La duquesa bastarda 1. La búsqueda
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La búsqueda

Condado de Nailloux, reino de Francia

Lo único que se oía por encima de la disputa de mi progenitor y su esposa era el sonido metálico de las bandejas de plata al posarse sobre el finísimo mantel que recubría la mesa.

Las voces del conde y la condesa de Nailloux se confundían en mi mente desde que la palabra «matrimonio» reptara hasta mis oídos.

Permanecí allí, resguardada tras la enorme puerta de madera, aferrada a la pequeña rendija que habían dejado abierta. A través de esa delgada línea contemplaba la crucial escena que me había sido vetada.

Con las mejillas coloreadas por los vapores del alcohol y el calor que manaba del lar, padre picoteaba de los manjares que recién habían servido.

Con cada porción que escogía, la vajilla quedaba desnuda, desvelando la heráldica grabada en el fondo de los platos.

Yantar era uno de sus máximos placeres. A Antoine Leblond todo le era apetitoso, en especial su mujer, doña Anne de Albret.

No podían ser más diferentes. Él era uno de esos inusuales hombres que siempre portan una sonrisa en el rostro, templando el ambiente y animando a que todos se solacen en el recuerdo de los buenos momentos.

Ella, una señora de comisuras descendentes y ceño fruncido, de escasa tendencia a cualquier actividad ociosa que produjera sosiego.

—Hay que encontrarle un esposo —anunció el conde—.

Ya he comenzado los preparativos. —Se chupó los dedos pegajosos y le hizo una seña a uno de los criados, quien desapareció un momento para regresar con un pergamino enrollado—.

Me han provisto de un listado de hombres casaderos, todos de buen linaje.

Padre llevaba hablando de matrimonio desde que yo tenía memoria. Según él y sus leales consejeros, habíamos desperdiciado unos años extraordinarios, los mejores, sin lugar a dudas, pues la mujer cuanto más joven más jugosa, al igual que el venado.

Sin embargo, poco o nada había participado yo en la decisión de postergar mis nupcias hasta esa avanzada edad que eran los diecinueve.

Otras prioridades me habían arrollado, relegándome al último de los pensamientos de mi progenitor cuando todo un enjambre de caballeros ilustres se interesó en mi medio hermana, a quien padre había dotado de una cantidad tan suculenta que habría hecho salivar incluso al más desinteresado de los hombres.

Avariciosos, los señores se lanzaron cual bestias a endulzarle el oído con palabras melifluas y prometerle unas arras considerables para la joven dama, asegurándole así que nunca quedara desvalida.

Con aquella marejada de pretendientes amontonándose a su derredor, se llegó a la temprana conclusión de que Aurore era mucho más fácil de casar que yo; así pues, el conde y la condesa de Nailloux aunaron sus esfuerzos en mi medio hermana y se olvidaron de mí. Yo podía esperar.

Y eso había hecho.

—¿Algún extranjero? —preguntó doña Anne.

Padre frunció el ceño y le cedió el pergamino a su esposa, que enseguida comenzó a leer.

—Algunos —murmuró mientras se rascaba la barba—. Esta tarea es harto difícil y tendremos más éxito en los reinos de Castilla y Aragón que aquí.

—Quizá con algún pariente de nuestro yerno —pensó doña Anne en voz alta, sin levantar la vista del pergamino.

A Aurore se la había llevado el duque de Arvieu, don Hugues Durand, un matrimonio en extremo ventajoso que podía retribuir a mi favor si es que se llegaba a algún pacto.

A padre, sin embargo, no le gustó la idea, pues chasqueó la lengua.

—A veces es mejor no pedir favores.

—¿Desde cuándo un contrato matrimonial se observa como un favor y no como lo que es, un negocio?

Él emitió un bufido que delataba cansancio.

—Esposa mía… —Aquel fue el primer aviso.

Padre era un hombre paciente, pero incluso el más santo de los varones encuentra un límite. Y ese límite poseía nombre y apellido, doña Anne de Albret.

—Tiene un hermano —le recordó ella con cierta tirantez.

—Un hermano que aspirará a algo mejor que nuestra Mathilde.

Esa era yo. La pobre Mathilde.

Tragué saliva con dificultad y, silente, me pegué aún más a la puerta, aguzando el oído.

