Epílogo
De todos era sabido que doña Almodis de la Marca y Ramón Berenguer I, conde de Barcelona, habían logrado la nulidad de sus respectivos matrimonios para así escapar juntos y contraer nupcias.
Ella, hasta entonces, había sido la esposa del conde de Tolosa, Ponce III, y él, el marido de Blanca de Narbona.
Esto nos había enseñado que había precedentes, que todo lo que se hace puede deshacerse, si esa es la voluntad de Dios. Pero también del hombre. Y es que es inútil luchar contra el amor y el desamor.
Lo nuestro fue, ciertamente, un proceso largo y tortuoso.
Don Pedro de Lara y mi padre habían firmado las capitulaciones ante notario, el matrimonio civil se había llevado a cabo y, aunque no habíamos conseguido dar el siguiente paso y matrimoniar en faz de iglesia y celebrar los festejos como correspondía, la consumación carnal se había producido.
De hecho, era fama que yo había quedado encinta y había perdido a la criatura.
Mi esposo podía haber aludido infinidad de pretextos para repudiarme: mi incapacidad para engendrar hijos, el adulterio cometido, la rebeldía de la que había hecho gala en los últimos tiempos y que me había conducido a la impertinencia y desobediencia, haciendo menester más de una amenaza y escarmiento, o incluso el asesinato de doña Inés Pérez de Lara, del que era culpable.
Aquello último, al igual que el adulterio, jamás se descubrió, pues entre Lucía y Pía lavaron y zurcieron el cadáver.
Y don Pedro se acogió a lo prometido: dar cristiana sepultura a su madre y no revolver más los secretos enterrados en las inmediaciones fértiles del castillo de Valdívar.
De hacerlo, tendría que enfrentarse a los desmanes de doña Inés, a los crímenes que había perpetrado con su mano cruel y su mente abotargada por la dura crianza que le habían dado.
Y no era capaz de ello. Le resultaba imposible visualizar a su madre como la causante de aquellos actos deleznables que, por seguro, habían condenado su alma a las llamas candentes del infierno.
Finalmente, don Pedro de Lara me acusó de haber sucumbido a la locura, un rumor que había ido esparciéndose con sigilo por la corte, poco a poco, hasta granjearme dicha reputación.
Todo el mundo comenzó a murmurar que yo era una mujer desquiciada, que había perdido los nervios y la cordura después de sufrir el aborto, del que no había conseguido reponerme ni mental ni físicamente, y que, enajenada por completo, decía ver el espíritu de doña Beatriz de Aguilar.
Por supuesto, ante semejante desgracia, a nadie le extrañaba que don Pedro de Lara, angustiado por las muchas tragedias que lo habían golpeado en tan poco tiempo, me hubiera devuelto a Nailloux y hubiera pedido la disolución matrimonial, pues el ducado de Valdívar aún necesitaba un heredero.
No recibí mi libertad como esposa de don Pedro de Lara hasta hace unos meses, cuando llegó al convento de Argenteuil una misiva que me anunciaba la buena nueva.
La definitiva e irrevocable separación entre los linajes Leblond y Lara me ha permitido, de una vez por todas, renegar de la vida del lego y asumir que mi destino se halla entre los gruesos muros de este lugar, tocado por la mano de Dios.
Es irónico que, muchos años atrás, yo me postrara en un reclinatorio, con los ojos llorosos y la esperanza casi extinta, para suplicarle al Altísimo que me bendijera con un buen marido o me otorgara la vocación de una hermana.
Supongo que he tenido que padecer lo que es ser una mujer aferrada a un amor contaminado para aprender a valorar el sosiego y la independencia que te confieren los hábitos y la toca negra. Igual que Eloísa.
Aquí no hay emplastos que valgan, ni belleza a la que atenerse o pasiones mundanas a las que temer.
El convento de Argenteuil es un remanso de paz en el que no caben política ni intrigas cortesanas, infidelidades ni orgullo, avaricia ni ostentación.
Ahora me dedico a la oración constante, a labrar la tierra con mis compañeras, que son esposas de Dios y hermanas mías, a velar por los más necesitados y a confiar en la voluntad divina.
Pero todo eso no me impide, desde luego, recordar lo acaecido en Castilla.
En ocasiones, cuando cierro los párpados y empiezo con la retahíla de rezos, me veo en Valdívar, afanada en las labores de bordado, enredada entre las sábanas de don Pedro, afincada cerca del lar junto a mi fiel Pía.
Me vislumbro en la corte del rey don Alfonso, acompañada por Blanca de Francia y la reina Violante, sentada frente a cualquier partida de ajedrez, damas o alquerque, mientras hilvanamos ardides.
Y me atisbo galopando por las extensas praderas, seguida por don Sancho, que se ríe a carcajada limpia de mis ocurrencias y mi sensatez.
Y entonces… siempre aparece la figura de doña Inés.
Y una infinidad de preguntas me asola. ¿Y si doña Inés Pérez de Lara no era tan perversa después de todo?
¿Y si solo era una esposa que luchaba con uñas y dientes por preservar lo que legítimamente le pertenecía?
¿Y si solo era una mujer aterrorizada ante la idea de que su marido prescindiera de ella de la forma más sencilla y brutal posible?
¿Y si temía que la matara para así casarse con su barragana y reconocer al niño que habían concebido fuera del matrimonio?
¿Quién no habría sucumbido a la desesperación y se habría deshecho de la fémina que podía ser su ruina?
Cuando esas cuestiones me asaltan, a menudo en mitad de la noche, trato de retrotraerme a esos momentos de pánico e incertidumbre en los que doña Inés se alzaba sobre mí con un puñal y ojos febriles.
Entonces me acaricio las entrañas huecas y pienso en mi hijo truncado, y miro al espíritu de Beatriz, que todavía me persigue.
A veces, solo a veces, me sonríe perdonándome por las dudas, comprendiendo mi necesidad de sanar, de buscar respuestas a incógnitas que aún me son indescifrables, y todas tienen que ver con doña Inés Pérez de Lara, don Pedro de Lara y la maldición que atañe a su linaje.
Y es que todavía me sorprendo añorando al que fue mi esposo. Quizá por pura nostalgia, por la ardiente pasión que me despierta o por el amor que no se ha deteriorado. Quién sabe… A menudo el pasado nos parece más dulce de lo que realmente fue.
Pero mi historia no acaba aquí. Estas memorias no están abocadas a quedar encerradas en mi humilde celda de monja, donde alguien las encontrará tras mi fallecimiento. Y las leerá. Y me compadecerá.
No.
Deben atravesar las montañas pirenaicas, salir del reino de Francia y viajar hasta Castilla, llegar, camufladas, al señorío de Monturque, donde las espera don Juan de Aguilar, quien se las entregará a Pía, quien se las cederá a doña Margarita de Zúñiga.
Este será mi presente con motivo de sus nupcias con don Pedro de Lara.
Porque dicen que los cotilleos son una terrible falta, pero, en realidad, esa es solo la excusa de los hombres que buscan silenciarnos para que no podamos alertarnos las unas a las otras.
Así que esto es un aviso. Una nota de advertencia para la joven dama Margarita de Zúñiga, a la que el espíritu de Beatriz y yo deseamos que tenga la más dichosa de las vidas de las tres últimas duquesas de Valdívar.