La duquesa bastarda 2. Los pretendientes
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2. Los pretendientes

Los pretendientes

Con aquella ida y venida de cartas se inició todo un despliegue de ofertas y peticiones de matrimonio, muchas más de las que jamás habría llegado a imaginar.

Padre pasó semanas encerrado en uno de los salones del castillo, leyendo y contestando misivas, barajando posibles pretendientes, rechazando a unos e invitando a otros a visitarnos, convencido de que así la negociación prosperaría.

Su estrategia era la de una mente acostumbrada a los asuntos de la política: proponía a los caballeros que me conocieran en persona para así evaluarlos él mismo.

Para cuando llegó febrero, nuestro hogar ya se había convertido en refugio de jóvenes nobles —y no tan jóvenes—, un hervidero de excitación continua que recordaba a la abarrotada corte de nuestro rey Felipe III.

Muchos acudieron a saciar su curiosidad y averiguar si la bastarda Leblond tenía esos ojos grandes y melosos, la larguísima melena que hacía palidecer al trigo en época de recogida, la tez blanca que simulaba ser nata, el cuello largo y fino, las cejas arqueadas y esa silueta menuda de la que tanto se hablaba.

Los más reticentes a cabalgar hasta el condado mandaron a sus hombres de confianza para cerciorarse de mi belleza y, en caso de ser cierta, luchar por mi mano.

La noche de su llegada, padre se reunía con ellos en privado y al día siguiente los presentaba en un banquete formal en el que los agasajaba con exquisitas viandas y el mejor de los vinos.

Los caballeros aprovechaban el momento para rendirme honores y lanzar discretas miradas de admiración.

Los más astutos traían presentes para agasajarme y, con sentida deferencia, otros para doña Anne de Albret, de quien esperaban ganarse su simpatía.

Un segundogénito de familia noble me sorprendió con un anillo de oro, coronado por un inmenso zafiro y dos rosas de cinco pétalos grabadas en los bordes.

Me habría parecido un obsequio hermosísimo de no ser porque doña Anne hizo que me fijara bien en la gema, que a la luz natural, y no de la macilenta lumbre, lucía deslustrada.

—Es evidente que el zafiro ha sido arrancado de otra alhaja y reutilizado para confeccionar el anillo.

De repente, el anillo ya no era tan cegador como se me había antojado en un principio.

Los obsequios fueron muy variados, desde perfumes de ámbar procedentes del reino granadino, pasando por incensarios de plata que colocar en mis aposentos o en un altar, hasta pendientes de oro y perlas y muchas otras joyas rutilantes ricamente trabajadas.

Pero la vanidad y la usura no debían nublar nuestro buen juicio, padre lo sabía muy bien, por eso los impelía a entablar conversación conmigo, para así comprobar si podían proveerme de entretenimiento, al menos durante la época de cortejo.

Para ello salíamos a los jardines, resguardados por las pellizas, con las manos enfundadas en guantes de piel, cubriéndonos narices y bocas para evitar que el frío nos agrietara hasta el alma.

La hierba escarchada crujía bajo nuestros pies mientras sorteábamos la hojarasca y los charcos que habían dejado las últimas lluvias.

Detrás de nosotros, un cortejo de damas, encabezado por doña Anne de Albret y mis hermanas, cuidaba de que no hubiera comportamientos inapropiados o intenciones deshonestas, ni una sutil y efímera caricia, ni palabras veladas al acecho de un beso furtivo.

Ante la más pequeña muestra de imprudencia, los ceños fruncidos de todas aquellas señoras y doncellas hacían recular a los intrépidos que trataban de ganarse mi corazón mediante ardides.

Conté hasta doce pretendientes, un número bastante elevado teniendo en cuenta mi condición de bastarda. Al menos una veintena ya habían sido despachados por padre a través de cálamo y tinta, ahorrándoles así la molestia de personarse en Nailloux.

El primero en aparecer a nuestras puertas fue el duque de Chisseaux.

Atendiendo a su flamante título nobiliario, habría sido una buena elección de no ser porque a su estado de ruina financiera se le sumaban dos inconvenientes: me sacaba una década y parecía sufrir alguna clase de anomalía física, pues sus piernas eran demasiado delgadas y se curvaban hacia dentro, dando la sensación de que se quebrarían con el siguiente paso.

Lo peor de todo era el hedor a cebolla que desprendía y que hube de soportar con estoicismo durante nuestro breve encuentro.

Doña Anne de Albret, en cambio, no ocultó su desagrado y se tapó la nariz sin disimulo alguno, incluso estando al aire libre.

Para mi querida hermana Aurore fue aún más difícil; el estado de gravidez le había afinado el olfato hasta tal punto que cualquier aroma, por leve que fuera, le desataba un tremendo dolor de cabeza y unas náuseas que culminaban en vómitos.

—Ni aunque sea el último hombre libre de nuestro reino y los vecinos. Antes de casaros con él, prefiero entregaros a una abadía, seréis más feliz allí —dijo padre.

No puse objeción alguna. Prometerme con aquel hombrecillo herrumbroso no era de mi agrado.

