lo indecible y, para cuando rozábamos finales de marzo, mi paciencia se agotaba.
Contemplar cada mañana el vientre abultado de Aurore, los arrumacos que dedicaba a su hijo y los que le prodigaba a ella su devoto esposo acentuaba una inseguridad que ya me roía el estómago.
Aprovechaba hasta la más ínfima oportunidad para compararme con ella y abrirme heridas en el orgullo.
La brillante y bella Aurore, con unos ojos azules en los que cabía el cielo primaveral y una melena rubia bruñida.
La perfecta doncella de mirada cauta y mejillas sonrosadas, de la que se prendaban caballeros de noble estirpe y hombres del común.
La segundogénita de Antoine Leblond, la primera en desposarse y, para mayor ofensa, en el plazo de un mes.
Para cuando llegó mayo, la angustia se había acrecentado lo suficiente como para envolverme en unas preocupaciones grises que apenas me dejaban comer y conciliar el sueño.
Desesperada, una noche encendí el candil que siempre reposaba al lado del lecho y me postré de rodillas en el reclinatorio instalado en mi alcoba.
Con absoluta devoción, clavé los ojos en el crucifijo y con un hilillo de voz le pedí a Dios Todopoderoso que me enviara una señal.
—Una señal, Dios mío —gemí entre sollozos—.
Una señal que me muestre el camino que he de seguir: el de la abnegada esposa o el de la monja benedictina en la que me convertiré si esa es vuestra voluntad.
Me encerraré en el convento de Argenteuil, al igual que Eloísa, y me dedicaré a las plegarias y a cuidar de los más necesitados.
Las manos entrelazadas empezaban a dolerme debido a la presión, y las lágrimas que surcaban mi faz, mejillas abajo, se me precipitaban sobre los labios, salándome los rezos.
—Vuestra servicial esposa o la de un hombre bueno —murmuré—. Os lo ruego, dadme una respuesta.
Lo habría hecho. De buena gana habría pronunciado los votos de novicia si esos hubieran sido sus designios. Pero Dios proveyó con asombrosa celeridad.
Fue en una tarde de lluvia torrencial cuando los señores de Cigales aparecieron en el limes de nuestro territorio sin invitación alguna.
Y sería ella, doña Mencía de Lara, quien cambiara mi vida por completo.