De haber sido una niña de corta edad, me habría frustrado ante el favoritismo que mi padre demostraba públicamente por sus otras hijas: Aurore y Léonie.

Pero tras años de afecto prodigado en privado, ya había reconocido y aceptado mi inferioridad.

Yo era el fruto de un amor pasajero. Un amor nunca jurado y nunca validado ante Dios, lo cual conlleva un precio.

La bastardía es una condición que nadie desea.

—¿Preferís a un extranjero que a alguien de nuestro reino? —Doña Anne prosiguió con su interrogatorio, punzante y sibilina.

—Es bueno casar con extranjeros, querida esposa. Así entra sangre nueva.

—Sangre nueva… —refunfuñó.

Padre le echó una mirada que había dejado de ser de advertencia y ella asintió con una sonrisa mal fingida.

Anne de Albret nunca sería partidaria de salir de las fronteras de nuestro amado reino, ni siquiera por motivos tan celebrados como es un casamiento.

«Todo aquello que pueda hacerse en nuestras tierras se hará en nuestras tierras», solía decir.

Francia ocupaba buena parte de su corazón, el resto era de sus hijas.

—Es mejor así —zanjó la cuestión padre.

—Sea —dijo doña Anne—. Mas aseguraos de no ofender a ningún noble francés con vuestras preferencias por lo foráneo. No vayamos a entablar alianzas con un reino vecino y sembrar enemistades en el nuestro.

A lo que padre se refería era a que ningún gran noble estaría dispuesto a contraer nupcias conmigo, bastarda reconocida pero bastarda al fin y al cabo.

Ante ello, solo le quedaba agrupar a las ramas menores de la nobleza, bien fuera a esos segundogénitos desesperados o a algún gran señor que, habiendo caído en desgracia, poseyera un buen título y se viera en la necesidad de un matrimonio que le garantizase un mayor número de tierras y rentas.

Por el contrario, en los reinos peninsulares nos sería más fácil triunfar, cualquier alianza extranjera se percibiría como un entronque beneficioso, por lo que muchos caballeros de condición superior a la nuestra ignorarían mi nacimiento fuera del seno del matrimonio.

Quizá pudiera atrapar a un marqués o a un duque.

Además, como mi propio padre había comentado, a veces era de necesidad que entrara sangre nueva dentro de la familia.

En los días sucesivos se mandaron misivas a toda Francia y al otro lado de la frontera, a los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal.

Nuestro monarca, Felipe III, de la dinastía de los Capeto, no ofertó pariente alguno para mis nupcias.

Su hermano Luis había fallecido hacía quince años y su hermano Juan-Tristán hacía cinco, de un brote de disentería que asoló los ejércitos durante la octava cruzada.

El resto —Pedro, conde de Alençon, y Roberto, conde de Clermont— ya habían pasado por el altar.

En cuanto a sus hijos varones, todos eran menores que yo.

Padre quería intentar que don Alfonso de Castilla propusiera a uno de sus hermanos.

Sin embargo, este estaba bastante lejos de querer que uno de los miembros de la familia real matrimoniara conmigo, y no precisamente por mi sangre francesa.

No. La verdadera razón estribaba en mí misma; el rey consideraba que yo era un bocado demasiado modesto para un paladar tan refinado.

A pesar del terrible oprobio que esto podría comportar, en realidad era de agradecer. Su hermano, el infante don Felipe, parecía estar preso de una terrible maldición: mujer con la que se unía, mujer a la que enterraba. Y eso que ya había casado hasta en tres ocasiones.

Su otro hermano, don Manuel, había contraído nupcias con doña Constanza de Aragón, hija de Jaime I el Conquistador y la reina Violante de Hungría.

Tras quedar viudo con todavía mucha vida por delante, había decidido volver a pasar por el altar justo el año anterior, cuando tomó por esposa a Beatriz de Saboya, hija del conde de Saboya, Amadeo IV.

Para nuestra desgracia, don Fernando había rendido el alma durante la conquista de Sevilla, y don Sancho, quien había sido arzobispo de Toledo hasta su muerte, ya hacía catorce años que abandonara nuestro mundo.

Así pues, los únicos infantes castellanos que quedaban eran don Enrique y don Fadrique.