—Una cochiquera huele mejor que el duque —comentó doña Anne.

—Hay quienes tienen un severo problema con la higiene. Se pasean por ahí despreocupados, sin tener en cuenta que los demás debemos bregar con esa peste que exudan. ¿No debería estar eso prohibido?

—Debería estar prohibido —coincidió su esposa.

—Debería estar prohibido —conminó Aurore, que contrajo el semblante en un gesto de asco. Se le había revuelto otra vez el estómago con solo pensarlo.

Todos asentimos.

—Una lástima. —Doña Anne se encogió de hombros—. Si esa enfermedad que le retuerce las piernas acaba matándolo, heredaréis rápidamente. —Me echó un vistazo.

Cohabitar con el duque se me terciaba un precio demasiado alto para, finalmente, recibir un puñado de tierras agotadas y un limosnero apolillado en el que solo habría pelusas de terciopelo.

Sin embargo, no tuve tiempo de hacer valer mi parecer; padre dio un golpetazo sobre la mesa y la vajilla retumbó.

—¿Heredar qué? —espetó padre, airado—. ¿Su título y sus deudas? —Agitó la mano en señal de negación—. Traerá más cuitas que dichas y para su fallecimiento quizá haya que esperar demasiado.

Doña Anne de Albret esbozó esa sonrisa sibilina que cuando era una cría me erizaba el vello de la nuca.

—O no. Es evidente que está enfermo y no me extrañaría que esa fuera la causa de su soltería.

Padre bufó.

—Nunca se sabe cuándo Dios ha de llamarnos para que acudamos ante Él. El duque puede fallecer en tres meses o en treinta años. Además, no estaría tranquilo. No quiero que esa mala semilla se extienda dentro de nuestro linaje ni que mi Mathilde tenga que dar a luz a un niño malformado.

Dirigí la mirada hacia mis manos, escondidas bajo el fino y blanquecino mantel que adornaba la mesa, y allí, con la cabeza gacha y la cortina de cabello trigueño ocultando mis facciones, me permití una de esas sonrisas que destilan agradecimiento.

Aquella noche no me retiré a mi alcoba sin haberle regalado a padre un beso en la mejilla.

«Por cuidarme —le dije—, por velar por mí, por quererme».

Y ahí quedó todo.

El duque de Chisseaux aceptó la negativa de mi progenitor, se fue bien entrada la mañana siguiente.

Para los extranjeros fue menester un traductor, pues ni los aragoneses y castellanos hablaban francés, ni nosotros su lengua. Para eso, padre había mandado llamar a un intelectual que pasaba el día, ora leyendo, ora transcribiendo manuscritos de tiempos pasados.

Era el conde de Aguasvivas, del reino de Aragón, un hombre encantador, atento y servicial, de una conversación tan agradable que quedé impresionada.

Su gran pasión era la poesía y, sabiéndome halagada, me dedicó poemas amorosos mientras paseábamos por los jardines del castillo.

Que si las rosaledas se marchitaban ante mi mera presencia, que si el sol quedaba eclipsado por la belleza de mi sedosa melena y las frambuesas eran menos apetitosas que mis labios.

Por desgracia, sospecho que la traducción no hacía honor a las palabras que enhebraba con soltura, la sonoridad no era la misma en nuestro francés y los versos no terminaban de rimar por más que el intérprete se afanaba en encajarlos y ser fiel a los sentimientos que mostraba el caballero.

—Si solo fuera un poco más alto… —lamentó Aurore cuando nos reunimos en privado.

Pese a sus muchas virtudes, el aragonés era más pequeño que yo en un par de pulgadas, una diferencia que él mismo trataba de acortar estirando el cuello y cuadrando los hombros.

—¿Es eso tan importante? —inquirí—. Pensaba que buscábamos inteligencia, ternura y donosura.

Eso es lo que recitaba la trovadora Castelloza, ¿no?

—Con voz cantarina declamé—: «Amigo, si os encontrara cortés, humilde, sincero y de buen corazón, bien os amaría; pero ahora recuerdo que os encontré malvado, falso y vil».

—El caballo no puede montar a la yegua si esta es más alta que él —dijo mi hermana acariciándose el incipiente vientre.

—Tampoco es que el conde de Aguasvivas sea un potrillo. —Rio Léonie, divertida por los pícaros comentarios.

—Bueno, así será más fácil besarlo —lo excusé.

Doña Anne estalló en sinceras carcajadas y yo no pude evitar enrojecer por completo al reparar en la sinceridad abrumadora que me había brotado de la boca.

—Cuidado con eso, querida. Los hombres de poca estatura a menudo se convierten en gravísimos tiranos. El complejo merma tanto su amor propio que han de pisotear a los que se hallan a su derredor para así sentirse gigantes. Nunca os perdonará que seáis más alta que él.

—Mas no es mi culpa sobrepasarle en estatura —me quejé—. ¿Por qué odiar algo que me ha concedido Dios, nuestro Señor? ¿Acaso no somos su obra magna, no estamos hechos a su imagen y semejanza?

—Solo el hombre —rumió Aurore.

Doña Anne emitió un suspiro apiadándose de mi inocencia y juventud.