Don Enrique aún no se había decidido por el matrimonio, pese a que ya peinaba canas dados sus cuarenta y cinco años.

Irónico teniendo en cuenta que a mí se me apremiaba a desposarme, no fuera mi tersa piel a caer hecha jirones y ya nadie me deseara, mientras que él ya se había rendido a la gordura y flacidez propia de una vida de excesos.

De su hermano don Fadrique decíase que tenía una cicatriz que lo afeaba notablemente.

Sin importar aquella imperfección física, le habría dado el «Sí, quiero» de haber sido la voluntad de mi padre y el rey, mas no fue así y aquello me salvó del agravio.

Contra todo pronóstico, don Fadrique sería ejecutado unos años más tarde por conjurador.

Del rey de Aragón, don Jaime I el Conquistador, había poco que obtener; su único hermano había fallecido y él ya no estaba en posición de guerrear mucho más debido a su avanzada edad. En cuanto a sus propios hijos, don Pedro y Jaime estaban casados, y Sancho llevaba vestiduras de arzobispo.

Menos esperanzas albergábamos con la monarquía navarra.

Hacía un año que el rey Enrique I había fallecido, dejando una viuda desconsolada y una criatura de tan solo dieciocho meses.

A aquella niña que apenas podía ponerse en pie la habían proclamado reina bajo la atenta mirada de su progenitora, doña Blanca de Artois, quien ostentaba el poder en calidad de regente.

Doña Blanca era, además, prima de nuestro rey Felipe III, por lo que la sangre que corría por la nueva reina de Navarra, Juana I, era francesa.

En el reino de Portugal se presentaba más de lo mismo. Al monarca Alfonso III no le quedaba ningún hermano vivo y a sus vástagos legítimos ni aspirábamos.

Se trataba, a todas luces, de una situación desoladora.

—Ningún rey te dará a uno de sus deudos, ni siquiera al menor de ellos. No nos darían ni a uno de sus pajes para prometerlo con Mathilde —había augurado doña Anne—. ¡Qué osadía pedirle a uno de sus hermanos! ¡A un infante!

—Sería un necio si no lo supiera, si acaso soñara con ello —le explicó él—.

Les pido un infante y un buen hombre a sabiendas de que nos lo negarán, mas así son las negociaciones.

Yo les informo de lo que deseo y ellos, creyendo que no somos merecedores, atemperan ese deseo para así ofrecerme algo más acorde a nuestra condición.

—Un gran noble —acotó ella.

—O un noble cualquiera —apostilló él.

—Eso espero —concedió—, noble, después de todo, pero no menos que un conde. Deberíamos dar gracias a Dios si es que llega a ser un marqués o un duque.

—No aceptaré menos que eso. Mathilde sigue siendo hija mía y lleva el apellido Leblond.

—Sea. —Doña Anne inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento—.

Pero cuidaos de no ser en extremo intransigente con los hombres que la galanteen, no vayáis a dejarla soltera y quedemos para siempre bajo su custodio.

Ninguna hija merece algo así, y menos por las ridículas pretensiones de un padre.

Casadla bien, eso será suficiente. Mathilde lo valorará.

Tal y como padre había previsto, los rechazos reales no tardaron en llegar y desembocaron en suculentos cotilleos cortesanos.

Enseguida corrió la buena nueva de que las Coronas de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal se habían sentido tentadas de entroncar con el linaje nobiliario del conde de Nailloux.

Lejos quedaba la veracidad de lo sucedido, pues ningún monarca había sopesado siquiera la opción de pedir mi mano para alguno de sus familiares; sin embargo, esa información no interesaba a nadie, como a nadie interesaba que Navarra siquiera podía contemplar algo así.

Las malas lenguas se enredaron en mentiras y mentiras, y, al poco tiempo, todo lo que había sobrevivido no eran más que habladurías.

El rumor de lo que habría podido ser un enlace con la realeza se dispersó con virulencia y la nobleza peninsular empezó a desear aquello que se suponía que había sido el anhelo de sus gobernantes. A mí.

Solo quedó excluido de la búsqueda matrimonial el reino nazarí de Granada, dada su religión.

El conde de Nailloux no le entregaría su hija a un infiel.